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La mentira más gorda con menos palabras

Miércoles 04 Abril 2018. En Blog, Ensayo

Gustavo Zalamea. Pintor dibujando Bogotá.

La suerte, mucha suerte escrita al comienzo de mi destino, quiso que yo tuviese una infancia de piloto de avión, y el colmo, como si me hubiesen premiado, que desde el principio tuve que hablar y aprender en tres o cuatro idiomas, como si hubiese sido un habitante de Babel. Baste como anécdota que mis primeras palabras fueron en italiano (vivíamos allí), y que sin saber que yo sabía, veinte años después, sin haber regresado nunca, entré en una  gasolinera de Veintimiglia, en la frontera entre Francia y Italia, y en perfecto italiano (en italiano, no en eso que suele pasar por tal) pregunté dónde se encontraban los servicios. Que de mí saliera una frase coherente, que un minuto antes yo no hubiese confesado conocer esa frase así me matasen, y que -lo más sorprendente-, que el empleado me contestase en un no menos perfecto italiano y sin mostrar la menor la extrañeza porque yo lo hablase figuran entre las grandes sorpresas de mi vida.

    Los filos de los idiomas no dan para un libro sino en todo caso para una enciclopedia. Se pueden abordar desde infinidad de esquinas, y lo más probable es que el debate quede colonizado de inmediato por todos los tópicos, que son muchos y se agarran como percebes gallegos a la roca, en Navidad, mientras suben los precios. Yo en esta ocasión lo traigo para combatir esa extendida superstición de que el aprendizaje de los idiomas ocupa sitio. Que unos y otros se molestan y hasta se excluyen mutuamente. Y que de todas formas para qué seguimos esforzándonos si al final -tal vez ya estamos ahí- terminaremos todos hablando en inglés.

     El aprendizaje de los idiomas refuerza de modo inmejorable esa superstición todavía mayor de para qué esforzarse en hacer deberes fuera del aula. Puesto que está demostrado hace mucho, dicen, que estos no son más que las coartadas que profesores muy planos han encontrado para, una y otra vez, reducir a sus alumnos a los niveles de su propia mediocridad y el mínimo común denominador de la nueva sociedad tecnológica.

   Y aquí, lo siento mucho, es el momento en que oigo la frase triunfante de nuestra era en España, esa según la cual "esta es la generación mejor preparada de la historia", momento en el que, como si me hubiesen abducido, me entran ganas de coger un revolver y diparar, como le sucedía a Goebbels cuando oía la palabra "cultura". No es posible, me asombro cada vez, decir una mentira más gorda con menos palabras. Ni siquiera una mentira: una falsificación, y nada inocente.

    Parece difícil que se pueda llegar a tal grado de desfachatez, ceguera, falsificación de la historia y lectura errónea  de los datos con esas frasecitas que colocan en un supuesto momento ateniense a la cultura española. Los asombros que provoca son muchos, pero entre los más destacados figura el que, frente a las dolorosas comprobaciones en el aula, donde el autoengaño parecería imposible, profesores y todos estos pedagogos que parecen desembarcados de una flota de ONGs para invadir el mundo con sonrisas como única e imbatible arma pedagógica se empeñen en mirar como un paisaje romántico y renacenista las ruinas a las que nos venimos resignando desde.... desde cuándo: ¿desde Fernando VII y "las caenas"? ¿desde el final del imperio? ¿desde la guerra Civil y la marcha del país de la población más preparada? O puede ocurrir incluso que sea desde la adopción de una serie de trolas que nos tragamos desde la muerte de Franco, cuando nos programaron "borrón y cuenta nueva", como esa de la generación mejor preparada de la historia.

     Y en esas estábamos cuando llegó el ejército de profetas de la pedagogía, en activo desde que Rousseau dijo que el hombre es bueno y la sociedad lo corrompe, y decide que el pecado original es ese pequeño esfuerzo que el escolar tiene que hacer al regresar a su casa y disponer al fin de media hora de silencio, esfuerzo y orden (más o menos) sin que vengan a asaltarle los pitiditos del móvil, que de todas formas vienen. Con demasiada frecuencia esa media hora es el único esfuerzo real que hace: en un paisaje educativo en el que todo esfuerzo que no sea el de meter goles o esforzarse para batir records de algo -canciones, paellas, entusiasmos ante fotos banales-, todo lo que contradiga esos posibles niveles de auto satisfacción son interpretados como castigos. Y los profesores que encargan como deber escribir unas líneas sobre algo, resolver un problema ya no digamos teórico sino tan solo abstracto, y hasta realizar un dibujo, son mirados como represores que no han comprendido que la educación, hoy, es que los estudiantes hagan lo que quieran -de esa ácrata voluntad se desprenderán grandes tesoros de miel y sabiduría-, y si lo prefieren no hagan nada.

