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Pedro Sorela

El caso de la desaparición de Fernando de Luis

Miércoles 14 Febrero 2018. En Cuentos, Blog

Cuando Fernando de Luis cumplió un mes y medio desaparecido "sin el menor resultado en las investigaciones" (clamaban la prensa y las redes con ira y también regodeo), el Jefe de Policía supo que por ahí no iban a llegar a ninguna parte y decidió llamar a Juan Nieto.

    Era un tiempo difícil, pues las redes habían convertido a muchos en inquisidores puritanos de toda la vida disfrazados de futuro, y parecía que nadie podía escapar indemne ni a la inocencia. Un espejismo pues aunque había no pocos inocentes ante los jueces, se seguían escapando los de siempre. De todas formas el Jefe necesitaba resultados y, en busca desesperada de soluciones, llegó a Juan Nieto como se llega a dos más dos son cuatro.

     Ya jubilado y dedicado, decían, a la observación astronómica estética, sin interés científico, Nieto se había caracterizado por usar siempre caminos esquinados en sus investigaciones, razón de las frecuentes sonrisitas de los demás policías cuando se le mencionaba. Pura envidia, como sabía el Jefe, pues los resultados de Nieto eran mejores, razón por la cual, aunque a regañadientes y no reconociéndolo jamás en las ruedas de prensa triunfantes que se convocaban al final de los casos, lo dejaban seguir. De todas formas era un tipo raro y se sabía que no aceptaba órdenes de la Ortodoxia, que con él no tenía resultados. Y eso pese a que Ortodoxia e Imaginación Rentable eran el Manual de esos tiempos, volcados en la fe en el dato, la plantilla y la estadística.

    - No tenemos nada -reconoció el Jefe-. Es como si Fernando de Luis se hubiese evaporado.

    - Bueno, quizá lo hizo -dijo Ríos, tampoco se sabía cuándo hablaba o no en serio-. Acepto a condición de tener libertad de acceso y movimientos.

    - Como siempre.

     Lo que significaba que, después de las conversaciones con los familiares y amigos, que terminaron rápido pues De Luis era más bien solitario, rompiendo los precintos policiales Ríos se mudó a vivir a la casa del desaparecido.

      Que en apariencia era una más: un piso de más de cincuenta años por Chamberí, en un edificio necesitado de una limpieza de fachada y una renovación de la portería. El ascensor seguía siendo de madera y arriesgado, pero luego, en el piso, un ático, no se oía nada. Nada. Lo que en Madrid raya en el milagro o descubre una intervención. En efecto, lo primero que observó Nieto fue que había una insonorización a fondo, incluidas las ventanas, con dobles gruesos cristales que hacían parecer el tráfico de la calle algo fantasmal.

      El piso de Fernando de Luis era en efecto una mina, aunque ningún policía salvo Juan Nieto (jubilado) lo habría dicho. Cierto, era preciso haber leído algo, incluso mucho, para comprender que la biblioteca, de unos quinientos volúmenes, no era cualquier biblioteca. Allí no había premios sospechosos ni best-sellers, o en todo caso no estaban ahí por serlo sino porque además eran buenos -A sangre fría, en castellano e inglés, por ejemplo-, y predominio de libros de Historia, como la Crónica de la Conquista de la Nueva España, de Díaz del Castillo, de Japón -el Libro de la Almohada en dos ediciones, una más larga que la otra- y los modernos suramericanos. Pero no solo. Aquí y allá, con una frecuencia llamativa, libros de raros, esa categoría inventada por la industria académica para clasificar ahorrándose la vergüenza todo aquello que se le ha escapado, pese a ser magnífico, y cuya enumeración desbordaría cualquier página.

    Los libros ocupaban bibliotecas muy pensadas para no comerse toda la casa sino tan solo un tercio. Los dos restantes estaban ocupados por ventanas y por cuadros, también muy elegidos. Nada que ver con el gusto del coleccionista o del decorador y sí en cambio cuadros muy distintos, en su mayor parte figurativos, que evocaban ciudades -detalles, nunca vistas de Moscú, Venecia, México- y retratos: solo pasables desde el punto de vista técnico, pero sugerentes y referidos a gente de muy diverso tipo y raza. En su mayor parte eran apuntes y en la esquina de uno de ellos Nieto leyó las iniciales FdL, que descubrían al propietario de la casa como el autor. Sin saber muy bien por qué, tuvo la sensación de que el azar lo había llevado al origen de las fuentes del Nilo.

