joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

Risa de hiena

Miércoles 07 Marzo 2018. En Cuentos, Blog

p.S

El problema de Ernesto Aristimuño no es que fuera bajito, feo y encorvado, con el culo metido, pues al fin de cuentas si en el Congreso de los Diputados se hubiese organizado un congreso de belleza no habría salido ni en las noticias de Local. Un poco más problemático es que fuese listo. Y lo agravaba el que fuera inteligente. Eso los diputados lo suelen llevar mal en los demás, en particular la mayoría, que lo es porque intuye sus limitaciones y se adapta. Pero precisamente porque era inteligente, Ernesto sabía disimularlo lo bastante para que le dejaran continuar allí, en una existencia cómoda más bien lejos de la lucha por la vida de sus electores.

    El único problema, y que no podía controlar porque venía de fábrica, era la risa. Ernesto Aristimuño era una hiena, capaz de elaborar sofisticadísimas técnicas de acoso y caza que dejaban a las leonas como becarias y a los peligrosos hipopótamos con la boca abierta, pero no podía disimular su risa, ni controlarla cuando la provocaban múltiples motivos pero sobre todo pretenciosas ocurrencias, rollos vestidos de ideologías redentoras y todo lo que en un congreso abunda, además de la ira que le producía el pensamiento único y el hartazgo por las modas irrefrenables. Frente a todo ello opinaba también con risa. Como el cascabel a las serpientes, era algo que seguramente Dios o el Azar les había puesto a las hienas para avisar del peligro.

      Bien, era algo que estaba ahí, y como la soberbia de los leones y la astucia de los gatos, formaba parte de la historia parlamentaria desde que los animales se reunían en torno a los árboles, las rocas o el fuego para discutir de sus problemas y crear otros antes de arreglar los primeros. Igual que las vacas y las ovejas nacían con una propensión a la obediencia y la esclavitud que no había forma de cambiar ni con sangrientas masacres milenarias, casi exterminios como el de los búfalos, era algo con lo que se aprendía a convivir y ya está.

      Hasta que un día una jirafa se quejó.

      - La risa de la hiena hiere mis sentimientos y me humilla -dijo.

      La jirafa dejó pasar el tiempo para que se aposentara la sorpresa pues sus intervenciones eran raras y tardaban algo en llegar hasta abajo, y luego remató-: No tiene derecho.

     Los animales tienen el colmillo retorcido -todos los animales, salvo los rumiantes y alguno más, pero esos no cuentan-, y por eso es realmente raro que nada de lo que suceda en un parlamento les sorprenda. En realidad lo han visto llegar desde antes, y si no lo han visto, se adaptan.

      Esta fue una de las veces en que les pilló de sorpresa, visto lo cual el secretario de la cámara, un cocodrilo, que era muy rápido, pidió y obtuvo la suspensión de la sesión: era poco antes de mediodía pero él dijo que ya era hora de comer y es raro que alguien rebata alguna vez ese argumento.

       Y cuando se volvieron a reunir, a Ernesto Aristimuño se le cedió la palabra para que explicara como:

    1) La risa era parte de su idioma y hasta el momento a cada cual se le había reconocido el derecho a expresarse en lo considerase oportuno, incluso en siseos a las serpientes, el sonido de la crueldad, y en rugidos a los leones en celo, pura pornografía.

    2) La risa -"incluso si es una risa corta y desagradable como la mía, que a veces hasta huele", concedió Ernesto- es uno de los mayores recursos dialécticos que existen, hasta el punto de que por lo general prepara el "sí" o el "no", que de eso va, en esencial, la partida.

   y 3) La risa -y aquí como luego se vería metió la pata hasta el fondo-, no solo es síntoma de inteligencia sino de tolerancia. Tiene también mucho que ver con algo que los jóvenes ya les cuesta reconocer y es el sentido del  humor.

      Ahí fue donde chocó con los muros de Troya. Porque a la jirafa pasó por encima de lo de la inteligencia, un argumento al que era tan impermeable como a las lluvias de los monzones, desconocía hasta el concepto, pero lo de la tolerancia le escarbó algo en una de sus manchas. Que la irritó al punto de extraerle, y no sucedía casi nunca, algo parecido a la cólera:

    -¿Tolerancia? ¿Sentido del humor? ¿Así se llama ahora el derecho de humillar a los demás que se otorgan las razas prepotentes?

