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Pedro Sorela

lecturas

La ambición del sastre

Por: Pedro Sorela Jueves 22 Febrero 2001. En Lecturas

DEREK WALCOTT. LA VOZ DEL CREPÚSCULO. Alianza Editorial, Madrid 322 págs.

A juzgar por la lectura de Walcott, el Caribe, las Antillas, son un territorio único cuya rosa de los vientos sólo indica el Norte: Estados Unidos, previo desvío por Inglaterra. Lo cual no estaría mal como propuesta –por qué no: la literatura caribe lo ha hecho con otras muchas divertidas e iluminadoras transgresiones–, de no ser porque, en lugar de enriquecer la realidad, que es la obligación del artista, es avaro con ella: en ese mismo mar de Walcott han vivido y viven muchos más poetas y realidades de las que él nombra (y lo hace como si no existieran otros, ese es el problema), demasiado conocidos como para andar ocultándolos.

De modo que proponer un Caribe casi sólo anglosajón con un par de prestigiosas pinceladas francófonas –Saint-John Perse y Chamoiseau-no deja de resultar pintoresco. El problema es que sólo pintoresco. Buscar como busca Walcott una identidad antillana, y prescindir, para empezar, de Lezama, Carpentier y toda la nómina de cubanos que ocuparía varias páginas de esta revista, de no pocos venezolanos o, ya puestos, del mismísimo García Márquez (que más de una vez se ha definido como un escritor caribe y ha escrito unas cuantas páginas para demostrar que tal cosa existe), por no hablar de toda la literatura centroamericana y mexicana del Caribe (yucateca), sólo puede ser atribuido a un grave contagio por parte de Walcott del hoy en día espectacular provincianismo de la literatura anglosajona, que en su vertiente británica tal vez pueda ser propuesta sin demasiado ridículo como la más rica del mundo (Borges), pero que precisamente por eso se mira el ombligo como ninguna otra. Como no lo hace la otra cultura caribe, la del dominicano Henríquez Ureña o la de Lezama y el grupo de Orígenes, cosmopolitas donde los haya.

La escritura como consecuencia

Por: Pedro Sorela Viernes 22 Diciembre 2000. En Lecturas

Antoine de Saint Exupéry. Tierra de hombres, Correo Sur, Vuelo de noche, El pequeño príncipe

Qué difícil es vislumbrar a Saint-Éxupéry: cuanto más se acerca uno, más se escurre él entre los dedos, como arena. Tentaría pensar que escribe con equívocos, pero ni siquiera: si hay algo claro es la escritura de Saint-Éxupéry, reconocible hasta por su música, pues se cuenta entre los privilegiados escritores que han conseguido crear un tono, un sonido, y además inconfundible. Lo que ocurre es que su escritura abarca también su vida, como lo sugiere la respuesta que le dio a un periodista que le preguntó qué era en realidad: piloto o escritor: «No veo la diferencia», dijo SaintÉxupéry, y no se trataba de una boutade. En realidad él era alérgico a las boutades, y tenía la personalidad contraria a la requerida para ellas. Es esa mezcla de vida y obra en una sola escritura –una especie de género que él contribuyó a fundar junto con Orwell, Malraux y otros escritores de una época magnífica– la que crea una resonancia con un gran poder de sugerencia... y desorientación. Complica las cosas y enreda el camino de acceso. Porque la elección no estaba sólo entre piloto y escritor, como le preguntó el periodista desinformado.

También le hubiese podido dar a elegir entre mago, inventor, dibujante, matemático, corresponsal de guerra, filósofo... Con cada una de esas actividades, Saint-Ex (como le llamaban sus amigos) se hubiese podido ganar la vida, y con algunas de hecho se la ganó: al morir, el escritor dejó una docena de patentes para la mejora de los vuelos de los aviones, y Tierra de los hombres, su obra maestra y el libro más revelador sobre su pensamiento, es una especie de guiso compuesto en parte por algunas de sus mejores crónicas, como corresponsal, en los principales escenarios de la Europa de los años treinta, desde la Unión Soviética de la época de las grandes purgas a la guerra de España, en dos visitas a los frentes de Cataluña y Carabanchel que motivarían, por cierto, que el franquismo le negara más tarde un visado. Esa dificultad para adjudicarle un documento de identidad incluye a su escritura.

Retrato de siglo con señora

Por: Pedro Sorela Jueves 22 Julio 1999. En Lecturas

CARLOS FUENTES. LOS AÑOS CON LAURA DÍAZ. Alfaguara, Madrid, 1999 480 págs.

No es una anécdota el que, hacia el final del libro, Laura Díaz se convierta en una célebre fotógrafa de la no menos famosa agencia Magnum: todo el libro tiene vocación de foto, no sólo en su calidad de testimonio –este es quizá con La región más transparente el libro más cronista de Fuentes– como por su amplio marco. Parece claro que el autor se ha propuesto incluir en su mural a todo aquel que haya tenido que ver, incluso a distancia, en el siglo mexicano, un siglo ni sencillo ni tranquilo, y con una vocación totalizadora de historiador y también de intérprete.

Un empeño a la altura de La muerte de Artemio Cruz (1962; por cierto que Cruz reaparece aquí); Cambio de piel (1967) o CristóbalNonato (1987), por citar sólo algunos de los títulos ambiciosos de Fuentes, con una ambición al viejo estilo, una ambición que se ha vuelto infrecuente o al menos no se suele manifestar de forma tan directa. Tampoco es casual que Fuentes publique Los años con Laura Díaz cuando parece casi inminente el final del régimen instaurado bajo la Revolución mexicana, al menos bajo la forma clientelista y partitocrática que Fuentes no vacila en condenar. Ese es el verdadero aniversario del que habla, y sobre esa revolución –la esperanza que engendró, su corrupción y su relativo fracaso– se vertebra su libro. Y como no podía ser menos en Fuentes, un autor cuyo cosmopolitismo no siempre ha sido comprendido en México, cuyos escritores están, sin embargo, abiertos como pocos al exterior, el siglo mexicano, tejido sobre episodios que él vivió, como la masacre de Tlatelolco (a raíz de ella dimitió como embajador en París), le sirve para reinterpretar a modo de epitafio parte de la historia contemporánea: la revolución del automóvil, la guerra de España, el exterminio judío, el macartismo... con una visión integradora y globalizadora.