OBRA PUBLICADA

Ladrón de árboles

Editorial: Ediciones del Bronce
Año de publicación: 1998
Nº de páginas: 127

Apartado: Libros de cuentos

Resumen

Una azafata que se dedica a crear historias combinando a los pasajeros según los ritmos de su imaginación; una mujer que intenta rescatar a un perro de los restos de una relación en una finca de las afueras de Roma; un chico –el «ladrón de árboles»– que construye historias a partir de las fotos guardadas en las cámaras que les roba a los turistas en Budapest; un conductor que trenza en una carretera un baile de seducción con una mujer que va en otro coche por una carretera del Mediterráneo… los cuentos de Ladrón de árboles se desarrollan en escenarios alejados y hasta en épocas diferentes pero configuran, en su primer libro de relatos, el estilo de un autor reconocible a distancia.

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Reseñas

Letras Libres
Rosa Beltrán
30 junio 1994

El autor comenta

Aquí, en los dos cuentos de Budapest, comenzó una ruta a la que no le veré el fin.

Es necesario aclarar que en los viajes me doblo, estoy más despierto y se me afila, más, el impulso de escribir. Pero nunca llevé de viaje a mis novelas, demasiado pesadas, y siempre tomé las frecuentes notas del viajero, que llegaron a su término al comienzo de una estancia de quince días en Budapest, un otoño en los años ochenta: ya no era capaz de seguir con ellas. Tomar notas de lo que había visto ya no me satisfacía ni aunque reflexionase sobre ello –¿cuántas ideas del viajero son originales?–, o lo dibujara. Quería otra cosa.

O sea que, en un primer experimento, escribí una historia inventada… pero sobre los escenarios que iba recorriendo día a día: una suerte de ejercicio de estilo.

El primer resultado, Dos historias rebeldes, sobre alguien que busca a un amigo en el Budapest de la Transición -en todo Budapest se oían martillos tras la caída del Comunismo- es con toda probabilidad, por abstruso, el peor cuento que he escrito. Y aunque me entusiasmó, por eso mismo se cae en la nueva edición digital que se publica en esta página. Mi entusiasmo era del tipo del que puede sentir un químico frente a un microscopio o a un astrónomo mirando la noche con una lupa. Sentí que ahí había algo.

O sea que ahí mismo escribí -y dibujé- otro cuento con el mismo procedimiento, Ladrón de árboles, y a partir de entonces no usé en los viajes otra pluma que no fuera esa. No textos que fotografían la realidad sino cuentos que la recrean… para comprenderla y contarla mejor. La intuición de que no existe tal cosa como un paisaje objetivo, o más bien que su relato carece de interés, como una postal, y sólo una interpretación puede aportar una versión fiable.

A partir de entonces en mis viajes fui tomando cada vez menos fotos –nunca tomé muchas, de todas formas, y casi nunca de monumentos–, y dibujando más.

El manuscrito del libro obtuvo el consabido –y misterioso– ninguneo editorial español hacia el cuento, pero fue publicado con entusiasmo por la escritora y editora Silvia Molina, en México, gracias a mi amigo Juan Villoro, que habló en mi favor. La extensa conversación con Silvia en Madrid fue de literatura, no de cláusulas de contrato, y nunca un libro tan breve fue lanzado con tanta cómplice amistad, con los amigos de Juan y de Silvia, y también de Héctor Perea, y esa calidez es la que me hace volver a México de cuando en cuando porque allí también me siento en casa. Luego Miriam Tey lo publicó con primor en España y aceptó que una propuesta que le hice no era tan descabellada como las que suelen hacer los escritores a los editores en cuestiones de edición: unos días antes, en el medio de una fiesta en la casa de mis amigos  Mario y Nicole Muchnik –sin duda uno de los salones más estimulantes de Madrid, donde han nacido no pocos proyectos artísticos y literarios–, Nicole me dijo, no sin misterio: «Ven, que te quiero enseñar algo». Y en efecto me llevó a una habitación por allá atrás y me mostró el primero de la felicísima (y meditabunda) serie de cuadros que lleva pintando en los últimos veinte años. «¡Pero si es mi ladrón!», exclamé, y Nicole lo cedió con esplendidez, y Miriam lo aceptó con todo gusto para la portada. Y ahora el cuadro cuelga en el comedor de amigos de mi casa.

Fragmento de Secuestrador(a) que se extravió,  

Esa noche conduje de nuevo a 40 por hora, pues no había podido recoger mis gafas nuevas y seguía con las de sol. Entre no ver nada y ver poco y oscuro prefiero lo último.

De haber sido más prudente, de haber cogido un taxi, ¿la habría visto? Seguramente no. Es indudable que el taxi hubiera marchado más aprisa, pero apenas circulan taxis frente a la fábrica, a las dos de la mañana, y hubiera pasado más tarde por aquella plaza. Ya se habría ido.

Y caso de no haberse ido, caso de seguir ahí, agarrándose el vestido por el cuello y mirando al horizonte, ¿habría podido parar, de ir en taxi? Sé que no. Es obvio que no es lo mismo ir en taxi que en coche. Ni se me habría ocurrido. Además, ¿se imaginan? «Oiga, pare el coche que veo una viejecita extraña».

Sí, es probable que ni la hubiera visto. En los taxis se habla e fútbol, de calor –hacía un calor demencial–, de si se trabaja mucho o poco por la noche. Se tiende a mirar al conductor, o mejor a sus ojos en el antifaz del espejo, de forma que uno no mira el paisaje; sería de mala educación. Tampoco habría llevado mis gafas negras: ¿qué hubiera pensado el taxista?; ni siquiera habría aceptado a un individuo con gafas negras, a las dos de la mañana, a la salida de una fábrica. No hubiera podido ver ni el paisaje, ni a la viejecita, y caso de adivinarla no hubiera podio percibir el detalle de que se sujetaba el cuello y miraba el horizonte, como perdida.

Me detuve, pues, bajé la ventanilla y le pregunté a distancia:

«¿Está bien, señora? ¿Le pasa algo?» Contestó algo que no llegó, de modo que bajé y pregunté de nuevo.

«Estoy bien», dijo con su aire pacífico. «¿Está muy lejos Sol?», preguntó.

«Sí, está muy lejos. Al otro lado de la ciudad.»

Ya he dicho que se sujetaba por el cuello el vestido –blanco y negro, como los de mi abue1a– y eso la hacía particularmente indefensa: No había corrientes esa noche de aire opresor. La viejecita se apoyaba con una mano en el capó de un coche y miraba hacia el sur.

«¿Y Fuencarral? ¿Está muy lejos Fuencarral?»

Sólo entonces comprendí que se había perdido, y durante un instante me asombró que me hubiera tocado precisamente a mí llevarla a su casa, y al tiempo tuve la tentación de enfadarme, pues estaba cansado, con calor, ya me había hecho a la idea de una ducha y una cerveza helada.

