joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

lecturas

Los dioses tenían jardín hasta anteayer

Miércoles 14 Mayo 2014. En Lecturas, Blog

Gerald y Lampadusa, la lechuza que le regaló la condesa.

Lecturas

El jardín de los dioses. Gerald Durrell. Alianza Editorial.

Hace días que vengo leyendo en todo tipo de antesalas y medios de transporte Bichos y demás parientes, segundo volumen de la célebre trilogía de Gerald Durrell, con la cabeza dividida entre el gran, el enorme placer que me produce el texto y el consiguiente secuestro de mi atención, y una insaltable pregunta de escritor: ¿por qué? Pues los valores literarios de este Durrell son más bien sencillos y, una vez despellejados y deshuesados como él mismo haría con los cadáveres de los animalillos e insectos que pueblan sus libros, sin ningún secreto intimidante.

     Como tal vez no todo el mundo sepa, Gerald Durrell es el hermano pequeño de la misma familia inglesa de Lawrence, autor del imborrable Cuarteto de Alejandría (Edhasa) que a mí me partió en dos -antes y después- un verano de ásperas prácticas de periodismo, en Bilbao, hace ya años, y al igual que a unos cuantos amigos, se me convirtió en libro tótem, de los que uno no se atreve a revisar, no vaya a ser que lo hayan cambiado. En la trilogía de Gerald se cuenta que la familia Durrell (el padre había muerto en la India, donde nació Gerald), con un pasar económico más que aceptable, decide huir de la lluvia británica al sol de Corfú, isla griega en la que se instala en 1935, el tiempo feliz en que los colegios no son indispensables y cabe la formación en casa, y los turistas del Mediterráneo no son más que ciencia ficción futurista.

    Yo ya había leído con el mismo gusto Mi familia y otros animales, libro que he regalado media docena de veces a personas melancólicas o en cama con gripe, sin saber que le seguían este y un tercero que todavía no conozco. Y que leo preguntándome por qué tiene la capacidad de abstraerme en el metro hasta no escuchar el rap que se escapa de los cascos de mis vecinos, y las salas de espera se vuelven incluso extravagantes objetos de deseo a causa del par de páginas que me van a permitir leer. Es, como se ve, mi libro de transporte y esperas, y rara vez he hecho una elección más eficaz para neutralizar el tedio de ambos.

     Y no he terminado de averiguarlo del todo pero algunas cosas sí he ido descubriendo. Puede que no sea muy literario pero el valor más evidente de esos libros es, simplemente, no sólo la alegría de vivir sino el entusiasmo y curiosidad que desprenden por el mundo de alrededor. Los libros están contados desde la perspectiva de un chico que por entonces debe de andar por los doce o trece años, y que además -¡qué tiempos!-, es un naturalista no sólo curioso sino ya bastante experto. (Y que se volverá uno de los más conocidos de su tiempo, fundador de un parque natural legendario).

    A mí, si he de ser sincero, no me interesa particularmente la vida secreta de las mígalas o de los gobios, arañas y pececillos que entre otros muchos bichitos y animales conforman la muy rica naturaleza de Corfú, pero el talento de Gerald Durrell para recrearlos y hacer de su vida existencias enigmáticas e indispensables es tal que uno termina deseando bajarse del metro para meterse en un tren de cercanías armado de una red de mariposas.

       El siguiente valor podría ser el de una artesanía narrativa que no se arredra ante la complejidad de lo que tiene que contar y, con un enorme sentido del ritmo pero también sensibilidad para la belleza de la vida natural, enfrenta la descripción de esta sin temer ni por un instante resultar aburrido con las costumbres sociales de los gusanos nemertino. Y eso se nota. El resultado de esa generosidad, expuesta con talento narrativo, sin duda, es que no lo resulta en ningún momento.