    Suele ser nada.

    Se me ha ido el folio sin poder explicar que lo poco que soy se lo debo en muy buena parte a los profesores antediluvianos que, en colegios diversos me ponían deberes casi siempre imposibles, que corregían sin contemplaciones: es más, solían ser ogros y tener lenguas no de fuego sino de ácido, cuyas verdades se graban con más facilidad.  Por lo general los deberes consistían en redactar las temibles "disertaciones" del sistema educativo francés, y resolver problemas de matemáticas, física y química, que a base de pura terquedad personal y vergüenza torera terminé por aprender a resolver, o casi, para mi gran sorpresa, lo cual agradezco infinito cuando comparo mi formación con la de mis amigos "de letras". Y mucho más que sorpresa: para mi gran felicidad, que aún me dura, tras conseguir algo para mí difícil con un esfuerzo que nadie más podía prestarme.

    Tampoco mis padres, que aparte de su apoyo cálido no intervenían. No por falta de voluntad sino porque a partir de ciertos niveles era ciertamente difícil orientarse -también la educación cambió mucho para ellos entre la Guerra Mundial y el 68-, y mientras era feliz robando tiempo para alguna llamada a la chica que me gustase de la clase con el pretetxto, quizá, de pedirle ayuda con las ecuaciones de segundo grado.

    Tiemblo sobre qué habría sido de mí sin esos tiempos de esclavitud antes de la cena, esfuerzo y represión. Para empezar este artículo no existiría.

 

¿Sabe alguien si sigue ahí la otra mitad del mundo?

Miércoles 28 Marzo 2018. En Blog, Experimentación

Nikolai Yezhou, jefe de la NKVD, a la izquierda de Stalin, desapareció a su vez de las fotos una vez cumplido el encargo de miles de asesinatos en las purgas soviéticas.

Además de incendios, magnicidios, colectivizaciones de la tierra e inesperados accesos al poder de personas que firmaban con una cruz, lo primero que se vio, al poco de estallar la Revolución, es que esta había nacido dividida: A un lado los partidarios de quitar, que es por definición lo que mueve a todo revolucionario. Pero al lado, un poco en secreto y sin gritarlo mucho, aquellos a quienes se les habían ido bajando las ganas de quitarlo todo y querían poner, construir también. Construir algo, así fuera plantar una hilera de magnolios. Pues hacer la revolución, como habían soñado y proyectado durante décadas de idealismo y sufrimiento, de planear a quién ejecutar, qué incendiar, qué arrancar de raíz, no bastaba para pasar a la Historia y ser recordado. Y desde el padre de familia hasta el pintor de domingo que se presenta al concurso del ayuntamiento, lo que anida allí en el fondo y no hay forma de saltarse es el deseo de ser recordado, un deseo tan inevitable como que las hojas se van quedando solas en los árboles a medida que se oscurecen los días. Y es raro que te recuerden si solo quitas. Se puede (véanse los grandes asesinos tipo Hitler, Stalin o Mao), pero es raro y como mínimo psiquiátrico.

     Así que la guerra civil se prolongó hasta que las aguas de la revolución se mezclaron y comenzó a salir una sola, más turbia quizá, un poco como el desagüe de las lavadoras, más uniforme. El torrente de la revolución había quitado mucho, salvo las nubes, los cementerios y las tormentas y el calor del verano; lo había quitado casi todo como acostumbra cuando el agua está lo bastante cabreada... Pero al tiempo se fue permitiendo que aquí y allá sobreviviera lo que en los primeros días se había decapitado sin contemplaciones: un palacio o al menos algún torreón, alguna universidad que prefería parecer una academia de inglés, cierto apellido no demasiado largo, aunque fuese el símbolo del pasado (se les había olvidado lo que había llegado a significar pues la revolución también consiste en borrar por lo menos la mitad de la memoria), e incluso el delgado cuello de algún gran talento cuya agitación en la ciencia o la poesía no podía hacer demasiado daño. Además ciencia y poesía suelen ser los primeros elementos que usan los decoradores cuando llega la reconstrucción de la historia, cuando hay que reescribir lo que ocurrió y dar al fin con la verdad, aquella que hizo saltar todo por los aires.

     Y aquí se llega al momento en que es preciso dejar pasar un tiempo. Igual que en un invernadero.

     Para ver lo que ocurre.

