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Chaves Nogales vivió aquí

Miércoles 24 Mayo 2017. En Lecturas, Blog

Manuel Chaves Nogales (archivo Chaves Jones)

Lecturas

 A sangre y fuego. Manuel Chaves Nogales.

 Manuel Chaves Nogales tardó medio siglo en ser recordado en España porque relató de forma neutral la guerra civil española, desde el punto de vista de la humanidad y mostrando y subrayando la crueldad y sinrazón de los dos bandos -"la crueldad y la estupidez se enseñoreaban entonces de toda España"- pese a ser un conocido periodista republicano. Por ello fue y sigue siendo ninguneado por los intelectuales de los dos extremos. Esto es lo que se dice habitualmente, pero no me parece que agote las razones de esa indiferencia, que, por cierto, en parte resiste. Es cierto, pero falta algo, y no termino de saber muy bien qué es.

    Como soy hijo de quienes vivieron la guerra, y no combatí en ella ni fui herido, mi primera reacción al leer A sangre y fuego y -algo rarísimo- volver a leer esos relatos que se graban a fuego, en efecto, fue la de sentir que había encontrado, al fin, mi guerra civil. No la de mi familia, que había combatido en uno de los dos bandos y en la que habían muerto dos hermanos de mi padre, sino la guerra de la posguerra, que no podía ser otra que la del intento de superación, y cuanto antes, del enconamiento y el fanatismo.
    Pero este programa, para el que no sería necesaria una mentalidad noble y trascendente sino simplemente civilizada, no llega a explicar del todo por qué Chaves Nogales no es todavía un escritor nacional, si es que tal cosa existe hoy en España, y no se leen sus textos en las aulas, no solo como testigo de la guerra (hay unos cuantos más) sino como magnífico escritor, de los que sí merecen figurar en los libros de texto. Y periodista: sin ir más lejos A sangre y fuego, relatos inspirados en hechos reales de la guerra, que leen mis alumnos en la universidad, se adelanta medio siglo a la práctica del mal llamado Nuevo Periodismo y, por su verdad, que se mantiene y crece con los años, debe de ser de lo mejor que se ha escrito sobre la guerra. Digo que debe de ser porque no he leído ni una centésima parte de lo publicado sobre una guerra de la que en su día se dijo que había inspirado más libros que la Segunda Guerra Mundial, lo que no creo que sea cierto. Es en cualquier caso lo mejor que yo he he leído sobre ella, junto con el Homenaje a Cataluña, de George Orwell, con quien comparte la distancia del observador, que incluso combatía en uno de los bandos y además fue malherido. Dicho sea de paso, no se entiende nada de Orwell y sus libros de importancia creciente -para comprenderlo basta ver un telediario- sin la semilla de su experiencia española.
    Yo creo que la modesta, si se piensa, acogida de Chaves Nogales está relacionada con algo que dijo Camus, y es que la escritura literaria tiene que ver con una cierta extranjeridad. Camus lo era -huérfano, pobre, hijo de una española analfabeta, francés de Argelia, etc- y Chaves Nogales también: véanse otros de sus libros, como por ejemplo El maestro Juan Martínez que estaba allí, una novela como mínimo infrecuente sobre las peripecias de un bailarín flamenco atrapado con su mujer en la Unión Soviética de la primera época. Llama la atención en este libro su extraordinaria documentación y sensación de testimonio que no es casual, hasta el punto de que cuesta llamarlo novela: al igual que sus otros libros soviéticos, viene de su experiencia en la URSS como reportero. De modo que puede que Chaves viniese de una conocida familia de periodistas y artistas de Sevilla -su abuelo fue pintor del primer cartel taurino de la ciudad-, pero desde joven salió, vio y aprendió: de ahí la lucidez de su distanciamiento de todos los fanatismos en la guerra. Distanciamientos, sin duda, de extranjero en el mejor sentido. Y que se incrementaron, después de la escritura de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (escrito en Francia, nada más salir al exilio, y publicado en Chile en 1937) con sus experiencias en el exilio en Francia e Inglaterra, donde murió a los cuarenta y seis años. Está enterrado en Londres y su tumba no tiene lápida ni nombre.
     Otra razón de su medio olvido, para demostrar la cual se necesitaría una tesis, es la calidad y textura de su prosa. No se trata de que Chaves se alinee o no con uno u otro bando. Es que en sus libros, incluso en los más tentadores y propicios, cuesta encontrar un trazo grueso, una caricatura o la entrada al trapo de la facilidad, que es lo que caracteriza la mala prosa y la literatura en busca de grandes públicos. El trazo grueso corresponde a los personajes que se citan y de los que trata el libro: los guerreros de uno y otro bando. Los escritores, como los políticos, también pueden tener mucho de populistas. Y como en la política, por lo general eso se premia.
     En general, los libros de Chaves Nogales no son de los géneros consagrados, novela, ensayo, teatro o poesía, y en cambio son biografía, periodismo... Después de este, ahora, su libro más conocido es la biografía de Juan Belmonte y, en el imperio de lo políticamente correcto, ello es tentar al destino. Y sin embargo, si hubiese que definir la prosa de Chaves Nogales sería la de algo a caballo entre el periodismo y la historia, acercándose a la escritura a-genérica. Si ni siquiera hoy se sabe qué es eso, cómo se iba a saber en el pasado.
      Se mire como se le mire, aunque escribió mucha de su obra en España, Chaves es escritura del exilio. Y eso no se le ha perdonado a nadie. No hay ni un solo escritor, ni siquiera Alberti, ni siquiera Ayala, ni siquiera Semprún, para qué hablar de Sender, Cernuda, Zambrano, Chacel y tantos otros, a quien se le haya perdonado. Es uno de los fenómenos más extraños e injustos de la historia de la recepción literaria.
    Y Chaves Nogales no es conocido como debiera porque se trata de una baja más en el desarme cultural español -baste decir que en los colegios casi no se enseña literatura ni prácticamente filosofía, y no se sabe de políticos que tan siquiera se hayan escandalizado por ello-, que no es consecuencia solo de los cuarenta años. En realidad se remonta a la guerra y más lejos. En eso las cosas no han cambiado mucho.

