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Pedro Sorela

Fin del viento. Una página.

Martes 16 Marzo 1993. Páginas de novelas

...El viento sigue, en los oídos y en el fuego, pero nadie le hace caso. Se diría que es la música de fondo de la cólera, la alegría tal vez, que nos mantiene aquí en Lo Alto, quince horas ya, indiferentes al rocío, la noche, indiferentes a presagios y amenazas.

Pronto amanecerá y sin embargo pocos duermen. Tolker custodia el fuego más grande, en el borde mismo del acantilado, y sus ojos azules abiertos sobre el mar parecen dar la réplica al faro del Perro, cuyo brazo nos alcanza cada diecisiete segundos. Al comienzo golpeaba en los nervios, tensos por lo que creíamos iba a ser un ataque inminente, luego nos fuimos acostumbrando, y ahora, ahora que se acerca el día y el peligro con él, el faro parece un aliado que va descontando el tiempo de espera: casi me es necesario ver el paso de su inevitable brillo azul en los ojos fijos de Tolker.

También él sonríe, como varios de nosotros, un tipo de alegría que nunca le había visto. Siempre sonríe, Tolker, con el suave egoísmo de los ciegos, que parecen ver lo que los demás no podemos; entonces sonríen compasivamente.

En Lo Alto arden tres fuegos –dos un poco más alejados del borde, como alas del que Tolker custodia-, y en la plaza de los Locos, otros dos. Fátima y Bruno se empeñaron en encenderlos por si venían por mar, aprovechando la noche, algo en extremo improbable. Allá abajo se les ve, o mejor, se les adivina, siluetas casi siempre inmóviles entre las sombras que crean sus fuegos ya menguados a los dos lados de la playa.

No estoy demasiado seguro de que su trabajo haya sido inútil. Lo cierto es que calentaba el corazón verlos bajar por el precipicio, armados cada uno con una antorcha como si marcharan a una guerra. Todos sabíamos que no corrían peligro: Fátima y Bruno podrían bajar la pared con los ojos vendados, incluso en noches sin luna como ésta –estuvo sólo un par de horas, desgarrón en un cabaré de lentejuelas-, y con las piedras resbaladizas por el viento húmedo.

Supongo que eso es lo que querían Bruno y Fátima, impacientes como un perro a la vista de una escopeta: una guerra, una misión, un riesgo. Incertidumbre. Pues bien, ya la tienen: sus fuegos, amenazados por el día inminente, parecen columnas de la fortaleza sobre la que se eleva el acantilado, y nosotros encima, con nuestro vigía ciego y nuestros fuegos.

Aunque ¿fortaleza? Habrá que verlo

Ellos saben que no tenemos fortaleza, y que no hayan atacado aún podría indicar su temor de que con nuestra rabia la lleguemos a tener. El viento entra con las olas en la plaza de los Locos –olas largas que oímos venir de lejos en un sordo gruñido-, trepa por el acantilado sin reparar siquiera en los tres o cuatro matorrales que intentan resistirle, y luego corre libremente sobre Lo Alto, silbándonos al oído y avivando el fuego antes de escurrirse al sur por el pinar o encaramarse por el norte hasta Lo Cruz. No hay fortaleza, pues, que se pueda oponer siquiera al viento, como no seamos Candela, Urruz, Gerges, Tolker, que distinguirá el día cuando griten las gaviotas... Fátima y Bruno allá abajo, vigilando una pared, y alguno más que olvido, desperdigados entre las hogueras, todos lo bastante furiosos como para creer que si actuamos juntos podemos impedir que lo consigan.

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Fin del viento

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