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Pedro Sorela

lecturas

Libros e ignorancia eficaz

Jueves 23 Abril 2015. En Lecturas, Blog

La librería Lello e Irmao, en Oporto

Una de las afirmaciones más sorprendentes para cualquiera que trate con libros u otras obras de Cultura es la de que vivimos en la más abierta de las sociedades, que la libertad preside nuestra vida cultural y la censura pertenece a épocas bárbaras y pretéritas, o a sociedades subdesarrolladas.

     Podría elegir muchos ejemplos como la vez en que, al cabo de varios días, me sorprendí de no ver ni una sola librería en las calles de Albuquerque, capital del estado de Nuevo México, en Estados Unidos. Y me dijeron: "No: sí que hay una. Y es muy grande". Y en efecto, en el corazón de un centro comercial gigantesco del que luego me costó salir, me encontré la típica librería-supermercado que se comienza a ver en muchos sitios, en donde está garantizado el hallazgo de los libros más vendidos de la temporada, e incluso en varios formatos, pero en modo alguno los de unos meses antes, y mejor no preguntar por libros algo más sofisticados, distintos, o "clásicos" que no sean los obligatorios en las aulas, cada vez menos, parecidos y políticamente correctos.

     En algún momento nos han metido el gol del siglo, que es el de hacernos creer que vivimos en una sociedad libre, sujeta a las leyes de la oferta y la demanda. Quizá esté sujeta a esas leyes (y hasta eso es discutible, aunque no lo discutiré aquí), pero si la libertad consiste en que no puedo acceder a ciertos libros, películas o músicas de valía indiscutible -y tampoco en los nuevos formatos- simplemente porque no las solicita un número suficiente y rentable de personas, en una sociedad en el que la ignorancia parece un nuevo valor, entonces tendré que preguntarme si es esa libertad realmente la que quiero. Antes existían las librerías de fondo y las bibliotecas públicas. Todavía quedan pero ya pertenecen casi más al recuerdo que a la realidad. Uno podía buscar ciertos títulos durante años, y también encargarlos.

    Y no hace falta irse muy lejos: intente usted buscar en vídeo la inmensa mayor parte de los clásicos del cine, o ejemplares de los de la literatura, incluso la supuestamente consagrada. Intente usted buscar por ejemplo El último día de un condenado, de Víctor Hugo (la primera novela del autor, en la que ya se oponía a la pena de muerte), o Los endemoniados, de Dostoievski. No le será fácil encontrarlos. Como tampoco Esta noche la libertad, de Lapierre y Collins, que en su día fue un éxito mundial, ni... Da igual, los ejemplos son innumerables, y se pueden leer en muchos sentidos. Como por ejemplo la extravagante imposibilidad, en el mundo hispano, de encontrar en un país los clásicos del país de al lado, en una suerte de división del mercado en nichos en la que se reconoce sin duda la mano de la ignorante eficacia económica.

Orwell mira de frente

Jueves 26 Marzo 2015. En Lecturas, Blog

p.S
George Orwell

Lecturas

Essays. George Orwell. Penguin Classics. 2000. 

Para un veterano lector de Orwell, lo más fascinante es comprobar cómo el escritor no palidece ni pierde fuerza con la lectura de sus primeras novelas, o de sus ensayos menos conocidos, que son los que he leído ahora, sino que por el contrario unas y otros iluminan y explican muchas cosas de la trilogía decisiva -Homenaje a Cataluña, Granja de animales y 1984-, y ayudan a darle a toda la obra del autor una extraordinaria coherencia.

     Tal vez la razón principal sea una honestidad civil -no sabría cómo llamarla de otra forma- como no recuerdo otra. Una honestidad, una sinceridad... sobre todo para consigo mismo, como queda patente en ensayos como Matar a un elefante, o Así, así eran las alegrías, el primero sobre su experiencia de cinco años como policía del imperio británico en Birmania, y el segundo sobre sus recuerdos como estudiante -becado- en uno de esos internados de niños ricos como sólo hay en Inglaterra. En ambos ensayos en particular se puede apreciar cómo Orwell no intenta disimular ni endulzar ni una pizca experiencias que de toda evidencia le marcaron, y de qué manera, y las afronta con una capacidad no tan frecuente en literatura, que a fin de cuentas es una mirada tangencial: la de mirar de frente.