El invento del escritor bandera

Miércoles 10 Mayo 2017. En Literatura, Blog, Textos de viaje

Miguel Gener
Carlos Fuentes
Yo le debo a Carlos Fuentes el haberme perdido el comienzo de la revolución zapatista, en Chiapas, México, y con ello es posible que la mejor crónica de mi vida. Me había estado aburriendo en San Cristóbal de las Casas, pues soy de la opinión que hay que visitar los lugares hasta empezar a aburrirse, que es cuando se comienza a ver lo de verdad interesante, y había regresado al DF, con mi compañera de viaje de entonces, a tiempo de asistir a la fiesta de fin de año que ofrecía todos los años Carlos Fuentes.
    A esta fiesta acudía el Gotha de la alta intelectualidad mexicana, o al menos la de su mismo bando, y lo de alta va con intención: en México no pocos artistas e intelectuales viven con rango de marqueses de los de antes, es uno de los muchos misterios de ese país. Pero por alguna razón finalmente no acudimos a la fiesta, y a la mañana siguiente, el 1 de de enero de 1994, en unas calles de la colonia Las Aguilas desiertas como tras una explosión nuclear, salí a comprar el periódico y así me enteré de que la noche anterior se había producido un levantamiento indígena justo en el lugar que yo había abandonado por la mañana. "¿Recuerda usted cómo se ve una cucharilla en un vaso de agua?", me había preguntado el taxista que nos llevaba al aeropuerto en Tuxtla Gutiérrez. "Distorsionada y como rota, ¿verdad? Pues así es México: todo ocurre como bajo el agua".
    Tengo otros varios recuerdos de Fuentes, y más o menos todos coinciden con esa imagen que se repitió mucho de elegante y ágil cosmopolita, con canas de banquero en las sienes, capaz de teorizar con enorme soltura sobre los temas más a la vista en el parqué internacional, y a la vez seducir como sin querer a alguna actriz de las que salen en posters históricos, como hizo, parece ser, en un par de ocasiones. Por cierto que una de esas historias inspiró una de las novelas menos valoradas por la fuentología instalada, y que a mí más me gustan: Diana o la cazadora solitaria. Y de la filmación de la otra novela, que es quizá la que yo prefiero, Gringo Viejo, sobre el envidiable final de Ambrose Bierce, salió la otra aventura legendaria.
   Todavía recuerdo la mirada que me puso una productora de la BBC, en Londres, cuando en la preparación de cierto programa que me habían invitado a dirigir señalé que podríamos invitar a participar a Carlos Fuentes o a Vargas Llosa, ya que ambos, por entonces, vivían en Londres. "¿Puedes?", me preguntó con apenas disimulada lujuria. Entonces pensé que ningún escritor hispano había conseguido nunca que una productora de la BBC pusiese ojos redondos, como no fuese Borges, aunque Borges no cuenta porque también era inglés. Y pensé que, si le llevábamos el micrófono, Carlos Fuentes lo colonizaría en un instante con ese verbo de embajador en la ONU que tenía, de articulista en el New York Times desde el Crillon de París, de conferenciante-futuro Nobel en alguna universidad de la Costa Oeste, o algo así, y que no era eso. O al menos no era eso ahí.
   No es ningún secreto que, en el último tercio del Siglo XX, y como si se hubiese transportado al siglo XIX por alguna alquimia literaria, México en general y el DF en particular vivió dividido en dos grandes bandos que se alineaban detrás de dos de los tres grandes escritores nacionales, Octavio Paz y Carlos Fuentes, que en lejanos días de juventud e ingenuidad habían sido amigos. Y no es menos cierto que sólo a la luz de esa división se podían y se pueden comprender insólitos y hasta extravagantes comporta- mientos en política, periodismo, premios, destinos diplomáticos, fiestas, programas y artículos, grupos de comunicación, becas -las muy sustanciosas becas del Fondo Nacional de Creadores, únicas en el mundo, de las que se beneficiaron, si no todos, casi todos los escritores mexicanos-... en fin en la intensa vida que llevaba la nutrida y a veces brillante casta literaria de una sociedad donde el éxito de ventas se mide en mil ejemplares más, como me dijo un día Juan Villoro. Es decir, en una sociedad que no lee.
   A mi modo de ver, Paz y Fuentes no son comparables -¿y cómo orillar además a Rulfo, por ejemplo?-, pero sólo el tiempo lo irá diciendo y en todo caso ese tipo de excluyentes maratones olímpicas entre escritores me interesan poco. De mis encuentros con Fuentes, he de decir que siempre abierto y generoso con su propia inteligencia, me quedo sobre todo con el enigma que también se desprendía de él, una especie de sombra muy misteriosa y jamás explícita, si bien eso es muy propio de los mexicanos.