Pronto abandoné la idea de sacarle su dirección, o tan siquiera saber su barrio. Sólo mencionaba Sol, Tirso de Malina, Atocha… lugares remotos que casi pertenecían a otra ciudad. No podía imaginar que hubiera caminado tanto, aunque ella lo dijera. Y con ese calor. Miré arriba y debajo de la calle, por si aparecía algún coche de la policía. Inútil decir que no apareció ninguno. Apenas pasaba nadie esa noche inmóvil.

Full de dieces-ochos

Me resigné pues a la idea de llevarla yo. Pero ¿adónde? Creí encontrar la solución al recordar que no muy lejos había una residencia de ancianos. Claro, me dije, y no me di un golpe en la frente de milagro, ésa es su casa. Cómo me acordé de la residencia no me lo pregunten.

Es una de esas cosas que uno aprende sin llegar a saber que las sabe.

No parecía muy convencida de subir al coche. Normal. Le expliqué que se había perdido y que la iba a llevar a su casa. Con lógica me preguntó si yo sabía dónde estaba su casa. Entonces le dije que primero la iba a llevar a la policía, para que ahí averiguáramos entre todos dónde vivía. Eso debió de aliviarla. «No, si ya me conocen», dijo. Y de inmediato me advirtió: ¿No irá usted a creer que por nada malo, ¿verdad?»

Lo de la policía había roto la desconfianza porque accedió a subir al coche. No parecía desconfianza, en realidad, sino como un deseo de no molestar. Cuidé que la puerta no pillara su falda larga, me senté al volante y conduje de nuevo muy despacio. Con mis gafas negras, el mundo se simplificaba en noche muy oscura y luces tenues.

¿Por qué no la llevé a la policía? Porque no sabía dónde encontrarla, porque no me gusta demasiado la policía… Sobre todo porque ya me había hecho a la idea de llevarla yo. Me hacía ilusión. Yo soy un jugador.

¡Parecía tan fácil además! Es como cuando uno tiene un full le dieces-ochos en la mano. Te crees invencible.

Mi full era un sujeto barbudo en la puerta de la residencia de ancianos, que además mantenía abierta una gran reja entre enormes muros. Ya está, me dije, ahora la entrego, me despido, voy a casa y me doy la ducha. He de reconocer que me sentí feliz por hacer una buena acción con tan poco esfuerzo. Como cuando arriesgas un poco y ganas con un farol.

Resultó que el barbudo de la puerta no tenía muchas luces. Ninguna, a decir verdad. A los tres minutos me sentía mucho más a gusto hablando con la viejecita. Mucho más. Era incomparablemente más inteligente. Algo despistada, quizá, pero mucho más inteligente. El otro era imbécil. Mucho. No sólo no reconoció a la viejecita –se inclinó, la miró apenas y dijo «no es de las nuestras» con seguridad repelente de quien lleva póquer–, sino que no hubo forma de convencerle para que nos dejara usar el teléfono. O al menos que llamara él a la policía, que hiciera algo. Nada. Con lo de que no era de las suyas, pareciera que lo tenía todo resuelto.

Menos mal que me quité las gafas. Sería por el calor. Si no llego a quitármelas no sé qué hubiera ocurrido. Algo distinto, sin duda, o al menos más tarde. Me quité las gafas –también es cierto que había parado el coche bajo un farol– y vi que la viejecita llevaba una placa en la solapa. La giré con cuidado para que le diera la luz. Se podía leer claramente General, luego algo borroso, más bien rascado, tachado, y luego 202 y algo borroso.

Ahí se animó el barbudo. Comenzó a especular sobre las múltiples posibilidades de la dirección –porque era una dirección, estaba claro–, mas no le di la oportunidad y me marché de allí. Reconozco que no quería que se apuntase el tanto de resolver el caso. Con lo imbécil que era.

 

Cincuenta Generales

Me detuve más adelante, bajo otro farol, y cogí el callejero de la guantera. Busqué la calle General. «Llueve», dijo la viejecita. Yo estaba tan interesado en mi libro que no me había dado cuenta. Caían gruesas gotas de tormenta, pronto se hicieron estruendo y chaparrón.

La luz del coche funcionaba sólo si se abría la puerta, de manera que abrí la mía y preferí que no me importara mojarme por la izquierda. Busqué General y juré al ver que había por lo menos cincuenta generales en las calles de Madrid. Percibí que la viejecita me miraba al oír el juramento; también opté por no darle importancia. Yo juro mucho.

Intenté de nuevo la táctica del sondeo. Me puse a enumerarle los generales uno a uno, despacio, con la esperanza de que un comentario, una sonrisa, al menos una luz en los ojos me diera una pista. Recordaba el método de una película hacían lo mismo con un espía drogado. La pista llegó cuando dije General Manso, y tan claramente como un signo divino. La viejecita sonrió y le brillaron los ojos con el mejor de los recuerdos. Bendije al espía, busqué alegremente la página 165, letra G, según indicaba el callejero, y no juré de nuevo porque estaba demasiado contento por haber acabado con el problema. General Manso era una callejuela en la que ni siquiera cabía el nombre, que iba a dar al paseo de Extremadura, en el quinto pino, al otro lado de Madrid.

Arranqué de nuevo, con buen ánimo. Se iba a terminar la historia, y no sin esfuerzo. Y si ganar con un farol da gusto, casi más lo da ganar con una escalerilla miserable, construida poco a poco, frente a un trío de ases. Eso sí que da gusto.

No calculé lo difícil que iba a ser. Entre que yo tenía que seguir con gafas negras y que caía toda el agua del cielo, no se veía ni castaña. Cómo sería la cosa que tuve que andar en primera casi todo el tiempo, pues de pasar a segunda se me hubiera calado el coche.

Cruzamos pues Madrid, la viejecita y yo, casi casi como si estuviéramos andando. Ella parecía contenta, mirando con mucha atención. Ahora me pregunto por qué no hablé más Con ella. Por qué no le preguntaría por su marido. Sí le pregunté si tenía hijos, y me dijo que no. No insistí por ahí. Le pregunté de dónde era y me dijo que de León, y lo poco que hablamos fue de León, un sitio que no conozco. Si le hubiera preguntado por el marido todo hubiera sido distinto. Seguro.

Es cierto que me oriento muy mal, aunque esa noche, reconocerán, se habría perdido hasta la guardia civil. Y fue muy cerca. Íbamos ya por el paseo de Extremadura, y en lugar de girar hacia la izquierda, por la calle de Granados, giré a la derecha, poco antes. Ya me estaba dando cuenta de que no era por ahí cuando el coche se puso a toser y luego se paró como muerto. La luz de la gasolina brillaba como un limón.

Entonces juré de verdad, y la viejecita me miró, y yo la miré a ella, me importaba un pito que oyera mis juramentos. (Aunque me importa ahora: iba a decir me importaba tres cojones y el recuerdo de la viejecita, de su mirada pacífica, me lo ha impedido).

Estábamos en una de esas calles sin color. Las conozco de |obra, pues siempre he vivido en ellas. Edificios altos y grises, portales iguales, algún bar ruidoso de día y ahora completamente muerto, alguna farmacia. Poco más. Seguía lloviendo y me sentía tan desanimado que ni siquiera juré cuando miré el reloj y vi que eran ya las cinco y cuarto.

