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Pedro Sorela

lecturas

En la tierra purpúrea, hace tiempo

Miércoles 30 Noviembre 2016. En Lecturas, Blog

W.H. Hudson

La tierra purpúrea. W.H. Hudson. Traducción de Miguel Temprano. Acantilado, 2005

 

He vuelto al territorio Hudson (W.H) con el mismo placer con que se reencuentra a un amigo. Han pasado años pero -así se define la amistad- parece que uno hubiese estado charlando con él la noche anterior. Y para reconocer todo lo que le gusta.

     Y lo cierto que eso que gusta es un misterio, por eso resulta tan atractivo. ¿Qué es lo que tiene Hudson que produce el placer de la gran literatura, la que crea discípulos y deseos de imitar? Leí Mansiones verdes hace tanto tiempo que solo guardo un recuerdo de cierto exotismo y fuerte originalidad. Años más tarde leí Allá lejos, tiempo atrás (mejor traducción sería ... y hace tiempo) y fue una caída del caballo, el placer del que hablo, uno de esos pocos libros que uno lee lamentando qué poco le queda para llegar al final. Y otra década más tarde eso mismo me ha sucedido con La tierra purpúrea, que se arma sobre uno de los arquetipos narrativos más clásicos, el del hombre que sale al camino, abierto a la aventura. ¿Le suena? Es que ha leído esa historia unas cuantas veces.

    Quien sale al camino es un... ¿cómo llamarlo?... un nacido y criado en el campo argentino, hijo de colonos norteamericanos que se define como inglés pero al tiempo se mueve como un nativo en aquello que visita. Y el camino es la Banda Oriental, o sea el Uruguay en la orilla oriental del río de la Plata, que a esas alturas es un mar: no se ve la otra orilla y las travesías en barco, de más de un día, marean como en alta mar. Ocurre cruzada la mitad del siglo XIX. Y quien lo cuenta es William Henry Hudson, también llamado Guillermo Enrique por los argentinos, y considerado como autor propio tanto en el sur de Suramérica como en Inglaterra, país al que emigró para nacionalizarse y convertirse en un ornitólogo y escritor reconocido hasta hoy. Ese mestizaje, esa ligera distancia y extrañeza a la hora de contar es una de las claves de su encanto.

      La novela es lo que sucede en el viaje en busca de trabajo a una finca más o menos lejana del joven Ricardo Lamb, que ha dejado en Montevideo a su joven esposa argentina, Paquita. Y lo que sucede es en apariencia tan leve que podría servir para despotricar contra los resúmenes y demostrar la necesidad de las novelas. En síntesis, lo que sucede es viaje, búsqueda, valentía y nobleza sin alardes, y ojos abiertos  de un viajero-narrador que es capaz de matizar sobre lo que ve. En Argentina se ha dicho que nadie como él supo comprender el mundo del gaucho. Al tiempo es capaz de aportar su visión personal, hecha de extranjeridad (condición de la narración, según Camus), en su caso muy leve, y gran sensibilidad hacia los seres humanos, sobre todo los valientes y las mujeres, y con aparente sencillez, la naturaleza.

      Todo Hudson es una sorpresa, y en particular su gran modernidad pues al igual que Allá lejos..., aunque hilada por un mismo narrador y viaje, esta es una novela escrita en episodios, casi abordable por donde se quiera, como pienso que será una de las características de la novela del futuro. Ayuda el que, pese a ser un relato casi costumbrista, su escritura en inglés en el original y su (excelente) traducción al castellano nos libra de los vaivenes del lenguaje local, que a veces son un obstáculo. El modo de narrar es definitivamente inglés, nada propenso a los barroquismos hispanos de la época, y de una elegante sencillez, que no simplicidad.

     Lo mismo que el mundo que nos relata, tan esencial que a veces parece un cuatro abstracto: naturaleza sin más límites por lo visto que los de la guerra -¡ah! hay una guerra intermitente en marcha, una de esas tan ineludibles del siglo XIX latinoamericano, de ahí el título, que alude a la sangre que empapa la tierra (pero aquí no se nota)-; heroínas románticas aunque sean campesinas, incluida una niña inolvidable que se cree literalmente su primer cuento pues nunca le han contado uno (qué elogio de la literatura); caballos, sobreabundancia de carne para comer hasta el punto de añorar un poco de ensalada; y libertad. Eso es lo que nos seduce y nos hace añorar un mundo ido. Un hombre libre sobre un caballo, con muy pocos prejuicios y sin prisa, para contar el territorio con mayor libertad que el autor ha conocido. Y todo eso sin los arquetipos a los que el cine nos tiene acostumbrados. ¿Se puede pedir más?

