OBRA PUBLICADA

Viajes de Niebla

Editorial: Alfaguara
Año de publicación: 1997
Nº de páginas: 382

Apartado: Novelas

Resumen

Los viajes que emprenden un conde anarquista y los otros personajes de esta novela de una orilla a otra del Atlántico, en los años anteriores y posteriores a la Guerra Civil, son también los viajes del autor a través de idiomas, géneros y acentos, y la recuperación de un tiempo perdido. El autor retrata magistralmente la situación de la aristocracia española en la primera mitad de siglo.

La crítica ha dicho…
«Sólo quien es capaz de poseer un don para la consecución de un espacio imaginario como el que Sorela nos presenta es capaz, asimismo, de dotar de verosimilitud y, por tanto, de coherencia narrativa todo un mundo. Viajes de Niebla es el resultado, a veces espléndido, de ese logro. Por eso la importancia de la novela en el panorama literario español de hoy.»

Juan Angel Juristo
El Mundo

«Por la amplitud del mundo abarcado, por la hondura con que se penetra en estas vidas fingidas y por la riqueza literaria aquí desplegada, Viajes de Niebla es una novela altamente recomendable. Y además de gratísima lectura.»

Ana Rodríguez Fischer
Quimera

Reseñas

El País
Miguel Mora
26 Febrero 1997

El viaje es un descubrimiento de otra tierra, pero también un descubrimiento de uno mismo
Entrevista UCM
Marta Rivera de la Cruz
1997

Revista de Libros
Ramón Acín
1 Noviembre 1997

El autor comenta

Todo escritor sabe, a partir de cierto momento, con cuántas bazas seguras cuenta. Yo siempre supe que contaba con Viajes de Niebla: ahí es nada, el sueño de cualquier escritor, la narración de un mundo real, pero desaparecido. Casi un deber para cualquiera que lo haya presenciado, o al menos oído sus historias. «¡Qué barbaridad!», me dijo una vieja amiga al publicarse, «¡qué imaginación!». No le dije que me había tenido que reprimir, como todo novelista, para ser creíble.

Ahora creo que la alegría, el entusiasmo del libro, y que llega a su punto álgido con la recreación en setón del canto de los marineros a bordo del Magallanes y el concierto revolucionario de Vinkírovitz en el Real, tiene que ver con que me había mudado recientemente desde un piso oscuro a una casita llena de luz, con cuatro árboles, el techo inclinado y una chimenea…

Yo suelo escribir en un estado no del todo consciente, y sólo después, con el libro impreso, comprendí que Camila Mallarino, Diego y Niebla, el poeta Íñigo Gayán de Gádor, contaban básicamente la historia de mis padres. Lo que no dejó de perturbarme. Cómo era posible que yo dibujara a mi madre oscilando entre dos hombres. Podría no haberlo sido, pero era una mujer de un solo hombre. Hasta que comprendí que Diego y Niebla, de título revelador, eran las dos facetas de mi padre, las que yo recordaba sobre todas y que habían fascinado, y cómo no, a mi madre.

El título de Conde de Niebla existe, pero yo no lo sabía cuando los amigos anarquistas de Iñigo le cambiaron el suyo para imponerle ese, a caballo entre la rebelión libertaria, el viaje, el humor y la poesía. Además de su capacidad de sugerencia -el único valor, el estético, que justificaría la permanencia de los títulos de una clase desaparecida para siempre (puede que existan duques y marqueses, pero son como vagos indicios arqueológicos ambulantes de una especie extinta), el título de Niebla hace eco del de mi tío Pedro Sorela, conde de Nieva, que siempre me pareció un verso. Residente toda su vida en Bruselas, el último destino diplomático de mi abuelo, el más pequeño de los hermanos de mi padre -otros dos murieron en la Guerra Civil- fue el único con el que tuve cierto trato y a su través entreví los últimos vestigios de unas fidelidades más que un ideario, una estética, una forma de estar en el mundo ya olvidados. Como Diego, era un señor de los de entonces. Ya no los hacen así. Es algo que se dice a veces pero en esta es cierto.