       Urge precisar que la lectura de los libros de Durrell avanzan a golpe de carcajadas -uno de los más eficaces motores de un libro- para amarillenta envidia de los otros pasajeros del metro. Y no porque ridiculice o haga bromas a costa de los animales, que no lo hace jamás, y si se ríe con ellos lo hace con gran ternura. Por el contrario, Durrell comprende a los animales como si hubiese sido el secretario de Noé cuando se decidía quién era insustituible en el Arca. (De hecho dos libros suyos aluden a ella). Sus risas reposan en la familia: los "... otros animales", los "demás parientes". Gracias a esta alegre confusión entre animales, hermanos y otros personajes de la isla, a cual más pintoresco, sabemos que son las exóticas costumbres de los Durrell -perfilándose poco a poco como los animales con más personalidad del zoo- las que, comparadas con las de los pulpos o las tijeretas, resultan más extravagantes. El todo funciona en buena parte como un teatro.

     No es extraño pues que, en ese Edén europeo que se iba a perder con la guerra (los Durrell se marchan de Grecia en 1939), el tercer volumen de la trilogía se llame El jardín de los dioses. En ese mundo en el que los animales y hasta las mariposas parecen dialogar de tú a tú con los humanos gracias a Gerald, un diosecillo erudito y con sentido del humor, eso es justo lo que era.

Bibliotecas con fronteras

Jueves 20 Febrero 2014. En Lecturas, Blog

  Ana Gilmore. "Biblioteca de Alejandría", detalle, 2009.
  "La inaudita visión de jóvenes egipcias leyendo a Baudelaire o Hugo..."

En un viaje reciente descubrí una librería de la isla de Skye, en el oeste de Escocia, que tenía por frontera la de las islas; quiero decir que todos los libros habían sido escritos por autores británicos, o se referían a temas británicos. Como ya hace unos cuantos años que descubrí las bibliotecas de sólo mujeres, en Londres (en este caso escritas sólo por mujeres), no me extrañó demasiado. Pero sí consiguieron sorprenderme cuando, al continuar mi paseo por la librería, descubrí que la siguiente habitación versaba sobre Escocia, con libros escritos por autores escoceses. En la siguiente se exhibían libros y autores de la isla de Skye, donde nos encontrábamos... y la siguiente, claro está, de la población donde se encontraba la librería, y cuyo nombre imperdonablemente no recuerdo. No vi otra habitación pero me imagino que, en pura lógica, de haber existido debiera haber sido una habitación con las paredes forradas de espejo y con un cuaderno en blanco con una pluma sobre una mesita para comenzar ahí mismo un diario.

    Imagino que a cualquier viajero por Escocia le sonará esta anécdota, pues abundan los pequeños y también tranquilos altares de exaltación nacionalista, o de simple testimonio de amor al terruño, como sucede también en Irlanda o en Gales, por no salir de las islas. Lo que ya resulta más llamativo es comprobar hasta qué punto esta visión, que llamaré con fronteras, se ha ido instalando en la realidad europea, de modo que las tensiones interiores belgas, las de Chequia con Eslovaquia, o los exabruptos fáciles de escuchar en los Balcanes respecto al vecino más próximo no sólo son frecuentes sino aceptados como normales. No pretendo que no lo sean, ni negar una inercia que viene de muy atrás, en un continente en el que, al menos en las bibliotecas de Francia o de Italia que he visitado, sigue primando el universalismo. Lo que me parece extraordinario es que, entre gente medianamente leída o viajada, estas barreras mentales y en cierto modo étnicas sean aceptadas con la impasibilidad de lo normal. ¡Si hasta en los países escandinavos los daneses bromean sobre la seriedad de los noruegos y el estiramiento de los suecos como si fuese una realidad ontológica! Esto es, como si existiera tal cosa como un modo escocés de acercarse a los libros... sobre todo si estos tratan de Escocia. De existir ese modo nacionalista, ¿significaría que Stevenson, uno de los santos de la generosa literatura escocesa (y también de la mundial), no podría haber escrito sobre los mares del sur, donde se refugió al final de su vida, y donde, como Gauguin, pareció encontrar una suerte de refugio?

     Mi historia en la librería de la isla de Skye resalta más si la comparo con lo que me sucedió, un par de años antes, en la mejor librería de Taipei, en Taiwán, que -dicho sea de paso- al igual que otras muchas abre veinticuatro horas al día.

