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Pedro Sorela

lecturas

Novela como periódico

Martes 18 Junio 2013. Blog, Lecturas

   ¿Quién informa de la crisis real en el sur de Europa?

Lecturas

Con el agua al cuello. Petros Márkaris. Traducción de Ersi Marina Samará. Tusquets.

Digámoslo de una vez: El interés de una novela como Con el agua al cuello, de Petros Márkaris, no es estrictamente literario, y ni siquiera -aunque tampoco tengo mucha experiencia-, en el campo de la literatura policíaca. Quiero decir que crimen, investigación del comisario Kostas Jaritos y culpable se encuentran más o menos dentro de lo previsible en la literatura policíaca, o mejor dicho de lo imprevisible: para que un libro de crímenes cumpla con lo esperable es necesario que el crimen sea  inesperado y que el culpable sea el menos previsible de todos los personajes, y por lo tanto otro problema cuya resolución nos haga llegar al final y admirar al inspector de turno.

      Bien, con todo ello cumple Márkaris, y supongo que por eso las aventuras de su comisario Kostas Jaritos han sido traducidas a varios idiomas y cuenta con X premios de los que por lo visto necesitan muchos lectores para orientarse.

    Confesaré cuanto antes que durante la lectura de Con el agua al cuello a mí me ha importado muy poco quién era el asesino de la espada, en la Atenas de nuestros días, y casi, casi, a quién iba a asesinar a continuación, antes de que lo detuviese Kostas Jaritos. Esto es, me ha importado muy poco la novela policíaca.

     Digamos -podemos hacerlo sin estropear nada- que el comisario Jaritos es como un nieto griego (aunque Márkaris nació en Estambul) del comisario Maigret; esto es, un arquetipo de policía creado en los años treinta por el belga Georges Simenon para protagonizar cientos de libros y convertirse en una de las siluetas del siglo XX. Su nieto Jaritos es un hombre que ya no fuma en pipa como Maigret, pero sólo porque fumar en pipa ha dejado de ser normal.

    Quiero decir que, aparte de su inteligencia, que se va revelando con prudencia y discreción, Jaritos es, como Maigret, el prototipo del hombre normal, con una esposa ama de casa que hace prodigios con un sueldo de comisario de policía y una hija doctora en Derecho pero que de momento trabaja sin que le paguen. O sea Jaritos es un policía normal que hace un trabajo normal dentro de lo que cabe -al menos tiene trabajo-, y con una familia y amigos normales, y llega un momento en que toda esa normalidad llega a ser tanta que el paisaje va sustituyendo a la trama y se convierte en el centro del libro.

    Y eso es lo que es interesante. Pues ese paisaje no es tan normal después de todo. Se trata del paisaje de la crisis griega, y a un modo que nos suena termina adivinándose como más dramática que los crímenes supuestamente excepcionales que nos cuentan... y que a la postre tienen también relación con el paisaje. Son su eco, su reflejo, tal vez su expresión. O sea: el escenario, que en una novela policíaca pertenece en principio al campo de las frases subordinadas y los párrafos esquinados, termina siendo el verdadero protagonista del libro.

    Ahí es a mi modo de ver donde empieza lo atractivo de Con el agua al cuello: puede que como novela policíaca sea una más, por mucho que se presente como la primera de la Trilogía de la Crisis, siendo Crisis la gran palabra fetiche de nuestros días. Pero lo que a mí me ha interesado es la forma en que esta novela viene a dar algo de la información, la textura, los detalles y las historias de lo que está pasando en el sur de Europa, que yo busco en los periódicos y no suelo encontrar. Quiero decir: más allá de los telediarios con grupos de manifestantes y pancartas, o piedras y cañones de agua, ¿quién informa de la crisis real, la de todos los días, griega o de otra parte? Pues en un tiempo en que los periódicos parecen demasiado ocupados en su propia supervivencia y han cortado buena parte de lo que quizá les permitiría sobrevivir, la información, y sobre todo la información no obvia, una vez más la que acude al rescate es la literatura. Que también asustada por su propia situación podría estar abandonando su propio espejo para volver a uno de sus primeros cometidos: informar. Y hacerlo, como ha sucedido muchas veces, con más independencia que la que se pueden permitir los periódicos.

    Si eso es literatura social, comprometida o no, si es periodismo, si es escritura de la crisis... no es más que una discusión académica. 

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