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Pedro Sorela

Yo soy el destino

Por: Pedro Sorela Miércoles 20 Junio 1984. En Cuentos

Los puse juntos porque se lo merecían: eran los únicos humanos en ese batallón de cansados robots que toman el último avión de Londres a Madrid. El mismo batallón que el de Madrid a Londres. El mismo que el de cualquier último avión.

El llegó primero, con tiempo, y no exigió nada: ni ventanilla, ni zona de no fumadores, ni de fumadores, ni salida de emergencia para tener más espacio… nada. Los robots siempre andan pidiendo cosas, como si un avión fuese un hotel. Y no es que no supiese viajar: eso se nota de inmediato. Mostró su billete por la página correcta –vi que terminaba una enigmática gira Madrid, Fráncfort, Berlín, Copenhague, Edimburgo, Dublín, Londres, todo con billetes abiertos y en tarifas MYA– y me miró como si yo fuese una persona y no un bombón envuelto en seda. Me pareció tímido, con ese extraño atractivo que tienen los tímidos, y esos ojos un tanto ensimismados que tienen los que viajan solos mucho tiempo. Le di un 24 A, la ventanilla que a mí más me gusta en un DC-10: está en una salida de emergencia, por lo que se pueden estirar las piernas más que en Business Class, y aunque todavía es zona de no fumadores, se encuentra suficientemente retirada del tropel de fanáticos que día a día engordan el ejército de no fumadores. Esos sí que exigen y protestan. No dicen nada sin embargo del aire enlatado de los aviones, o del café.

Luego llegó ella. Intentaba parecer robot y no podía, aún no podía, estaba claro que no llevaba suficiente tiempo en el gremio. Hacía esfuerzos por esconderse detrás de un maletín con cerraduras de clave, gafas de aro grande y visible, traje sastre severo color crema. Al tiempo su mirada era la de alguien con los pies cansados y harto de que le hablen de cifras y balances. De que te hablen de cifras y balances y en realidad están pensando en cómo hacerse un fin de semana contigo. Los conozco.

De modo que decidí darle e1 24 B. Quise ahorrarle una conversación de balances y –haciendo fuerza mental para que no pidiese nada específico: «no pidas nada, no pidas nada», no pidió–, le entregué la tarjeta de embarque con mi mejor sonrisa, aquella que ni siquiera muestra los dientes y más bien asoma a los ojos.

Tres cuartos de hora después los busqué en el Eurolounge. En ese salón de ejecutivos con las mismas carteras de cuero ella y las mismas chaquetas oscuras de él, destacaban como un par de ovejas entre un rebaño de toros bravos. O más bien, como dos toros bravos en un rebaño de ovejas. Ella se había sentado de espaldas al salón miraba por el gran ventanal la oscuridad de las pistas y el despacioso paso de los aviones cuando aterrizan, relajados. Dos o tres del rebaño, sentados en torno, la miraban con los ojos de siempre y, como siempre, fingían indiferencia. Sé lo que les mantenía en torno a ella, mirando de reojo, porque es lo mismo que les engancha de nosotras: olían a la mujer bajo el uniforme.

Sí, en la diagonal del gran salón, escribía con cuidado y rapidez en lo que parecía una pequeña libreta negra. Era lo que les unía a distancia en el rebaño: ambos se abstraían mientras en su entorno los hombres uniformados arrastraban su cansancio y los más fuertes se miraban con rencor. Me pregunté qué es lo que escribía.

Yo hago desde hace ya algún tiempo vuelos transoceánicos –Buenos Aires, Delhi, Los Ángeles, Bogotá – y tengo así una mentalidad larga, que no se fija en los detalles. Sólo al subir y ver el catering caí en la cuenta de que no iba a ser tan fácil con sólo dos horas para llegar a Madrid. En un vuelo a Delhi, o incluso a Bogotá, habría bastado que estuviesen sentados juntos: son muy raros los pasajeros que no cruzan palabra en vuelos tan largos e incluso alguna vez me ha sorprendido la intimidad a la que se puede llegar. En un vuelo casero disponían de poco tiempo y sin embargo no les veía muy dispuestos a abrirse, ella mirando aviones, él tomando notas. Probablemente seguían dependiendo de mí.

Lo intenté con los periódicos. Me las arreglé para llegar hasta ellos con sólo un ejemplar de los dos que les podían interesar. Es una de las dos previsiones en las que no fallo nunca, la otra es la de saber quién se va a levantar para hablarme, y de éstos, quien se atreverá a pedirme el teléfono.

