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Miradas de don Luka . Recuerdos de un profesor

Jueves 01 Septiembre 2016. En Blog

Luka Brajnovic, profesor y poeta

La mirada más azul y conmovida que recuerdo de Don Luka -un hombre caracterizado por ellas- fue cuando volví de Kotor con la impresión de que era en efecto una de las bahías más bellas del mundo, y la noticia de que habíamos logrado ver a algunos de sus parientes. Él me había dado las referencias, y la noticia del contacto no era una minucia: aún imperaban Franco y Tito y don Luka era un exiliado político croata en España, después de haber vivido una vida que durante tiempo creí que había inspirado La hora 25, de Constant Virgil Ghiorghiu. Y sí, yo no era ningún Marco Polo, pero no me parecía probable que ni en la entonces Yugoslavia -un país de extraordinaria y sorprendente belleza que cambiaba todo el tiempo-, ni en todo el Adriático, hubiese muchas bahías que pudiesen rivalizar con la que, en forma de trébol, alojaba en una de sus hojas a Kotor; una pequeña población con teatro de ópera y último bastión de Croacia y del Imperio Austro Húngaro antes de llegar a las tierras agrestes de Albania.

    No me pregunto mucho por qué fui a Yugoslavia y organicé con cuatro amigos un viaje que tuvo sus aventuras, como debe ser todo viaje digno de tal nombre. Imagino que sobre todo porque no la conocía -en los 70 era un destino más bien exótico-, pero como ese era un requisito fácil de cumplir, porque quería ver la tierra que cambiaba un poco la voz de mi profesor exiliado y anidaba en el centro de sus versos. Y con toda la distancia requerida -Don Luka era un profesor venerado por sus alumnos, pese a sus esfuerzos por ser cercano y rebajar las distancias-, de mi amigo. El viaje fue celebrado en su casa, en una de sus cenas con extraordinarios guisos de recetas croatas que custodiaba doña Ana, la mujer más sonriente que recuerdo. Don Luka y doña Ana recibían a estudiantes en su casa como si estos fuesen embajadores romanos.

    Yo tardé en tenerlo como profesor. Tan solo me sonaba su nombre cuando un día mi compañero de estudios Pedro J. Ramírez me propuso participar en un recital de homenaje a él. No por nada sino por puro afecto de estudiantes y con motivo, me parece, de la publicación de su poemario Retorno. Leí algunos poemas y acepté. Pedro J. me lo propuso porque habíamos comenzado a hacer teatro juntos, en el grupo de la universidad, y le gustaba mi voz, e invitó igualmente a Elica Brajnovic, lo que fue motivo de un incidente que no puedo considerar más que divertido. Lo que ya me pareció entonces.

    Pues Elica es mujer y esa era razón suficiente para que nos negaran el teatrillo de uno de los colegios mayores de la universidad, residencia de varones. No parecía importar mucho la consideración de que Elica era la hija mayor de don Luka, nacida antes de su exilio (Olga y los más pequeños nacieron ya en España, cuando después de años le permitieron a doña Ana y Elica reunirse con él), ya madre de familia y profesora de la universidad. Pero en todo tiempo y lugar hay gente que no comprende nada, y el asunto no tuvo trascendencia porque en otro colegio mayor nos cedieron un estupendo escenario, y lo que más recuerdo del recital: "Tantos hombres y tantos caminos hay en la panorámica de mis años, pero todos se van, atrapados en la rotación de luces y noches...", lo que más recuerdo de él fueron los ojos encendidos de don Luka, que vino a darme la mano, conmovido, lo sentí. El mejor aplauso posible. Y luego el siguiente recuerdo es cómo en cierto momento salimos juntos don Luka y yo del bar de la plaza del Castillo donde estábamos celebrando el recital con todo el mundo y durante lo que me parece que fueron horas estuvimos caminando por las calles de Pamplona, de noche y sin rumbo, charlando sobre vete a saber qué. Hace más de cuarenta años de todo esto. Creo que éramos dos amigos que se presentaban.