Ustedes no me creerán si les digo que me bajé y llamé al primer timbre del primer portal que me cayó bajo la mano. ¿Qué cosa podía hacer? Ni siquiera pasaba nadie. No contestaron. No quise insistir y llamé al lado. Como no contestaban, llamé de nuevo y también al segundo derecha. Tampoco. Así seguí, dejando pasar un tiempo que a mí me parecía largo y que me temo iba abreviando, y mientras esperaba miraba al coche. Comenzaba a temer que le ocurriera algo a la viejecita. Antes de bajar le había preguntado si tenía frío y me había dicho que no, pero yo sí lo tenía. También es cierto que yo estaba mojado y ella no.

Cuando había timbrado ya en el quinto izquierda me contestó una dormida voz de hombre. Le estaba pidiendo que si podía llamar a la policía municipal cuando contestó otra voz, una de mujer mayor, gritona. Quise empezar de nuevo, mas el hombre se impacientó con la segunda explicación, la mujer no comprendió que hubiera dos voces en el telefonillo, nos armamos un lío y me impacienté yo: «Olvídenlo,» dije, «ha sido una equivocación». La vieja insultó. Colgaron.

Seis gotas en un charco

Comencé de nuevo por el sexto izquierda –me salté el quinto derecha como si perteneciera a una zona de desorden y antipatía– y me propuse esperar más para que no ocurriera lo mismo. Calculé incluso en el reloj que pasaran cinco minutos por piso, con dos llamadas largas cada minuto y medio, y una tercera a los dos minutos para llegar a los cinco exactos. Yo soy muy maniático cuando me empeño en algo.

Tras la llamada al octavo izquierda –pensaba seguir con toda la calle si fuera preciso–, comprobé que podía ver mejor a la viejecita en el coche. Amanecía. Juré en voz alta, articuladamente aunque sin pasión. Estaba muy cansado y me sentía muy triste. El amanecer me deprime. Oí entonces una voz tranquila por el telefonillo.

Opté por no explicarle nada, y le pedí directamente que llamara a la policía municipal, al 092, porque no sabía cómo llevar a su casa a una viejecita perdida que estaba en mi coche, y mi coche sin gasolina.

«No tengo teléfono», me dijo con la misma tranquilidad de antes.

Miré hacia el coche y comprobé que se veía aún mejor que antes, y me sentí más deprimido, mucho más. Seguía lloviendo, poco, conté seis gotas en un charco.

«Suban», dijo al fin la voz, era una voz de mujer.

La viejecita se había dormido. Pacíficamente, con las manos en el regazo y la cabeza ligeramente inclinada. Despertó sin sobresalto tan pronto le puse la mano en el hombro, y accedió a bajar y entrar en el edificio. Se volvió a apretar el vestido por el cuello y eso me inquietó.

Nos abrió la puerta del octavo izquierda una mujer de ojos negros y unos treinta y cinco años, vestida con una bata azul sobre un camisón blanco que le asomaba por debajo. Iba descalza. Pidió que no hiciéramos ruido, llevó a la viejecita a la cocina y la sentó en una silla. Aunque no hizo preguntas, le expliqué nuestra historia, sin detalles. Dijo que a esa hora no se podía hacer nada, lo mejor era dormir un poco y esperar a la mañana.

Mas la viejecita ya no quería dormir. Parecía sentirse muy a gusto en la casa, y sobre todo con la mujer, que le sonreía con dulzura. Hizo comentarios sobre cómo eran antes los tazones de la leche y lo poco que le gustaba la leche a su marido. «Le conocerían ustedes, «¿verdad?», preguntó; Hipólito Manso, el secretario del ayuntamiento».

Ya no juré. Solté un gemido y me senté de golpe, y sólo entonces la mujer se me quedó mirando con esos ojos que no olvido. Me gustaba. Mucho. Era una mujer distinta. Le expliqué lo de la placa con el nombre General algo, y cómo deduje por una sonrisa y el brillo de un recuerdo en los ojos que la viejecita vivía en la calle General Manso, y ahora resultaba que Manso era su marido y de ahí el brillo y la sonrisa.

Dormimos. Eso era lo que había que hacer, sin duda. La viejecita durmió con la mujer, en una cama grande, desocupada por una razón que no me atreví a preguntar y que cada día me obsesiona más. Había otro cuarto donde dormía un niño, que fue el que me despertó, horas después. Tenía los ojos de su madre. Yo dormí en el salón, encogido en un sofá.

Por la mañana ni se planteó qué había que hacer. Había que buscar gasolina y entregar a la viejecita a la policía. Ya la conocían y sabrían dónde llevarla. Dormía cuando me marché, y ni se nos ocurrió despertarla.

No sé aún cómo se llamaba la mujer. Después de que el niño me despertara, me lavé un poco y bebí el café que ella me preparó y comí con ganas unas galletas. Sólo hablamos de la viejecita y del viaje con ella, pero sé que había algo debajo y que lo menos importaba era lo que dijéramos. Esa convicción es algo que con frecuencia me impide dormir.

Salí pues y compré una lata de gasolina, y no se me ocurrió otra cosa que dar una vuelta para comprobar que el coche andaba bien. Pensé también en buscar una tienda para comprarle algo a la mujer, algo para agradecerle y también para prometerle. Mas lo primero era comprobar el coche.

 

Octavos izquierda

No supe volver. Giré primero a la izquierda y luego me obligaron a torcer a la derecha, para salir al paseo de Extremadura, y no pude volver a meterme hasta bastante más adelante de modo que cuando logré regresar al barrio ese de calles y edificios iguales no fui capaz de reconocer el mío y perdí a la mujer y a la viejecita para siempre.

Claro que lo intenté. Di vueltas hasta agotar de nuevo la gasolina, compré más y llené el coche hasta el borde y volví a girar y girar, y me paré muchas veces para timbrar en docenas de octavos izquierda… hasta hoy.

No puedo dejar de pensar que mi historia hubiera sido distinta de no haber llovido esa noche, o de no haber visto la película de espías, o de haber preguntado a una viuda por su marido, o de haber cogido un taxi y no haberme dirigido a casa a 40 por hora. Y si fui a 40 fue porque llevaba gafas de sol y no se veía ni castaña. Quién sabe por qué no había recogido aún mis gafas nuevas, listas desde hacía cuatro días. Tantas son las razones que prefiero no pensar en ellas. Me obsesiona sin embargo recordar que las gafas viejas se me rompieron al atarme un zapato. Las tenía en el bolsillo de la camisa porque llevaba puestas las de sol. Las gafas se suelen caer, en verano. En invierno nunca.

Fragmento de El irlandés que no lo era 

Él, L.P., periodista cansado, viajaba al norte tan pronto como podía, con la desesperada intuición de que sólo el viaje ­­­–el viaje al norte, París, Londres, Roma, a veces Berlín– podía devolverle de cuando en cuando, como los plazos de un crédito, la sangre que tenía que ir invirtiendo día a día en su periódico.