      Algo tanto más extraño por cuanto Orwell es por vocación, como veremos, el periférico por excelencia. Si es cierto que el escritor es por principio, como dijo Camus, un periférico, un extranjero -a un país, una clase, una familia, una raza, a la sociedad en la que vivió...-, es difícil encontrar un ejemplo mejor que Orwell (Eric Blair por nombre civil), que no fue ningún bastardo, como Lawrence de Arabia, ni un huérfano pobre en un país colonizado, como Camus, entre otros muchísimos ejemplos posibles, pero sí alguien desclasado por méritos propios; esto es, alguien de familia de clase muy mediana que gracias a las becas ganadas por su incuestionable inteligencia se educó en dos colegios de la crema del esnobismo inglés: St Cyprian's y, la guinda de la crema, Eton, donde por lo visto no se vio sometido a las humillaciones del primero. Pero ya era tarde.

     Su segundo extrañamiento fue como policía en Birmania: y en efecto, cuesta imaginarse a Orwell como policía de uniforme y porra, aunque la lectura de Burmese days, su primera novela, descubre a un protagonista que es un policía peculiar, que no se siente nada cómodo, no tanto en su uniforme como en la pequeñísima sociedad colonial, a la vez que muestra claras simpatías por los nativos, los compatriotas de la bella nativa que es su amante.

      Esa fue la última participación de Orwell en la sociedad establecida. En los años siguientes eligió una vida de nómada, lavaplatos y vagabundo -literal-, lo que contó luego de forma insuperable en Vagabundo en París y Londres y también en La hija del clérigo (una hija que no sabe regresar a su casa y se extravía) y otras de sus primeras novelas. Y más tarde, una vida de pobre, literalmente, hasta el punto de que en otro de sus libros cuenta cómo desarrolla una incapacidad, una suerte de alergia que no le permite tan siquiera vivir en un barrio acomodado.

     Una gran honestidad, pues, y capacidad para mirarse de frente. Virtud de la que se deduce el siguiente valor, y es el de desnudarse con más franqueza, más limpiamente que nadie, y además con gran puntería. Uno tiene la impresión de que Orwell no sólo escribe con una claridad meridiana -y es sorprendente lo bien que se le entiende cuando trata de temas complejos en los que el resto de la humanidad escribiente tendería a perderse- sino que además dice lo que quiere decir y no lo de justo al lado. Lo que por otra parte se corresponde con el pensamiento sobre todo político de Orwell, genuinamente socialista (él así se define) pero enfrentado a las poderosas deformaciones de su tiempo y en particular el estalinismo. Es sabido que lo tuvo que pagar muy caro, con el ninguneo de sus libros, al comienzo, e incluso la calumnia hasta hace poco.

     En Por qué escribo -uno de los ensayos indispensables de la orwelología esencial-, el autor explica que si fue desde muy temprano un autor político fue porque no le quedó más remedio: es más o menos contemporáneo del siglo XX, con lo que eso significa. Lo que le deja a uno preguntándose qué tipo de escritor hubiese sido en otro siglo. Quizá lo aclare lo que dice en otro momento -y explica que le sigamos leyendo cuando todo eso que le hizo escribir duerme en las páginas de los libros de historia-, y es que decidió escribir de política, pero bien.

Con la polaca sonriente en el avión

Miércoles 03 Diciembre 2014. En Lecturas, Blog, Escritores

p.S
Wislawa Szymborska.

Lecturas

Más lecturas no obligatorias. Wislawa Szymborska. Traducción de Manuel Bellmunt Serrano. Alfabia, 2012.

Uno de los mayores misterios a los que me he enfrentado en estos días es por qué he leído Más lecturas no obligatorias en dos sentadas, en sendos aviones, y sin ninguna obligación: como suelo hacer, me había traído más lecturas, por si acaso.

     Tratándose de crítica literaria, por ponerle un nombre, sólo me había sucedido algo parecido con los Prólogos con un prólogo de prólogos (Alianza) de Borges, que he leído con gran placer y subrayado más de una vez, y sí, también en trenes y aviones. Debe de ser porque se le parece.