       Era la primera vez en mucho tiempo que se oían palabras graves como "razas" o "prepotentes", que habían costado mucho dolor y desgracia en lejanos tiempos pre inteligentes.

     - La risa no pretende humillar a los demás sino ayudar a la discusión, le contestó Ernesto. Frente a una risa se puede oponer otra, ("siempre y cuando tenga gracia", añadió, y lo subrayó con un par de esos gemidos que pasan por ser la risa de las hienas).

    Pero es inútil: pasa el tiempo, la jirafa se empecina, no cede y cada vez todo está más enredado. Igual que los debates en el congreso que se han fortalecido y embarricado en una y solo una alternativa: "¿La risa humilla o es una condición de la tolerancia y civilización?"

      Y como no cabe la risa ni como prólogo y respiración, la cosa no avanza. El cuello de la jirafa parece una trenza. No crean: no todos los diputados se desesperan. Algunos especulan con viejas versiones de la historia, y elucubran con las consecuencias si el debate se estanca de verdad. Y reman para que así ocurra.

    Así que todo depende de que suene o no una risa. Aunque sea de hiena.

El escándalo que se equivocó de sitio

Miércoles 28 Febrero 2018. En Cuentos, Blog

"Olympia", de Manet.

Sucedió al amparo de la noche, cuando marchantes, galeristas, intermediarios, pícaros y toda la fauna que intenta vivir del comercio del arte se encontraba de copas y celebrando los negocios del día: básicamente, vender por mucho lo que no vale nada, y no vale nada por la sencilla razón de que el arte no se mide así. Y si se mide, lo más probable es que no sea arte.

    Pues bien: un comando de policías armados de porras pero también de ordenadores, con uniformes de toda la vida aunque con un toque Agatha Ruiz de la Prada para que se viera que eran policías cultos y sofisticados, no demasiado jóvenes para no dar aspecto de novatos pero tampoco viejos, entraron en el gran galpón donde se exhibían las Obras, las Transgresiones del Año y, sin mucho vacilar, se plantaron frente a la más atrevida de la Feria: el retrato de frente de un ser gordo, negro y ya escurrido por la edad, y a quien le colgaba entre las piernas algo que no se sabía muy bien qué era, si un pene, una corbata, un tercer seno, un péndulo o una soga para ahorcarse. Todo estaba lo bastante borroso para que se pudiera responder esa o cualquier otra cosa.

     El jefe del comando fue directo y se paró frente a la obra. Entonces se volvió hacia la persona que le hacía de sombra, una mujer toda vestida de negro, con el pelo pintado de azul eléctrico y unas gafas negras con cristales naranjas en forma de alas de mariposa y con las patillas fosforescentes, de tal manera que en la penumbra de la medianoche parecía un ser extraterrestre. Una super heroína pero con un toque intelectual, sofisticado. Durante el día no hubiese llamado la atención, pues galeristas, trileros y artistas tienden todos a disfrazarse de Artista Exótico y Rebelde, pero en mitad de la noche, y en medio de los comandos negros y con la cara pintarrajeada de camuflaje, la mujer destacaba.

     - ¿Esta?, preguntó.

     -Ajá, contestó la mujer. Y seguidamente, como un ballet mil veces ensayado, el comando de policías procedió con gran delicadeza y eficacia a  bajar el cuadro del Gran Ser Desnudo (ese era su título), a guardarlo en una caja llena de algodones, y a retirarlo de la vista del público en unos grandes depósitos que es donde se guardan los jarrones chinos, las obras transgresoras de otras temporadas que ya no transgreden nada y los cuadros que ya no quieren los ministros en sus despachos. Entre otros cientos, quizá miles de obras de esa feria llena de marchantes y de pícaros, quizá no se notara demasiado.

      Pero se notó, vaya si se notó, y se armó. Ya se sabe: "Censura". "Intolerable". "Vuelve la dictadura". "Inconcebible". "Dimisión". "Retroceso en el tiempo". "Inquisición". En fin, toda la pesca, lo de siempre, como cuando lo de la Olimpia de Manet, y además seguido de lo de siempre: nadie dimitió.