Fallé. Ella ni miró el periódico y él cogió uno de los dos, aunque con desgana, casi como una amabilidad hacia mí. Tendría que intervenir. Elegí, como al azar, media docena de filas y fui preguntando qué tal marchaba todo, como los maîtres de los buenos restaurantes, o mejor, de los malos con pretensiones. Quería meterlos a ambos en una conversación, aunque fuese sobre la duración del viaje. Los viajeros veteranos me miraban con cierta extrañeza y no me hacían mucho caso, y los novatos respondían con ilusión, aún no veían la retórica de mi pregunta y mi sonrisa. Ellos apenas me hicieron caso.

De modo que recurrí a los grandes remedios. Era ya un empeño personal, no podía creer que no fuese capaz.

Al servirles la comida me las arreglé para tirar entre ambos un vaso de vino tinto que le manchó a él el pantalón y a ella algo la falda. Algo muy grueso, ya que es muy difícil quitar esa mancha, pero precisamente por eso conectaron al fin. Donde falla la diplomacia triunfa la dinamita, donde fracasa la medicina lo consigue el cirujano. 

Le elegí a él para experimentar con la mancha porque se sentaba junto a la ventanilla y eso me permitía inclinarme sobre ella y con el movimiento incorporarla a la intimidad que el vino había creado de pronto entre nosotros. Al pasar por encima de ella y olerla comprendí que no me había equivocado, algo muy joven se escondía bajo ese traje de soldado.

Él estaba tan furioso –sólo se le notaba en los ojos – como puede llegar a estarlo un tímido. Yo me las había arreglado para tirar el vaso en medio de ambos. La mancha de él cubría más o menos un bolsillo, una zona incómoda y fronteriza. Enrojeció violentamente desde que intenté por primera vez quitarle la mancha. Ella permanecía quieta y también tensa.

Empleamos varios remedios y no sirvió ninguno. Ni el quitamanchas oficial del avión, ni polvos de talco, ni sal. Yo esperaba, en cada viaje a la zona de las provisiones, que a mi regreso los encontraría charlando, o al menos insultándome y comentando el mal servicio de los aviones, pero no. Permanecían quietos, mirando al frente, sumamente incómodos a causa de esa imprevista intimidad creada por la catástrofe.

Cuando finalmente fracasó la sal y aquello comenzaba a tener el aspecto de infectarse en cualquier momento, una viejecilla que se encontraba en diagonal cruzando el pasillo decidió intervenir. Ella conocía un remedio, dijo, aunque para aplicarlo él tendría que quitarse el pantalón.

Al fin ella rió. Yo también. Ella por la expresión que puso él, yo, al instante siguiente, al saber que había ganado.

 

Ahora, a distancia, me doy cuenta de que el factor decisivo fue la viejecita. ¿Fue ella el destino y no yo, que los senté juntos y les tiré el vino encima? Nunca lo sabré.

He querido guardar la historia por escrito pues las historias van cambiando con el tiempo, se esconden en las arrugas de la memoria y pronto no sabría cómo comenzó ésta o me inventaría algún comienzo más romántico.

Además no es fácil recordar, para mí, que estoy todo el tiempo de un lado a otro. La realidad no es la misma, en Tres de Marzo, donde la torre de control nos impide salir desde hace tres horas por algún misterioso motivo. También nos impiden bajar del avión. Cada cinco minutos la torre anuncia al capitán que nos dejarán salir en los cinco siguientes. Pero no lo hacen. Y así estamos, sin poder hacer nada, ni siquiera servir un café a los pasajeros. Siempre me ha asombrado la paciencia de los pasajeros, sobre todo dentro de los aviones. Supongo que es porque los aviones son como templos, templos góticos que se elevan en el cielo. Pronto amanecerá.

Sí, la realidad cambia. Yo estoy acostumbrada a la rutina de darle vueltas al mundo pues al fin de cuentas todos los aeropuertos tienen, desde Fiumicino a Maiquetía, el mismo olor a sillones de skai y tedio de espera, y los hoteles son tan iguales que últimamente escribo un cartelito en la mesilla para convencerme al despertar de que en realidad estoy de viaje. Así, a menudo compruebo que la vida es mucho más violenta e imprevista detrás de mí…

Ese fue mi último viaje europeo durante meses. A la mañana siguiente me asignaron a la línea de Buenos Aires, que de cuando en cuando, por imprevistos, se desvía a Nueva York. En esos días, sobre todo en esos instantes en que al fin duermen los pasajeros y el avión va tirando esforzadamente del alba, a veces pensaba en qué habría ocurrido, si habrían compartido el mismo taxi o si habrían intercambiado teléfonos.

