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Pedro Sorela

geografias

Beirut: la reinvención de una ciudad

Por: Pedro Sorela Domingo 02 Mayo 2010. En Viaje, Textos de viaje

Un parque arqueológico con rastros de balas.  pS.

La primera evidencia, en una ciudad en la que nada es obvio, pese a las apariencias, es que en Beirut ya no todo el mundo habla francés. Ni siquiera la mitad de la población, como asegura un taxista del aeropuerto, que no lo habla. Y eso pese a que los carteles están escritos en árabe y en francés, a un par o tres librerías internacionales con acento galo, y a diarios como L’Orient, que proclaman su “expresión francesa” e informan casi en exclusiva, como todos sus colegas, del sudoku de máximo nivel de la política de Oriente Medio.

Y cuando sí lo hablan, suele ser o algo lento o un poco anticuado (y más bello que el franglish tan abundante hoy). Tan seguro puede uno estar de que los viejos hablan francés como inseguro de que un joven lo hable. Todo lo cual sugiere que tal vez en Líbano el tiempo pase más rápido y con más cosas que en otros sitios. ¿Cómo se puede prescindir tan fácilmente de una lengua como el francés cuando ya se tenía? Tal vez viene de ahí el que toda la ciudad –casitoda– sea también un parque arqueológico con restos no siempre romanos y abundantes rastros de balas y de bombas.

En las ciudades de Oriente Medio cuesta elegir entre matices pues casi siempre se impone un trazo dominante, como si toda la ciudad montase una obra expresionista. En El Cairo, por ejemplo, hay que hacer un primer esfuerzo para descubrir esa ciudad continente tras la aduana del ruido y el polvo del desierto, que tiñe el mundo de color pardo. En Beirut... en Beirut es la guerra la que se impone, pero no sólo la que de cuando en cuando asuela la ciudad, como un accidente astrológico ya escrito, sino la diaria del tráfico y las motos.

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    J. G-R.

    En Barcelona los niños juegan en las plazas hasta más tarde. Como en Andalucía, pero lo de Andalucía es otra cosa. En Barcelona la luz se alarga. En febrero no es difícil ver a gente en mangas de camisa, una forma de identificar a esa gente como extranjera (ahora, por los visitantes, la ciudad alarga la lista de las ciudades internacionales). Sin embargo los barceloneses se empeñan en que es invierno, y uno diría al comienzo que no es una opinión meteorológica sino cuestión de lucir lo que compran en las boutiques más bonitas y mejor puestas de Europa. “Barcelona es el París del Mediterráneo”, me repitió hace poco una amiga española que vive en Roma, mientras íbamos a comprar un desatascador para su nariz.

    Cierto: es como París por la extraordinaria sensación de pasear por sus calles como por un teatro… o una película. Una película de amor y lujo… En todo caso de lujo. Pues en Barcelona, como en París, hace frío. Cada uno en su escala, ése es uno de los secretos mejor guardados de las dos ciudades.

    En Barcelona hace un frío inesperado que asciende desde el mar por las Ramblas hasta lo alto del Tibidabo y de Sarriá y se desliza astuto y con sigilo por toda la ciudad. Y con mucha eficacia. Era el responsable del atasco en la nariz de mi amiga, y en buena parte gracias a él –voy comprendiendo muchos años después– soy escritor.

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    Lugares todavía inocentes. p.S.

    Mis amigos no me dejaron quedar mucho tiempo en Bogotá, tras participar en Cartagena en un curso sobre la Ruta Garciamarquiana que además la recorría por la costa Caribe, y al poco me metieron en un coche y me llevaron a la última Utopía.

    ¿Cómo llamar si no a un lugar en el que grandes pájaros blancos y de pico largo vuelan a ras de agua sobre pequeños lagos tranquilos e iguanas de plata se pasean por prados que parecen haber sido arreglados con máquinas de afeitar? Casas que desbordan el anticuado concepto de bungalow se dispersan por jardines sin límites –es decir de propiedad difusa, como el Paraíso, o acaso éste no pertenece a nadie, de ahí su nombre–, y el mundo en general parece ser un jardín nacido con el único objeto de permitir el crecimiento libre de los sámanos, un árbol que como es sabido por tamaño y belleza sólo puede crecer en el Edén. En nuestro mundo urbanizado no cabría ni en los parques.

    Además –y ésa es otra característica paradisíaca, o si se prefiere, Utópica–, no había nadie. Quiere decirse que no se veía a nadie. Alguna vez debe de haber alguien pues los prados afeitados a navaja pueden ser en ocasiones pistas de golf, a veces se adivina alguien a lo lejos, invisible, inaudible e inodoro, y los trabajadores que mantenían todo como en un hotel de lujo lo hacían como en un hotel de verdadero lujo: no se les veía. Cuando pregunté cómo era posible que la piscina de nuestra casa se mantuviese inmaculada pese a tanta vecindad de aves y árboles del Paraíso, me contestaron: “¿No oyes al hombre que viene a limpiarla todos los días a las seis de la mañana?” Pues no, no lo escuchaba pese a que trabajaba a no más diez metros de mi almohada. Su silencio era pues angélico. Y cuando además se les veía, no ocupaban sitio, sabían misteriosamente lo que uno quería antes de pedirlo… y además eran guapos.

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