   Una especie de última zona de reserva, un poco asiática, que se mantenía más allá de la entrevista y hasta en las apariencias de la amistad. Algo que a veces tenía que ver también con actividades, digamos, reservadas, pues qué duda cabe que también ejerció el papel de "embajador", de causas políticas, sin duda, pero también empresariales y culturales. Era él quien tenía que reunir a no sé qué político norteamericano con García Márquez en una cena en algún Hampton elegante de Long Island. Algo también muy mexicano: la grilla, como llaman ellos al permanente y complicado enredo político mexicano, que nunca dejó de ejercer. Alguien tendrá que investigar un día el papel decisivo que Fuentes tuvo en el lanzamiento tipo bomba de Cien años de soledad. Un novela grande como un siglo de soledad, sin duda alguna. Pero recibida con los brazos abiertos por un público ya muy expectante gracias, entre otras cosas, a la intriga creada por Fuentes, que ya contaba con una poderosa red de ecos en toda América, y que había quedado fascinado con la lectura de dos o tres primeros capítulos. (Ambos eran amigos y habían firmado juntos un guión sobre un cuento de Rulfo del que luego en la película no quedó ni rastro).¿Es posible hacer literatura en México y mantenerse al margen de esas intrigas? En cada ciudad clave de su mundo tenía a un grupo de leales, que nada más aterrizar le ponían al corriente de lo que estuviese en marcha.
   La cucharilla mexicana rota bajo el agua, que decía el taxista: O cómo, hasta en las peores circunstancias de su vida personal, y de eso también pude ser testigo, Fuentes era capaz de sobreponerse, impávido en la tragedia, para lanzar en voz alta y en tres idiomas su discurso cosmopolita que parecía como esquiar entre palabras prestigiosas.
   Y hasta con gran generosidad. En la entrevista que recupero se cuenta cómo Donoso se desmayó el día en que Fuentes le comunicó por teléfono su traducción en Estados Unidos, y me acuerdo muy bien de cómo Fuentes encabezó una pequeña expedición a España de cuatro autores más jóvenes de su editorial, y cómo empleó sus verbos más rumbosos para presentarlos en Madrid. Aunque esa me parecería la menor de las estrategias de cualquier escritor que piense en su inmediata posteridad, que yo recuerde jamás vi a ningún escritor del "Boom" o vecindario -salvo José Donoso-, hacer algo semejante. Ni siquiera con un solo escritor. En nuestra literatura, la generosidad se vende muy cara.
   Pero creo que, para bien o para mal, la gran aportación de Fuentes, que él contribuyó, si no inventar, pues me imagino que es más vieja que la tos, sí a solidificar hasta el granito de hoy, fue la del "escritor nación". Pocos como Fuentes fueron como él asociados a la idea de una escritura de bandera, lo que no deja de ser llamativo en un escritor que se pasó la mayor parte de su vida fuera de su país, y que en el interior de este muchos le reprochan precisamente el no haber sido todo lo mexica que debiera. Pero él supo convertirse en una representación de México, así, como categoría patriótica, algo sagrada e indiscutible, y nada mejor para comprenderlo que la depresión que -dicen- sufrió cuando le dieron el premio Nobel a Octavio Paz. No salió de su despacho en días -dicen, yo no estaba ahí para comprobarlo-, y eso daría una buena pista sobre su mentalidad. Sabía que en más tiempo del que le quedaba de vida no le habrían de dar el premio a otro mexicano, en lo cual tenía razón pues el Nobel, como las Olimpiadas, es otro engranaje fundamental en la mega industria de las identidades patrias. Hace tiempo que ha dejado de interesarme si alguien lo merece o no, vistos algunos ejemplos, más triviales que extravagantes, pero nunca he comprendido tanta ansiedad por obtenerlo en gente inteligente, y otro caso espectacular era el de Borges. En todo caso, el perfil de Fuentes se sobrepone al dibujo de la literatura como mapa de la patria en clase de geografía, en la escuela nacional, de gran rentabilidad hoy en día y trascendencia, y lo que queda.
   Basta asomarse a cada país de la hispanidad, incluidos los no castellano hablantes, y ver las luchas civiles por alzarse con la franquicia del escritor-nación, o por inventar uno a la misma velocidad con que se inventa ésta.