      He dicho crítica literaria pero no lo es. Quiero decir que en los ágiles, aunque nunca leves, textos breves de Szymborska no hay nunca una visible intención de establecer una verdad, ni fijar categorías, ni hablar de resultados, ecos ni premios como si la literatura fuese una olimpiada, ni de agrupar a autores en supuestas tribus, ni crear ismos o generaciones. Nada de eso ni nada por el estilo de lo que se suele auto adjudicar como misión lo que llamamos crítica literaria. Lo que hay es el espectáculo de una señora con una cultura realmente notable (como la de Borges), y no sólo clásica, que sin embargo por algún milagro de la alquimia y del cerebro ha conseguido conservar una especie de frescura primigenia, inocencia, curiosidad genuina, nada fingida, y sentido del humor, y que lee los libros con inteligencia, ausencia de prejuicios y generosidad, mucha generosidad, como una sabia que tuviese un espíritu muy joven. Una delicia.

     En su día empecé a leer el primer volumen de lo que es ya una trilogía, Lecturas no obligatorias, pero perdí mi ejemplar y no lo volví a comprar sabiendo que con toda probabilidad reaparecerá algún día en la agitada vida de los libros en mi casa. Doy por supuesto que tanto ese como Siempre lecturas no obligatorias, el tercer volumen, están escritos con el mismo espíritu y talento.

      Por lo visto al principio se trataba de escribir cada semana, por encargo de una revista literaria, comentarios sobre los libros un poco marginales que llegaban a la redacción. Poco a poco, con manifiesta destreza, Szymborska fue conquistando mayor autonomía, y los libros que comentaba no eran forzosamente los más pintorescos y periféricos, aunque tampoco los centrales que organizan la vida y polémicas de las sociedades literarias. Los del segundo volumen fueron publicados en los años 68 al 71 del pasado siglo. Y desde ediciones de El satiricón y Gilgamesh, a otras como Obras maestras del Medievo francés o Los problemas sicológicos de las ilustraciones infantiles, uno se queda boquiabierto sobre la calidad y sofisticación de los libros que se publicaban en la Polonia (todavía comunista) de entonces.

     Además del gusto, lo que ha acompañado mi lectura son dos o tres irritantes estupefacciones: ¿Dónde se publican hoy libros sobre La antigua novela corta italiana o Las cartas de amor de los antiguos polacos? ¿Dónde han ido a parar los posibles lectores de esos libros, que sin duda existían aunque no agotasen las tiradas? ¿Y las revistas que encargan a poetas como Wislawa Szymborska (fallecida en 2012) cultos, ingeniosos, libres y siempre sonrientes comentarios sobre ellos? ¿Y las Wislawas Szymborskas capaces de escribirlos? Seguramente existen pero yo, en mi infinita ignorancia, las desconozco.

      Y lo que tampoco termino de comprender es por qué leo estos breves textos de Szymborska y de Borges de preferencia en los aviones.

No libros sino pasteles, mezclas de libros

Miércoles 12 Noviembre 2014. En Lecturas, Blog

...cuando me gusta mucho un libro lo engaño con otro...

Lecturas

Es curioso cómo decimos que estamos leyendo un libro cuando en realidad eso es rara vez verdad o lo es a medias. Lo más habitual es que leamos dos o cuatro libros al tiempo, cinco o vete a saber. Yo esta tarde de noviembre de 2014 estoy leyendo ocho, y eso que no incluyo algunos, como La Biblia, que cojo de vez en cuando con la idea de que habría que leerla al menos una vez en la vida. El asunto, si se piensa, tiene más consecuencias de lo que parece: pues no leemos libros -al menos yo no los leo- sino mezclas de libros. Y además únicas pues es raro que otros lectores vayan a mezclar como cada uno de nosotros.

     A veces me ocurre, como hoy, que no sé cuál es mi lectura principal del momento, que a veces sí se destaca y hasta casi echa a los otros durante un tiempo. Digo casi pues cuando me gusta mucho un libro hasta lo engaño con otro, como hacía con las cartas de amor, para que me dure más. Mejor que hoy no tenga un favorito claro: así se verá más el mestizaje.

     Todos los días leo unas pocas páginas de una de las novelas más largas que se han escrito en Occidente y que me va a durar unos años -en China la tradición está construida con novelas muy largas-, y eso constituye una suerte de masa madre de un pastel. Un pastel de lecturas. Me sirve además para colocarme en una onda realmente literaria, algo que no es de despreciar en estos tiempos en que los periódicos hablan de premios decididos de antemano y auto ayuda. Algunos días, en esa línea, leo otro libro infinito en el que un aristócrata palaciego -no es forzosamente sinónimo- contó en detalle la corte de Luis XIV. En aquel tiempo todos ellos lo tomaban por historia. Minuciosa y de detalles, pero historia. Hoy me imagino que es lectura obligada en las escuelas de pensamiento republicano.

