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Pedro Sorela

SAINT EXUPÉRY en Dibujando la tormenta. Fragmento

Domingo 06 Marzo 2005. Páginas de novelas

Hay que ser un incendio[1]

 

Se debe escribir,

pero con el propio cuerpo[2]

 

No es posible terminar de saber quién fue Saint-Exupéry. Escritor y piloto, desde luego, pero también inventor (al morir dejó registradas 14 mejoras para el vuelo de los aviones), mago con las cartas hasta el punto de haber podido vivir de eso, conde más a ojos de los otros que para él mismo, ajedrecista temible, amaestrador con un don para los animales, dibujante (¿qué sería El Pequeño Príncipe sin los dibujos?), violinista de chico y cantante capaz de llenar una noche con canciones medievales sin repetirse, generoso filósofo de la amistad, matemático, al parecer, de genio…

André Gide, compañero de ajedrez y su padrino literario, decía que de su cabeza no se sabía si admirar más su potencia o su diversidad, y es unánime el comentario admirativo de su conversación –en los restaurantes las otras mesas se iban callando, para escucharle…-, hasta el extremo de que no fue raro quien pensara, tras escucharle, que su verdadero talento no estaba en la escritura. Según el general Chassin, éste era de la misma naturaleza que el del poeta y consistía en localizar una relación invisible entre dos cosas muy diferentes en principio y –aquí es donde deja de ser un talento de poeta- luego aplicarlas para resolver un problema. Según Leon Werth, “tenía un pensamiento que sin pausa se hacía poesía, y una poesía que sin pausa se hacía pensamiento”. Y poseía la virtud que Borges atribuía a su amigo Macedonio Fernández (y que él también practicaba): especulando, hacía que su contertulio pensase que estaba descubriendo con él; le permitía sentirse más inteligente.

Pero más allá de la anécdota de sus muchos talentos, lo que ocurre con Saint-Exupéry es que estaba muy vivo, y lo estaba, además de por una energía vital que al final se sobreponía a no pocos achaques, porque se lo había propuesto: “Lo importante es estar vivo”, decía en los años treinta, ante la amenaza de la mediocridad que acechaba una vida inmóvil. (Bruyère). Esa misma conciencia parece guiar la pregunta que le hizo un día a un colega piloto: “¿Eres consciente de que estás creando tu pasado?”.

Su atractivo no carecía de sombras: mercurial y ciclotímico, podía pasar de la exaltación a la más profunda melancolía en un instante y por razones misteriosas. Además de ideas que ayudan a comprender los azares de su obra y su fama después de muerto, y que también iluminan pasajes de la historia francesa contemporánea, los lúcidos escritos políticos de sus últimos años interesan a los historiadores pero también a los sicólogos. Insomne, entre otras razones porque bebía casi tanto té como café Balzac, despertaba a sus amigos a cualquier hora para leerles sus últimas páginas… y sin embargo pocos se quejaban en voz alta. Cuando Nueva York era también una ciudad francesa a causa de los numerosos exiliados de la guerra, Denis de Rougemont –cuenta en su diario-, les dijo al piloto y a Consuelo, su mujer: “No sois una pareja sino una conspiración contra el sueño de vuestros amigos”. La razón de quejas tan poco ácidas es que era también, según todos los testimonios, una persona que comprendía a los demás hasta un punto perturbador. Eso dice en su diario Anne Lindbergh, la escritora y esposa del piloto, el mismo día de conocerle. “… Me sentía alegre, liberada y feliz. Yo y ese desconocido que comprendía tan bien todo lo que yo expresaba y sentía…”  

Cuesta aceptar que Saint-Exupéry viviese sólo 44 años –su avión de reconocimiento no regresó de una misión sobre Francia poco antes de terminar la II Guerra Mundial-, pues su vida fue tan intensa que uno se pregunta si Stendhal no estarían pensando en él cuando propuso la idea de que es preciso hacer de la propia vida una obra maestra como condición para escribirla.

Y si ese carácter intenso y desordenado no resulta evidente a primera vista es por una sola razón: tuvo un instrumento para darle una portentosa unidad, la escritura, y su escritura fue en particular armoniosa. Y un punto de vista privilegiado: el cielo. No es casual que, según varios testimonios, a veces leyese mientras pilotaba, que dibujase, que nunca se separase de un papel y un lápiz, y que, a la pregunta de un periodista de qué se sentía más, si piloto y escritor, contestara que no veía la diferencia (Estang). La respuesta refleja de forma magnífica la forma del escritor de vivir el vuelo, la escritura… y su propia vida.

