joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

geografias

V, amiga de mi madre

Miércoles 21 Marzo 2018. En Viaje, Blog

Ha tenido que pasar una vida para comprender que V. no fue tan solo una amiga más en la vida de mi madre -que las tuvo muy buenas-, y la influencia que, a través de su vida de libro (esto no es más que un esbozo) tuvo también en la mía. Quién lo hubiese dicho: una señora a la que vi un par de veces o tres cada verano durante mi infancia. Luego volví con una novia a visitarla a su casona de Andraitx en el invierno destemplado de Mallorca: todavía estoy viendo su mirada de águila al llegar nosotros por sorpresa, los ojos quizá más taladrantes que he visto en mi vida y esa es la causa de que inspiren los de Mónica Mallarino en mi novela Huellas del actor en peligro. Y luego durante ya todo un mes de junio, en el último hotel que quedaba de antes en toda Mallorca, cuando ya había vendido su casa y la última parcela que le quedaba de lo que había sido sin duda un reino.

    Pues pocas reinas se pueden permitir que las llamen la señora de Andraitx y que desde el otro lado de la isla sepa de quién se trata, y ello pese a la hojarasca de yates, banqueros, cortesanas y horteras de todo pelaje que fue ocupando la zona con más dinero de la isla, y que les fue vendiendo ella pedacito a pedacito. Y ello para regresar a morir por la cuchillada de una corriente de aire, más de medio siglo largo después de haberse ido, un día que mi madre la acompañó a ver una casa que ya tampoco era de las de antes: Bogotá había perdido un saludable  clima de montaña en la pesada digestión de un tráfico que no se sacía jamás, con nada, a ninguna hora. Aquello parece El Cairo.

    V. era mestiza, como todo el mundo en Colombia, en su caso de la variante de colombiano de toda la vida con una señora inglesa de la época victoriana, Kitty, a quien recuerdo con el pelo blanco de abuela de cuento, doblada como una navaja y sacudida por el parkinson, lo que impresionaba mucho a los niños los cinco primeros minutos, y que sin embargo tardó en derribarla. No siempre vivía con V. en Andraitx, una casa, si se piensa que conservaba su lado salvaje de hacienda que también se correspondía con un lado de V. La mayor parte del tiempo Kitty era una de esas señoras que vivía en el Ritz de Madrid, cuando hacerlo de un modo discreto y señorial (en el hotel no dejaban entrar a actores de cine, por ejemplo) no era solo un lujo sino un modo nada extravagante de estar en el mundo.

     Y de todos los destinos no tan limitados como se podría pensar que les correspondían a mi madre y sus amigas, y el que la posteridad suele tender a reducir a los tópicos, a V. le correspondió el de corresponsal de guerra. Fue una de las pioneras, durante la II Guerra Mundial, escribiendo para periódicos norteamericanos, y a su marido lo derribaron durante la luna de miel en la Batalla de Inglaterra, sin que las llamas alcanzaran a explicar el prodigio de que quedase algo después de que se hubiese quemado mucho. Lo hemos visto en el cine pero esta vez ocurría. Quedó inútil para casi cualquier cosa, de modo que después de la guerra V. invirtió su pequeña fortuna de heredera colombiana, que en aquellos años y traducida a pesetas no era nada pequeña, y se compró un pedazo de Mallorca, distinguible desde un sputnik, con la intención de cuidar a su marido y también de su hijo que con el tiempo devino en ingeniero de presas en América y uno de los mejores amigos de mi hermano.

      Pero un día el marido se miró al espejo, decidió que las vidas de héroes son arduas y necesitan pesados cuidados, envió al niño a jugar a la casa de los guardeses con instrucciones muy precisas de quedarse allí hasta que fueran a buscarle, y se degolló sin apelación con su navaja de afeitar. En una nota explicaba por qué.