 

   Esta entrevista hace parte del libro "La entrevista como seducción. Momentos con escritores", recién publicado por EL País en edición digital. Estos son los enlaces para descargarlo:
Amazon
 Google Play
 

Romain Gary o la elección de la propia vida

Miércoles 03 Mayo 2017. En Lecturas, Blog, Escritores

p.S
Romain Gary

Lecturas

La promesse de l'aube. Romain Gary. Folio.

Escribo esta página, no para descubrir a Romain Gary, que bastante conocido es ya en la literatura francesa, sino para preguntarme por qué sigue siendo tan atractivo, y quizá más que antes, a finales del siglo pasado. Gary se suicidó en 1980 y, como ocurre a veces, el porqué resulta en su caso todavía más misterioso de lo habitual pues su obra está llena de vida y de humor, además de respirar experiencia e inteligencia.

    Quizá las razones queden más explícitas en este libro autobiográfico, y entre otras razones, gracias a la originalidad de su planteamiento: aunque hace el recorrido cronológico habitual, no se centra solo en él, el protagonista, sino que este se relata, por así decir, a través de la relación con su madre; una mujer con una determinación de personaje de novela épica, que soñó para su hijo un destino ciertamente glorioso, visto de dónde venía... y, en contra de lo que a veces pasa con los sueños de las madres, lo impuso. De modo que el libro trata, no tanto de la biografía de Gary, aunque lo parezca, sino de cómo Gary luchó para convertir los sueños en realidad. Pero no los suyos, sino los de su madre. Terminaron siendo los mismos.