El desorden de Saint-Exupéry es, sencillamente, inenarrable. Él lo cultivó con mimo en todos sus dormitorios, en el de su infancia en el castillo familiar de Saint-Maurice, cerca de Lyon, en su pupitre en el colegio, en su campamento en el desierto, o en las muchas residencias de su itinerario casi nómada de adulto. Incluso cuando estaba invitado, como supieron durante varios meses en la casa del doctor Pélissier, que le acogió en Argel durante un periodo en particular depresivo, durante la guerra. Un desorden “indescriptible”, según Pélissier, tan exagerado que el servicio doméstico se negaba a arreglarlo, cuando chico, y eran sus hermanas las que tenían que intervenir, según cuenta Simone; el escritor, compungido, hacía votos de enmienda, pero inútiles. Pues se trataba de un desorden militante, si podemos decir, ya que de una forma muy significativa a mi juicio tendía a no poder regresar a esa habitación si alguien la había hollado intentando poner orden: como podrían sugerir múltiples ejemplos de animales, el escritor destruía el mundo (lo desordenaba)… para reordenarlo poniéndole su marca. Según Nelly de Vogüé (Pierre Chevrier), si los libros de aviación de Saint-Exupéry no pierden contemporaneidad es porque “el escritor no cree en la lectura directa de la realidad. Se sitúa más allá de la actualidad con el fin de imponer su orden”.

Pero no cualquier marca: ese desorden era, por así decir, poético, como sugiere el poema que el estudiante escribió para recuperar un pupitre individual que le habían quitado en el colegio, a causa precisamente de su desorden. Dice el pupitre en tres de sus divertidos versos: 

Estaba premiado por mi amo

de un bello desorden, efecto del arte.

La paz allí era profunda…

Rastros de su pensamiento poético y anárquico se ven desde su aversión por la geografía –el más rígido orden que existe-, y por la historia: el no por desesperado menos optimista intento de poner orden en el caos del tiempo. Según su hermana Simone, su aversión por la geografía y la historia, y más tarde por las lenguas extranjeras, venía de que era incapaz de concentrarse en lo que le aburría. “Saint Exupery nació arcángel”, dice Charles Moeller, “mal adaptado a las rutinas de nuestra vida moderna” (…) El hecho de que le tentara seriamente la carrera de bellas artes y, al mismo tiempo, la marina y la aviación muestra que en todo buscaba el mundo de la belleza”.

Su también legendaria capacidad de distracción es también síntoma de que el escritor había configurado un mundo a su medida, en el que cobran sentido anécdotas que reflejan un grado de inconsciencia notable, como el hecho de ponerse a dibujar sus personajes en un momento de vuelo sumamente peligroso, o a leer mientras pilotaba. Mediante el procedimiento de fijar el timón con una goma y así poder leer, dibujar o meditar, se adelantó a la concepción del piloto automático: en cierta ocasión dio vueltas sobre la pista antes de terminar el libro, con la excusa de que si no lo terminaba antes el ansioso aterrizaje podía llegar a ser peligroso.

Su intensidad y desorden, o no necesidad de arraigo, si se prefiere, se refleja en lo que sin duda fue una vida nómada. Sus direcciones son numerosas y de diverso tipo, y se alternan con hoteles (del deprimente Titania del boulevard D’Ornano de los tiempos en que vendía camiones al elegante Lutetia, donde vivía en departamentos separados con su mujer, y que luego había de ser cuartel general alemán durante la Ocupación y hoy prohibitivo monumento a un mundo ya ido), y van punteadas con avisos judiciales para incautarse de muebles a cambio de impuestos o alquileres impagados: llegó a ser casi una táctica, según se desprende de las explicaciones que le dio a su esposa el día en que ella le llamó alarmada porque ugieres judiciales se disponían a quedarse con sus muebles. Eso no impedía que viviesen con lujo y hasta con Boris, un criado ruso refugiado que hacía la compra en taxi (años treinta, un duplex en la place Vauban), aunque no siempre (casi nunca, salvo al final) se lo podían permitir. En París, Saint Exupéry tenía sus cuarteles en el café Aux Deux Magots, centro hoy de la industria turística cultural-nostálgica de Saint-Germain, y en la brasserie Lipp, justo enfrente, todavía hoy centro de reunión de los políticos y periodistas parisinos.

Esa carencia de arraigo se refleja de forma muy visible en el hecho de que no tenía una mesa, por ejemplo. A menudo escribía en los cafés, como se puede ver en los membretes de su caudalosa correspondencia. Tanto en el elegante duplex de la avenida Vauban como antes, en el desierto, su mesa era una tabla puesta sobre dos apoyos, lo cual armoniza con una concepción de la escritura en la que “la perfección se consigue, no cuando no hay nada más que sumar, sino cuando no hay nada más que restar” (Tierra de los hombres). Pero una vez depurados hasta una perfección zen, por así decir, los manuscritos regresaban al caos. En París los guardaba en masa en una caja de sombreros.