      El destino de V. estaba escrito y se quedó en la isla, donde los demás, incluidos su madre y su hijo, la íbamos a visitar. No me extrañaría que mi madre se enamorase de la isla -de aquella isla-, en una primera visita a V. Por entonces nosotros vivíamos en Barcelona. Estoy hablando de los primeros cincuenta, y de unas Baleares que si tienen que ver con las de ahora es porque eran casi exactamente lo contrario. Fiel a su naturaleza mestiza, V. había construido una hacienda mallorquina, con sus muros de piedra y sus olores a almendra y algarrobo y sus lagartijas crucificadas en las paredes encaladas por el sol del verano. Más de un burro, una granja con patos y escándalo de gallinas libres en los gallineros y una perra sin padre que nos festejaba todos los veranos. Los adultos hacían su visita en porches que lidiaban como podían con tés y ginebras con el calor de la tarde. V. no había caído en la tentación azul de las piscinas, que es más fuerte que el opio, y si alguien se quería bañar lo podía hacer en un aljibe oscuro, y a los chicos nos dejaban en paz, para que hiciéramos todo tipo de trastadas -ni siquiera ahora me atrevería a confesar alguna-, y sin que nadie nos persiguiera preguntándonos si nos aburríamos.

     Solo con el tiempo he comprendido que ese era un tipo de vida, y además irrepetible. Una  de señora medio hacendada que le permitía llevar un destino libre, que V consiguió conservar por el muy señorial y acreditado procedimiento -la ruina está garantizada-, de ir vendiendo su hacienda pedazo a pedazo, calculando si le iba a llegar hasta el final. Le llegó por los pelos. Los aparceros de su antigua hacienda ocupan hoy en día las fotos de las revistas y han decorado sus residencias secundarias con los estilos previsibles en los suplementos dominicales, pero yo la que recuerdo sobre todo es la suya, que era la auténtica. Incluso más que las sucesivas y también viejas casas inolvidables que fueron alquilando mis padres verano tras verano en otra zona de la isla y cuando se decidieron a comprar un terreno y encargar unos planos -los estoy viendo: dibujos en carboncillo marrón que plasmaban sus sueños- había llegado la hora de marcharnos.

        Lo extraordinario es que a través de la hacienda de V. recuerdo Mallorca, aunque sea una que ya no existe ni volverá. Un modo de estar en el mundo. Una enseñanza de vida.

Viajar y leer

Miércoles 16 Agosto 2017. En Viaje, Lecturas, Blog

p.S

No entiendo por qué elijo con tanto cuidado las lecturas que voy a llevar de viaje pues a estas alturas ya sé que meter un libro en la maleta es como invitar a una amante en un asiento ya ocupado del coche, el avión o el barco: avión y libro rivalizan, toda vez que un libro es también un viaje y se corre el riesgo de que uno y otro se hagan sombra.

     Además se produce la circunstancia agravante de que en el viaje se abren los poros y suele ocurrir que lo que uno lee tiende a quedarse. Recuerdo con claridad los libros que me llevé a una solitaria excursión de pesca por el Bidasoa navarro. No pesqué ni una sola trucha, claro, pero guardo nítidas impresiones de los libros de Hamsum, Dostoievski, El jardín de los Finzi Contini y otros que leí entonces -hace muchos años- sin atender lo necesario a mi caña de pescar.

    De lo que tampoco estoy muy seguro es de que mis imágenes de esos libros no estén como barnizadas por mi intensa experiencia en las verdes riberas del Bidasoa, y de lo que iba parejo: una camarera simpática, en el también húmedo hostal en el que me alojaba, y un pobre guardia civil, enfermo de soledad, que agradecía la más elemental conversación. Ambos personajes se me mezclan con los de los libros. Y ese libro de Dostoievski, Los hermanos Karamazov, me parece muy distinto de los otros del mismo autor con los que por cierto me había iniciado de adolescente en la literatura para adultos y de los que, por eso, también guardo un recuerdo muy exacto... y que no pienso volver a leer, no vaya a ser que.