     Un viajero acude la primera vez con algunas prevenciones a una librería en país lejano y con idioma enigmático. ¿Para qué esa visita? Parece que es como pedir un cuchillo de carne en un restaurante vegetariano. Pero eso sólo sucede una única vez, pues al menos en Asia las librerías están dotadas de estupendas secciones en inglés, francés, y a veces hasta en alemán, español e italiano, y así ocurrió en esa y otras librerías, donde por cierto descubrí en inglés y francés a autores chinos de primerísimo nivel de los que en España no hemos oído ni hablar.

      Pero en esa primera entrada lo que más me chocó fue lo primero que vi. Y fue, presidiendo en cierto modo toda la librería, una sección de "los maestros de la literatura universal" -así, maestros, con toda la inocencia escolar de la fórmula- donde se había reservado lugar a los dos o tres clásicos indispensables de la literatura china (los Sueños del pabellón rojo, de Cao Xueqin, o el Viaje al oeste) pero toda la biblioteca daba refugio a lo que podría ser muy bien una sólida lista de recomendación de lectura sin fronteras: De Tolstoi a Hugo y Flaubert, de Dickens a Faulkner, Borges, Herodoto et ainsi de suite. Y no era la justicia o no de ese canon lo que llamaba mi atención, con las glorias nacionales que pudiesen o no haber sido olvidadas en esa suerte de medallero olímpico, sino justamente la ausencia de cualquier chovinismo nacional o tan siquiera continental o racial. El cosmopolitismo clásico de esa lista, que yo consideraba una regla de entrada, fue lo que por contraste tuve que recordar cuando visité la librería escocesa.

     De modo inevitable -los recuerdos casi nunca llegan solos, sino enredados entre sí como las cerezas- también me vino a los ojos la inaudita visión de la nueva Biblioteca de Alejandría con jóvenes egipcias, muchas de ellas vestidas con hijab, ocupando los bancos en escalera de ese monumento que reconcilia con la arquitectura moderna para leer a Baudelaire o a Hugo. Lo sé porque, en una visita de un día entero a la biblioteca, pocos meses antes, que podía cambiar todos los prejuicios sobre lo que leen o dejan de leer los musulmanes, tuve la oportunidad de comprobar que esos clásicos eran los que se encontraban en los anaqueles de la literatura francesa.

     Uno de los fenómenos más llamativos de entre todas las (no muy buenas) noticias relativas al libro que se dan en estos tiempos lo constituyen las bibliotecas populares de Colombia que, en ciudades como Medellín o Bogotá (y a veces, me parece, con la ayuda de la cooperación española) han pasado a ocupar territorios que hasta hace nada eran terreno de bandas y de pago de derechos por el paso de invisibles aduanas.  Para empezar, físicamente. Y queda la esperanza de que sea para revolucionarlos. Pues, sin caer en el buenismo bien intencionado, sí es cierto que la implantación de estas bibliotecas, que son también revolucionarias en el diseño arquitectónico, han contribuido a cambiar las costumbres de esos barrios para rebajarles la tensión y abrirles el horizonte y darles alguna esperanza, como corresponde a los lugares con libros. Y hasta donde yo sé, y como ya vamos viendo es norma fuera de Europa, los catálogos de estas bibliotecas proponen una lectura universal, alejada en lo posible de los localismos exclusivistas.

     En cierta ocasión me dijeron en Inglaterra que si se interesaban tanto por Estados Unidos es porque lo que sucede en Estados Unidos termina por suceder en Inglaterra y en Europa. Y dado el ombliguismo de la cultura anglosajona -baste saber que para un escritor hoy la traducción más difícil de conseguir es al inglés, el idioma más global-, no termino de saber dónde sucedió antes, si en Londres o en Nueva York. A mí me sucedió hace veinte años en Londres, cuando en una de las librerías clon de las tres o cuatro cadenas que han sustituido a las mejores librerías del mundo, me cansé de recorrer los anaqueles de jóvenes, ciencia ficción, autoayuda, género, etcétera, para finalmente encontrar (en unos anaqueles más delgados, lo prometo), la sección de literatura. Y ahí estaban, casi todos en "saldo", los autores que yo esperaba encontrar en cualquier librería.