      Y bien mirado, el libro no trata solo de su cumplimiento sino de la descripción de esos sueños, que no eran solo de entonces, la primera mitad del siglo XX, y el intento de explicación, así sea leve, de sus orígenes. Eso es lo interesante.

     Abandonados al parecer por el padre, que sin embargo acudió al rescate en momentos límite, Roman Kacew y su madre emigraron de Vilnius (Lituania) y, tras un par de años en Polonia, cuando el hijo tenía catorce años llegaron a Niza, pues como mucha gente de la época la madre consideraba a Francia el lugar del mundo donde se podían realizar los más brillantes destinos. Y el del hijo no debía desmerecer de los modelos de Victor Hugo y otros gigantes literarios, además de embajador y seductor del tipo Ana Karenina.

     La promesa del alba (hay ediciones en español) se refiere no solo a la lucha del hijo por ir cumpliendo con los sueños de esa inmigrante lituana, sino al hecho de que, además de cualquier otra consideración filial, se los había ganado. En sus esfuerzos por salir adelante, la madre se había inventado en Polonia la representación de una casa de alta costura de París, y en Niza, antes de ser administradora de hotel, se ganaba la vida revendiendo puerta a puerta vajillas y joyas que según decía eran patrimonio familiar de príncipes rusos exiliados. La misión que se fijó Gary (pseudónimo de sonoridad francesa manifiesta, según las divertidas páginas en que cuenta su búsqueda) fue no solo cumplir con las expectativas de su madre, sino, en el caso de que estas se hicieran esperar, encontrar el modo de que la mujer, una Quijote femenina que vislumbraba la gloria futura en una medalla por un campeonato de ping pong juvenil, no chocara con la realidad y la decepción.

    Porque como suele ocurrir la realidad no era como la habían imaginado. Vivir de la literatura tardó en llegar tras la muy esforzada publicación de algunos cuentos en los periódicos de París, cuando Gary era un escéptico y hambriento estudiante de Derecho, como tantos escritores antes que él. Al ingresar en el Ejército del Aire, en el momento en que Alemania se disponía a invadir Francia en los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, se encontró con que era el único de los cerca de 300 cadetes de su promoción en no ser ascendido a oficial. Y ello por haberse nacionalizado hacía pocos años, y quién sabe -aunque el caso Dreyfus era ya historia- si también por judío. Ese choque con la realidad también le habría de seguir más tarde cuando, qué sorpresa, la crítica ideologizada y dogmática del medio siglo francés se negó a reconocer su literatura, al igual que la academia, algo que ha cambiado en los años recientes. Previsiblemente, no le perdonaban ni que fuese un hombre de acción, ni la originalidad, ni las grandes tiradas y las películas, ni que estuviera casado con la actriz de cine Jean Seberg.

    Este libro es también el estupendo cuento de cómo alguien se empeña en ser algo que en principio no se elige, francés por ejemplo, y lo consigue. Al igual que otros artistas que no nacieron en el Hexágono (Ionesco, Beckett, Semprún, Moustaki...), Gary escribe un francés como muy pocos autóctonos son capaces de hacerlo y demuestra más conocimiento del país y exhibe más amor del que serían capaces muchos compatriotas. Es pues también un ensayo sobre la pertenencia, la identidad y sus múltiples facetas, en una plasmación práctica de la idea de Borges según la cual la pertenencia a un país es un "acto de fe" (Ulrica, en El libro de arena).

      Y no se trata solo de patriotismo. Pues, aficionado a los disfraces y las máscaras, el que habría de ser héroe durante la guerra, gaullista sin vacilar (lo que la posteridad le hace pagar caro), y diplomático durante casi un par de décadas, iba a ser el responsable de uno de los pseudónimos más sonoros de la reciente literatura francesa. Y no me refiero solo a Gary, sino al de Émile Ajar, con el que tuvo tanto éxito o más que con el anterior, y que no fue desvelado hasta un año después de su muerte. Pseudónimo sobre pseudónimo, máscara sobre máscara, país sobre país, personaje sobre personaje. ¿Cuántas pertenencias e identidades podemos llegar a tener? Eso es lo que propone Kacew-Gary-Ajar.