Toda la vida del escritor está marcada por una suerte de búsqueda, y ésta condiciona todo lo demás. Por ejemplo, y aunque su comportamiento no lo permitiese deducir –pues siempre estuvo acompañado de alguna mujer-, desde muy joven tuvo la idea de que el matrimonio entorpece y adormece la búsqueda. Desarraigo… o elección de arraigo. Siempre pareció ir en busca de algo que iba por delante, y con una extraordinaria capacidad, como observó Leon Werth, para dejar escapar la felicidad: en cualquier momento podía sumirse en un melancólico silencio depresivo.

Pero algo sí tuvo claro desde que comenzó a ser piloto, y era su deseo de alejarse de todo destino que le mantuviese inmóvil, sin algo que hacer. Desde el principio lo que más le gustaba de su trabajo de piloto es que no era un trabajo “para gigolós sino un verdadero oficio”. Gigolós, es decir inútiles. En ese lenguaje ¿no late un remordimiento de clase? Casi por definición, un aristócrata es aquel que no trabaja.

Pues su vida vida de nómada también tenía que ver con ciertas costumbres de señorito, como cuando, en el servicio militar, alquiló un apartamento en la ciudad para poder tomar baños calientes fuera de las horas de servicio. Lo pagó su madre, que no tenía dinero para esos lujos, y que fue también, es muy posible que después de pedir un crédito, la que pagó su título de aviador (pese a temer la iniciativa como sólo podía temerla una madre en los comienzos de la aviación).

El relato de cómo obtuvo el diploma es largo y prolijo, pero quizá convenga saber que fue una verdadera conspiración de clase, en la que dos oficiales aristócratas movieron las suficientes influencias para que lo obtuviera violando varios puntos del reglamento. (Durante su vida de estudiante no tuvo reparos en gestionarse enchufes varias veces). También era posible obtener gratis el título haciendo un servicio militar de tres años en aviación, pero esa posibilidad ni la consideró.

Siempre mantuvo una actitud por encima de la situación. Según decía, amaba a la especie, pero no las masas (lo mismo que Stendhal). ¿Hay una idea más aristocrática?

Igual tenían que ver los numerosos altibajos que vivió su vida a lo largo de sus primeros veinte años, en los que de un día a otro alternaba venturosos estados de piloto o seductor, con los de estudiante fracasado o vendedor de camiones (fracasado también), y con azares de novela: por un día escapó a la primera guerra mundial, pues el tratado de Versalles fue firmado al día siguiente de cumplir 19 años, la edad en que se enviaba a la gente a una guerra que devoró a la mitad de su generación.

Según le decía a su esposa una de las viejas empleadas del castillo de Saint-Maurice, Denyse –y que en la mitología del escritor se termina convirtendo en la imagen de la civilización, al ser la centinela de los amplios armarios donde se conservaban en perfecto orden las sábanas planchadas-, el escritor no era cuidadoso en su naturaleza más profunda “al tener demasiadas cosas en la cabeza”. Y puede que ese comentario de apariencia ingenua no careciera de razón.

Si hay algo constante sobre Saint-Exupéry es que todos los testimonios hablan de él como de una suerte de gigante que no se encontraba muy firme sobre la tierra. Salvo quizá en su infancia, cuando rodeado de una madre, una tía abuela, tres hermanas y un hermano era el rey Sol del castillo familiar. Alguien que heredaba, literalmente, un nombre de caballero andante pero a quien sentaban mal los uniformes, en particular el último, cuando se reincorporó al ejército francés en Argelia con un traje más o menos militar que había comprado en Nueva York en una tienda de implementos teatrales. Pierre Chevrier, seudónimo bajo el que se ocultaba su compañera de los últimos años, Nelly de Vogüé, y la primera en estudiar su obra, señala que “se sentía perseguido”, o que había perdido todo sentimiento de realidad. A veces buscaba la puerta de su habitación “en una pared en la que no estaba”...



[1] Escuchado a Saint-Exupéry por Edmond Petit. La Pléiade, p. LIX

[2] Saint-Exupéry se lo dijo a una señora que durante la guerra le reprochaba los riesgos que asumía para volar: “Se equivoca usted…. Si yo no resistiera con mi propia vida, sería incapaz de escribir… Se debe escribir, pero con el propio cuerpo”. (Bruyère, p. 356).

 

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