Ella, A.N., alta, morena, pómulos de eslava, iba todas las tardes con su hijo a los jardines de las Tuilerías, pasaba las mañanas en la silenciosa sección de arte de la Bibliothèque Nationale, y se transformaba por las noches en compañía, adorno, baza decisiva en la veloz carrera de su marido como alto cargo de una multinacional de ordenadores. París a los 39 años, nada menos.

Octubre fue para él, como siempre, un alivio. Al fin un poco de fresco, noches más largas y ya no las infinitas tardes de agosto, regreso de Madrid a su verdadera naturaleza de ruido y atasco y conflicto en lugar del escenario fantasma en cuyo silencio destaca más la radio del vecino superviviente. A ella, danesa de Skagen, una península donde rebota la luz de dos mares, octubre la ponía en un estado de exaltación parecido al del estudiante que después de tres meses de tedio de playa, discoteca, oye fascinado los engranajes de su cerebro al ponerse otra vez en marcha.

La noche en que coincidieron ambos eran gente nueva, dispuesta, exaltada por los amarillos moribundos y los rojos intensos de octubre, y por eso quedaron enganchados el uno del otro con una fuerza que ya no se hace. Cómo fue no importaría demasiado de no ser porque ayuda a comprender el final de esta historia… Se conocieron en una de esas charlas amables que se inician en los restaurantes de mesas demasiado juntas a los que se va a la salida de los teatros. El marido de A.N. quiso ver en L.P. a un irlandés, un paisano en la combinación de pelo negro, tez muy blanca y ojos azules, y ahí comenzaron a desfilar más botellas de las necesarias para acompañar a los quesos, y luego una larga sesión de rondas de armagnac que terminó cuando las sillas ya estaban puestas sobre las demás mesas, el suelo limpio y los camareros vestidos de calle. Para el marido hubiera sido quizá un encuentro divertido, nada más. El y ella maniobraron para otra cena, y luego otra. En esa tercera, que era de despedida pues regresaba a Madrid, y con la sinceridad de quienes no cuentan con tiempo, se las arreglaron para citarse a la mañana siguiente en el hotel. Allí, tras un largo abrazo, él la hizo sentar en el borde de la cama, se arrodilló a su lado, le cogió una mano y le explicó que no quería hacerlo así, rápido y probablemente mal, que quería verla otra vez, vivir con ella, tener tiempo por delante.

Comenzó al día siguiente, ya desde el avión, una correspondencia intensa y secreta que, como los ojos del irlandés, ayuda a construir el final. Él recibía su correo en el ático del Madrid de los Austrias, ella en la Poste Restante, y no en la oficina de correos más cercana a su casa, sino en una situada a dos estaciones de metro de la Bibliothèque Nationale. No llevaba las cartas a su casa, como pudo comprobar quien la robó por dos veces en el metro y una en su casa, sino que las dejaba en la mesa con llave la que le daba derecho su trabajo de investigación; un lugar estratégico entre incunables y obras maestras, y en consecuencia de casi imposible acceso.

Esas cartas demostrarían, si fuese preciso, hasta qué punto la pasión fue sincera y fuerte entre L.P. y A.N., y en ellas podrá reconocerse todo aquel que haya vivido lo suficiente: él se pregunta atónito qué le ocurre, ella no soporta una ciudad súbitamente vacía, él, allá en Madrid, va dejando de lado a sus amigos, ya no sale, busca la soledad, ella difícilmente aguanta a su marido, dice, y se tiene que retener para no rechazarle siempre, él llega a escribirle poemas –poemas tristes, melancólicos, sobre la ausencia–, ambos preguntan todo el tiempo si aún son queridos y comienzan a crear un lenguaje propio, una jerga, e intentan superar la distancia, la insuficiencia del correo, y vencer el tiempo que pasa: acuerdan saludarse al despertar y antes de dormir, recordarse con el ángelus a mediodía, y pensarse intensamente, imaginarse con sinceridad y, a las siete en punto, pensar en lo que harán cuando puedan verse al fin.

Las cartas comenzaron a ser leídas por ojos ajenos en el momento en que el lenguaje paralelo comenzaba a inventarse una gramática, y cuando los horarios del recuerdo, por así decir, ya habían sido establecidos y sólo necesitaban de alusiones. Las cartas ya no resultaban pues cargantes en su retórica de enamorados, sino enigmáticas, misteriosas, sugerentes.

Eligieron Londres, una ciudad posible, para su reencuentro, y aun así, temerosos de tropiezos casi inevitables entre tanta gente, marcharon a Escocia. Buscaban, claro, en el otoño brumoso, los ríos, los amarillos apacibles, un cuadro que no desentonara con sus cartas, a la vez que opaco, no demasiado visible, como lluvia fina al otro lado de una ventana.

Sí, L.P. había intuido bien en el hotel de París. En Escocia, con casi una semana por delante, entre piedras alisadas por los siglos y prados eternamente húmedos por el rocío y la niebla, dejaron que la espera fuese creciendo lentamente en ellos hasta que todo fuese natural sin necesidad de músicas ni bebidas. Cuando finalmente quedaron desnudos el uno frente al otro, sus cuerpos no les parecieron extraños compañeros de una voz, una mirada, unas manos que conocían bien; el cuerpo le él no se correspondía con su edad, tal como había temido ella, y estaba desgastado por la falta de sueño y la comida de lata. El de ella, en cambio, como confirmó él con un temblor casi imperceptible, era de un blanco que sorprendía bajo su pelo negro, y de una suavidad y ternura como L.P. no había conocido nunca.

Quién sabe qué hubiese ocurrido en el caso de que L.P. y A.N. hubiesen cedido aquella mañana en París a su deseo de guiar las caricias de una mano o humedecer los labios en lugares escondidos. Probablemente no hubiese ocurrido nada más. En Escocia, por un inesperado efecto del abrirse con sinceridad y esperarse sin prisas, fueron quedando más unidos, cada vez, hasta que les pareció imposible separarse. La última noche permanecieron abrazados, sin dormir, preguntándose cómo iban a lograr sobrevivir el uno sin el otro.

Lo consiguieron, no sin esfuerzo. Reiniciaron de inmediato el pobre sustituto de una correspondencia intensa, aunque ligeramente distinta. No primaba ya la desolación por la ausencia, sino cierta rebeldía ante ella, que poco a poco fue planeando otros encuentros. Una noche, tras una fiesta en la que había bebido demasiado, ella se sentó de golpe en la cama como quien ha sido golpeado por el error de una pesadilla, y tuvo que violentarse para fingirla ante su marido, también despierto, cuando en realidad exultaba ante la dimensión de su hallazgo: porque A.N. se había acordado del viaje de Christian Lebot a Bayona. Dos meses de verano en los que había pintado mucho, pero mal, cuadros que parecían ejercicios para no perder la mano, construidos con tal serenidad y ausencia de búsqueda que, admirablemente en él, parecían las obras sin vida ni talento de un profesor de Bellas Artes.

