joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

Secuestrador(a) que se extravió

Por: Pedro Sorela Lunes 14 Abril 1980. En Cuentos

Esa noche conduje de nuevo a 40 por hora, pues no había podido recoger mis gafas nuevas y seguía con las de sol. Entre no ver nada y ver poco y oscuro prefiero lo último.

De haber sido más prudente, de haber cogido un taxi, ¿la habría visto? Seguramente no. Es indudable que el taxi hubiera marchado más aprisa, pero apenas circulan taxis frente a la fábrica, a las dos de la mañana, y hubiera pasado más tarde por aquella plaza. Ya se habría ido.

Y caso de no haberse ido, caso de seguir ahí, agarrándose el vestido por el cuello y mirando al horizonte, ¿habría podido parar, de ir en taxi? Sé que no. Es obvio que no es lo mismo ir en taxi que en coche. Ni se me habría ocurrido. Además, ¿se imaginan? «Oiga, pare el coche que veo una viejecita extraña».

Sí, es probable que ni la hubiera visto. En los taxis se habla e fútbol, de calor –hacía un calor demencial–, de si se trabaja mucho o poco por la noche. Se tiende a mirar al conductor, o mejor a sus ojos en el antifaz del espejo, de forma que uno no mira el paisaje; sería de mala educación. Tampoco habría llevado mis gafas negras: ¿qué hubiera pensado el taxista?; ni siquiera habría aceptado a un individuo con gafas negras, a las dos de la mañana, a la salida de una fábrica. No hubiera podido ver ni el paisaje, ni a la viejecita, y caso de adivinarla no hubiera podio percibir el detalle de que se sujetaba el cuello y miraba el horizonte, como perdida.

Artículos relacionados:

  • Ladrón de árboles