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Pedro Sorela

conversaciones

Entrevistar al revés

Miércoles, 17 Febrero 2016 En: Blog Entrevistas

Félix Bayón-

Me sucedió una cosa extraordinaria. Y es que, como sabrán valorar los periodistas, me dejaron hacer lo que quería, y lo que quería no estaba previsto en El Libro de Estilo del periódico. O sea, me dejaron, a conciencia, transgredir la norma, o al menos la convención, y en un periódico de los llamados serios eso es bastante más infrecuente de lo que suelen sospechar los Grandes Teóricos de la Conspiración Mediática. 

     Quien me lo permitió fue Felix Bayón, un periodista y después escritor de los que no conozco muchos. No porque fuese -ya murió- inteligente, sensible y propietario de una carcajada que se reconocía desde el otro lado de la inmensa redacción de El País, sino por algo mucho más difícil de encontrar... y de agradecer: no era muy obediente. A Félix, uno de los periodistas de la primera época del periódico y ex corresponsal feliz en Moscú, un día lo nombraron jefe de sección de Cultura. Y él no quería. Todavía recuerdo que salió furioso del despacho del director adjunto, con su nuevo cargo impuesto (algo por lo demás habitual en los usos del periodismo, donde se obedece más que en el ejército), nos reunió a los de la sección de Cultura y, sin todavía conocernos casi más que de vista, nos dijo en la jerga propia del gremio: "Yo me voy a joder. Pero vosotros os lo vais a pasar de puta madre". 

    Y así fue. De su año o dos años de mandato conservo una sensación de apertura y libertad que no sé si volví a vivir, con una frecuencia de viajes que nos hacía parecer de Internacional -eran otros tiempos-, además de episodios  divertidos, como la vez que me encargó un ladrillo de serial de varias páginas dobles a modo de informe sobre el estado de la filosofía en España y en cuya preparación invertí como dos meses: en periodismo, un doctorado. Por lo visto alguien de arriba había sugerido que la sección derivaba ineluctable hacia la pachanga y la disipación.

        La vez que Félix Bayón me dejó escribir lo que me pedía el cuerpo y no lo que estaba previsto fue con ocasión de una entrevista al escritor italiano Aldo Busi, de visita en Madrid. Lo que había leído de Busi no me había gustado -ya ni lo recuerdo-, pero no era el primer caso ni el segundo y no debiera haber sido obstáculo para escribir una entrevista ortodoxa. El problema era que Busi resultó un narciso. Un ser encantado de conocerse, enamorado de su ombligo -lo que tampoco es rarísimo en el mundillo literario- y sobre todo, como cuento en la entrevista, únicamente capaz de generar supuestos titulares provocadores en cada frase. Algo que terminaba por resultar estomagante y hacer muy antipática la idea de entrar en su juego y escribir lo que, por así decir, había dictado.

      O sea que le expuse el problema a Félix y le pedí permiso para darle la vuelta a la entrevista y convertirla en crónica para contar exactamente eso, cómo el entrevistado pretendía manipular la ocasión y colocar sus auto anuncios, por lo demás bastante banales y predecibles. Tal vez hoy, en horas bajas del periodismo en España, estemos más acostumbrados a este tipo de ombliguistas, pero en aquel tiempo, al menos para mí, resultaba una novedad en verdad irritante.

        Pues bien, para mi gran sorpresa Félix aceptó, y que yo sepa nadie nos llamó la atención sobre lo que era ciertamente un modo exótico de tratar la entrevista. Supe que había acertado cuando un tiempo después leí en no se qué revista italiana una columna furiosa de Aldo Busi hablando del episodio y metiéndose, no con él, sino conmigo. Me suena que me llamaba pedante insufrible, o algo por el estilo. (De verdad que no me acuerdo).

     Y alguna que otra vez desde entonces me he preguntado si es lícito -sin distorsionar las respuestas, por supuesto-, enfocar una entrevista de esta o aquella forma que no forzosamente coincide ni con la intención del personaje ni con la de su jefe de prensa o patrocinador. Y siempre llego a la conclusión de que no otra es la diferencia entre un periodista y un magnetófono. 

   A continuación la entrevista.

 

Provocar para ser leído

 8 de julio de 1988

"No hable demasiado bien de mí", pide Aldo Busi al final de la entrevista: "me leen quienes me odian. Si piensan que soy un buen chico, no me leen". Durante toda una hora, el novelista italiano ha estado desgranando frases que sólo parecen buscar un titular, un titular en el que la gente se detenga: "Me resigné a no ser patrón hotelero para convertirme en uno de los grandes escritores de Occidente", dice, por ejemplo. O "yo no soy humano, no pertenezco a esta humanidad". O "Sodomías en cuerpo 11 es el libro de un asceta". Cuando se le pide que se relaje y procure hablar sin una máscara responde: "No puedo: soy verdadero sólo cuando escribo". 

   La actitud del artista-escándalo no es ni mucho menos nueva. "Lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien", dijo ya Oscar Wilde (y se suele citar mal) Busi reconoce que sus declaraciones buscan titulares, aunque, señala, "en mi defensa diré que una novela me cuesta mucho trabajo, y que hoy el intelectual tiene que comprometerse con los media". Niega que sea una actitud, ni que busque con ella recompensa: vive solo, carece de amigos, no participa en la sociedad literaria. Escribe. Ha dicho que se retirará cuando haya escrito cinco novelas. Lleva tres. Busi forma, junto con Del Giudice, Pazzi, Tabucchi, Tondelo y De Carlo lo que la crítica o la industria han bautizado como la nueva generación de narrativa italiana y, junto con los dos primeros, ya participó el año pasado en un coloquio en Barcelona. Entonces decía lo que ha repetido en Madrid: "No existe tal generación: es un bluff creado por la publicidad. Como se ha visto, los otros no tienen ya nada que decir". A su juicio, ello se debe a que los otros "no son intérpretes de su tiempo: son sólo pequeños imitadores de Borges, que tampoco era un buen escritor". 

   El novelista italiano ha publicado en España sus dos primeras novelas: Seminario sobre la juventud (Anagrama) y Vida estándar de un vendedor ocasional de leotardos (Península). Ahora se traduce La delfina bizantina, que él define como "un Finnegans wake italiano, pero mucho mejor". (Finnegans wake es una novela de James Joyce célebre por la dificultad de su experimentalismo idiomático.) Ha escrito también Sodomías en cuerpo 11 (el cuerpo 11 es el de la máquina de escribir), a la que seguirá Altri Abusi, título con varias lecturas. Su cuarta novela se titulará Casanova de sí mismos. Prepara una comedia, Páté d'homme, para ser ilustrada en comic. 

   El homosexualismo aparece con frecuencia en los libros de Busi, si bien él niega que sea un tema prioritario. Además, dice, no hay una homosexualidad, sino muchas. "No soy un escritor homosexual; tan sólo soy un escritor". En su conversación, sin embargo, hace constante alusión a proezas sexuales y señala que dos de sus libros son "definitivos" sobre el tema. 

   "Hoy puedo tener la pose del escritor salvaje", dice Busi. Hijo de una familia campesina pobre de Brescia, escapó a los 13 años y practicó "los oficios de siempre". Un día -habla como si dictase- "me resigné con gran dolor a no ser un patrón hostelero, para convertirme en uno de los grandes escritores de Occidente". Bajo su máscara espesa, es dificil saber si se lo cree.

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