Buñuel casi libre

Jueves 30 Enero 2014. En Lecturas, Blog

Lecturas

 Luis Buñuel. Mi último suspiro. Memorias con la colaboración de Jean Louis Carrière. 1982.

Las memorias de Buñuel, Mi último suspiro, me han resultado una lectura secuestradora, eso tan difícil de encontrar. Y no tanto por las muchas peripecias que cuenta, propias de alguien nacido con el siglo, sino por algo todavía más improbable: el espectáculo de un hombre casi libre. Y en una época que permitía tal cosa.

     Buñuel era rehén de alguna idea fija, como el surrealismo y una extraña docilidad ante las con frecuencia mezquinas tiranías de André Breton y otros mandarines del movimiento. Tampoco carecía de prejuicios, como todos, pero al menos era consciente de que los tenía y por ello mismo los tenía menos. Llega incluso a clasificarlos: en "A favor y en contra", capítulo excepción en un libro bastante discursivo, se libra a un ejercicio de la tradición surrealista, y que recomienda, el listado "al azar de la pluma, que es un azar como otro cualquiera" de las cosas que le gustan -el naturalista Fabre, el marqués de Sade, Wagner y la música en general (perdida por la sordera), comer temprano, el Norte, el frío y la lluvia, los antiguos relatos de viajeros por España, los claustros...-, y las que no: Los países cálidos, la pedantería y la jerga: "signo perfectamente claro de colonización cultural", y Borges, a quien reconoce como buen escritor "pero el mundo está lleno de buenos escritores", y que en cambio le parecía "bastante presuntuoso y adorador de sí mismo".

     Reconozco que la lista podría ser leída como el catálogo de manías de cualquier anciano. Al igual que otros libros de memorias de gente del siglo XX -Alberti, Malraux, Zweig, Cendrars, Neruda, incluso García Márquez...(y cuyo interés casi siempre viene de la abundancia de viajes y exilios, dicho sea de paso)- las memorias de Buñuel producen una suerte de nostalgia por una época muy próxima y cercana, y  sin embargo llena de cosas que hemos perdido. Y nos llenan de nostalgia.

     Por ejemplo la libertad. Y no estoy hablando de grandes palabras polvorientas por culpa de la retórica y la publicidad, sino de esa libertad mental que tenían entonces, o desde aquí parece que tenían algunos. Y en la época de los grandes fanatismos que, ella sí, parece mucho más cercana.

     Es cierto que Buñuel pertenecía a una familia aragonesa desahogada que, llegado el caso, le podía financiar hasta los proyectos más delirantes, como El perro andaluz. Eso es lo que aparece en primer término, y es fácil decir: "Así cualquiera".

      Pero lo que no es tan fácil es conseguir la libertad mental necesaria para crear La vía láctea, El ángel exterminador o ese Chien andalou, creada con Dalí en un diálogo extraordinario en el que los dos coautores proponen imágenes en lugar de frases o ideas, o para que Buñuel diga estimulantes inconveniencias como "¿Y la ciencia? ¿No intenta, por otros caminos, reducir el misterio que nos rodea?... Quizá. Pero la ciencia no me interesa. Me parece presuntuosa analítica y superficial. Ignora el sueño, el azar, la risa y la contradicción, cosas todas que me son preciosas". Esas ya no son manías. Es lucidez. Igual que cuando dice: "Horror a comprender. Felicidad de recibir lo inesperado".

     A ningún memorialista se le debe creer todo lo que dice -ni siquiera a Chateaubriand, que esperó a la muerte para publicar Memorias de ultratumba-, y Buñuel no es excepción. A fin de cuentas no es delirante defender la tesis de que las memorias son un género de ficción más. Aún así es de agradecerle a Buñuel la sobriedad, más que modestia, a la hora de hablar de sus medallas, premios y aplausos, lo que se refleja también, o en primer lugar, en la escritura. Puede que el libro haya sido escrito (en francés) con la ayuda de Jean Claude Carrière, guionista con quien firmó las seis últimas películas y el mejor que tuvo, según Buñuel, pero de alguna forma magnífica el estilo del libro se emparenta con el natural y en apariencia suelto (sólo en apariencia) de sus películas. Y proporciona a toda velocidad fulgurantes lecciones, en una exhibición de anti retórica: "Se puede discutir el contenido de una película, su estética (si la tiene), su estilo, su tendencia moral. Pero nunca debe aburrir".