 

Mujeres, política y viajes en el enigma Ch.

Miércoles 02 Noviembre 2016. En Lecturas, Blog

p.S.
Castillo de Combourg y retrato de Mme. de Récamier, en el museo Carnavalet, de París.

Lecturas

Mon dernier rêve sera pour vous. Une biographie sentimentale de Chateaubriand. Jean D'Ormesson. Le livre de Poche.

Me cuesta mucho hablar de Chateaubriand porque me intimida la deuda impagable que tengo con él desde mis trece o catorce años. Un día, el profesor de literatura francesa leyó en voz alta una página de sus Memorias de Ultratumba -una de la media docena de obras maestras de la literatura mundial, según d'Ormesson, y yo le creo-, y sin previo aviso de ningún tipo consiguió que fuese entrando en estado de levitación y planease hasta unos veinte centímetros por encima de mis compañeros semi dormidos. Efectos de la gran literatura. Era la hora de la siesta, que por lo general aprovechábamos para dormir en clase de literatura francesa antes de las clases de verdad importantes, de álgebra o física, en tiempos en que todos estudiábamos de todo. Y cuando terminó -la página hablaba de cuando Chateaubriand era niño y escuchaba los pasos de su padre, en un castillo de Bretaña, mientras afuera batía la tormenta-, cuando terminó, yo dije no sé si en voz alta y con la mayor convicción que he tenido nunca: "Eso. Eso es lo que yo quiero hacer".

     Y como algo relacionado con esa especie de juramento, no hace mucho visité el castillo de Combourg, en la frontera casi entre Bretaña y Normandía. Y de la tienda del castillo me traje una nada avara biografía sentimental de Chateaubriand, a cargo del polígrafo Jean d'Ormesson, que aparte de proporcionarme deliciosas horas de lectura con la correspondencia amorosa del escritor y sus refinadas amantes, cultas y elegantes escritoras, me ha hecho pensar una vez más en por qué ya no hay escritores así. Con así quiero decir grandes escritores -Chateaubriand pasa por ser uno de los más grandes, pese a ser monárquico legitimista y católico convencido, dos etiquetas que hoy no es fácil que favorezcan a un escritor, aunque también era un obseso de la libertad (sí, de esas contradicciones están hechas las grandes cabezas)-, que además de la literatura jugaron otras partidas, y a fondo.

    El libro de d'Ormesson me ha descubierto que la actividad diplomática de Ch. no fue en absoluto una distracción y un ganapán, como suele ser entre los escritores, sino por el contrario una actividad que él se tomaba tan en serio como la literatura.  Y que estaba tan orgulloso de la mejor de sus obras como de su aportación decisiva, en su calidad de ministro de Exteriores francés, en la expedición de los cien mil hijos de San Luis y la restauración de la Monarquía con Fernando VII para terminar con la primera República española y la constitución de Cádiz. Y además siendo muy consciente de que no era ni mucho menos el mejor de los reyes, ni tan siquiera mediocre. Era peor. Pero era un Borbón español.

     Poco importan ahora las lealtades políticas y religiosas de Chateaubriand, salvo por el hecho de que a veces condicionaron su vida hasta arruinarle o ponerle en verdadero riesgo de perderla. Como cuando, en pleno Terror revolucionario, emigró a Londres y estuvo a punto de morir, literalmente, de hambre. Qué vida, o "qué novela", como habría dicho Napoleón, la que permite que años después regresara, en calidad de embajador, en una época en que los embajadores importaban y vivían como virreyes. Y para entrevistarse con una de sus primeras amantes, que años antes había contribuido a salvarle la vida.

       Pero sus embajadas y destinos diplomáticos no fueron más que una cáscara de otra actividad mucho más interesante, que fue la de viajero, en una época en la que no puedo definir esos viajes sino como de verdad. Como el que hizo muy joven a Estados Unidos y de la que salió su memorable evocación de la vida salvaje, Atala, o un viaje que le tomó un año para ir a Jerusalén. Qué viaje: kilómetro a kilómetro y pueblo a pueblo, con una amplia y detallada vuelta por España solo para tener una cita galante en Granada con una de las bellezas de su tiempo.