      Como todo el mundo, a menudo yo también he caído mucho en el error de elegir a un autor del lugar al que voy a visitar, o que le pegue. Ese espejismo de leer a Evelyn Waugh si uno va a Oxford, como si la Inglaterra de hoy tuviese algo que ver con la de Retorno a Brideshead. Cierto: leer allí La ciudad y los perros, por ejemplo, sería todavía peor, pero la propuesta pone de relieve otra evidencia. Igual que la gente (yo he aprendido a no hacerlo) lee tonterías en una hojita de la distribuidora de la película, antes de verla, o la solapa de los libros donde se seleccionan frases de críticos fuera de contexto, tal vez la gente busca guías, cuando viaja. No me refiero a las obvias tipo Lonely Planet y demás, que pueden ser muy útiles en viajes difíciles, sino guías que les permitan atravesar los muros de los edificios de los que solo les permiten ver el exterior: el visitante lee Retorno a Brideshead y ya cree saber cómo son y de qué mansiones vienen los estudiantes privilegiados de esos colleges a los que no les permiten entrar.

    En cierta ocasión hice la experiencia de leer una docena de libros sobre la India antes de viajar allí, y además escribí sobre lo que esperaba encontrar: (Prehistorias de la India, en Historia de las despedidas). Pasados los años solo puedo decir que, con la excepción del libro de Octavio Paz Vislumbres de la India, mucho de lo que leí, incluido Naipaul, eran sobre todo estereotipos: los del viaje, producto de la industria de las identidades, son quizá los más fuertes de todos. De modo que, con esas lecturas, uno corre el riesgo de no viajar con los ojos abiertos, que sería la utopía del viaje, sino con los prejuicios del autor leído, a menudo convertido en un autor nacional si es lo bastante rentable para la industria identitaria: en Aracataca, el pueblo que García Márquez abandonó en la infancia y al que volvió solo en alguna que otra ocasión, la estación de tren ya está decorada con grandes mariposas amarillas.

    El cuidado en la selección de lecturas para un viaje puede sugerir también otra realidad, y es que ya no leemos como respiramos, como antes. Yo soy tan viejo que recuerdo un mundo en el que no era tan raro encontrar lectores de un libro al día, o cada dos, por lo que la selección no resultaba tan decisiva: simplemente era un ritual más, como leer el periódico. Y de ahí que no resultara tan exótico un viajero como el paciente inglés, que siempre lleva en su maleta los viajes de Herodoto, y los anota, y escribe cartas sobre ellos. (Ya no escribimos cartas, sino mensajes, y a menudo estos son fotos, como si una foto fuese un pellizco de viaje). El libro leído no complementaba lo que se veía sino que venía a servir de contrapunto para resaltar el sabor. Algo como echarle sal al melón. En un castillo polaco, en la retirada de Rusia, Stendhal, oficial de Napoleón, robó un libro de Voltaire.

        No puedo dejar de recordar el último viaje a España de José Donoso, obsesionado, ante las doce horas de avión de regreso a Chile, por encontrar un libro que "le secuestrara" pues era de los que no podía dormir en otro sitio que no fuese su cama, y eso solo a veces. Lo comprendí muy bien. Sin libro está uno abocado a distrarse con esas películas tontas que por algún misterio programan siempre en los aviones -siempre-, o peor aún, con esos episodios tipo Cámara Oculta que ahora ponen en muchos, lo quieras o no. He llegado a la conclusión de que lo hacen como una medida de seguridad más, dentro de la larga serie, para mantenernos a los pasajeros domesticados y que no veamos los amaneceres sobre el mar, no vayamos a tomar notas.

       Sea como fuere, hace tiempo que he renunciado a libros secuestrantes en los viajes. He terminado por aceptar que cuando estoy de viaje no me secuestran, pues la competencia con la ventana y el viaje rival, y con mis propias notas y dibujos, es siempre demasiado fuerte. Además no es justo con ellos, pues por experiencia sé que nunca guardo el recuerdo que tendría de haberlos leído en silencio en mi casa. Así que lo que hago a menudo es leer textos abstractos, de ideas sin color ni gusto, que no compiten con mi viaje. Van por una vía paralela. 