     La siguiente mirada que recuerdo pues me sorprendió más que halagó, se produjo en uno de los pasillos del Central, cuando, a la salida del bar de Faustino, don Luka me hizo desde lejos un ademán de reconocimiento y de invitarme a tomar un café. (El tomaba cortado, y más de uno. Un día le dijo al camarero, muy serio: "Quiero un cortado... pero con la leche a un lado y el café al otro". Y el camarero, que ya sabía cómo las gastaba, le contestó con la misma seriedad y aclarando el problema con las manos: "Ya veo. Y la leche, ¿a la izquierda o a la derecha?"). Esto sucedía al día siguiente del estreno de mi tercera obra de teatro, Sonoro y solitario. Al término de la representación yo había ido a su encuentro, ansioso de conocer su opinión, que para mí era importante, y él la había aplazado al día siguiente, pues quería reflexionar.

    No me extraña que quisiese hacerlo. Cuando después de actuar tres años me pasé a la dirección y creación de mis propias obras, pues nadie me dirigía como yo quería, mis montajes, muy trabajados, comenzaron siendo mudos y abstractos, puro teatro del cuerpo como si quisiera encontrar mi propia gramática teatral. Y así era. Sonoro y solitario suponía el fin de esa etapa, con la incorporación de sonidos, todavía no palabras, sonidos que don Luka supo interpretar magníficamente -ahora lo veo- cuando al fin frente a nuestros cafés en uno de los bares más agradables que conozco, me dijo "Ha dicho usted lo que nadie se ha atrevido a decir aquí". Su palabra era ley y le creí. Y aún así me pareció excesivo. Ahora creo que tenía razón: en la obra yo contaba la peripecia de un artista que permite que su obra se convierta en una suerte de tiranía y al fin es derribado por sus discípulos. Con la mirada poética que ha de tener todo creador, y también un profesor, él había sabido ver la metáfora que anida en toda obra de arte, si lo es, incluso en casos al margen de las intenciones del autor, y eso era lo que subrayaba.

    Tuve el privilegio de disfrutar de una beca de estudiante-ayudante con él, y eso me permitió asistir a su trabajo desde el otro lado de la mesa de profesor, y recordar algún incidente que agrieta, por fortuna, un retrato de don Luka que a veces es voluntarista y un poco merengue. Como el día en que, en su clase de Literatura Universal, tratábamos con entusiasmo de ese momento excepcional que es el prólogo al Fausto, de Goethe, y él interrumpió la clase para darle un corte a un grupo de estudiantes concentrados en no sé qué bobada sin prestar la atención que merecía algo extraordinario -eso también sucedía antes de los móviles-, como era esa lección, con ese manual de Grandes figuras de la literatura universal y otros ensayos, difícil encontrar mejor iniciación, y ese profesor. Esa pérdida de paciencia era por completo excepcional, tanto que consiguió de inmediato el orden que quería.

     Don Luka fue una de las razones de que yo no volviera a Pamplona, después de haber estudiado allí, en mi idea, que el tiempo no ha hecho más que reafirmar, de que no hay que volver a los sitios en los que uno ha vivido intensamente. En un encuentro en Madrid, años después, con su incomparable capacidad de comprensión él me dio a entender que lo entendía perfectamente. Pero a menudo he dialogado con él en silencio. Supongo que eso es lo que es un profesor. Y un amigo.

     Se me olvidaba contar que el éxito del recital de los poemas de don Luka fue tal que inauguró una prometedora carrera de declamadores para Pedro J., Elica y yo. El siguiente fue Neruda.

 

(Publicado en la página "Luka Brajnovic. Algunos recuerdos")

Imaginación... o variación

Miércoles 20 Julio 2016. En Blog, Sastrería

Sastrería

Pocos artistas como El Bosco plantean con tanta nitidez la disyuntiva: imaginación... o variación.

    Es fácil de verlo en muchos artistas, más en los pintores que, por ejemplo, en los escritores, es posible que porque los plásticos dependan aún más de la recepción y el mercado que los segundos. Un artista realiza un hallazgo con el que conecta, por ejemplo los delgados (Giacometti), los obesos (Botero), o lo fantástico (Max Ernst), y ya no se mueve de ahí. Y cuanto más insista en esa línea, mejor será recibido, aunque sea con mucho retraso, como Van Gogh. Los ejemplos son numerosos e ilustran la reflexión de Umberto Eco según la cual la mayor parte de los humanos tenemos una o dos ideas en la vida. Los grandes, como Picasso, pueden llegar a tener tres o cuatro.