      Si bien esta vez fue diferente. Porque, por uno de esos azares que a veces se dan, un pequeño periódico digital que tenía que luchar por hacerse un hueco descubrió un pequeño hilo y comenzó a tirar de ahí: la mujer -no la protagonista del cuadro, si es que era una mujer sino la que había ordenado su retirada con el argumento de que se trataba de un intolerable ataque a la dignidad de las Personas-, la mujer, la Gran Comisaria, la Jefa, la Que Decidía sobre qué se colgaba y qué no en el Gran Salón del Arte... no había cogido un pincel en su vida y ni siquiera un lápiz de colores. Si estaba ahí no es porque supiera de algo en particular sino porque de lo que sí sabía era del cuarto oscuro de las finanzas de su partido, que era el que estaba en el poder, y estas eran más bien enrevesadas por llamarlas algo. Si se le quitaba el sofisticado vestido negro, las gafas en forma de mariposa y las patillas fosforescentes, la Gran Comisaria se quedaba en una funcionaria media, gran aficionada a la paella los domingos, al fútbol y fan de Messi, como todo el mundo, seguidora incondicional de Juego de Tronos y sin tiempo para haber aprendido ni las más elementales reglas de la perspectiva y la apreciación estética, la historia más simple del románico (y mira que es simple) y tampoco la de las vanguardias.  Jamás se había preguntado qué hacen ni para qué sirven los artistas, ni había aprendido que para dirigir un gran salón de arte lo último que se debe hacer es mandar. Nada que ver. Y en caso de no saber nada hay que por lo menos tener algo de instinto, algo de lo que carecía más que de pelos una bola de billar.

      Ese, ese era el verdadero escándalo. La comisaria bordeaba el analfabetismo o entraba de lleno en él, y el último libro que había leído había sido en el colegio, y eso en forma de resumen pues ni siquiera el profesor era capaz de leerlo entero, aunque a nadie parecía importarle. Y cómo iba a importarles si la mayoría en ese Salón estaba más o menos igual: ya muy pocos dibujaban, dedicados a las instalaciones, la mayor parte no leía más que whatsapps y además pretendían que eran vanguardia y todos se esforzaban en hacer entrar las series en la categoría de Arte Transgresor. Lo transgresor vende.

     Un escándalo.

     Más aún: un gran escándalo. Pero como era un periódico pequeñito y a todo el mundo se le había llenado ya la boca con el primero, con ese se quedó. Siempre es mejor un escándalo conocido que otro que vete a saber. 

Vías de escape de la cama

Miércoles 21 Febrero 2018. En Cuentos, Blog

p.S
"...luego desaparecen con el agua y el día".
 

C., una novia casi de la infancia, me escribió hace unos días desde el otro lado del mundo para contarme que se encuentra atrapada en una cama, pero no tanto por una molesta operación en los pies sino porque, a cambio, no puede ver todos los telediarios y prensa que la inercia prescribiría en una situación semejante. "Me he dado cuenta de que me deprimen", explicaba. El modo de resolverlo es el de siempre, que no falla: buenos libros y, de vez en cuando, una buena película. Y severo régimen de telediarios y pantallitas. Pero de algún modo persiste la sensación de amenaza escondida.

    No mucho después me salió una mancha roja encima de la ceja derecha. Manchita, en realidad, y ni siquiera: tan solo uno de esos nervios que le aparecen a uno en la cara con la primera ojeada al espejo, nada más levantarse, y que luego van desapareciendo con el agua y el día.

     Pero a la mañana siguiente volvía a estar ahí, además picaba un poco y, al tacto, comprobé que no era una mancha sino un pequeño bulto. Bulto es una palabra inquietante, mucho más que chichón, de modo que lo miré en ese ojo de aumento que, en los baños el espejo normal carga a la espalda, y me pareció ver que, debajo del bulto, algo vivo pugnaba por asomar. Y así fue: al día siguiente, tirando de él por una punta con una pinza de cejas, salió algo, una línea negra enredada... una frase.

      Y aquí nos topamos con una primera gran dificultad porque, en contra de lo que está previsto, no puedo escribir la frase. Podría, pero no quiero. Y no quiero porque -según una experiencia de toda una vida que me tendrán que creer-, si transcribo la frase, esa frase, me saldrá otra manchita en el dorso de la mano, y ya tengo muchas. Parezco un viejo. Es algo que me costó comprender que tenía una relación de causa efecto pero ya no tiene vuelta de hoja. Es así: frase transcrita o dicha en voz alta = manchita.