El baile no ha terminado

Miércoles 26 Abril 2017. En Viaje, Blog

Rius
Don Perpetuo del Rosal, en Los Supermachos.

Nada más comenzar la universidad, tras mi regreso a España, entré en un grupo de teatro. Yo pensaba que por nostalgia de mis últimos años, en que como actor había sido dirigido por un genio, el francés Marceau Vasseur, pero como ya he contado aquí, era por nostalgia del baile. Pues al mismo tiempo en que montábamos a Ionesco y a Rius, el dibujante mexicano de la tira Los supermachos de San Garabato, mis amigos y yo dedicábamos los fines de semana a bailar -bailar cumbiamba y otros culpables de la salsa- en las incontables fiestas de una Bogotá todavía provinciana y algo inocente, previa al narcotráfico y los secuestros.

    Nada de lo que he dicho era lo que parece a primera vista: El teatro que hicimos no era lo que se entiende por teatro de colegio. Con él aprendí lo que es el rigor y la tenacidad en el arte, en un año entero con ensayos diarios para el montaje de Escena de cuatro personajes que no debía de durar más de media hora; y la prueba es que el mismísimo Ionesco le preguntó a Vasseur al ver el montaje qué hacía allí dando clase en un liceo francés en el otro extremo del mundo y no se dedicaba a lo que lo que de toda evidencia era lo suyo. (Y no se dedicaba porque en el teatro profesional jamás hubiera sido tan libre, reflexión que por cierto habría de marcar mi propio futuro). Algunos de los bailes no eran guateques de estudiantes sino reventones en los que el suelo se remecía a tres cuadras de distancia por las trompetas de orquestas de veinte músicos en una Colombia, por otra parte, en la que el ritmo y la música salía a todo volumen de Cien años de soledad, que nacía entonces, las cocinas y los autobuses. Y nuestras parejas de baile no eran ni mucho menos solo eso sino en su mayor parte las compañeras de clase con las que, desde la literatura y las ideas al temblor de tierra de una mano en la cintura de una chica que se quiebra con el ritmo exacto, estábamos descubriendo casi todo.

   Durante años me dejé engañar. Pensé que esa experiencia privilegiada e inconsciente, como suelen ser las experiencias privilegiadas, había determinado el que en la universidad me dedicase al teatro. Y este a su vez me permitió superar la rutina de una carrera (cualquier carrera la tiene, en cualquier universidad) y la vida de provincia: aunque conseguí no pasar ni un día de vacaciones en ella, estudiaba en Pamplona, una ciudad a la que no he vuelto porque no hay que regresar a los lugares en los que uno ha vivido intensamente. Y lo digo sobre todo por aquel teatro.

    Pero no, el tiempo ha pasado y ahora creo que el verdadero padre de mi viaje teatral fue el baile. Solo así se explica que en el teatro que hicimos en la universidad -con la ciega entrega de compañeros que no sabían en qué se metían- todo estuviese supeditado al movimiento y al ritmo. Al baile.

     Pero es que ahí no termina. Me cuesta mirar hacia alguna parte en que no irradien esos bailes de música caliente, nombre que recibe o recibía en Colombia.  Por ejemplo la vez en que descubrí la explicación  de Saint-Exupéry según la cual es más grave una falta de ritmo que de gramática. Estoy de acuerdo. El ritmo, más aún que las cinco preguntas, presidió mi redacción de treinta y seis mil teletipos en la agencia de noticias en la que trabajé durante mis años de purgatorio en esta vida. Y con una tenacidad sorprendente, durante años seguí buscando tiras cómicas interesantes -puro ritmo-, y en la capital mundial de ellas, el eje París-Bruselas, hasta comprender que también ese arte había sido secuestrado por el sofisma televisivo de hablar para todo el mundo y ya no hay guionistas de interés -que no dibujantes- o al menos no consiguen publicar.

     ¿Y no estaría mi experiencia representando a Don Perpetuo del Rosal en el montaje de Los supermachos en el origen de mis viajes a México, que iban a empezar veinte años después?

    Y así sucesivamente.