     Y si sigo en esa tónica -pero rara es la tarde en que lea de los tres libros- cojo el segundo volumen de la inacabable correspondencia de uno de los maestros (y teóricos) de la novela, y lo que más me sorprende es que, aunque he abordado varias veces esa correspondencia, leído resúmenes y hasta escrito ya sobre ella, siempre me sorprende y sigo aprendiendo.

     Ya voy por la mitad de un libro que hace treinta años me hubiese (casi) monopolizado y ahora tengo a veces la tentación de dejar de lado. (¡Ah! Se me olvidaba decir que ahora ya casi siempre me puedo dar el lujo de dejar de leer algo si deja de interesarme. No tengo tiempo). Se trata de la extensa biografía de uno de los grandes narradores norteamericanos, el más grande según algunos, y me cansa no tanto por lo extensa -nunca me cansaron las 2.000 páginas de la biografía canónica de Faulkner- como porque responde a la más o menos reciente moda de las biografías exhaustivas en que el autor, por lo general un académico, pretende acabar con el tema y dar una nueva visión del mundo. Es agotador. ¿Interesa realmente cómo eran en detalle las tribus de las islas que este autor visitó de joven y que años más tarde inspirarían sus libros y no el más importante? Pues sólo hasta cierto punto.

      O sea que cuando me empacho -casi todos los días- cojo los brevísimos ensayos sobre escritura de un peculiar escritor mexicano que aprendió el español ya tarde -y que leo con lentitud para que no se me gaste-; los delicados y finísimos ensayos sobre laberintos y sombras venecianas de una amiga mía que vive allí (aunque asustada por los nuevos grandes paquebotes de los cruceros que ha dejado entrar en la ciudad la especulación turística para terminar de una vez con la idea de viaje); o los breves capítulos de una especie de memorias de un autor francés que voy siguiendo de vez en cuando con la esperanza de que uno de sus libros me guste como lo hizo una de sus primeras obras, hace décadas.

     Y así. En la misma mesa ya esperan otros libros. Por las noches leo en la cama los ensayos de George Orwell, y con gran placer y algo de respeto porque tienden a despertarme. Aunque imagino que esa debe de ser la obligación de la literatura...

Aprender comparando: Black y Banville

Jueves 26 Junio 2014. En Lecturas, Blog, Sastrería

John Banville, Benjamin Black (en el centro) y Anthony Blunt.

Lecturas / Sastrería

El lémur. Benjamin Black, Alfaguara; El intocable, John Banville, Anagrama.

Me ha resultado de enorme interés la lectura simultánea de El lémur, de Benjamin Black, con El intocable, de John Banville, que como quizá no todo el mundo sepa es el verdadero autor tras el pseudónimo de Black. Aunque él no lo esconde, y tanto él como sus editores juegan con ese coqueto disfraz literario. En la tradición de alternar -explícitamente- libros serios con entretenimientos (así los llamaba él), con el muy comprensible propósito de ganar dinero para vivir, sólo recuerdo a Graham Greene. Con la circunstancia de que alguno de los entretenimientos de Greene, como Nuestro hombre en la Habana, resultó a la postre superior a alguna de sus novelas serias.

   No es el caso de Banville, al menos a juzgar por estos dos libros. El lémur es una entretenida novela negra, que se desarrolla en Nueva York (fue publicada por entregas en The New York Times) y en cierto modo hasta recuerda alguna de las tramas de Millenium, que sólo he visto en película: Un antiguo periodista recibe el encargo de escribir la biografía de su suegro, un magnate, antiguo miembro de la CIA; contrata para ello a un pintoresco investigador, genio de la informática (el lémur); y descubre lo que no estaba previsto. El libro respeta algunas convenciones del género -policías que parecen filósofos con pistola, potentados con los que uno no jugaría ni a las chapas, y neón, rascacielos, alcohol y humo, aunque este cada vez menos- pero sin ser ningún especialista, no creo que, al menos esta novela, sobresalga demasiado en el abundante mundo de la novela negra, renacido con tal fuerza que a Black-Banville le encargaron el desafío de escribir una nueva novela de Philip Marlowe al modo de Raymond Chandler: La rubia de ojos negros.