Niebla se corresponde además con una cualidad que tenía mi padre. Igual que el Niebla del libro, mi padre, que se casó con el pelo casi blanco, había viajado mucho pero contaba la mitad. Sólo hacía puntuales y precisas referencias a lugares y hechos lejanos, y también idiomas que parecían improbables, inventados ahí mismo por él, y eso aguzaba más, mucho más la curiosidad.

Él no entraba a las invitaciones a explicar por qué él estaba ahí y lo había presenciado, ampliar el cuento y mucho menos terminarlo -no está claro que las historias terminen-, y a cambio se reía. Estoy convencido de que sin esa cualidad, y sin el don de mi madre para contar las historias de varias generaciones de su familia y de sus amigos, en un país donde, entonces, lo que más se podía valorar de nadie es que supiese contar bien, sin ellas, digo, yo no sería escritor.

Fragmento

Por la noche los pasajeros se esforzaban en acudir a los bailes de la travesía, en parte porque no hacerlo era como desairar al capitán, un elegante marino que gobernaba el Magallanes sin hacerse una arruga, sobre todo porque ponerse un esmoquin o un vestido de noche, especialmente un vestido de noche, aliviaba misteriosamente el mareo, por lo menos durante la primera hora. Un perfume adecuado o una corbata negra devuelven cierto orden al mundo.

Se puede decir que esa travesía del Magallanes fue diferente, no sólo por el diario de a bordo: “mar arbolado”, “vientos de cuarenta nudos”, “el baile del paso del ecuador de la travesía fracasa por el mareo del pasaje”, sino porque no hacía falta mirar demasiado ni ser un novelista para comprender que no eran tiempos ni para campeonatos de shuffleboard, ni para bailes, ni mucho menos para mares en calma.

Por algún anceso marino, quizá corsario, en ese mar insolente Camila se sentía en su casa. Feliz de que se niño no se mareara –siempre mantenía la horizontal gracias a su cuna en hamaca-, exaltada por el viento, las nubes, el mundo moviéndose bajo el barco vulnerable, lo que a ella le hubiese pareciedo extraño habría sido un mar en calma, gaviotas planeando aburridas y a la luz de las estrellas llegando hasta el barco sin tener que esforzarse. No era eso lo que estaba en el aire.

De todas formas el aspecto un poco huérfano del Magallanes no se debía sólo al mareo del pasaje: era febrero y en primera clase debían de ir vacíos por lo menos uno de cada dos camarotes, lo que producía un poco el mismo efecto que un gran hotel con sólo unas pocas luces encendidas bajo la lluvia. Subrayaba ese vacío el que la segunda clase fuera llena –estudiantes de regreso de Europa, actores haciendo las Américas, comerciantes con espíritu de conquista y muchas misioneras con los ojos alumbrados-, y la tercera, abarrotada: de cantantes. Al amplio puente de primera, donde aquí y allá unos cuantos pasajeros dormitaban o intentaban leer arropados por mantas con el anagrama del barco, llegaba durante el día el rumor ansioso de la humanidad amontonada abajo.

Con la noche y cuando el mar lo permitía ese rumor de ansiedad se cambiaba en guitarras, acordeones, violines, palmas y hasta castañuelas, más de una vez, y sobre todo en canciones, alegres si se cantaban hacia proa, melancólicas si mirando la popa, que a veces contaban cosas en idiomas enérgicos y enigmáticos. Parecían venir de otra gente, otro viaje.

 

Käs lumbe der shnoel,

dun suçedan down et mored.

Kas lümbe der shnoel,

ras wände, a solitel korsai.

O Tir, razor min its taita,

O Tir, saär tuzur, O tir,oa in llas e shasho an il no.

Jahá quis in, ¿it llas?

¿It no? ¿it shasho es?…

(Mi amada se queda atrás,

dulce amada bajo la luna.

Mi amada se queda atrás,

no temas, yo te mandaré llamar.

Adiós, casa de mis padres.

Adiós, prado verde, adiós

paz del fuego y silencio de la noche.

Allí adonde voy, ¿qué fuego habrá?

¿qué noche?, ¿qué silencio?… )

Cantos del regreso, antología y traducción de Pedro Sorela. Ediciones Corunda. México).

Disponible en

Amazon (en papel y versión Kindle)