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Pedro Sorela

geografias

Barcelona y la luna

Jueves 05 Octubre 2017. En Textos de viaje, Blog

El estanque del parque del Turó.

Son varios los recuerdos intensos que tengo de mi infancia en Barcelona, adonde me llevaron con tres o cuatro años, pero quizá el que se impone hoy es el de, años después, el puente de un barco anclado en el puerto, una luna musulmana colgando encima de nosotros, y mi padre diciéndome: "En la vida hay que aprender a irse". Para entonces yo debía de estar entrando en la adolescencia. Él era una autoridad en irse, pues fue un nómada toda su vida, y esa fue una de sus grandes lecciones que he conservado.

    Lo cierto es que no recuerdo de cuál barco se trataba, y las posibilidades son dos: o era uno de los barcos de línea con los que todos los veranos embarcaba rumbo a Mallorca y regreso -mi padre me acompañaba porque me mareaba en el avión en que viajaba el resto de la familia-, o el gran paquebote italiano, el Américo Vespucio, en el que iniciamos la siguiente gran etapa de la familia, en Colombia, donde había de pasar una larga e intensa adolescencia. Y fuimos en barco, uno de los últimos transatlánticos, porque se trataba de una verdadera emigración en la que llevábamos todos nuestros libros y hasta ollas y alfombras.

     En realidad no importa de cuál barco se trataba. Lo importante era la lección a que daba lugar, y que asimilé con la fuerza de lo que se aprende muy pronto. Me he marchado no pocas veces en mi vida, y casi siempre sin mirar atrás (escribí incluso un libro titulado Historia de las despedidas) y, me temo, tal vez con un poco de crueldad hacia quienes dejaba detrás de mí. Más aún: tengo la teoría, esta surgida de mi propia experiencia, de que no hay que volver a los sitios en los que uno ha vivido intensamente pues todo regreso tiene muchas probabilidades de terminar en decepción.

     Lo que ocurre es que rara vez se puede. No volver, digo. A Barcelona he vuelto en numerosas ocasiones a lo largo de los años -de hecho durante unos cuantos fue mi puerto de entrada en España-, sobre todo porque conservo primas y afectos, y por razones de trabajo. Y como es natural, vista la antigüedad de la experiencia, lo que ahora caracteriza la ciudad para mí es que está llena de fantasmas: todos esos familiares y amigos que armaban la ciudad, entonces, y ya no están.

     Lo que más me extraña en estos regresos es que la ciudad no ha cambiado mucho y sin embargo es completamente distinta a lo que yo recuerdo. No ha cambiado, salvo en que ahora es mucho más grande y sin duda más lustrosa y elegante, a excepción de las zonas ocupadas por la chancla y los cruceros. Bueno, la Barcelona de mi infancia tenía las fachadas menos limpias pero también era elegante al modo señorial-arruinado que se llevaba un poco, a juzgar por las películas y lo que cuentan, en toda España.

     Y quizá en toda Europa. Entre los intensos recuerdos de mis largos, eternos veraneos de tres meses en Mallorca figura la indudable división, o recelo mutuo, que había entre los veraneantes: los cuatro gatos que habían comenzado a llegar a las islas y a través de los cuales nadie hubiese podido prever la invasión actual, por millones, y que se mantenían separados en las playas: los ingleses, los franceses y los alemanes que, solo una década después de los cincuenta millones de muertos de la guerra Mundial, se observaban desde lejos en las playas olorosas a mar, a pino y a almendra.

    Y lo que recuerdo es que, a través de mi padre y mi hermano, que armaba las pandillas de esos veraneos, mi casa y las eventuales reuniones que organizaban mis padres era un punto de unión de algunos de esos europeos, en reuniones a los que acudían también algunos amigos madrileños y andaluces.

    Eran los tiempos en que las islas eran una prueba irrefutable de la existencia del paraíso, igual que la Costa Brava catalana, antes de su progresiva, sistemática, silenciosa, y me temo que definitiva destrucción por una o dos generaciones de constructores, albañiles y hoteleros codiciosos a las que nadie, que yo sepa, ha pedido cuentas. A ese escenario de una infancia no sé si feliz pero en todo caso luminosa sí que decidí no volver, cuando al regreso a España vi lo que habían hecho con él tras tan solo una década, los sesenta, de rapiña, destrucción y avidez. De ahí salió también otro libro, Fin del viento.