Tuve una respuesta, al menos parcial, al hojear una revista atrasada en el vestíbulo de nuestro hotel en Buenos Aires, mientras esperaba a Paloma. Una de esas revistas que insultan la inteligencia y tienen tanto éxito. Ahí estaban los dos, en la esquina de una foto en la esquina de una fiesta. Así me enteré de sus nombres. Así supe que habían mantenido el contacto creado por el vino, al menos hasta la fecha de la fiesta en uno de esos lugares de moda, Mónaco, Andraixt, Capri, no recuerdo cuál; todos se parecen. Me extrañó verles allí pero bastaba observar la foto más de un instante para comprender que no estaban allí sino que pasaban y el fotógrafo les había sorprendido. Algunos dirían que eso no se puede ver en la foto de una revista, pero yo lo vi: un aura que los unía y al tiempo los separaba de los demás. El aura que une las parejas al principio, cuando crean su propio mundo como se construye una casa.

El aura y la foto suponían un triunfo. Podía recortarla y unirla a los demás recuerdos de mi talento para hacer, y también para deshacer, o incluso ponerle un marco como uno de los mejores. En lugar de todo ello me envolvió una vaga melancolía y cuando llegó Paloma no me sentí con fuerzas para acompañarla de compras por el sudoroso enero de Buenos Aires.

Ya no los volví a perder. Pese a las ironías de mis compañeras, que me habían oído varias veces mis opiniones sobre las revistas de chismes, pura pornografía al fin de cuentas, y más hipócrita que las otras, comencé a recoger las que se dejaban los pasajeros y, jamás lo hubiese creído, a comprarlas. Ellos aparecían de vez en cuando. Nunca como protagonistas, pues eso hubiese exigido su complicidad, pero sí en fotos robadas por los paparazzi con teleobjetivos, o si no con motivo de fiestas a las que acudían porque no les quedaba más remedio. Eso se nota.

Yo creo que los habría olvidado, una vez comprobado que seguían juntos y felices, de no ser porque ya en la segunda o tercera fotografía me pareció ver que el aura aquella de la pareja iba cambiando muy ligeramente. Quizá es que ellos también iban cambiando. Seguían teniendo ese aire distinto pero cada vez menos esa timidez, ese aislamiento que me había costado tanto superar. De alguna forma, descubrí con horror una tarde en Nairobi, era como si de alguna extraña y venenosa manera la personalidad de plástico brillante de los personajes que aparecían en esas revistas se les fuera contagiando.

Me encontraba en la piscina del Hilton Kenia y de vez en cuando tenía que espantar, como siempre, a alguno de esos ejecutivos que hacen safaris para poderlo contar. Me estremecí al pensar que cualquier día abriría una revista para descubrirlos a los dos disfrazados de cazadores y decidí que debía cortar, olvidarlos en el destino que yo había provocado, dejarlos ser libres.

Nada es tan fácil. El viernes levanté los ojos de mi pantalla en el aeropuerto Kennedy, en Nueva York, y me lo encontré a él, lozano pese a que afuera la nieve se convertía en hielo traidor tan pronto llegaba al suelo, oloroso a colonia, seguro de sí mismo. No me dio ninguna oportunidad de elegirle nada. Preguntó en qué tipo de avión volábamos y en función de ello pidió fila y asiento, preguntó hora de embarque y puerta de salida y, más para poderme sonreír, creo, preguntó si el avión iba muy lleno.

Yo creía que no me había reconocido. En la sala de embarque noté que me observaba y que no hacía nada por evitarlo. Ya entonces comencé a temer. No era la mirada de alguien que me había reconocido como la azafata que derramó vino en su pantalón para cambiar su vida, sino la mirada del ejecutivo que quiere hacerse el interesante antes de levantarse a charlar conmigo y luego pedirme el teléfono. Siempre lo mismo.

Fui lo más fría posible. Rebajé a cero la amabilidad que es obligada en mi oficio y fui incluso impertinente. Queriendo evitar lo que ya veía venir como se ve una tormenta, cambié con Paloma y me fui a segunda clase. Aunque está prohibido, a veces lo hacemos.

No pude evitarlo. Ya habíamos retirado las bandejas de la cena, ya los pasajeros intentaban distraerse con una de esas detestables películas que pasamos a bordo, cuando le vi levantarse y venir hacia mí. Mientras veía su silueta avanzar por el pasillo, intenté imaginar si siempre es así, si el destino está siempre escrito hacia el mismo lado.

Ahora amanece en Santiago, como en Londres, hace un par de días, cuando le vi por última vez. Dormía. Siempre duermen.

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