El baile no ha terminado

Miércoles 26 Abril 2017. En Viaje, Blog

Rius
Don Perpetuo del Rosal, en Los Supermachos.

Nada más comenzar la universidad, tras mi regreso a España, entré en un grupo de teatro. Yo pensaba que por nostalgia de mis últimos años, en que como actor había sido dirigido por un genio, el francés Marceau Vasseur, pero como ya he contado aquí, era por nostalgia del baile. Pues al mismo tiempo en que montábamos a Ionesco y a Rius, el dibujante mexicano de la tira Los supermachos de San Garabato, mis amigos y yo dedicábamos los fines de semana a bailar -bailar cumbiamba y otros culpables de la salsa- en las incontables fiestas de una Bogotá todavía provinciana y algo inocente, previa al narcotráfico y los secuestros.

    Nada de lo que he dicho era lo que parece a primera vista: El teatro que hicimos no era lo que se entiende por teatro de colegio. Con él aprendí lo que es el rigor y la tenacidad en el arte, en un año entero con ensayos diarios para el montaje de Escena de cuatro personajes que no debía de durar más de media hora; y la prueba es que el mismísimo Ionesco le preguntó a Vasseur al ver el montaje qué hacía allí dando clase en un liceo francés en el otro extremo del mundo y no se dedicaba a lo que lo que de toda evidencia era lo suyo. (Y no se dedicaba porque en el teatro profesional jamás hubiera sido tan libre, reflexión que por cierto habría de marcar mi propio futuro). Algunos de los bailes no eran guateques de estudiantes sino reventones en los que el suelo se remecía a tres cuadras de distancia por las trompetas de orquestas de veinte músicos en una Colombia, por otra parte, en la que el ritmo y la música salía a todo volumen de Cien años de soledad, que nacía entonces, las cocinas y los autobuses. Y nuestras parejas de baile no eran ni mucho menos solo eso sino en su mayor parte las compañeras de clase con las que, desde la literatura y las ideas al temblor de tierra de una mano en la cintura de una chica que se quiebra con el ritmo exacto, estábamos descubriendo casi todo.

   Durante años me dejé engañar. Pensé que esa experiencia privilegiada e inconsciente, como suelen ser las experiencias privilegiadas, había determinado el que en la universidad me dedicase al teatro. Y este a su vez me permitió superar la rutina de una carrera (cualquier carrera la tiene, en cualquier universidad) y la vida de provincia: aunque conseguí no pasar ni un día de vacaciones en ella, estudiaba en Pamplona, una ciudad a la que no he vuelto porque no hay que regresar a los lugares en los que uno ha vivido intensamente. Y lo digo sobre todo por aquel teatro.

    Pero no, el tiempo ha pasado y ahora creo que el verdadero padre de mi viaje teatral fue el baile. Solo así se explica que en el teatro que hicimos en la universidad -con la ciega entrega de compañeros que no sabían en qué se metían- todo estuviese supeditado al movimiento y al ritmo. Al baile.

     Pero es que ahí no termina. Me cuesta mirar hacia alguna parte en que no irradien esos bailes de música caliente, nombre que recibe o recibía en Colombia.  Por ejemplo la vez en que descubrí la explicación  de Saint-Exupéry según la cual es más grave una falta de ritmo que de gramática. Estoy de acuerdo. El ritmo, más aún que las cinco preguntas, presidió mi redacción de treinta y seis mil teletipos en la agencia de noticias en la que trabajé durante mis años de purgatorio en esta vida. Y con una tenacidad sorprendente, durante años seguí buscando tiras cómicas interesantes -puro ritmo-, y en la capital mundial de ellas, el eje París-Bruselas, hasta comprender que también ese arte había sido secuestrado por el sofisma televisivo de hablar para todo el mundo y ya no hay guionistas de interés -que no dibujantes- o al menos no consiguen publicar.

     ¿Y no estaría mi experiencia representando a Don Perpetuo del Rosal en el montaje de Los supermachos en el origen de mis viajes a México, que iban a empezar veinte años después?

    Y así sucesivamente.

  • Pedro Sorela

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