En el mismo instante en que A.N. recordó ese período de Lebot, decidió que ella lo recuperaría para la historia del arte, iniciaría de inmediato un voluminoso estudio sobre ese verano marginal. Tendría que viajar mucho a Bayona, y Bayona estaba a una noche de tren desde París, y a otra desde Madrid.

Así encontraron L.P. y A.N. una vía para mantener encendido su amor a distancia, y resultó tan fácil como una pasión por la caza o por navegar a vela. No tuvieron mayores dificultades para encontrarse con cierta regularidad en el sur de ella, en el norte de él y, lo que es más importante, con perspectivas de hacerlo durante mucho tiempo, tanto como durase un estudio inacabable sobre dieciocho cuadros y dos grandes cuadernos de bocetos.

No tardó en crearse algo parecido a una rutina, que ellos llegaron a ver como una suerte de matrimonio; al final de cuentas, se decían en las difíciles despedidas, estaban más tiempo juntos que muchos matrimonios de pilotos o de maestros de escuela rural. Además, las separaciones y encuentros saboteaban la monotonía que –tenían ya edad para saberlo– corroe y destruye, e incluso mata.

Un jueves de cada dos, y prácticamente a la misma hora, él iba a la estación de Chamartín y ella a la de Austerlitz, y ya en los coches-cama, escuchando los anuncios de trenes y ciudades que a esa hora menudean en todas partes, despertando en las estaciones para descontar etapas, iban construyendo cada encuentro.

No hacían locuras, sin embargo. No se instalaron ni se establecieron en un lugar fijo que hubiera desmentido la investigación de A.N., pues Christian Lebot, en su veraneo mediocre, no había cambiado la naturaleza viajera que le había inquietado la segunda parte de su vida y había recorrido toda la zona, a ambos lados del Pirineo, con la ansiedad de un turista de autobús.

L.P. Y A.N. se compraron un coche blanco de segunda mano, uno de esos que abundaban en la región , y en el que guardaron, como en el deseo de un lugar propio, las cartas intercambiadas desde el viaje a Escocia que les fueron robadas un día, junto con el radiocasete. Con el coche fueron visitando todo el País Vasco, como habían hecho en Escocia: eludían los lugares frecuentados por turistas, como Biarritz, Zarauz o Fuenterrabía, pues siempre eran posibles coincidencias no deseadas, recorrían pueblecitos discretos en los que nunca faltaba un bar y una pensión con rutinaria pero excelente comida: cordero y pimientos, merluza si estaban cerca de la costa, y angulas a buen precio, que sólo se comían en España. En esos bares era fácil además charlar con la gente del lugar, que, bajo ademanes rudos y lenguaje más bien cortante, era simpática y discreta: jamás preguntaban por otra cosa que no fuera si les gustaba el pueblo o si ya habían comido los chipirones de la patrona, famosos en todo el país.

Cinco meses después del comienzo de esos viajes, un 26 de mayo humedecido por la lluvia invisible del norte, L.P. y A.N. fueron asesinados de dos tiros en la nuca cuando salían del bar La Francisca, en Elanchove, costa de Vizcaya. Anochecía y el agresor, un hombre de unos treinta años que vestía un cortavientos amarillo, caminó hacia otro coche de color blanco, idéntico al de ellos, a cuyo volante esperaba otro hombre con el motor en marcha.

Nunca se les identificó. En el comunicado difundido dos días más tarde, los ejecutores explicaron la verdadera identidad de L.P. y A.N., conspiradores que bajo la apariencia de un periodista y una investigadora se habían dedicado a recorrer el país en busca de información y contactos, en una clara labor de apoyo para futuras acciones de guerra. Antes de su desembarco se habían preparado de una forma concienzuda que demostraba su capacidad profesional: él, como periodista de sucesos, había aprendido de armas y métodos de sabotaje. Ella, como supuesta especialista en el pintor Christian Lebot y esposa de un ejecutiva de una multinacional que le ofrecía excelente cobertura, se había documentado sobre infinidad de aspectos de la vida del País Vasco. Una correspondencia entre ambos, interceptada, demostraba igualmente su pericia en códigos y transmisiones en clave.

Fragmento de Ladra di cani

Llueve. Llueve sobre las afueras de Roma y Annalisa escarba la cerca confiando en llegar hasta Panda antes de que alborote. Llueve. Annalisa se aparta el pelo de la cara con el reverso de la mano y se pinta de barro. No le importa, ni lo piensa, está pendiente de cavar lo suficiente para poder pasar. Llueve, llueve sobre Roma. «Tranquila, Panda, tranquila», musita de cuando en cuando. Y cava con las manos.

En la casa la fiesta continúa, más sosegada. Las voces han ido bajando el volumen, aún se oye alguna carcajada, suena un bolero. Deben de estar bailando, piensa Annalisa, y se imagina dos o tres parejas dispersas por los sofás, dos o tres parejas bailando en el amplio salón, todos pensando en lo mismo. Ha reconocido los coches de Paola, Giancarlo y Alberto en el porche de la entrada, además de otros dos, y se imagina las chicas que han llevado maniquíes intercambiables, azafatas de revista, infelices. Varias se quedarán a pasar la noche.

El foso es ya casi suficiente y Panda, que siente la cercanía, gime con más fuerza. «Tranquila, Panda, tranquila», musita Annalisa, y araña la tierra, ya no piensa en quitarse el pelo que se le pega a la cara. La tierra arenosa se escurre por el agua, a cada rato tiene que empujarla más atrás.

Atrapada en el esfuerzo, Annalisa no ha oído la llegada de otro coche

Que al entrar en la finca la ilumina y paraliza como un conejo. Sus negros ojos brillan deslumbrados por los faros. Cree que la han cazado. No se dejará, decide, no dejará que la aparten de Panda, se la llevará consigo pase lo que pase. Pero el coche sigue lentamente hasta el porche de los coches, se detiene, apaga las luces, el motor, y un hombre y una mujer bajan y corren riendo bajo la lluvia hasta la puerta. Se abre ésta, deja ver un instante de la fiesta a media luz, voces, se vuelve a cerrar. Annalisa siente el frío que le ha calado el chaquetón y le llega a la piel, se mira por entre el barro varias uñas rotas. «¡Mierda!», masculla. Sigue cavando.

De pronto comprende que ya puede pasar. Y si ella puede, también podrá Panda. Con cuidado para no provocar más corrimientos, Annalisa se acuesta sobre la tierra y se desliza poco a poco por debajo de la cerca, hasta encontrarse al otro lado. Panda, que algo ha comprendido, gime, gime con más fuerza. «Tranquila, tranquila», dice ella mientras corre hacia la caseta, abre la puerta y con rapidez calla a Panda, que ha llegado a soltar dos ladridos. Con la perra sujeta a su pecho, Annalisa escucha. Oye el rumor lejano de la fiesta, y los latidos de su corazón y el de la perra, que le lame la cara y la mano con la que intenta sujetarle el morro. La tranquiliza, le habla, le susurra «tranquila, tranquila». Le mira el vendaje de la pata delantera. Está sucio y viejo. Annalisa jura de nuevo, aunque esta vez en silencio. La lluvia repica con estruendo en el techo de uralita.