     Y ese es el otro gran capítulo de Chateaubriand, el de la enorme importancia que tuvieron y el espacio que ocuparon en su vida sus muchas amantes, a menudo simultáneas, desarrollando en él una capacidad de mentira inversamente proporcional a la firmeza de sus convicciones políticas y religiosas y la determinación de su obra literaria. Personaje enigmático y secreto, no creo que ni el más atrevido comando de psicoanalistas pueda establecer hoy, a través de su correspondencia y la abrumadora bibliografía sobre él, el carácter del donjuanismo de Chateaubriand (aunque él no bajaba a las cabañas, por lo general se mantenía en los palacios), y además ¿importa mucho? Cualquier estudioso del Romanticismo sabe que en su base misma se encuentra la búsqueda de una mujer... inalcanzable. Sin la menor esperanza de averiguarlo un día, me intriga la idea de si esa búsqueda de lo inalcanzable no tiene algo que ver con el arte, que o es búsqueda o no es. Y también de lo inalcanzable.

     Es persuasiva la idea de D'Ormesson según la cual las mujeres de Ch., incluida Celeste, su esposa desgraciada, se resumían en una sola, Juliette Récamier, que fue la mujer que de verdad le importó hasta el final. De joven había sometido los salones con su belleza legendaria pero también su ingenio e inteligencia, y ya anciana y ciega le acompañó en el día de su muerte.  A ella se la llevó el cólera meses más tarde.

     Madame de Récamier, una de esas mujeres que gobernaron en la sombra sobre la política y la literatura, en su caso desde un pequeño salón inserto en un convento. Y que también dejó detrás un campamento de hombres destrozados.

Espejismos en un mundo no tan globalizado

Miércoles 06 Julio 2016. En Lecturas, Blog

   Michael Hunicwicz
   Librería Lello, Oporto.

Uno de los mayores espejismos de nuestro tiempo es el de que vivimos en un mundo globalizado. Habría que especificar en qué porque en el campo cultural es más que dudoso: nunca como ahora en mi vida había sido tan difícil conseguir ciertos libros en ediciones de papel, o ver ciertas películas y escuchar determinadas músicas de una forma legal, sin recurrir al robo más que tolerado a través de Internet.

     Es muy fácil hacer la prueba y los resultados son alarmantes. En mi caso los ejemplos más recientes son la búsqueda de ciertos libros de Virginia Woolf o Dostoievski -o sea, dos maestros de referencia permanente-, con el resultado de encontrar tan solo, y en varias ediciones, Una habitación propia, el libro de teoría feminista de Woolf, y ninguna de sus novelas maestras, y no poder encontrar Demonios, el libro de Dostoievski que al parecer supone un estudio insuperado sobre el terrorismo, y que vengo persiguiendo desde que en Inglaterra vi cómo una cuarta traducción, hace algunos años, se convertía en un acontecimiento cultural. Pero varias librerías de fondo madrileñas no consideran que sea necesario mantener en oferta el libro de nuevo traducido y publicado por Alba, una editorial nada insignificante especializada en clásicos, hace muy poco tiempo. El empleado de una de ellas, que no menciono no vaya a ser que tenga problemas con su contrato temporal, me explicó que seguramente habían tenido los dos ejemplares de rigor en el momento de la publicación, y que una vez vendidos había que pedirlos cada vez, con el engorro insuperable de tener que volver a esa librería, al otro extremo de mi ciudad. Ese era el precio de no tener una distribuidora que pagase por el privilegio de estar en exhibición permanente. La librería en cuestión fue en su día el lugar para encontrar un libro.

     Pero es que lo mismo pasa con el cine. Exceptuados los heroicos esfuerzos de la Filmoteca, pese a pintorescos ciclos como el de las películas premiadas con Goya de los últimos años, del Cìrculo de Bellas Artes y alguna otra pantalla, a menudo subvencionadas por las agregadurías culturales de embajadas, ¿donde se puede ver buen cine y sobre todo si es histórico? Quiero decir, cine italiano neorrealista, mexicano de la edad de oro, ruso, los maestros japoneses, alemán expresionista... incluso norteamericano de la gran época, y eso que está rebozado en parte de oscares, que al parecer es el único criterio. A diferencia de otras épocas, la 2 se centra casi exclusivamente en cine contemporáneo, otras cadenas de cinemateca no terminan de serlo del todo y es mejor no visitar las tiendas de video que todavía quedan, si es que queda alguna. Mi mejor suministrador es ¡un quiosco de prensa! más o menos especializado en el que a veces se encuentran cosas, con precios altos. Ni siquiera sé si es posible bajar esas películas a través de los robos tolerados de Internet. Lo dudo... por falta de clics y de megustas.