     Sí, igual que en un jardín, un huerto, también sucede en un cuento, una novela: hay que detenerse.

     La discusión de si mucho o poco tiempo es otra discusión (y puede ser infinita).

     El autor se ha de detener a ver qué pasa.

     Tiempo.

     Y ello para enfrentar con calma el viejo problema: ¿quién es el autor de todo este asunto?

     Quién es: ¿El que cuenta la revolución? ¿O la Revolución en sí misma? Porque a la postre qué es lo que de verdad importa: ¿quitar lo que había o contar la versión de lo que allí estaba? Eso es crucial.

     Tiempo o no tiempo, es inútil detenerse. Por mucho que nos quedemos a ver el problema, como jugadores de ajedrez sin cronómetro, o compositores de sonetos frente al atardecer, no hay nada que hacer: al cabo se mantendrá incólume el enigma de por qué, tras la revolución, crecieron esas plantas y no esas otras. Se construyeron estos edificios horribles en lugar de dejar florecer los que ya habían brotado antes, prometedores. Por qué galoparon por calles y playas los rebaños de muchedumbres con chanclas, en lugar de otras posibilidades, así fueran con los pies desnudos. Por qué se hicieron estas novelas y esas películas en lugar de otras no tan difíciles de imaginar y cuánto más atractivas...

      En definitiva, tras la revolución se había ido permitiendo construir, pero solo ciertas cosas y en determinadas direcciones, y con sentidos y utilidades que, bien mirados, mantienen su insondable misterio. Al final -si es que en algún momento de ninguna narración se puede decir al final-, al final faltaba mucho de lo que hubiera sido posible y en otras circunstancias habría nacido y florecido.

    Cualquiera se podía dar cuenta. Faltaba mucho, faltaba la mitad del mundo y quizá más.

     O tal vez se trataba de algo todavía más grave: Quizá todavía está ahí, la mitad de mundo, pero ya falta gente que sepa reconocerla y nombrarla. Han entrado en el olvido, la ignorancia. Las cosas necesitan de quien las nombre para poder existir.

    ¿O sea que cuál era? y ese es el verdadero enigma, ¿la necesidad de esa revolución?

V, amiga de mi madre

Miércoles 21 Marzo 2018. En Viaje, Blog

Ha tenido que pasar una vida para comprender que V. no fue tan solo una amiga más en la vida de mi madre -que las tuvo muy buenas-, y la influencia que, a través de su vida de libro (esto no es más que un esbozo) tuvo también en la mía. Quién lo hubiese dicho: una señora a la que vi un par de veces o tres cada verano durante mi infancia. Luego volví con una novia a visitarla a su casona de Andraitx en el invierno destemplado de Mallorca: todavía estoy viendo su mirada de águila al llegar nosotros por sorpresa, los ojos quizá más taladrantes que he visto en mi vida y esa es la causa de que inspiren los de Mónica Mallarino en mi novela Huellas del actor en peligro. Y luego durante ya todo un mes de junio, en el último hotel que quedaba de antes en toda Mallorca, cuando ya había vendido su casa y la última parcela que le quedaba de lo que había sido sin duda un reino.

    Pues pocas reinas se pueden permitir que las llamen la señora de Andraitx y que desde el otro lado de la isla sepa de quién se trata, y ello pese a la hojarasca de yates, banqueros, cortesanas y horteras de todo pelaje que fue ocupando la zona con más dinero de la isla, y que les fue vendiendo ella pedacito a pedacito. Y ello para regresar a morir por la cuchillada de una corriente de aire, más de medio siglo largo después de haberse ido, un día que mi madre la acompañó a ver una casa que ya tampoco era de las de antes: Bogotá había perdido un saludable  clima de montaña en la pesada digestión de un tráfico que no se sacía jamás, con nada, a ninguna hora. Aquello parece El Cairo.

    V. era mestiza, como todo el mundo en Colombia, en su caso de la variante de colombiano de toda la vida con una señora inglesa de la época victoriana, Kitty, a quien recuerdo con el pelo blanco de abuela de cuento, doblada como una navaja y sacudida por el parkinson, lo que impresionaba mucho a los niños los cinco primeros minutos, y que sin embargo tardó en derribarla. No siempre vivía con V. en Andraitx, una casa, si se piensa que conservaba su lado salvaje de hacienda que también se correspondía con un lado de V. La mayor parte del tiempo Kitty era una de esas señoras que vivía en el Ritz de Madrid, cuando hacerlo de un modo discreto y señorial (en el hotel no dejaban entrar a actores de cine, por ejemplo) no era solo un lujo sino un modo nada extravagante de estar en el mundo.