      El libro es a la vez la expresión de su elasticidad, de su capacidad para viajar y adaptarse pese a que no le gustaban los lugares nuevos y prefería repetir: aún así terminó siendo un verdadero cosmopolita que se sentía en casa tanto en Madrid y Toledo como en Nueva York, París o México, etapas de un largo... ¿exilio? Quizá lo fuese al principio; luego ya no: luego eran tan sólo las habitaciones de una gran residencia. Al tiempo mantenía una mente, aunque siempre anclada en la fe surrealista, abierta y honesta en sus conclusiones, sin miedo a la contradicción y con una muy infrecuente independencia de criterio sobre casi todo. Lo que no deja de ser sorprendente, agradable y hasta pedagógico en tiempos que vuelven a ser sectarios.

Regreso a Saint-Exupéry, o contra nosotros los intermediarios

Jueves 09 Enero 2014. En Lecturas, Blog

Saint-Exupéry.
Probable retrato de Nelly de Vogüé. En Dessins, Gallimard, 2006.

Lecturas

Antoine de Saint-Exupéry. Écrits personnels. Correspondance Privée. En Oeuves Complètes. La Pléiade, 1999.

No pensé que volvería a escribir sobre Saint-Exupéry, al menos tan pronto. De hecho, en parte para eso publiqué un ensayo biográfico sobre él*, para dar una forma más o menos definitiva a mis ideas sobre un autor que no se me gasta, y no son muchos, desde que lo descubrí, a partir de los doce años o así, en dos liceos franceses, y sobre quien había escrito unos cuantos artículos y hablado mucho; además ahora he dirigido un par de tesis. Por entonces a Saint-Exupéry se le enseñaba en los colegios franceses como un "autor para jóvenes", y no sólo por El pequeño príncipe (que es otras cosas antes que un libro para niños), sino también por sus otras obras, como Correo sur, Vuelo de noche, Piloto de guerra, y la obra maestra Tierra de los hombres, todas mal traducidas al castellano y fuera de catálogo

    O sea que lo descubrí gracias a lo que yo todavía no sabía que era una conspiración, como llegué a deducir a base de leerle: la de quienes habían reducido a uno de los principales moralistas y narradores de su tiempo a una categoría de escritor de aventuras bien contadas, a través de los libros de texto en los colegios. Y ello para cobrarle la cuenta de, siendo demócrata y combatiente contra Hitler, haberse opuesto al auto elegido De Gaulle, en quien veía a un posible Franco. Literal. Eso tuvo su influencia en la opinión norteamericana, que admiraba a Saint-Exupéry, y De Gaulle nunca se lo perdonó. 

     A ello se añade que pocos escritores tienen un pensamiento más independiente que Saint-Exupéry, con lo que a cualquiera de las tendencias triunfantes tras la guerra le costaba mucho reclamarlo para sí -aunque intentos no faltaron-, entre otras cosas porque, en su universalismo, es posible leerlo desde una cantidad desconcertante de miradas.

     Yo soy adicto a Saint-Exupéry sobre todo por una razón, entre varias: y es que, de los escritores que conozco, nadie como él encarna la revelación, profecía o autodiagnóstico de Stendhal según la cual la condición para escribir una obra maestra es haber hecho antes una obra maestra de la propia vida. Y ese fue el caso de Saint-Exupéry, que suscita un primer asombro entre muchos, y es el de cómo es posible haber vivido tanto y con tanto provecho, pese a las apariencias, en solo 44 años, haciendo que su obra encaje en su vida como en un espejo. Podría enumerar una vez más las muchas personalidades en que se encarnó St-Ex -como dibujante con un idioma propio, sin ir más lejos-, pero lo esencial es esa fusión entre vida y obra, y para ilustrarla baste una pequeña anécdota. En cierta ocasión un periodista le preguntó que al final qué era, si escritor o piloto, y él contestó que no veía la diferencia. Y no era una boutade sino, como hubiese dicho él, una consecuencia; la de escribir después de haberlo vivido y como una prolongación natural de ello. Y no para dar testimonio, como es tradicional, sino para trascender con la escritura esa experiencia y convertirla en algo más.