      Luego, detrás de una televisión con DVD descubrió unas docenas de películas viejas que muy bien hubiesen podido armar una pequeña filmoteca más que digna: Fellini, Visconti, Jean Renoir, Buñuel el mexicano, Jacques Tati, el Truffaut del comienzo, Bergman, Resnais, Eric Rohmer, Kurosawa y otros maestros japoneses, Ford, Huston, Hawks, Mankiewicz y demás grandes norteamericanos...

     El repaso de la casa le tomó un par de semanas sin apenas salir más que a comprar comida, pues a menudo se paraba a leer, ver películas o seguir casi con el ojo convertido en lápiz el trazado de los dibujos. Se acostaba tarde, en un sofá, y se levantaba pronto. Parecía un científico, un explorador a punto de.

    Entonces, un lunes a eso de las siete de la tarde, cuando ya caía la noche, Nieto terminó de comprender lo que le había ocurrido a De Luis. Y la prueba de que lo comprendió tanto y tan bien es que al hacerlo se evaporó a su vez, sin darle tiempo de explicar nada al Jefe que le había llamado.

    Y ese es el nuevo reto del Jefe de la Policía. Dos desaparecidos en lugar de uno. ¿Y a quién llamar ahora?

Pequeños cuentos (rebajados) de Navidad

Miércoles 28 Diciembre 2016. En Cuentos, Blog

p.S
"...lanzó en las redes el fácil bulo de que los Reyes Magos eran cuatro..."

Iba a encender la radio pero algo, un presagio, una bruma que se insinuaba en la ventana le impidió hacerlo. Quizá la experiencia de años le permitió intuir que someterse a altas radiaciones de felicidad, anuncios idiotas, lotería y tópicos navideños puede derivar en tristes y hasta dramáticos fenómenos.

      En ese programa de radio los locutores habían dicho tantas veces que en caso de que les tocara la lotería lo primero que harían sería "tapar los agujeros" que cuando al fin les tocó, un tercer premio, se encontraron con que la emisora de radio era un gigantesco gruyère. Y los periodistas estaban un poco excavados, aquí y allá, como una escultura de Pablo Gargallo, y el premio no daba para tapar tanto hueco.

    Odiaba tanto el Fin de Año, y el champán, y las uvas, y los besos con sabor a whisky, y los pitos, y el confeti, que en su casa, en lugar de tomar uvas, todos los años se arrojaba a medianoche una televisión por la ventana. Y ello tras el grito de "¡Agua va!". Luego jugaban a las cartas.

     En ese periódico habían despedido a un tercio de la plantilla y entre ellos a algunos de los mejores redactores, por tener sueldos demasiado dignos, de modo que hicieron las necrológicas del año cambiando el nombre de los muertos y de los divorciados, y con los textos del año anterior. Pero como esas honras a los héroes estaban escritas con plantilla, nadie se dio cuenta.

     Como el centro de la ciudad se convertía por esas fechas en un manicomio descomunal -cómo sería de grande que el ayuntamiento había decretado el ensanchamiento de las aceras para darles a los locos más espacio y permitirles jugar y correr y comprar-, optó por salir hacia las afueras, a ver qué había. Nunca lo hubiera hecho: durante años, y en silencio, la Internacional de la Construcción, en unión de conocidas bandas de arquitectos, habían perpetrado una ciudad todavía más rectangular. Todo ángulos rectos, de modo que los niños, en los parques, en lugar de balones se lanzaban ventanas.

     No creía en los Reyes y siempre hizo alarde de ello, hasta que le trajeron un piano.

      Harto de mentir, este publicista metió en un anuncio de perfumes un mensaje revelando la verdad. Pero no pudo calcularlo todo y lo leyó la persona equivocada.

     Le encantaba hacer regalos y como tenía la sensación de que el verdadero regalo era para quien lo hacía, lanzó en las redes el fácil bulo de que en realidad los Reyes Magos eran cuatro, y el asunto prendió pues es muy fácil "incendiar las Redes" como dicen los periodistas de cien palabras. Entonces convocó a unas oposiciones para cubrir la plaza y como las oposiciones tenían su propio retrato, como suelen, las ganó. Rey Mago funcionario de por vida, y con regalos a cargo de una tarjeta del ayuntamiento.