      Y para qué hablar de música, como no sea refugiándose en los nostálgicos mercadillos del vinilo, y eso solo para escuchar una y otra vez las grabaciones históricas, como sucede con la música clásica pero también con el jazz.

     Ni que decir tiene que esto no ocurre solo en Madrid. Piénsese tan solo en lo que eran las librerías de Londres hace medio siglo, y cómo han sido sustituidas en masa por los clones de tres o cuatro franquicias.

     Era algo que ya sucedía habitualmente con los libros que estudio y hago leer en la universidad. Son muy, muy pocos los que se consiguen en las librerías y la mayor parte de ellos viven en las bibliotecas, y eso que muchos de ellos son clásicos, y en algún caso ni eso y he tenido que dejar de pedirlos a mis estudiantes pues no los encontraban ni allí: es el caso de Martin Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Simon Shama en su faceta de novelista, Roberto Walsh y hasta el Saint-Exupéry más interesante (¡!). Y no es raro que ya me ocurra con libros de lectura que debiera ser fácil y accesible. Igual que hace muchos años, me he encontrado comentando a una amiga que tendría que pedir por correo la mejor edición de Madame Bovary, pues el ejemplar de mi biblioteca, de una colección de bolsillo, ya está acartonado y amarillento (y ese sería otro tema), y en todo Madrid no se consigue esa edición, que pertenece a, con toda probabilidad, la mejor colección literaria del mundo: La Pléiade. Y mi amiga me ha dicho: "Bueno, si vas a Francia lo podrás comprar allí".

     Como entonces, cuando íbamos a Francia a comprar libros y ver películas, no forzosamente las pornográficas.

Moby Dick, viajera

Martes 28 Junio 2016. En Lecturas, Blog, Sastrería

"La cacería", Gustavo Zalamea, colección Sorela.

Lecturas

Moby Dick. Herman Melville.
Leviatán o la ballena. Philip Hoare. Traducción Juan Eloi Roca. Atico de los libros.

Lo intrigante es por qué uno lee Moby Dick por tercera vez entera, casi setecientas páginas de las que por lo menos dos tercios son informes no del todo apasionantes sobre las ballenas, sus tipos y costumbres y su cacería en el siglo XIX. Y no solo eso sino también Leviatán o la ballena, el magnífico reportaje de quinientas páginas de Philip Hoare -todo aquí tiene dimensiones de cetáceo-, que viene a ser un Moby Dick pero sin la historia central de la persecución de una en particular. Aquí se cuenta la de muchas, y su exterminio, casi desaparición. En Leviatán, el testimonio de Ismael es sutituido por el de un reportero, también en primera persona, que actualiza la información sobre las ballenas y su propia relación con ellas como una suerte de tesis doctoral amena pero tampoco muy amena, salvo en un último capítulo, excepcional y emocionante, en el que cuenta lo que es nadar entre ballenas. Una tesis de las de antes, cuando había suerte.

     Pues eso: por qué.

     Adelantaré que la respuesta está quizá en la propia Moby Dick cuando propone: "Para escribir un gran libro debes elegir un gran tema", que de inmediato a mí me ha remitido a la idea de Stendhal según la cual para escribir una obra maestra hay que haber hecho antes una obra maestra de la propia vida. (Idea que, según escribí en mi libro de ensayos Dibujando la tormenta Stendhal no solo se aplicó a sí mismo sino que profetizó a Saint-Exupéry: una obra maestra de vida y escritura entrelazadas). Y que ilumina la propia Moby Dick: ¿Habría sido posible esta novela sin los viajes de juventud de Herman Melville a bordo de balleneros por los mares del sur? A mi modo de ver, no, de ninguna manera. Aunque es bastante probable que Melville se inspirase en un mendigo que vio en Londres junto a un cartel que resumía en palabras crudas la peripecia del capitán Ahab y exhibía la falta de una pierna como ilustración, y a leyendas y cuentos de marineros que narraban lo mismo, lo cierto es que su novela respira verdad, o lo que viene a ser algo emparentado, experiencia.

     Pero cada cual lee lo que lee y algo se me ha impuesto como una evidencia cegadora en esta tercera lectura de la novela... y del ensayo de Hoare: Moby Dick es una novela de viaje, y a cargo del mayor viajero conocido: las ballenas, que, según la especie, pueden llegar a recorrer 3.000 kilómetros en cincuenta días y darle una vuelta al mundo cada año.

