joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

lecturas

Hacia la exactitud por la novela

Miércoles 07 Agosto 2013. Lecturas

p.S
Irene Nemirovsky.

Lecturas

Le vin de solitude. Irène Némirovsky, Le livre de poche.

“Pero en el ideal que tengo del Arte creo que no hay que mostrar nada [de las propias convicciones], y que el artista no debe aparecer más en su obra que Dios en la naturaleza. ¡El hombre no es nada, la obra lo es todo!”. Eso le escribía Flaubert a George Sand, en diciembre de 1875, en una nueva formulación de la teoría que había tenido tal vez su máxima expresión en Madame Bovary, y de la que descienden no sólo el estilo de los teletipos de agencia sino ciertas escuelas de novela y crítica. En estas, y en contra de lo predominante en el XIX y a principios del XX, se propugna que sólo el texto importa y que el autor no existe, no debe existir y si es necesario se le omite: El texto se ha de sostener solo y ser leído por sí mismo, como un ser dotado de alma independiente. 

   Hace tiempo que me olvidé de esa filológica utopía, por impracticable en mi caso pues siempre he leído pensando en el escritor que había detrás, desde Dumas y Julio Verne, y no creo que ya nadie pueda cambiar eso. Pero con algunos autores me ha intrigado sobremanera cómo nadie pretendía seguir sosteniendo algo así, y eso me ha ocurrido en particular con Le vin de solitude (El vino de la soledad, Salamandra), que no sé si la propia autora calificó de “autobiografía mal disfrazada”. Hasta el punto de que tenía previsto leer a continuación la densa biografía de Philopponnat y Lienhardt La vie d’Irène Némirovsky (Le livre de poche), y al cabo de cien páginas la he aplazado pues me parecía que todo está contado mucho mejor, omitiendo con más eficacia lo que no importa, en Le vin de solitude, el más memorable, por cierto de los tres o cuatro libros que he leído de esta escritora magnífica. (Parece mentira que nos hubiésemos olvidado de ella hasta la publicación de la Suite francesa, o el inaudito relato de su propia huida de los nazis antes de su asesinato en Auschwitz, a los 39 años de edad, en 1942). 

     Toda esta larga entrada para mostrar mi estupefacción, visto que hace rato dejé detrás la adolescencia, ante el hecho de que una novela me produzca una sensación, ¡una certeza!, de estar mejor “informado” que leyendo una biografía escrita con todas las fuentes y garantías propias del género. Al margen de que los hechos sean o no ciertos -que no lo son: sabemos que como mínimo nombres, fechas y hasta lugares pueden cambiar respecto a lo que sucedió-, lo que produce esa seguridad de verdad es, qué duda cabe, la excelencia de la escritura. Eso y la sensación de vivido que irradia todo el texto, acaso es lo mismo. Sólo se me ocurre otro ejemplo parecido, y es Tierra de los hombres, de Saint-Exupéry, donde la verdad se consigue, entre otras cosas, suprimiendo algunos datos objetivos que hubiesen convertido esos textos esenciales, y nunca mejor dicho, en crónica periodística.

     El talento de Irene Nemirovsky se compone de muchos elementos pero entre los más llamativos -en una obra de una decena de volúmenes que vienen a componer una sola, como ocurre con muchos grandes- figura sin duda el que la autora conoce el mundo que describe con la exactitud que sólo puede dar una inteligencia muy aguda, afilada por una mirada de una sensibilidad más precisa que piadosa. Quiero decir que Nemirovsky resume lo en apariencia grande -el enriquecimiento de su padre se cuenta de forma impresionista, con series de tres o cuatro palabras como “millones”-, pero se fija en lo que importa: como cuando, en el camisón desgarrado de su madre, donde se mezcla su perfume con otro a tabaco, desconocido, una niña descubre la doblez, la clandestinidad y la traición.

     Con Nemirovsky pierde gas la vieja acusación de que la novela sacrifica la precisión y el estilo para permitir la anécdota. Sin sacrificar esta, y sosteniendo la novela de iniciación de una niña que detesta a su madre porque a ésta le sobra su hija, Le vin de solitude sorprende a menudo con una exactitud casi biológica. Como cuando dice “La señorita Rosa cantaba a menudo: su voz era débil pero pura y precisa”. O “Los dos pequeños Manassé eran chicos gruesos, pálidos, rubios, verdosos, linfáticos y dóciles”. 

     Pero lo que hace leer Le vin de solitude a velocidad de crucero no es tanto que sea una novela de iniciación, con la peculiaridad de que se trata de una chica. O que esté contada con los ojos de una extranjera: una joven judía rusa emigrante, primero pobre, luego rica, fea pero elegante y refinada: esto es, una desclasada, una periférica, la condición de la literatura según Camus. Sino la inesperada revelación del tedio, falsedad e incluso angustia que se podía esconder en los escenarios de la última Belle Époque, los escenarios del supuesto lujo y diversión de la gran burguesía rusa y francesa antes y después de la Revolución de Octubre y la primera guerra mundial. Hacen falta unos ojos muy propios y valientes para conseguir ver algo así, y reconocerlo. Sabemos que lo que cuenta es cierto, y nos fiamos más de esa novela que de una biografía llena de datos contrastados. Una paradoja, al igual que con Flaubert, de quien -más que casi toda su obra o los numerosos estudios sobre ella y las teorías del autor-, hoy leemos su correspondencia. Ahí aparece el escritor, quizá no entero, pero sí en carne y hueso.

Compartir en Redes Sociales