    Se da en todas las artes, y puede que no solo en ellas. García Márquez, por ejemplo, quiso salirse de la órbita creada por Cien años de soledad, casi un agujero negro que chupaba todo lo que pasase cerca y amenazaba con chuparle a él, e intentó romperla en El otoño del patriarca, ese admirable fracaso. Pero la escasa comprensión de un mundo que esperaba Doscientos años de soledad le obligó a volver a la senda, no del realismo mágico, etiqueta que solo sirve para hacerle la vida fácil a críticos, profesores y periodistas, sino de la claridad narrativa, la prosa transparente que caracterizó todos sus demás libros. ¿Podría Graham Greene haberse salido de Greeneland, el característico territorio de sus obras? Elija casi cualquier autor... seguro que existe pero es difícil encontrar alguno que haya conseguido salir de esos colores con los que logró conectar con su público, y ello, en busca simplemente de la pura creación. Sólo algunos de los más grandes clásicos carecen de colores propios y encuentran los más adecuados a cada obra.

    Es una duda que acompaña al visitante de la antológica de El Bosco en el Prado, siempre y cuando se pueda abstraer del mucho público que le acompaña. (¿Por qué nos dejan pasar a tantos al mismo tiempo, pese a las cuotas y la entrada con hora prefijada? Y ya puestos, ¿por qué tiene el público que aguantar los walkie-talkies prehistóricos de los guardianes?). De siempre los espectadores de El Bosco se preguntan qué había tomado o fumado este antes de pintar sus cuadros, o si un congreso de psicoanalistas no sería el lugar más apropiado para debatirle. Es posible pero ¿no lo sería también que todo El Bosco interesante (lo hay menos interesante) viniera de un simple quiebro de la normalidad, la convención realista? Un surrealista avant la lettre. ¿Por qué no? Sin perder de vista que el artista apenas estaba conquistando con el Renacimiento tal categoría, esto es, alguien con autonomía para pintar otras cosas que los temas establecidos. Que en el aire estaba ese mundo torturado -o lleno de humor- es evidente; véanse algunos contemporáneos, como por ejemplo Patinir o Brueghel, además de sus múltiples seguidores... O La Divina Comedia: aunque Dante antecedió un par de siglos a El Bosco, no es posible no acordarse de él en el recorrido de los varios trípticos de paraísos e infiernos y días del juicio final de este. Lo que explica que alguien tan establecido como Felipe II -¿qué más establecido que un rey?- disfrutara con sus cuadros, y por eso tenemos varios en El Prado.

     ¿Y de qué disfrutaba tanto el rey? Sin ninguna prueba, sospecho que de lo mismo que disfruta el público de hoy: de la anécdota. De las mil pequeñas historias que cuentan los cuadros de El Bosco, patrón de los dibujantes de historieta, y que por un lado tan ancladas están pese a todo en la realidad -condición para que lo fantástico triunfe, según García Márquez-, y por el otro constituyen el hallazgo de El Bosco para atraer al público. Anécdota, por otra parte, que es de la que intentó huir la pintura moderna al crear lo abstracto.

    Sea como fuere, esa es la disyuntiva a la que se habrá de enfrentar todo artista después de haber encontrado eso que llaman su voz. Seguirla... o seguir buscando. Pues podría ocurrir que el arte está más definido por la búsqueda que por el hallazgo.

Espejismos en un mundo no tan globalizado

Miércoles 06 Julio 2016. En Lecturas, Blog

   Michael Hunicwicz
   Librería Lello, Oporto.

Uno de los mayores espejismos de nuestro tiempo es el de que vivimos en un mundo globalizado. Habría que especificar en qué porque en el campo cultural es más que dudoso: nunca como ahora en mi vida había sido tan difícil conseguir ciertos libros en ediciones de papel, o ver ciertas películas y escuchar determinadas músicas de una forma legal, sin recurrir al robo más que tolerado a través de Internet.