     Y cosida a esa constatación, una pregunta. Así como no conozco ningún gran escritor que no haya sido un gran lector, ¿puede haber un gran escritor que no haya sido un gran viajero? Es sorprendente porque los nombres de escritores marcados por el viaje salen a chorros, de Herodoto a Stevenson, incluso en los lugares menos esperados: cierto que por ejemplo Flaubert fue una suerte de recluso toda su vida, sujeto a la galera de su exigente obra en su casa de Normandía... pero también lo es que hizo un viaje de meses por Oriente que sería la envidia de cualquier gran viajero de hoy, y de la que salió su Salambó. Lo mismo Faulkner... que viajó a París de joven en un viaje crucial para quedar marcado por el cubismo en su novela Mientras agonizo, o Hemingway, Scott Fitgerald, Dos Passos... que hicieron del viaje un sistema de vida, al igual que sus contemporáneos latinoamericanos Borges -juventud en el extranjero y vejez viajera hasta morir lejos-, Alfonso Reyes, Octavio Paz; su primer antecesor, Bernal Díaz del Castillo, magnífico cronista del viaje de Hernán Cortés; y los que vinieron más tarde: Fuentes, Cortázar, Vargas, Donoso, García Márquez... Para qué hablar de Cervantes, una suerte de nómada toda su vida, igual que su caballero andante (qué trabajo envidiable), o Shakespeare, sobre quien no se sabe nada pero se especula con que en los llamados "años oscuros", sobre los que se sabe menos que nada, no le quedó más remedio que viajar porque sabía cosas que solo puede saber un viajero (y tantas otras). Cierto que Balzac encargaba informes sobre la configuración de ciudades francesas que no tenía tiempo de ir a visitar -viajó al final de su vida, al ir a buscar a La Extranjera-, y que lo máximo que hizo Kafka fueron excursiones de domingo: Pero Kafka escribía en alemán en una Praga que no lo era y era por lo tanto un viajero del idioma, igual que Camus, en calidad de pied noir, forastero en su propia patria. Y así. Aunque los hay, Proust sería uno, es difícil encontrar un gran escritor que no sea un gran viajero, hasta el punto de que tienta pensar que la literatura, o es viaje o consecuencia de viaje, o no es.

      Y esa, junto al hecho de que se trata de un gran tema, es la razón por la que he leído Moby Dick por tercera vez.

Lo largo

Domingo 11 Octubre 2015. En Lecturas, Blog

      p.S
      James Agee y el Duque de Saint-Simon

Lecturas

Desde hace algún tiempo tiendo a leer libros largos o muy largos, por razones que aún se me escapan (y no es grave que sigan así). También voy alternando con lecturas más cortas, claro, como en una especie de respiración, pero lo que me secuestra más tiempo son esos mundos en los que uno se mete, como en un viaje, no otra cosa es un libro, con la diferencia que aquí uno espera que el viaje sea largo. O incluso, que no acabe. Eso me dijo Ken Follett la segunda vez que lo entrevisté para EL PAÍS, hace años: uno escribe largo porque, cuando aciertas, la gente quiere quedarse a vivir en tu libro.

     La trilogía de Follett sobre el Siglo XX (La caída de los dioses, El invierno del mundo...) es uno de los libros que leo ahora, y que alterno, entre otros, con El hambre, el mega reportaje de Martín Caparrós sobre esa intolerable cantidad de humanos que pasan hambre sin justificación posible, cuando en el mundo hay alimentos para todos. La obra del Duque de Saint-Simon, la descripción exhaustiva de la corte de Luis XIV... y una bomba de tiempo republicana, de la que leo una antología pues la obra completa en la Pléiade se acerca a los veinte volúmenes. La inacabable correspondencia de Flaubert (¿es una correspondencia una obra? Claro que sí). Y Proust, que leo página a página porque un profesor me enseñó que Proust no es tanto una lectura como una compañía para toda la vida. Eso, además de un par de desesperadas -desesperadas por imposibles- historias de las Ideas, de la filosofía (Russell), etcétera, que dejaré de lado porque juegan en otra dimensión.

     De momento con estas lecturas voy confirmando que en definitiva toda la obra de un autor es un solo libro, como se ha dicho infinidad de veces, y que la diferencia es que aquí esa ambición de totalidad ni se disimula. Eso es evidente en Proust -nueve volúmenes para un sólo título-, pero lo es también en La Comedia Humana, de Balzac, donde los personajes saltan de unos a otros libros para dibujar un solo mundo.  Una ambición inspirada en la Biblia, el libro total por definición, y a su vez impulsora de la obra de Faulkner, que conviene leer en orden porque salvo un par de libros son uno solo, tajado como un lomo de ternera por un carnicero para poderlo vender con mayor comodidad.