   Aquella Barcelona significa también el comienzo del descubrimiento del mundo. Y cómo no. Y fue a través de una puerta discreta: la del liceo francés de la calle Munné, un chalé que era el más pequeño de los tres edificios en los que entonces se alojaba el colegio. Y allí se me comenzó a dar, y no tengo palabras para agradecérselo a mis padres, el inmenso regalo de una cultura extranjera -nada menos que el aprendizaje de que hay otras formas de ver el mundo-, y que además, por una coincidencia feliz, era la francesa. Un privilegiado mestizaje cultural que se añadía al que ya traía de origen.

     Podría seguir recordando mucho, y quizá lo haga algún día, pero por alguna razón ahora también se me impone el parque del Turó, al final de la avenida General Goded, hoy Pau Casals, donde con mi hermano y mis primas bajábamos a patinar y hacer navegar pequeños barcos en el estanque de enfrente. Y que, pese al recuerdo de un frío húmedo como de Berlín -al neurótico invierno de Barcelona le debo no pocas anginas y, supongo, mi vida de lector, condición de la escritura-, siempre me pareció una joyita de parque, una delicada muestra de una ciudad que entonces era acogedora, civilizada y abierta al mundo exterior y al siglo XX. Y que pese al tiempo transcurrido vuelvo a echar de menos, como cuando me fui y todavía no había asimilado bien la lección del aprender a irse.

