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Pedro Sorela

Ni siquiera sé cómo se miente

Por: Pedro Sorela Sábado 06 Abril 2002. En Cuentos, Viaje

La gente envidia a los ricos, pero es porque no los conoce. A mí me tocó ir a Guatemala como uno de ellos. Como un caballo rico, quiero decir. Fui con Marcela, mi dueña, mi niña, y fue algo tan fuerte que ahí mismo decidí cambiar de vida.

Estuvimos en un concurso hípico. Algo inocente y hasta un poco bobo, se podría pensar –saltar unas cuantas vallas sin miedo para adelgazarle unos segundos a unos pocos minutos- pero no crean: en estos concursos lo de menos es lo de los jinetes-estatua saltando sobre caballos pijos que se ven en las televisiones algunos domingos por la tarde. Eso, el campeonato propiamente dicho, es sólo para disimular. Lo que de verdad importa es el carrusell, el picadero de alrededor: jóvenes mamás venezolanas, chilenas y otras rivalizando en los perfumes y estudiándose a fondo durante los besos de mariposa con que apenas se rozan las mejillas. Unos pocos papás haciendo lo posible por parecer buena gente mientras disimulan en sus miradas cosas que no me atrevo a nombrar. Chicos mexicanos que apenas se afeitan exhibiendo como tatuajes las marcas de sus ropas, es decir sus precios, a la vez que pronuncian una de cada tres frases en inglés: otra forma de proclamar su rango -lo sé, los conozco-, pues no es lo mismo un inglés de campamento de verano en Easthampton que otro aprendido en las películas viejas de la televisión por cable.

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    En Cuentos invisibles. Alfaguara 2003

    Coincidí con una mosca en un avión transocéanico y, como es natural, viéndola golpearse inútilmente contra la ventanilla que daba sobre el cosmos, me preocupó qué pasaría con ella a la llegada, si sería capaz de adaptarse o no al nuevo mundo. Al fin de cuentas por eso se producen los regresos: porque los viajeros no se adaptan y porque les agarra la nostalgia cuando menos la esperan. Pero dos días después la vi bajo el reluciente cielo de La Paz en el frío y seco verano de Los Andes -era ella, la mosca de mi avión, imposible no reconocerla-, y me tranquilizó comprobar que, pese a que mantenía la típica actitud de primermundista perdonavidas, se había adaptado bien, sin problemas, y ni siquiera le afectaba el soroche o mareo de las alturas. Y me pregunté por qué no es siempre así. Por qué no aprendemos de las moscas. Por qué los europeos entienden tan mal América y por qué los americanos…

    Lo digo, sobre todo, por Esteban y Adriana. ¡Qué historia si…!

    Y lo peor es que la historia, esa historia, también depende de mi. Sobre todo depende de mi. Si yo me retiro, si por alguna razón me retiran de La Luna (el proyecto de presa ecológica más alto del mundo y de ahí su nombre), con toda probabilidad su amor tropezaría en los malentendidos y se rompería las narices. ¿Y puedo yo asumir tal responsabilidad? No, no puedo. Que una historia no se desarrolle por culpa, no de los protagonistas, sino del narrador, del intérprete, es algo para lo que no debe de haber perdón en el cielo de los cuentistas. (¿Cuentistas? ¿historiadores? ¿traductores?) Seguro que es un pecado peor que si al final los personajes resultan unos cobardes.

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    En: Historia de las despedidas, 2008

    Deslices

    Un cuervo suelta un cagarruto ácido y verde que, tras dos días secándose a la intemperie en la explanada de un templo de Nueva Dehli, va a pegarse en el calcetín de un turista.

    Una vez lavado con cuidado con el jabón del hotel, y para evitar que toque el lavamanos, el calcetín es colocado sobre una bolsa de aseo.

    1. El calcetín se impregna del intenso aroma del jabón de lujo de tercera del hotel, cuyo resto irá a parar a la joven hija quinceañera de uno de los camareros.
    2. Lo que había en el calcetín, y que no logró quitar el jabón, se mete en la bolsa de aseo y se desliza hasta:
      1. el cepillo del pelo
      2. y el de los dientes.

    2.a: Este pasa a

    2.a’: una garganta y

    2 a’’: un estómago

    2 a’’ 1: Y mata al propietario de esos dientes y de ese estómago.

    2.a’’ 2: Pero antes el propietario ha besado a una joven más fuerte que, después de presagios, granos, fiebres, sudores, delirios, queda 5 kilos más débil (y guapa). Esos 5 kilos, en parte, se han evaporado.

    c. Se han ido por las alcantarillas,

    y después de varias peripecias tipo a, a’, a’’…, alimentan el estómago de una de esas ratas que se pasean por entre las vías de la New Dehli Train Station (y por casi cualquier lugar de la India), sin que nadie las moleste, pues hacen de basureros y de dioses, y por pura conciencia social: nadie les paga.

    Una de esas ratas, gordas, lentas, conscientes de su importancia, sale un día de septiembre a las vías y ve a un sujeto encima del andén. En realidad ve a muchos pero lo elige a él. Se lo queda mirando. Y parece que no pero así, a ravés del aire, al sujeto le llega…

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