     Pero lo que me intriga en esta ocasión es, una vez dada esa ambición de totalidad -Capote también la tuvo en una obra sólo en apariencia más breve como A sangre fría, o uno de los empeños más delirantes que se conocen de agotar la realidad en escritura: Elogiemos ahora a hombres famosos, de James Agee- es qué tipo de totalidad buscan estos autores, o si se prefiere -y al margen de discusiones sobre jerarquías y calidad, que aquí interfieren más que aclaran- de qué instrumentos, de qué estrategias se sirven. Porque cambian.

     Daría para una tesis pero son llamativas las diferencias de estrategias entre unos y otros. El mega reportaje (¿?) de Martín Caparrós, por ejemplo, casi que se deja ir a la apariencia de una anarquía naturalista. Como buen nuevo cronista latinoamericano, una etiqueta industrial que ha hecho fortuna, Caparrós ordena y estructura su reportaje, pero menos, mucho menos de lo que hubiese hecho hace unos años: el resultado es que va alternando lenguajes (del argentino de la calle, al de las cifras del tecnócrata internacional e incluso al de la ideología directa, de conversación de amigos), con un resultado, si bien ágil y ameno, tal vez conveniente para el volumen sobre un tema tan arduo, también algo confuso.

    Lo contrario vendría a ser la trilogía de Ken Follett, el más pulcro y profesional escritor de best sellers de calidad que conozco. Parto de la idea de que el best seller es un género literario con reglas bastante fijas, y la primera de todas es el orden con ritmo, o si se prefiere, una cierta cadencia elegida en función de la eficacia narrativa: aquí, con el evidente trabajo de no pocos investigadores de campo, negros literarios, para convertir este libro en buena parte en un reportaje. La única diferencia con el reportaje ultra clásico europeo del XIX (el que luego unos listos denominaron Nuevo Periodismo), pariente cercano del manual de historia, es que se hace figurar a grupos de personajes (cinco, de diferentes países y clases que van hilando los libros en el  siglo) con los que -otra norma del género- el lector se pueda identificar. Sobre todo a través de sentimientos reconocibles (el patriotismo, por ejemplo, o ideologías correctas), conflictos muy estereotipados, y muy bien distribuidas escenas de sexo por lo menos tan caliente como el de la época de la publicación del libro (aún a costa de falsear el de la época de narración del libro; es el caso de Follett).

    Pero resulta llamativo hasta qué punto lo que hace este es volver a contar los episodios que todos conocemos de la primera y la segunda guerra mundiales -¡otra vez las trincheras con gas mostaza! ¡otra, Pearl Harbor!-, y de la Guerra Fría, aunque también busque escenarios menos conocidos como el del Proyecto Manhattan (la creación de la bomba atómica). Si consigue que lo sigamos leyendo es porque lo hace con solvencia realista, como un buen artesano... Lo que nos lleva hacia adelante es el ansia de información: más, más información. Detalles y mucha visibilidad, y destierro casi total de la metáfora, pues obliga a pensar. Como en una película.

   Y así. Adentrarse en el impulso de Saint-Simon o de Proust es más complejo, y en ambos casos el asombro y la intriga sobre cuál puede ser es casi obligatorio en sus lectores. ¿Qué es lo que pudo ordenar a ese aristócrata de lo más alto del escalafón (aunque él era bajito) a que realizara esa ultra realista descripción de la Corte del más poderoso y longevo rey de Francia y con quien no tenía mayor afinidad, y pese a ello, hacerlo con cierta ambición de lo que no hace tanto llamábamos objetividad? Pues según algunos, una tensión interior que tenía que ver con una suerte de hiper valoración del dato, antes de su consagración como la religión de Occidente... y que es posible lo redimiera, además, se me ocurre, del tedio de las pelucas arquitectónicas y los jardines geométricos de Versalles, donde por lo visto el más refinado privilegio consistía en alcanzarle las zapatillas al rey, cuando despertaba...

   En cuanto a Proust... no puedo dejar de asistir a su prosa como a una suerte de respiración. Proust hizo de su escritura la demostración, la prueba de que estaba vivo y además, pese a las apariencias, desplegaba una considerable libertad para conquistar su propia visión del mundo. Ahí es nada: imponer una forma de ver y escribir el mundo. Aparte de que en efecto parece LA prueba por definición, ¿cabe mayor ambición que esa?