      El lémur sirve en cambio como contraste y el comienzo de una gran lección cuando se la compara con El intocable, la novela seria -y mucho más extensa- en la que Banville recrea de forma exhaustiva la trayectoria de (sir) Anthony Blunt, quien fuera asesor de la Reina de Inglaterra en materia de arte y uno de los cinco famosísimos espías ingleses, procedentes de la universidad de Cambridge, que sirviendo a la Unión Soviética durante décadas desequilibraron a los servicios secretos británicos y, sobre todo, propusieron preguntas muy agudas sobre conceptos que parecían intocables, como lealtad, patria y demás. A algunas de esas nuevas preguntas es a lo que intenta responder Banville, que en alguna entrevista ha dicho que él no tiene respuestas a las grandes cuestiones, también políticas -lo que a mi modo de ver desmiente su libro-, y que se limita a escribir lo mejor que puede: eso sí es cierto. Su libro está llamativamente bien escrito (y traducido), y eso, más que la trama, que de algún modo ya conocemos, o intuimos, es lo que te hace avanzar con avidez.

      Lo que en cierto modo resulta paradójico es que Banville comparte algunos de los recursos de Black: Por ejemplo, el de una gran y evidente documentación, residuo, tal vez, de la antigua vida del escritor como periodista. La diferencia es que en Black la documentación está implícita -en la descripción de Nueva York, por ejemplo, muy exacta-, en tanto que en Banville no se reprime, se explaya, no cae en la obviedad y se da por supuesta en el lector, además de una respetable cantidad de conocimientos. Lo que alguna vez se llamó "cultura general".

     Ambos tienen además el valor de sostener, después de persuasivas sugerencias, lo que no está previsto ni es correcto: el traidor, por ejemplo, puede ser un héroe o por lo menos sus actos son más comprensibles.

      La gran diferencia, me parece, estriba en el despliegue de recursos que utiliza Banville frente a Black, que se limita a los propios del género y apenas se permite lujos. En lo que a la postre se termina percibiendo como una estimulante y grande libertad mental, Banville renuncia a poco de sí mismo para complacer al lector como se supone que se debe hacer según el libro de instrucciones del escritor más comercial. Si tiene que reflexionar, reflexiona. Si describir, lo hace. Si ha de citar nombres o historias que requieran cierta preparación del lector, no se corta. Se le nota desde lejos el placer de escribir. El escenario, como le ocurre a la cabeza humana, es muy amplio.

     Quizá como consecuencia de ello se permite además ciertas libertades del narrador que, en principio, frenarían la comprensión. Por ejemplo, interpela directamente a los personajes, aludiendo a detalles casi privados que el lector debe deducir, y el marco de su historia -una vida y un país, y una vida y un país muy ricos- es enorme: abarca mucho tiempo, mucho lugar, muchos acontecimientos, sobre todo el de una traición muy compleja.

     Pero tal vez el principal regalo de la prosa seria de Banville es que no se pliega a las clasificaciones dispuestas desde hace demasiado tiempo por la industria y la academia, y sólo por inercia llamamos novela a El intocable. En realidad es novela, ensayo, memorias, revisión, libro de historia... Habrá quien se extrañe de esta última, pues el libro no respeta ni los nombres de los protagonistas, pero lo cierto es que ningún reportaje ni libro de historia -véase la bibliografía del final... ¿bibliografía en una novela?- podría ahondar más profundamente en los motivos, matices y hasta olores de la historia de Anthony Blunt, que a menudo respeta al detalle, con los nombres cambiados. Si en alguna ocasión fue cierto lo de que la novela es la mejor manera de mentir para llegar a la verdad, esta fue.

    Un recuento del libro, incluso sucinto como este, no debería dejar de lado lo que tal vez salta a la vista en primer lugar, y es, no sólo la precisión de las palabras, según el ideal stendhaliano, sino el aprovechamiento de la menor ocasión para, sin ser cargante,  hacer de cada descripción algo memorable. Precisión, pues, al servicio de la imagen, e imagen en busca de la plasticidad inolvidable: "...pasó un hombre grande montado en un caballo pequeño, un centauro con bombín". No es casual que el protagonista que habla en primera persona sea un experto en arte. Apostaría a que Banville también lo es.