     Y de todos los destinos no tan limitados como se podría pensar que les correspondían a mi madre y sus amigas, y el que la posteridad suele tender a reducir a los tópicos, a V. le correspondió el de corresponsal de guerra. Fue una de las pioneras, durante la II Guerra Mundial, escribiendo para periódicos norteamericanos, y a su marido lo derribaron durante la luna de miel en la Batalla de Inglaterra, sin que las llamas alcanzaran a explicar el prodigio de que quedase algo después de que se hubiese quemado mucho. Lo hemos visto en el cine pero esta vez ocurría. Quedó inútil para casi cualquier cosa, de modo que después de la guerra V. invirtió su pequeña fortuna de heredera colombiana, que en aquellos años y traducida a pesetas no era nada pequeña, y se compró un pedazo de Mallorca, distinguible desde un sputnik, con la intención de cuidar a su marido y también de su hijo que con el tiempo devino en ingeniero de presas en América y uno de los mejores amigos de mi hermano.

      Pero un día el marido se miró al espejo, decidió que las vidas de héroes son arduas y necesitan pesados cuidados, envió al niño a jugar a la casa de los guardeses con instrucciones muy precisas de quedarse allí hasta que fueran a buscarle, y se degolló sin apelación con su navaja de afeitar. En una nota explicaba por qué.

      El destino de V. estaba escrito y se quedó en la isla, donde los demás, incluidos su madre y su hijo, la íbamos a visitar. No me extrañaría que mi madre se enamorase de la isla -de aquella isla-, en una primera visita a V. Por entonces nosotros vivíamos en Barcelona. Estoy hablando de los primeros cincuenta, y de unas Baleares que si tienen que ver con las de ahora es porque eran casi exactamente lo contrario. Fiel a su naturaleza mestiza, V. había construido una hacienda mallorquina, con sus muros de piedra y sus olores a almendra y algarrobo y sus lagartijas crucificadas en las paredes encaladas por el sol del verano. Más de un burro, una granja con patos y escándalo de gallinas libres en los gallineros y una perra sin padre que nos festejaba todos los veranos. Los adultos hacían su visita en porches que lidiaban como podían con tés y ginebras con el calor de la tarde. V. no había caído en la tentación azul de las piscinas, que es más fuerte que el opio, y si alguien se quería bañar lo podía hacer en un aljibe oscuro, y a los chicos nos dejaban en paz, para que hiciéramos todo tipo de trastadas -ni siquiera ahora me atrevería a confesar alguna-, y sin que nadie nos persiguiera preguntándonos si nos aburríamos.

     Solo con el tiempo he comprendido que ese era un tipo de vida, y además irrepetible. Una  de señora medio hacendada que le permitía llevar un destino libre, que V consiguió conservar por el muy señorial y acreditado procedimiento -la ruina está garantizada-, de ir vendiendo su hacienda pedazo a pedazo, calculando si le iba a llegar hasta el final. Le llegó por los pelos. Los aparceros de su antigua hacienda ocupan hoy en día las fotos de las revistas y han decorado sus residencias secundarias con los estilos previsibles en los suplementos dominicales, pero yo la que recuerdo sobre todo es la suya, que era la auténtica. Incluso más que las sucesivas y también viejas casas inolvidables que fueron alquilando mis padres verano tras verano en otra zona de la isla y cuando se decidieron a comprar un terreno y encargar unos planos -los estoy viendo: dibujos en carboncillo marrón que plasmaban sus sueños- había llegado la hora de marcharnos.

        Lo extraordinario es que a través de la hacienda de V. recuerdo Mallorca, aunque sea una que ya no existe ni volverá. Un modo de estar en el mundo. Una enseñanza de vida.

Novela... y algo más

Miércoles 14 Marzo 2018. En Blog, Sastrería

Stendhal (p.S)
Cortázar (Sonia Facio, fragmento)
 

Sastrería / Novela e imaginación


No es la primera vez que alguien me lo dice, ni la quinta, por lo que comienzo a creer que algo hay: novelar con libertad ya no es suficiente. El lector, muchos lectores, quieren además otra cosa. No les basta una historia. Quieren más. "Quiero aprender", me dijo uno de ellos. Y los demás, algo parecido.

    No es algo fácil de matizar pues reprocharle el realismo a la novela -el realismo sería una forma básica de aprendizaje, la información: esto es, así fue- supondría algo como reprocharle a las gaviotas que disfruten con el viento. ¿Acaso no dijo Stendhal que "la novela es un espejo al borde del camino?" (Perdón por esta cita que compite para ganar en la Olimpiada de los lugares comunes). Cuánta hipoteca no habrá tenido que pagar la novela a esa frase de alguien de intuiciones deslumbrantes. (Y mi deuda con él queda clara y agradecida en mi ensayo Dibujando la tormenta. Inventores de la Escritura moderna (Alianza).