Decide no perder más tiempo. Coge una manta del nicho en que duerme Panda, la levanta con esfuerzo, pesa, abre la puerta, mira hacia la casa, comprueba que todo sigue igual, y procurando tapar al animal con la parte alta de su cuerpo, corre hacia la cerca. Allí deposita a la perra en el suelo, le dice que esté quieta. Panda comprende. La empuja lentamente, con cuidado, mientras ella sigue el mismo camino.

La puerta de la casa se abre cuando ya casi ha terminado de pasar. Annalisa no mira hacia atrás. Se da cuenta de que algo ocurre porque la música es más nítida. Tras un silencio breve oye la voz de Giorgio: «¡Eh!», y luego otra vez, «¡Eeeh!», más fuerte. Annalisa no espera más, se levanta de golpe con la perra entre los brazos, engancha el chaquetón en la alambrada, tira; siente el desgarro en la espalda y corre, corre hasta el coche a unos cien metros. Ahí se da la vuelta: Giorgio ha llegado hasta la cerca y mira desde allí, ya no grita, ha comprendido. Ella abre la puerta de su coche, coge a la perra y la coloca en el asiento de atrás, con cuidado, se sienta al volante y arranca.

Cree que ha vencido, Annalisa. Cree que ha vencido y por eso, mientras conduce nerviosa por el camino de la finca que lleva a la carretera hacia Roma deja oír una carcajada. «¡Mascalzone!», dice, feliz. Pero la palabra se le muere en la boca al ver que un coche, el coche de Giorgio, le tapa el camino, poco antes de la entrada a la finca. Ha sido más rápido y la ha alcanzado por el otro camino. Los faros de otros coches la deslumbran desde su propio espejo: tampoco puede retroceder.

Annalisa detiene el coche a unos veinte metros, apaga el motor, tranquiliza a Panda que la mira interrogante, se baja. Siente de nuevo la lluvia en la cara a la vez que un gran cansancio. El coche que la sigue también se ha detenido pero sus ocupantes no se bajan. Su luz ilumina a Annalisa por detrás y, más, a Giorgio, de pie junto a su coche. A lo lejos la luz de Roma tiñe de morado la tormenta.

«No te la voy a devolver», dice Annalisa. «Te advertí que si le ocurría algo me la llevaría.»

«Nunca pensé que fueras una ladrona de perros», dice Giorgio. Ninguno de los dos levanta la voz y el rumor de la lluvia tiende a llevarse las palabras.

«No soy una ladrona de perros. Me llevo lo que es mío.»

«Panda no es tuya.»

«Sólo te la presté.»

«¡Hace un año! Durante todo este tiempo ni has llamado para saber cómo estaba. Ahora es mía.»

«No necesitaba llamarte para saber cómo estaba. La prueba es que me he enterado de que la habías atropellado. Eres un inepto.»

«¡Fue un accidente!»

«Un accidente que rompe el compromiso. Me la voy a llevar.»

«No.»

«No sé cómo lo vas a impedir.»

Giorgio guarda silencio. Luego dice:

«La policía te lo impedirá.»

Llueve, llueve aún sobre Roma cuando una caravana de tres coches se detiene ante el puesto de carabineros más cercano. De los dos de los extremos desciende una tropa del mismo estilo –ellos, guapos, sonrientes, seguros, ellas, delgadas, seductoras, perfumadas– y del coche de en medio baja una mujer que viste un chaquetón desgarrado por detrás. Lleva en los brazos un perro con una pata vendada y los ojos negros le brillan de emoción.

«Esta mujer ha entrado en mi casa y ha robado mi perro», dice Giorgio caminando aún hacia la mesa del sargento.

«Me llamo Annalisa di Gregorio y he entrado en la casa de este señor para recuperar mi perra», dice Annalisa.

El sargento les mira, mira a su compañero, que se sienta en una mesa al lado, mira a la tropa que espera un poco más atrás y que casi guarda silencio, y vuelve a mirar a Annalisa y Giorgio.

«Por favor, no hablen los dos al tiempo.» Es un hombre joven, rubio, tiene acento del Véneto.

«Soy el doctor Giorgio Abbro. Me encontraba esta noche con unos amigos en mi casa y vi desde la ventana que algo raro sucedía al otro lado de la perrera. Al salir, vi que esta mujer se llevaba mi perra.»

«No es su perra!»

«Luego hablará usted. Prosiga doctor.»

«Corrí en mi coche y le corté el paso en la carretera. Luego hemos tenido que venir aquí porque no me la quiere devolver.»

«No es su perra. Yo se la dejé hace un año con el compromiso de que la cuidaría bien. Pero hace una semana la atropelló con su coche. He venido a recuperarla.»

«¿Es cierto eso?»

«¡No, no es cierto. La perra era de los dos!»

«¡No era de los dos!» Annalisa se vuelve: «Alberto, Giancarlo, vosotros sabéis que no era de los dos. ¡Panda ya estaba conmigo cuando vine a vivir aquí!»

«Luego, señorita. Ahora deje hablar al doctor.»

«Era de los dos. Hace un año ella decidió marcharse y yo me quedé con la perra. Yo vivo en una finca y ella en un piso en la ciudad. Es lógico que yo me quedara con ella. Un perro está mejor en el campo.»

«¡Cómo! ¿En una perrera? ¿Con un hombre que ni mira hacia atrás cuando saca el coche?»

«¡Fue un accidente! Sargento, usted comprende que fue un accidente. La perra ya se está recuperando.»

«¡Recuperando! !Mire este vendaje! ¡Ande, mírelo! No lo cambia desde que se lo pusieron. ¡Y en una perrera!»

«Señorita, los perros están para vivir en perreras.»

«¡No cuando tienen una pata rota! Escuche: fui yo quien le obligó a construir la perrera. ¡Él quería dejarla fuera, incluso en invierno!»

«¿Es cierto eso?»

«Es una forma de contarlo. En realidad, la casa estaba recién construida cuando ella vino a vivir conmigo: todavía no había mandado hacer la perrera, pero pensaba hacerlo.»

«¿Sí? ¡Qué memoria! Escuche sargento: construyó la perrera porque esa fue la condición que le puse.»

«¿Y por qué le dejó la perra?»

«Me dio pena. Decía que quería guardar algo mío, decía que Panda significaba mucho para él.»

«Y significa. Si le hubiera importado tanto no me la habría dejado, como dice. La perra se quedó conmigo porque era más mía que suya, y ambos lo sabíamos.»

«¿Lo sabíamos? Yo no sabía nada. Además ¿y la alambrada? ¿Cree usted que es forma de tener un perro, en una perrera rodeada de alambradas, como en un campo de concentración?»

«No es una alambrada, es un enrejado de gallinero.»

«Es igual! ¡Panda no es una gallina!»

