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Pedro Sorela

Trampas para estrellas. Unas páginas...

Miércoles 01 Marzo 2000. Páginas de novelas

...Nicolás desembocó al fin en el interior de El Polo y parpadeó varias veces a causa de la luz. Furioso por el fraude del pez-boxeador, impulsado por una vieja desesperación, no supo al principio identificar el sitio. Le pareció un hangar, la estación de angustia de una multitud en fuga. En cierto modo lo era: Nicolás se encontraba en el Desierto, una especie de vestíbulo que rodeaba el corazón del Instituto de Alta Exploración y donde daban clase, de pie para ahorrar espacio, los estudiantes de los primeros cursos. Eran cientos, si no miles, y eso que en la universidad clásica hubiese sido considerado una aberración, un escándalo, era en El Polo una propuesta pedagógica. Se amontonaba a los estudiantes primerizos en la entrada y se les sometía a diversas pruebas para medirles el temple de exploradores.

- ¿Es usted el profesor de Introducción al Calor?, preguntó a Nicolás un estudiante. Casi imberbe, sudaba, agobiado. En el fondo de los ojos se le alcanzaba a ver un prematuro comienzo de crisis en la fe.

- No, dijo Nicolás, y pensó que en su vida le habían tomado por espía, carterista, coronel, gerente y hasta neurótico crónico (lo que probablemente era), pero nunca profesor. Vio una genuina desesperación en el chico. Por qué, preguntó.

- Es que llevamos cinco semanas de clase y él no aparece.

- ¿Y por qué seguís viniendo?

Nicolás miró en torno. Por encima de la masa de jóvenes imberbes, algunos adultos hacían esfuerzos por imponerse al calor y hacerse oír por encima del tenaz gruñido de la muchedumbre. Al principio le pareció que hablaban con eco. Luego comprendió que era eco sino el reflejo de los oradores sobre rápidas pantallas de televisión que también salpicaban la multitud y donde se proyectaba la habitual publicidad con gente joven, forzuda y sonriente.

No tan habitual, si uno se fijaba. Quienes salían en las pantallas se parecían mucho a los oradores, sólo que en más joven y guapo. Eran probablemente ellos mismos, rejuvenecidos por algún truco catódico. Parecían cómodos, frescos e insudorizados en escenarios con el sol de hojalata y las flores húmedas de exotismo. Sólo entonces Nicolás comprendió que lo que hacían los oradores era dar clase, que el número de sus alumnos dependía del alcance de su voz, y que en las pantallas se proyectaban prácticas en vivo de lo que estaban enseñando.

- ¿Por qué seguís viniendo?, preguntó de nuevo Nicolás. Un temblor pasó vacilando por los ojos del chico. Bajó la voz.

- Es que mandan espías. Comprueban si estamos.

- ¿Y si no estáis?

Nueva vacilación, como la del preso, el esclavo que teme que al mencionar las cosas se las convoca.

- Si no estamos nos mandan trabajos extra de Calor.

Pese a su amplia experiencia Nicolás quedó estupefacto. Los trabajos extra de Calor habían sido abolidos desde mucho antes de que las escuelas de Exploración se transformaran en Institutos Superiores, después de repetidos accidentes y en particular de que a un profesor aún muy verde se le secaran dos alumnos tercos...

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