El invento del escritor bandera

Miércoles 10 Mayo 2017. En Textos de viaje, Literatura, Blog

Miguel Gener
Carlos Fuentes
Yo le debo a Carlos Fuentes el haberme perdido el comienzo de la revolución zapatista, en Chiapas, México, y con ello es posible que la mejor crónica de mi vida. Me había estado aburriendo en San Cristóbal de las Casas, pues soy de la opinión que hay que visitar los lugares hasta empezar a aburrirse, que es cuando se comienza a ver lo de verdad interesante, y había regresado al DF, con mi compañera de viaje de entonces, a tiempo de asistir a la fiesta de fin de año que ofrecía todos los años Carlos Fuentes.
    A esta fiesta acudía el Gotha de la alta intelectualidad mexicana, o al menos la de su mismo bando, y lo de alta va con intención: en México no pocos artistas e intelectuales viven con rango de marqueses de los de antes, es uno de los muchos misterios de ese país. Pero por alguna razón finalmente no acudimos a la fiesta, y a la mañana siguiente, el 1 de de enero de 1994, en unas calles de la colonia Las Aguilas desiertas como tras una explosión nuclear, salí a comprar el periódico y así me enteré de que la noche anterior se había producido un levantamiento indígena justo en el lugar que yo había abandonado por la mañana. "¿Recuerda usted cómo se ve una cucharilla en un vaso de agua?", me había preguntado el taxista que nos llevaba al aeropuerto en Tuxtla Gutiérrez. "Distorsionada y como rota, ¿verdad? Pues así es México: todo ocurre como bajo el agua".
    Tengo otros varios recuerdos de Fuentes, y más o menos todos coinciden con esa imagen que se repitió mucho de elegante y ágil cosmopolita, con canas de banquero en las sienes, capaz de teorizar con enorme soltura sobre los temas más a la vista en el parqué internacional, y a la vez seducir como sin querer a alguna actriz de las que salen en posters históricos, como hizo, parece ser, en un par de ocasiones. Por cierto que una de esas historias inspiró una de las novelas menos valoradas por la fuentología instalada, y que a mí más me gustan: Diana o la cazadora solitaria. Y de la filmación de la otra novela, que es quizá la que yo prefiero, Gringo Viejo, sobre el envidiable final de Ambrose Bierce, salió la otra aventura legendaria.
   Todavía recuerdo la mirada que me puso una productora de la BBC, en Londres, cuando en la preparación de cierto programa que me habían invitado a dirigir señalé que podríamos invitar a participar a Carlos Fuentes o a Vargas Llosa, ya que ambos, por entonces, vivían en Londres. "¿Puedes?", me preguntó con apenas disimulada lujuria. Entonces pensé que ningún escritor hispano había conseguido nunca que una productora de la BBC pusiese ojos redondos, como no fuese Borges, aunque Borges no cuenta porque también era inglés. Y pensé que, si le llevábamos el micrófono, Carlos Fuentes lo colonizaría en un instante con ese verbo de embajador en la ONU que tenía, de articulista en el New York Times desde el Crillon de París, de conferenciante-futuro Nobel en alguna universidad de la Costa Oeste, o algo así, y que no era eso. O al menos no era eso ahí.
   No es ningún secreto que, en el último tercio del Siglo XX, y como si se hubiese transportado al siglo XIX por alguna alquimia literaria, México en general y el DF en particular vivió dividido en dos grandes bandos que se alineaban detrás de dos de los tres grandes escritores nacionales, Octavio Paz y Carlos Fuentes, que en lejanos días de juventud e ingenuidad habían sido amigos. Y no es menos cierto que sólo a la luz de esa división se podían y se pueden comprender insólitos y hasta extravagantes comporta- mientos en política, periodismo, premios, destinos diplomáticos, fiestas, programas y artículos, grupos de comunicación, becas -las muy sustanciosas becas del Fondo Nacional de Creadores, únicas en el mundo, de las que se beneficiaron, si no todos, casi todos los escritores mexicanos-... en fin en la intensa vida que llevaba la nutrida y a veces brillante casta literaria de una sociedad donde el éxito de ventas se mide en mil ejemplares más, como me dijo un día Juan Villoro. Es decir, en una sociedad que no lee.
   A mi modo de ver, Paz y Fuentes no son comparables -¿y cómo orillar además a Rulfo, por ejemplo?-, pero sólo el tiempo lo irá diciendo y en todo caso ese tipo de excluyentes maratones olímpicas entre escritores me interesan poco. De mis encuentros con Fuentes, he de decir que siempre abierto y generoso con su propia inteligencia, me quedo sobre todo con el enigma que también se desprendía de él, una especie de sombra muy misteriosa y jamás explícita, si bien eso es muy propio de los mexicanos.
   Una especie de última zona de reserva, un poco asiática, que se mantenía más allá de la entrevista y hasta en las apariencias de la amistad. Algo que a veces tenía que ver también con actividades, digamos, reservadas, pues qué duda cabe que también ejerció el papel de "embajador", de causas políticas, sin duda, pero también empresariales y culturales. Era él quien tenía que reunir a no sé qué político norteamericano con García Márquez en una cena en algún Hampton elegante de Long Island. Algo también muy mexicano: la grilla, como llaman ellos al permanente y complicado enredo político mexicano, que nunca dejó de ejercer. Alguien tendrá que investigar un día el papel decisivo que Fuentes tuvo en el lanzamiento tipo bomba de Cien años de soledad. Un novela grande como un siglo de soledad, sin duda alguna. Pero recibida con los brazos abiertos por un público ya muy expectante gracias, entre otras cosas, a la intriga creada por Fuentes, que ya contaba con una poderosa red de ecos en toda América, y que había quedado fascinado con la lectura de dos o tres primeros capítulos. (Ambos eran amigos y habían firmado juntos un guión sobre un cuento de Rulfo del que luego en la película no quedó ni rastro).¿Es posible hacer literatura en México y mantenerse al margen de esas intrigas? En cada ciudad clave de su mundo tenía a un grupo de leales, que nada más aterrizar le ponían al corriente de lo que estuviese en marcha.
   La cucharilla mexicana rota bajo el agua, que decía el taxista: O cómo, hasta en las peores circunstancias de su vida personal, y de eso también pude ser testigo, Fuentes era capaz de sobreponerse, impávido en la tragedia, para lanzar en voz alta y en tres idiomas su discurso cosmopolita que parecía como esquiar entre palabras prestigiosas.
   Y hasta con gran generosidad. En la entrevista que recupero se cuenta cómo Donoso se desmayó el día en que Fuentes le comunicó por teléfono su traducción en Estados Unidos, y me acuerdo muy bien de cómo Fuentes encabezó una pequeña expedición a España de cuatro autores más jóvenes de su editorial, y cómo empleó sus verbos más rumbosos para presentarlos en Madrid. Aunque esa me parecería la menor de las estrategias de cualquier escritor que piense en su inmediata posteridad, que yo recuerde jamás vi a ningún escritor del "Boom" o vecindario -salvo José Donoso-, hacer algo semejante. Ni siquiera con un solo escritor. En nuestra literatura, la generosidad se vende muy cara.
   Pero creo que, para bien o para mal, la gran aportación de Fuentes, que él contribuyó, si no inventar, pues me imagino que es más vieja que la tos, sí a solidificar hasta el granito de hoy, fue la del "escritor nación". Pocos como Fuentes fueron como él asociados a la idea de una escritura de bandera, lo que no deja de ser llamativo en un escritor que se pasó la mayor parte de su vida fuera de su país, y que en el interior de este muchos le reprochan precisamente el no haber sido todo lo mexica que debiera. Pero él supo convertirse en una representación de México, así, como categoría patriótica, algo sagrada e indiscutible, y nada mejor para comprenderlo que la depresión que -dicen- sufrió cuando le dieron el premio Nobel a Octavio Paz. No salió de su despacho en días -dicen, yo no estaba ahí para comprobarlo-, y eso daría una buena pista sobre su mentalidad. Sabía que en más tiempo del que le quedaba de vida no le habrían de dar el premio a otro mexicano, en lo cual tenía razón pues el Nobel, como las Olimpiadas, es otro engranaje fundamental en la mega industria de las identidades patrias. Hace tiempo que ha dejado de interesarme si alguien lo merece o no, vistos algunos ejemplos, más triviales que extravagantes, pero nunca he comprendido tanta ansiedad por obtenerlo en gente inteligente, y otro caso espectacular era el de Borges. En todo caso, el perfil de Fuentes se sobrepone al dibujo de la literatura como mapa de la patria en clase de geografía, en la escuela nacional, de gran rentabilidad hoy en día y trascendencia, y lo que queda.
   Basta asomarse a cada país de la hispanidad, incluidos los no castellano hablantes, y ver las luchas civiles por alzarse con la franquicia del escritor-nación, o por inventar uno a la misma velocidad con que se inventa ésta.