«Es una perra estupenda pero peligrosa. La encierro cuando viene gente.»

«¡No es una perra peligrosa y no la encierra sólo cuando viene gente! ¡La encierra siempre, de día y de noche!»

«¿Y tú cómo lo sabes?»

«Porque lo he visto. He venido… a veces… y he visto.»

Llueve, llueve en la madrugada de las afueras de Roma mientras en un cuartelillo un hombre elegante y una mujer con el chaquetón desgarrado y barro en la cara discuten por la propiedad de una perra herida. Llueve…

Fragmento de Yo soy el destino

Los puse juntos porque se lo merecían: eran los únicos humanos en ese batallón de cansados robots que toman el último avión de Londres a Madrid. El mismo batallón que el de Madrid a Londres. El mismo que el de cualquier último avión.

El llegó primero, con tiempo, y no exigió nada: ni ventanilla, ni zona de no fumadores, ni de fumadores, ni salida de emergencia para tener más espacio… nada. Los robots siempre andan pidiendo cosas, como si un avión fuese un hotel. Y no es que no supiese viajar: eso se nota de inmediato. Mostró su billete por la página correcta –vi que terminaba una enigmática gira Madrid, Fráncfort, Berlín, Copenhague, Edimburgo, Dublín, Londres, todo con billetes abiertos y en tarifas MYA– y me miró como si yo fuese una persona y no un bombón envuelto en seda. Me pareció tímido, con ese extraño atractivo que tienen los tímidos, y esos ojos un tanto ensimismados que tienen los que viajan solos mucho tiempo. Le di un 24 A, la ventanilla que a mí más me gusta en un DC-10: está en una salida de emergencia, por lo que se pueden estirar las piernas más que en Business Class, y aunque todavía es zona de no fumadores, se encuentra suficientemente retirada del tropel de fanáticos que día a día engordan el ejército de no fumadores. Esos sí que exigen y protestan. No dicen nada sin embargo del aire enlatado de los aviones, o del café.

Luego llegó ella. Intentaba parecer robot y no podía, aún no podía, estaba claro que no llevaba suficiente tiempo en el gremio. Hacía esfuerzos por esconderse detrás de un maletín con cerraduras de clave, gafas de aro grande y visible, traje sastre severo color crema. Al tiempo su mirada era la de alguien con los pies cansados y harto de que le hablen de cifras y balances. De que te hablen de cifras y balances y en realidad están pensando en cómo hacerse un fin de semana contigo. Los conozco.

De modo que decidí darle e1 24 B. Quise ahorrarle una conversación de balances y –haciendo fuerza mental para que no pidiese nada específico: «no pidas nada, no pidas nada», no pidió–, le entregué la tarjeta de embarque con mi mejor sonrisa, aquella que ni siquiera muestra los dientes y más bien asoma a los ojos.

Tres cuartos de hora después los busqué en el Eurolounge. En ese salón de ejecutivos con las mismas carteras de cuero ella y las mismas chaquetas oscuras de él, destacaban como un par de ovejas entre un rebaño de toros bravos. O más bien, como dos toros bravos en un rebaño de ovejas. Ella se había sentado de espaldas al salón miraba por el gran ventanal la oscuridad de las pistas y el despacioso paso de los aviones cuando aterrizan, relajados. Dos o tres del rebaño, sentados en torno, la miraban con los ojos de siempre y, como siempre, fingían indiferencia. Sé lo que les mantenía en torno a ella, mirando de reojo, porque es lo mismo que les engancha de nosotras: olían a la mujer bajo el uniforme.

Sí, en la diagonal del gran salón, escribía con cuidado y rapidez en lo que parecía una pequeña libreta negra. Era lo que les unía a distancia en el rebaño: ambos se abstraían mientras en su entorno los hombres uniformados arrastraban su cansancio y los más fuertes se miraban con rencor. Me pregunté qué es lo que escribía.

Yo hago desde hace ya algún tiempo vuelos transoceánicos –Buenos Aires, Delhi, Los Ángeles, Bogotá – y tengo así una mentalidad larga, que no se fija en los detalles. Sólo al subir y ver el catering caí en la cuenta de que no iba a ser tan fácil con sólo dos horas para llegar a Madrid. En un vuelo a Delhi, o incluso a Bogotá, habría bastado que estuviesen sentados juntos: son muy raros los pasajeros que no cruzan palabra en vuelos tan largos e incluso alguna vez me ha sorprendido la intimidad a la que se puede llegar. En un vuelo casero disponían de poco tiempo y sin embargo no les veía muy dispuestos a abrirse, ella mirando aviones, él tomando notas. Probablemente seguían dependiendo de mí.

Lo intenté con los periódicos. Me las arreglé para llegar hasta ellos con sólo un ejemplar de los dos que les podían interesar. Es una de las dos previsiones en las que no fallo nunca, la otra es la de saber quién se va a levantar para hablarme, y de éstos, quien se atreverá a pedirme el teléfono.

Fallé. Ella ni miró el periódico y él cogió uno de los dos, aunque con desgana, casi como una amabilidad hacia mí. Tendría que intervenir. Elegí, como al azar, media docena de filas y fui preguntando qué tal marchaba todo, como los maîtres de los buenos restaurantes, o mejor, de los malos con pretensiones. Quería meterlos a ambos en una conversación, aunque fuese sobre la duración del viaje. Los viajeros veteranos me miraban con cierta extrañeza y no me hacían mucho caso, y los novatos respondían con ilusión, aún no veían la retórica de mi pregunta y mi sonrisa. Ellos apenas me hicieron caso.

De modo que recurrí a los grandes remedios. Era ya un empeño personal, no podía creer que no fuese capaz.

Al servirles la comida me las arreglé para tirar entre ambos un vaso de vino tinto que le manchó a él el pantalón y a ella algo la falda. Algo muy grueso, ya que es muy difícil quitar esa mancha, pero precisamente por eso conectaron al fin. Donde falla la diplomacia triunfa la dinamita, donde fracasa la medicina lo consigue el cirujano.

Le elegí a él para experimentar con la mancha porque se sentaba junto a la ventanilla y eso me permitía inclinarme sobre ella y con el movimiento incorporarla a la intimidad que el vino había creado de pronto entre nosotros. Al pasar por encima de ella y olerla comprendí que no me había equivocado, algo muy joven se escondía bajo ese traje de soldado.

Él estaba tan furioso –sólo se le notaba en los ojos – como puede llegar a estarlo un tímido. Yo me las había arreglado para tirar el vaso en medio de ambos. La mancha de él cubría más o menos un bolsillo, una zona incómoda y fronteriza. Enrojeció violentamente desde que intenté por primera vez quitarle la mancha. Ella permanecía quieta y también tensa.

Empleamos varios remedios y no sirvió ninguno. Ni el quitamanchas oficial del avión, ni polvos de talco, ni sal. Yo esperaba, en cada viaje a la zona de las provisiones, que a mi regreso los encontraría charlando, o al menos insultándome y comentando el mal servicio de los aviones, pero no. Permanecían quietos, mirando al frente, sumamente incómodos a causa de esa imprevista intimidad creada por la catástrofe.

