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Pedro Sorela

sastreria

Si escribes, se mueve

Miércoles 05 Noviembre 2014. En Blog, Sastrería

Si escribes, se mueve

M.A. Herrera
...advierto a mis alumnos entusiastas: "No se puede".

Sastrería

De vez en cuando propongo en clase el ejercicio masoquista de intentar escribir un texto inmóvil. Y ni siquiera es una trampa o una broma de las que les gustan a algunos profesores porque advierto a mis alumnos entusiastas: "No se puede".

     Es algo, por otra parte, hipnotizante. Uno intenta fijar párrafos que se queden quietos, y no puede; frases, y tampoco, y ni siquiera es posible con simples aes y eles. Sólo es posible comprobar que aquietar un texto es como conservar agua entre las manos o convencer a los renacuajos de una charca que se queden quietos para una foto.

     La demostración es fácil pero averiguar las causas es largo, complejo, profundo. Uno podría creer que paralizar un texto no debería tener mayor complicación que quitarle los motores: la intriga por ejemplo, o el personaje, como pretendieron los profetas del Nouveau Roman, pero luego descubre que ni por esas. Sin los motores convencionales el texto sigue moviéndose. La más severa descripción de una estatua de piedra es un texto -si se lee sin prejuicios y atendiendo a los ruidos del subsuelo- lleno de movimiento.

     Podríamos alargar este escrito hasta convertirlo en la ponencia de un congreso de textósofos. Adelantemos que la escritura es movimiento por definición. Es más, si no hay movimiento no hay escritura. Aunque sólo sea porque va de izquierda a derecha, al revés o en vertical, y porque todo verbo y casi que todo nombre lleva incorporada un alma y esta, por definición, se mueve. (Si no se mueve no es alma). Y porque la principal misión de la escritura es la del transporte: ir de un sitio a otro y llevar al lector con él, y desde luego al escritor. (Y aquí una opinión conseguida con sangre en uno de mis libros: si no nos lleva de un sitio a otro es una mala escritura). O sea que en definitiva la escritura es una especie de viaje.

      Lo cual no dejo de recordar en estos tiempos en que la escritura me parece en particular lenta, y no tanto quieta (lo cual es imposible) como estancada y en remolino, dando vueltas sobre sí misma. Y no, no es sólo el resultado de que, con la crisis, dicen, se vendan cuatro libros menos de cada diez. Es más bien como si la crisis hubiese hecho aflorar una parálisis progresiva gestada desde hace tiempo, y que pese a todo seguimos negándonos o no nos atrevemos a ver.