    Es en todo caso el concepto que sigue triunfando a comienzos de este milenio. Baste comparar la situación con lo que ocurría, digamos, el siglo pasado, cuando los que guiaban la novela en el mundo no eran novelistas "que buscaban algo más", sino Faulkner, con novelas cubistas y hallazgos como "Mientras agonizo", filosóficas como Camus con "El extranjero", de juego como la "Rayuela" de Cortázar al igual que otras de Ítalo Calvino, la novela-poesía "Cien años de soledad" de García Márquez, y así sucesivamente hasta llegar a los callejones sin casi salida del Nouveau Roman, contra el que reaccionó, y con particular violencia en España, la narratividad más clásica.

    No puede ser más reveladora la fórmula utilizada en su última trilogía por Ken Follett, el novelista popular de calidad más vendido en el mundo: Sobre un escenario bien documentado de los principales acontecimientos del siglo XX, unos cuantos personajes ficticios pero en extremo arquetípicos desarrollan tramas muy, muy reconocibles. Esto es, el último escalón en que un libro se puede reclamar novela antes de entrar en el periodismo o la crónica histórica. No se trata de que nos cuenten una historia. Se trata de que, con el pretexto de unas cuantas historias más bien reconocibles, nos cuenten cómo fue el bloqueo de Berlín, tras la guerra, o la crisis de los misiles de Cuba, que los nuevos lectores desconocen y los demás quizá queramos recordar. La historia más o menos común del siglo XX, o lo que es lo mismo, una versión internacional de Cuéntame lo que pasó.

    ¿Y no es reveladora la evolución de Vargas Llosa, uno de los escritores de calidad de mayor referencia en castellano? Sus últimos libros son en su casi totalidad recreaciones y ambientaciones históricas, lejos no solo de sus primeros libros, La casa verde, por ejemplo, sino de los de los escritores en castellano que en su generación resucitaron una novela, una narración, que ya por entonces se decía agonizante. De verdad que me pregunto sin retórica qué haría hoy Cortázar y sus cuentos jugadores y poliédricos. O Borges (bueno: aunque evolucionó varias veces en su vida, Borges seguiría escribiendo Borges, no creo que pudiese evitarlo).

    Si la constatación se limitara a eso, no daría mucho más de sí que certificar una vez más algo que sabemos desde el principio: la novela, el espejo, el camino, etcétera. Lo que motiva estas líneas es la intuición de que a lo mejor ahora estamos yendo todavía un poco más allá. Pues si la creación, la creación no útil y cuantificable ya no se encuentra más que en círculos cada vez más pequeños de la novela y la narración -porque sí: todavía existen algunos de esos autores literarios que buscan escribir narración por la narración misma-, ¿dónde se refugia la creación? Siempre he creído que la creación no solo es indispensable al hombre sino, en buena parte, lo que lo define. Hombre es hombre creador.

      La casuística es infinita y puede abarcar todos los terrenos, desde el cine -¿dónde podría hacer hoy Fellini sus películas?-, hasta la poesía, donde medra la "poesía de la experiencia" o la pretensión de que la poesía le diga a la gente algo "que pueda reconocer", o fórmulas parecidas. El recuento podría ser muy vasto.

      A mí me parece en particular significativo, por inesperado y hasta inimaginable no hace tanto, lo que sucede en la universidad, en las antiguas facultades "De Humanidades·" o "Ciencias Sociales", en donde el viejo pensamiento humanista, basado en la palabra, la disertación, la Historia y el recuerdo de los clásicos -basado en buena parte en la creación en un muy amplio sentido: el ensayo- tiene que luchar con mayor fuerza cada día para defender, ya no privilegios, sino el simple derecho a la existencia frente a una oleada cada vez más imparable de estadísticos y sociólogos armados de curvas y esquemas. Argumentan con fuerza que sus sumas y restas son útiles porque son lo que demanda la industria. Y ya ni siquiera es necesario informar de que la industria es la que ha comenzado a mandar en la universidad. Todo está relacionado.

     Aún así, la orfandad permanece.

     ¿Donde se ha refugiado el derecho a imaginar, a imaginar porque sí? Y sobre todo: ¿Puede desaparecer o irse a la irrelevancia? En cuyo caso, ¿qué ocurrirá?

 

  • Pedro Sorela

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