     He llegado a una solución, una componenda, un chanchullo si lo prefieren, que no es lo ideal pero sí lo posible: No les puedo transcribir la frase pero puedo decirles de qué se trata: es un tópico, un lugar común. Y visto que los lugares comunes suponen como mínimo una cuarta o quinta parte de lo que se escribe en los periódicos, decartado lo que de toda evidencia no lo es, tipo hora del crimen o farmacias de guardia, no es difícil hacerse una idea y encontrar lo que salió de la ceja. Que desapareció por el desagüe, retorciéndose.

     Dos o tres días después noté que cojeaba. Si me dejaba ir en una inercia de  línea recta, no pasaba mucho tiempo antes de desviarme hacia un lado, lento pero seguro, como un coche con una rueda pinchada. Después de caminar desnudo por las habitaciones de mi casa, comprendí que la causa no estaba en mí, sino en la ropa. Y en efecto, escarbando con astucia en los bolsillos terminé por sacar una suerte de monigote hecho como de miga de pan o de plastilina que me estupefactó con el enigma de cómo había llegado hasta allí. Yo ya soy mayor y no ando recogiendo cualquier cosa por la calle.

     ¿No? ahí está, que sabiendo lo que ahora sé, a lo mejor sí. Porque el monigote sí era algo que había recogido, y casi sin darme cuenta. Es más, una vez liberado de su carga sospechosa, en los días siguientes el bolsillo liberó otros dos, incluso tres que se intentaban hacer fuertes en el fondo del bolsillo, tras las llaves y el móvil: unos golems, unos frankensteins sin cara muy definida pero con clara expresión de cabreo. No hacía falta ser un gran semiólogo para reconocerles el parentesco, en cualquier lectura de un periódico más allá de los titulares, con esos enfadados que acechan en los medios casi tanto como los lugares comunes y los tópicos, sus primos, y que, en lugar de aportar nuevas ideas o sugerir la vastedad del mundo, nos andan diciendo a todos por qué esto sí y esto no, p0r qué hay que cambiar de bando, pues dan por hecho que tenemos uno, indiferentes a la libertad de la propia cabeza, y de qué hay que sentirse culpable hoy. Son también fáciles de reconocer.

     Me pasó lo que ocurre con frecuencia con las grandes revelaciones, y es que no supe muy bien qué hacer con ella hasta que una mañana el segundo café del desayuno me supo mal. No amargo, pues yo no estropeo el café con nada y el café es amargo, sino mal, raro. Un disgusto pues se trata de uno de mis premios del día. Con una sensación de urgencia, como si con eso solo bastase para ir al hospital, busqué la causa, no fuera a más y me estropease incluso el primer café, y comprendí pronto que lo que ocurría es que mi cuerpo se rebelaba ante la perspectiva de leer más noticias repetidas, contadas siempre con la misma fórmula cómplice para quitarles la novedad e impacto. Algo muy astuto que le extraía toda capacidad incendiaria al número de muertos en la carretera, o por cáncer de fumador idiota, o de mujeres o niños golpeados, o por bombas de fanáticos en los rincones olvidados del mundo... No solo esas informaciones no iban a cambiar nada sino que nos quitaban de raíz la idea de que la información serviría para hacerlo. En algún sitio les habían sustraído el fuego y conseguido convertir en lugares comunes.

     Ese día debía de tener algo porque comprendí que no era la primera vez. Tomé consciencia de que el segundo café me venía sabiendo mal desde hacía años. Y como dejar de tomar café estaba fuera de toda discusión -si lo dejo sí que me van a salir manchas de vejez-, lo que hice fue apartar el periódico y coger un libro para terminar mi café en condiciones.

     O sea, la fórmula de C., presa  a causa de sus pies pero liberada en la cama por los libros que no fallan. No es preciso, claro, que cuente cómo, después de unos cuantos días de mono de abstinencia, frases que me salían de las cejas y hasta de las orejas y narices, de caminar torcido y encontrarme extrañas cosas en los bolsillos, ahora las mujeres me vuelven a mirar e incluso a sonreír, algo que habían dejado de hacer dejándome muy solo.

    Se lo he contado a C., sabiendo que nuestra relación resistirá. Y cómo no si se remonta casi hasta la infancia.