 

   Esta entrevista hace parte del libro "La entrevista como seducción. Momentos con escritores", recién publicado por EL País en edición digital. Estos son los enlaces para descargarlo:
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Beirut: la reinvención de una ciudad

Por: Pedro Sorela Domingo 02 Mayo 2010. En Textos de viaje, Viaje

Un parque arqueológico con rastros de balas.  pS.

La primera evidencia, en una ciudad en la que nada es obvio, pese a las apariencias, es que en Beirut ya no todo el mundo habla francés. Ni siquiera la mitad de la población, como asegura un taxista del aeropuerto, que no lo habla. Y eso pese a que los carteles están escritos en árabe y en francés, a un par o tres librerías internacionales con acento galo, y a diarios como L’Orient, que proclaman su “expresión francesa” e informan casi en exclusiva, como todos sus colegas, del sudoku de máximo nivel de la política de Oriente Medio.

Y cuando sí lo hablan, suele ser o algo lento o un poco anticuado (y más bello que el franglish tan abundante hoy). Tan seguro puede uno estar de que los viejos hablan francés como inseguro de que un joven lo hable. Todo lo cual sugiere que tal vez en Líbano el tiempo pase más rápido y con más cosas que en otros sitios. ¿Cómo se puede prescindir tan fácilmente de una lengua como el francés cuando ya se tenía? Tal vez viene de ahí el que toda la ciudad –casitoda– sea también un parque arqueológico con restos no siempre romanos y abundantes rastros de balas y de bombas.

En las ciudades de Oriente Medio cuesta elegir entre matices pues casi siempre se impone un trazo dominante, como si toda la ciudad montase una obra expresionista. En El Cairo, por ejemplo, hay que hacer un primer esfuerzo para descubrir esa ciudad continente tras la aduana del ruido y el polvo del desierto, que tiñe el mundo de color pardo. En Beirut... en Beirut es la guerra la que se impone, pero no sólo la que de cuando en cuando asuela la ciudad, como un accidente astrológico ya escrito, sino la diaria del tráfico y las motos.

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    Por: Pedro Sorela Sábado 14 Junio 2008. En Textos de viaje, Viaje

    J. G-R.

    En Barcelona los niños juegan en las plazas hasta más tarde. Como en Andalucía, pero lo de Andalucía es otra cosa. En Barcelona la luz se alarga. En febrero no es difícil ver a gente en mangas de camisa, una forma de identificar a esa gente como extranjera (ahora, por los visitantes, la ciudad alarga la lista de las ciudades internacionales). Sin embargo los barceloneses se empeñan en que es invierno, y uno diría al comienzo que no es una opinión meteorológica sino cuestión de lucir lo que compran en las boutiques más bonitas y mejor puestas de Europa. “Barcelona es el París del Mediterráneo”, me repitió hace poco una amiga española que vive en Roma, mientras íbamos a comprar un desatascador para su nariz.

    Cierto: es como París por la extraordinaria sensación de pasear por sus calles como por un teatro… o una película. Una película de amor y lujo… En todo caso de lujo. Pues en Barcelona, como en París, hace frío. Cada uno en su escala, ése es uno de los secretos mejor guardados de las dos ciudades.

    En Barcelona hace un frío inesperado que asciende desde el mar por las Ramblas hasta lo alto del Tibidabo y de Sarriá y se desliza astuto y con sigilo por toda la ciudad. Y con mucha eficacia. Era el responsable del atasco en la nariz de mi amiga, y en buena parte gracias a él –voy comprendiendo muchos años después– soy escritor.

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