     Es muy fácil hacer la prueba y los resultados son alarmantes. En mi caso los ejemplos más recientes son la búsqueda de ciertos libros de Virginia Woolf o Dostoievski -o sea, dos maestros de referencia permanente-, con el resultado de encontrar tan solo, y en varias ediciones, Una habitación propia, el libro de teoría feminista de Woolf, y ninguna de sus novelas maestras, y no poder encontrar Demonios, el libro de Dostoievski que al parecer supone un estudio insuperado sobre el terrorismo, y que vengo persiguiendo desde que en Inglaterra vi cómo una cuarta traducción, hace algunos años, se convertía en un acontecimiento cultural. Pero varias librerías de fondo madrileñas no consideran que sea necesario mantener en oferta el libro de nuevo traducido y publicado por Alba, una editorial nada insignificante especializada en clásicos, hace muy poco tiempo. El empleado de una de ellas, que no menciono no vaya a ser que tenga problemas con su contrato temporal, me explicó que seguramente habían tenido los dos ejemplares de rigor en el momento de la publicación, y que una vez vendidos había que pedirlos cada vez, con el engorro insuperable de tener que volver a esa librería, al otro extremo de mi ciudad. Ese era el precio de no tener una distribuidora que pagase por el privilegio de estar en exhibición permanente. La librería en cuestión fue en su día el lugar para encontrar un libro.

     Pero es que lo mismo pasa con el cine. Exceptuados los heroicos esfuerzos de la Filmoteca, pese a pintorescos ciclos como el de las películas premiadas con Goya de los últimos años, del Cìrculo de Bellas Artes y alguna otra pantalla, a menudo subvencionadas por las agregadurías culturales de embajadas, ¿donde se puede ver buen cine y sobre todo si es histórico? Quiero decir, cine italiano neorrealista, mexicano de la edad de oro, ruso, los maestros japoneses, alemán expresionista... incluso norteamericano de la gran época, y eso que está rebozado en parte de oscares, que al parecer es el único criterio. A diferencia de otras épocas, la 2 se centra casi exclusivamente en cine contemporáneo, otras cadenas de cinemateca no terminan de serlo del todo y es mejor no visitar las tiendas de video que todavía quedan, si es que queda alguna. Mi mejor suministrador es ¡un quiosco de prensa! más o menos especializado en el que a veces se encuentran cosas, con precios altos. Ni siquiera sé si es posible bajar esas películas a través de los robos tolerados de Internet. Lo dudo... por falta de clics y de megustas.

      Y para qué hablar de música, como no sea refugiándose en los nostálgicos mercadillos del vinilo, y eso solo para escuchar una y otra vez las grabaciones históricas, como sucede con la música clásica pero también con el jazz.

     Ni que decir tiene que esto no ocurre solo en Madrid. Piénsese tan solo en lo que eran las librerías de Londres hace medio siglo, y cómo han sido sustituidas en masa por los clones de tres o cuatro franquicias.

     Era algo que ya sucedía habitualmente con los libros que estudio y hago leer en la universidad. Son muy, muy pocos los que se consiguen en las librerías y la mayor parte de ellos viven en las bibliotecas, y eso que muchos de ellos son clásicos, y en algún caso ni eso y he tenido que dejar de pedirlos a mis estudiantes pues no los encontraban ni allí: es el caso de Martin Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Simon Shama en su faceta de novelista, Roberto Walsh y hasta el Saint-Exupéry más interesante (¡!). Y no es raro que ya me ocurra con libros de lectura que debiera ser fácil y accesible. Igual que hace muchos años, me he encontrado comentando a una amiga que tendría que pedir por correo la mejor edición de Madame Bovary, pues el ejemplar de mi biblioteca, de una colección de bolsillo, ya está acartonado y amarillento (y ese sería otro tema), y en todo Madrid no se consigue esa edición, que pertenece a, con toda probabilidad, la mejor colección literaria del mundo: La Pléiade. Y mi amiga me ha dicho: "Bueno, si vas a Francia lo podrás comprar allí".

     Como entonces, cuando íbamos a Francia a comprar libros y ver películas, no forzosamente las pornográficas.

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  • Pedro Sorela

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