     Este era un broche de diamantes que no quería ir al escote de doña Pura sino al delicado de una top Model. Pero como las Top no usan broches de diamantes, a no ser que se los regalen señores repeinados de pereza, y el broche no tenía enchufe con ninguno, tuvo que fastidiarse.

     Llegó el día en que no pudo evitar ir a estos grandes almacenes -eran las Rebajas- y se convenció a sí mismo de que el peligro ya había pasado. Tenía que haber pasado, ya no estaban en fechas. Pero en los Grandes Almacenes habían decretado que las Navidades duraban hasta la primera semana de rebajas, y cuando entró sonó fatalmente Gingle Bells, una vez más, como una fúnebre marcha triunfal. Y en efecto, esa nueva audición rebasó el vaso que se había ido llenando en toda una vida de navidades aguantando ese villancico feliz, que lleva una carga tóxica. Solo ahora lo está descubriendo la ciencia, tras generaciones y generaciones con el tímpano deformado, y por eso en Suecia le pagan más a los empleados de los supermercados por aguantarlo. Entonces sucedió lo que ya había anunciado hasta Nostradamus. Lo que pasa por no leer ya sus profecías. Por no leer en general.

Mesa de cuatro

Miércoles 23 Noviembre 2016. En Cuentos, Blog, En la calle

p.S
"... la pareja guardaba esa hipnotizante inmovilidad.."

Era una pareja de unos treinta y pico años, la edad que por alguna razón constituye más de la mitad de la clientela de restaurantes en España, y además respondían a lo que ordena 2016: él barba sucia de unos pocos días y una gorra que no se quitó para comer, uno de los muchos modales que por lo visto han caducado, y ella rubia discreta, más bien delgada y el móvil en la mano. Los tenía enmarcando, por así decir, a la amiga con la que yo estaba comiendo en un restaurante thai, por lo que no me quedaba más remedio que mirarlos, quisiera o no.

      Y poco a poco fui quedando atrapado, o más bien hipnotizado por ellos, y eso pese a que con mi amiga nos enzarzábamos en una potente discusión tras otra, sobre temas que correrían el riesgo de distraernos. Como la imagen de la pareja, que hacía todo lo posible por distraerme a mí.

      ¿Y por qué, si no se movían? Pues justo por eso. La pareja guardaba esa también hipnotizante inmovilidad de algunos matrimonios mayores, que en los restaurantes mira el uno hacia el este y el otro hacia el oeste, y en el curso de toda una cena lo único que se intercambian es "¿quieres café?". Uno se pregunta qué ha podido ocurrir para que ya no tengan nada que decirse y, sobre todo, cómo será la vida en su casa. ¿Se dirán algo alguna vez? Y en ese caso, ¿qué?

      Pero esta no era exactamente esa escena, que a fin de cuentas es un clásico. Primero, porque la pareja en cuestión tenía la edad en que la gente en España se casa o se van a vivir juntos, o sea que se adelantaba como veinte años al clásico, y segundo porque sí había una pequeña variante: el móvil. Durante todo el primer plato la mujer estuvo comiendo con su móvil, tecleando, acariciándole y haciéndole cosas, y durante todo el segundo tomó el relevo su compañero, y en ambas ocasiones mientras el otro miraba hacia los pies de la mesa vecina. No estaban peleados, como a veces ocurre, pues de vez en cuando se preguntaban qué tal estaba lo que habían pedido, e incluso se acercaban amorosamente un tenedor para que el otro probara. Todo ello resultaba más notable por cuanto la comida de ese restaurante era, en efecto, un poema, como corresponde a la cocina thai, que sólo con la intriga los condimentos y la maestría en su uso da para una conversación de horas.

     Llegado el momento pagaron y se marcharon, y ahí pude ver que la mujer estaba embarazada, y eso me tranquilizó un poco: dentro de unos meses la extraordinaria aventura de la paternidad les mantendría ocupados, y quién sabe, alternándose con los móviles tal vez podrían seguir sin hablarse hasta la edad en que el silencio es ya el espacio natural y no llama la atención de nadie.