     Estas líneas vienen motivadas por la ligera pero irremediable frustración que me produce el haber centrado las investigaciones para mi ensayo en la media docena de biografías que se han publicado hasta la fecha (las mejores, las últimas, de Stacy de la Bruyère y de Virgil Tanase), además, claro está, de la obra del autor, incluidas las correspondencias con su madre y una amiga de juventud, Renée de Saussine. Y ello, para descubrir ahora, en la apabullante edición que consulto de vez en cuando de la obra completa en La Pléiade -un idioma ha alcanzado la plenitud en la edición literaria cuando dispone de una colección como esa-, que las cartas que contaban eran las secundarias, aquellas a las que no se presta demasiada atención. Y en particular con autores como Flaubert (3.700 cartas), Stendhal (varios volúmenes de La Pléiade), o como el propio Saint-Exupéry, que escribió también cientos: aunque de momento no se conocen muchas de las que escribió a su mujer, Consuelo, retenidas por unos lamentables herederos que, a cuenta de El pequeño príncipe, han hecho de Saint-Exupéry un muy rentable parque temático, lo más ajeno que se puede concebir a su espíritu. 

      Mediante una edición muy cuidada -ni siquiera se publican las cartas en su totalidad, sólo partes de ellas-, el paisaje que dibuja la correspondencia privada recogida en esta Obra Completa es de tal intensidad que termina arrinconando el trabajo de los intermediarios -y me incluyo-, y arroja enorme nitidez sobre dos aspectos que hasta el momento se mencionan con todo tipo de cautelas. La primera es la clarísima enemistad de los gaullistas y las consecuencias de ello (creo que nadie salvo yo menciona la consecuencia de su aislamiento en la etiqueta, digna pero insuficiente, de escritor para jóvenes). Véase la carta de cerca de treinta páginas a Pierre Chevrier, seudónimo de Nelly de Vogüé, que fue su última compañera y ángel custodio de su obra y su figura. Y la segunda es la apabullante cantidad de alusiones a su cansancio vital y al hartazgo por la mediocridad de su tiempo y, sobre todo, por lo que veía venir tras la guerra. A la luz de esas cartas, el margen de interpretación sobre el final de Saint-Exupéry -que no regresó de la penúltima misión que le habían autorizado gracias a poderosas influencias por encima de todas las normas y prohibiciones de De Gaulle- se reduce muchísimo.

     Pero la inmensa lección de estas cartas, siempre en un depurado francés que se encuentra entre los mejores del siglo, es que no hay texto pequeño -no lo hay en toda su correspondencia-, y que toda página, por humilde que sea, es una oportunidad para que el autor escriba como si esa página fuese la última. Como, a la vista está, hizo Saint-Exupéry durante toda su vida.

* Dibujando la tormenta. Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare, Saint-Exupéry, inventores de la escritura moderna. Alianza Editorial, 2006. Edición electrónica con enlace disponible en esta página. 

Flaubert y la ética del artista

Miércoles 25 Septiembre 2013. Lecturas, Blog

Flaubert y la ética del artista
p.S
Flaubert.
"LLegó a odiar Madame Bovary pues parecía que no había escrito otros libros".

Lecturas

 

Gustave Flaubert. Correspondace. Choix et présentation de Bernard Masson. Folio

Del par de docenas de escritores casi monopolizados por la crítica y la academia, y convertidos en semidioses de una religión con ya escasos fieles: la literatura pura y dura, Flaubert figura entre los primeros. Y lo más curioso es que no tanto a causa de su obra en sí -pese a que está en el canon, son pocos hoy los lectores de Las tentaciones de San Antonio o su enciclopedia de la estupidez humana: Bouvard et Pécuchet,  aunque sí muchos los de Madame Bovary (a menudo por malentendidos muy de esta época)-, sino al hecho de que tuvo el cuidado de explicar en no pocas de 3.700 cartas lo que hacía y sobre todo a la sombra de qué idea de la escritura. Esas cartas, y en particular las dirigidas durante la creación de Bovary a su amante y también escritora Louise Colet (la cosa terminó mal, en silencio) son las que permiten a muchos disertar largo: Sartre le dedicó tres volúmenes en El idiota de la familia, y Vargas Llosa una estupenda lección: La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary.

