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Pedro Sorela

Promesas a punto de aterrizar. (Ya verás. Fragmento)

Por: Pedro Sorela Martes 08 Marzo 2005.

Doce horas después el aguacero de las tres le ha dado a la tarde un aspecto de mañana, como si el amanecer repitiera de puro entusiasmo, y ya se anuncia el atardecer, que en el medio del mundo llega temprano y de golpe. Es pues uno de los trucos más famosos de la ciudad, cuando parece por la mañana pero es por la tarde, la tormenta se retira murmurando, derrotada por un arco iris difuso, y algunas luces adelantan la noche. Todo parece entonces posible.

Marina abre la puerta, creyendo que es el taxi del aeropuerto, y se encuentra con Bernard, que mira su maleta. No parece muy sorprendido.

—¿Adónde vas? —pregunta.

—A Nueva York —le dice. No le explica que allí están sus padres, en una misión inútil pero larga en la ONU. Tampoco le dice que confía en no pensar, aturdida por el ruido de Nueva York. En las tiendas arruinará a su padre, los edificios le recortarán la imaginación y en la multitud buscará la confianza en que los hombres no se acaban nunca.

Pero a él se le nota que comprende la causa de su viaje como si viniese escrita en el periódico, con lo que, pese al fresco de la tarde, a Marina se le incendian otra vez las mejillas. El destino aparece en ese momento disfrazado de taxi de película mala para permitirle escapar. Bernard coloca la maleta en el portaequipajes y en el mismo impulso se sienta junto a Marina.

Que nunca llegará a Nueva York.

 

Acaso sea cierto que no hay escenarios, sólo personajes que llevan el escenario ya puesto. Fue cierto con el taxi, al que Bernard pidió que apagase la radio, y un taxi tresmarino con la radio apagada es ya como un país extranjero. Fue cierto con Marina, que al sentarse le notó a él a tres milímetros y alcanzó a sentir la tibieza de su cuerpo en la tarde ya fría. Se bajó la falda con sus dedos delgados. Marina se había vestido como les gustaba a sus padres, que todavía viajaban como para ir a una boda o a escuchar un testamento.

Luego quedaron un par de minutos sentados y en silencio. Se hubiese dicho una pareja ya acostumbrada a sí misma, pero no. Ella había envejecido de golpe al meterse en un traje sastre beige y L’Air du Temps, de Nina Ricci, un perfume que pone unos doce años de más. Él se había afeitado pero el cansancio de su chaqueta se le notaba en las ojeras.

Iban por un norte aún casero de Tres de Marzo, que ella conocía a fondo porque era su vida, guardaba recuerdos de casi cada una de las casas. Le contó algunos a Bernard, con un tono a caballo entre el guía turístico y la abuelita que recuerda, y en el parque de la 77 con la 11 señaló al prócer bajo cuya estatua la besaron por primera vez, y al girarse encontró la boca de Bernard. Quizá la buscaba. Quizá se lo había contado para encontrar ese beso que esperaba desde que entró en la fiesta, aunque por una vez sin atreverse: eso era lo interesante, que con él no sabía aún si iba a hacer lo que ella quería.

Y así fue: Bernard le hizo con los labios cosas que ni de lejos habría sospechado en el beso del prócer, diez años antes, y al final no sabía lo que le había pasado porque sentía el beso en todo su cuerpo, como si los labios tuviesen manos y éstas, sombras. Tardaría en recordar lo que ella misma había hecho.

Cuando tiempo después el taxi se detuvo y abrió los ojos, vio que ése no era el aeropuerto, no el de siempre, sino uno pequeño, unas cuantas avionetas alineadas bajo un techo de hojalata. Y a una de ellas, la más vieja sin duda, un viejo Aleros de los años cincuenta, la invitó a subir Bernard.

—¿Adónde vamos? —quiso saber Marina, que aún sentía su mano esquiando sobre su cuerpo.

Y Bernard, ahí se vio su veteranía, le dio la única respuesta a la que ningún viajero se puede resistir:

—Ya verás.

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