Cuando finalmente fracasó la sal y aquello comenzaba a tener el aspecto de infectarse en cualquier momento, una viejecilla que se encontraba en diagonal cruzando el pasillo decidió intervenir. Ella conocía un remedio, dijo, aunque para aplicarlo él tendría que quitarse el pantalón.

Al fin ella rió. Yo también. Ella por la expresión que puso él, yo, al instante siguiente, al saber que había ganado.

 

Ahora, a distancia, me doy cuenta de que el factor decisivo fue la viejecita. ¿Fue ella el destino y no yo, que los senté juntos y les tiré el vino encima? Nunca lo sabré.

He querido guardar la historia por escrito pues las historias van cambiando con el tiempo, se esconden en las arrugas de la memoria y pronto no sabría cómo comenzó ésta o me inventaría algún comienzo más romántico.

Además no es fácil recordar, para mí, que estoy todo el tiempo de un lado a otro. La realidad no es la misma, en Tres de Marzo, donde la torre de control nos impide salir desde hace tres horas por algún misterioso motivo. También nos impiden bajar del avión. Cada cinco minutos la torre anuncia al capitán que nos dejarán salir en los cinco siguientes. Pero no lo hacen. Y así estamos, sin poder hacer nada, ni siquiera servir un café a los pasajeros. Siempre me ha asombrado la paciencia de los pasajeros, sobre todo dentro de los aviones. Supongo que es porque los aviones son como templos, templos góticos que se elevan en el cielo. Pronto amanecerá.

Sí, la realidad cambia. Yo estoy acostumbrada a la rutina de darle vueltas al mundo pues al fin de cuentas todos los aeropuertos tienen, desde Fiumicino a Maiquetía, el mismo olor a sillones de skai y tedio de espera, y los hoteles son tan iguales que últimamente escribo un cartelito en la mesilla para convencerme al despertar de que en realidad estoy de viaje. Así, a menudo compruebo que la vida es mucho más violenta e imprevista detrás de mí…

Ese fue mi último viaje europeo durante meses. A la mañana siguiente me asignaron a la línea de Buenos Aires, que de cuando en cuando, por imprevistos, se desvía a Nueva York. En esos días, sobre todo en esos instantes en que al fin duermen los pasajeros y el avión va tirando esforzadamente del alba, a veces pensaba en qué habría ocurrido, si habrían compartido el mismo taxi o si habrían intercambiado teléfonos.

Tuve una respuesta, al menos parcial, al hojear una revista atrasada en el vestíbulo de nuestro hotel en Buenos Aires, mientras esperaba a Paloma. Una de esas revistas que insultan la inteligencia y tienen tanto éxito. Ahí estaban los dos, en la esquina de una foto en la esquina de una fiesta. Así me enteré de sus nombres. Así supe que habían mantenido el contacto creado por el vino, al menos hasta la fecha de la fiesta en uno de esos lugares de moda, Mónaco, Andraixt, Capri, no recuerdo cuál; todos se parecen. Me extrañó verles allí pero bastaba observar la foto más de un instante para comprender que no estaban allí sino que pasaban y el fotógrafo les había sorprendido. Algunos dirían que eso no se puede ver en la foto de una revista, pero yo lo vi: un aura que los unía y al tiempo los separaba de los demás. El aura que une las parejas al principio, cuando crean su propio mundo como se construye una casa.

El aura y la foto suponían un triunfo. Podía recortarla y unirla a los demás recuerdos de mi talento para hacer, y también para deshacer, o incluso ponerle un marco como uno de los mejores. En lugar de todo ello me envolvió una vaga melancolía y cuando llegó Paloma no me sentí con fuerzas para acompañarla de compras por el sudoroso enero de Buenos Aires.

Ya no los volví a perder. Pese a las ironías de mis compañeras, que me habían oído varias veces mis opiniones sobre las revistas de chismes, pura pornografía al fin de cuentas, y más hipócrita que las otras, comencé a recoger las que se dejaban los pasajeros y, jamás lo hubiese creído, a comprarlas. Ellos aparecían de vez en cuando. Nunca como protagonistas, pues eso hubiese exigido su complicidad, pero sí en fotos robadas por los paparazzi con teleobjetivos, o si no con motivo de fiestas a las que acudían porque no les quedaba más remedio. Eso se nota.

Yo creo que los habría olvidado, una vez comprobado que seguían juntos y felices, de no ser porque ya en la segunda o tercera fotografía me pareció ver que el aura aquella de la pareja iba cambiando muy ligeramente. Quizá es que ellos también iban cambiando. Seguían teniendo ese aire distinto pero cada vez menos esa timidez, ese aislamiento que me había costado tanto superar. De alguna forma, descubrí con horror una tarde en Nairobi, era como si de alguna extraña y venenosa manera la personalidad de plástico brillante de los personajes que aparecían en esas revistas se les fuera contagiando.

Me encontraba en la piscina del Hilton Kenia y de vez en cuando tenía que espantar, como siempre, a alguno de esos ejecutivos que hacen safaris para poderlo contar. Me estremecí al pensar que cualquier día abriría una revista para descubrirlos a los dos disfrazados de cazadores y decidí que debía cortar, olvidarlos en el destino que yo había provocado, dejarlos ser libres.

Nada es tan fácil. El viernes levanté los ojos de mi pantalla en el aeropuerto Kennedy, en Nueva York, y me lo encontré a él, lozano pese a que afuera la nieve se convertía en hielo traidor tan pronto llegaba al suelo, oloroso a colonia, seguro de sí mismo. No me dio ninguna oportunidad de elegirle nada. Preguntó en qué tipo de avión volábamos y en función de ello pidió fila y asiento, preguntó hora de embarque y puerta de salida y, más para poderme sonreír, creo, preguntó si el avión iba muy lleno.

Yo creía que no me había reconocido. En la sala de embarque noté que me observaba y que no hacía nada por evitarlo. Ya entonces comencé a temer. No era la mirada de alguien que me había reconocido como la azafata que derramó vino en su pantalón para cambiar su vida, sino la mirada del ejecutivo que quiere hacerse el interesante antes de levantarse a charlar conmigo y luego pedirme el teléfono. Siempre lo mismo.

Fui lo más fría posible. Rebajé a cero la amabilidad que es obligada en mi oficio y fui incluso impertinente. Queriendo evitar lo que ya veía venir como se ve una tormenta, cambié con Paloma y me fui a segunda clase. Aunque está prohibido, a veces lo hacemos.

No pude evitarlo. Ya habíamos retirado las bandejas de la cena, ya los pasajeros intentaban distraerse con una de esas detestables películas que pasamos a bordo, cuando le vi levantarse y venir hacia mí. Mientras veía su silueta avanzar por el pasillo, intenté imaginar si siempre es así, si el destino está siempre escrito hacia el mismo lado.

Ahora amanece en Santiago, como en Londres, hace un par de días, cuando le vi por última vez. Dormía. Siempre duermen.