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Pedro Sorela

Donde comienzan los viajes

Jueves 01 Marzo 2001. En Cuentos, Viaje

En: Historia de las despedidas, 2008

¿Dónde comienzan los viajes? “Aquí”, piensa Crispín Rueda en el momento de entregar su pasaje en el aeropuerto de Madrid y pedir un asiento de ventanilla. O mejor dicho no dice “aquí”, pero lo siente, que es cuando de verdad comienzan: cuando un hombre en el frágil equilibrio de los 40, un poco mayor pero todavía joven, se dispone a tomar un avión de madrugada para viajar a Puerto Rico a conocer a su hijo. Se lo imagina allí en la isla, pequeño pero sin sujetar la mano de nadie, serio aunque no triste, mirando hacia el cielo en el momento del alba, que es cuando llegará su avión.

¿Conocerlo?

Bueno… ¿qué es lo que ocurre entre un padre y un hijo cuando con dieciséis meses de edad la madre se lo lleva a una isla al otro lado del mar y luego recorta por las puntas las conversaciones por teléfono y durante seis años impide las visitas?

- Ya no quedan.

- ¿Perdón?

- Que ya no quedan asientos de ventanilla, dice la azafata, guapa y seca como tantas españolas, piensa Crispín. 

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    Foto: P.S.

    En una cena en casa de Dimas apareció sin avisar un plato distinto -un magnífico plato con rayas de azul cobalto sobre un fondo amarillo-, que se reprodujo en cenas posteriores. No se reprodujo el plato sino su carácter distinto: platos únicos (aunque seleccionados por un mismo ojo) y que se adjudicaban a ciertos invitados, como sutiles condecoraciones, a la vez que se ninguneaba a la menguante vajilla habitual hasta hacerla desaparecer: unas cenas después todos los invitados comíamos en platos diferentes aunque con algo azul.

    De algún modo el color tenía su importancia, no sólo porque en esa ocasión coincidí por vez primera con María Daniel -y ella llevaba un jersey de cachemir azul turquesa que sugería y evocaba la tersura increíble de sus pechos, de suave perfume aguamarina, no sabría definirlo de otra forma-, sino porque también, estoy convencido, la distribución igualitaria del azul contribuyó a que por una vez fuese una cena pacífica.

    ¿Acaso no lo solían ser?

    Pues no, no solían. Tardé en comprenderlo pues yo no hacía mucho que había llegado de México y aún me defendía en la vida a base de muñequeo. Me faltaba mucho para terminar de comprender las reglas del juego español, complicadas, precisamente, a causa de su nitidez. Uno nunca creería que un pueblo tan antiguo haya podido sobrevivir prescindiendo hasta ese extremo de la sutileza y la ojeada, del sobrentendido y de la sombra.

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    Sirve de brújula, de mapa: esa lluvia de aire sólo puede ser Portugal. 

    Esconde los teléfonos móviles bajo los paraguas y hace a sus propietarios más inteligentes

    Ennoblece las piedras y las condecora con verdín

    Destiñe los amarillos en ocre nostalgia

    Enloquece a las golondrinas de pura alegría

    Baja las voces

    Tersa y rejuvenece las mejillas de las jóvenes en el momento del beso

    Resucita los estanques

    Compone música con la arena de los parques al ser pisada. Música para suela y arena

    Convierte en soles las naranjas del claustro de la catedral de Évora

    Se pueden leer libros en los ojos que miran por las ventanas

    Devuelve el azul a los verdes

    Su gris, y sólo ahí, su gris inspira buenas novelas

    A los españoles les da ganas de aprender portugués (los portugueses saben español desde niños)

    A caballo de ella, el aire transporta los fados a largas distancias

    Algunos banqueros recuerdan, a veces, versos del colegio

    Puede perfectamente ocurrir que un transeúnte dicte canciones

    Anuncia la saudade: llega cuando la lluvia se va

    Amansa a los geómetras.

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