     Dejemos de lado las cartas a Louise, parafraseadas hasta la extenuación en numerosas antologías y talleres de escritura, y en las que Flaubert describe paso a paso la redacción de Madame Bovary como un experimento casi científico, y sin el casi, en la búsqueda utópica de un narrador objetivo; un empeño sin el que hoy se leerían de otra forma hasta los teletipos de agencia, y en todo caso situado a años luz de las lecturas feministas o deconstructoras que se hacen en nuestra época hasta en las universidades. Al margen de esas misivas teóricas, en las que siempre se mantiene la búsqueda del Arte en la escritura por encima de cualquier otra consideración -”El culto del Arte da orgullo; nunca se tiene demasiado. Esa es mi moral”-, lo extraordinario de estas cartas es la lección de ética del artista que cruza hasta la última dirigida a su pupilo Maupassant -justicia poética-, de cuya madre, Laure, era por cierto también muy amigo. 

    Esto es, antes y después de sus éxitos -el de Madame Bovary llegó a ser de tal calibre que el autor llegó a odiar el libro pues parecía que no hubiese escrito otros (¡qué diría hoy!)- Flaubert mantiene una misma sencillez y bonhomía, una invariable lealtad a sus amigos y, esto es lo que le hace excepcional, da testimonio constante de una disciplina de monje a primera vista se diría que innecesaria y que a todas luces es la que termina por convertir sus obras en algo único. Porque si leemos a Flaubert con extraordinaria facilidad -es todo lo contrario del barroquismo, la pedantería, el hermetismo, en la búsqueda de la máxima claridad clásica, que no simplicidad-, leyendo las cartas nos enteramos de que todo ello es la conquista, una vez más, de un casi demente y extenuante trabajo de relectura, edición, supresión... edición, llevado hasta donde quizá nadie lo había llevado antes. “Voy pues a retomar mi pobre vida tan plana y tranquila, donde las frases son aventuras y donde no recojo otras flores que las metáforas. Escribiré como en el pasado, por el único placer de escribir, para mí, sin otro pensamiento de dinero o de ruido” (1857). Como dijo Faulkner: “en Madame Bovary vi o pensé que veía a un nombre que no desperdiciaba nada [...] un hombre que decidió hacer un libro perfecto”. O Borges, que definió a Flaubert como “el primer Adán de una especie nueva: la del hombre de letras como sacerdote, como asceta y casi como mártir” (Flaubert y su destino ejemplar, en Discusión)

      Esta antología abarca sólo la décima parte de la correspondencia total, por lo que sería imprudente sacar conclusiones tajantes, pero no puede por menos que llamar la atención lo lejos que están las preocupaciones de Flaubert de las habituales discusiones de hoy entre escritores -derechos, traducciones, listas, agentes, premios, recepción, crítica...-, y eso, precisamente, en el más profesional de los escritores, el que convirtió la escritura en algo más incluso que una profesión: el que la propuso como un modo de vivir, y no precisamente porque le diera dinero. Aunque él no lo explique, queda claro que en su tiempo los escritores tenían poco protegidos sus derechos, si es que tenían alguno (Dickens, asaltado por todas partes, se pasó la segunda parte de su vida reclamando la invención de los derechos de autor). Al final Flaubert lo pasó mal económicamente por culpa de los malos negocios del marido de su adorada sobrina, hasta el punto de temer muy en serio perder su casa de Croisset,  en Normandía, que pertenece por derecho al museo de la Literatura Mundial. Aún así le costaba muchísimo aceptar algún enchufe oficial, gestionado por sus amigos bienintencionados, que le permitiese obtener una renta. Al hombre que metió la literatura en la modernidad ni se le ocurría pagar sus deudas con sus libros o con algún premio a su talento.