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Pedro Sorela

conversaciones

La seducción del seductor

Jueves 17 Marzo 2016. En Entrevistas, Blog

p.S
Naipaul

Diálogos /La seducción


  - ¿Ha entrado ya?

   -  Sí, dije.

   - ¡Pues no haga caso! ¡No mire!, me conminó Naipaul en un susurro. A sus espaldas, un camarero del hotel Ritz de Madrid entraba en la habitación llevando, me parece recordar, una bandeja con un servicio de té y sin saber muy bien a qué atenerse pues Naipaul se había negado a decir "¡Pase!" cuando había llamado varias veces a la puerta. Aunque fatalmente con mayor retraso del que podía tolerar el escritor.

   - Esto ya no es lo que era desde que lo compró esa cadena, ¿sabe usted?, me dijo Naipaul. Yo no estaba familiarizado con el apasionante  mundo de los cambios de propiedad en el mercado hotelero pero me apresuré a asentir con la cabeza en plan cómplice.

    Lo cierto es que iba un tanto intimidado por la leyenda de severidad de Naipaul, y no sabía si me iba a tener que enfrentar a él a cara de perro tuerto, como con un político que esconde a un dictador o un bucanero de la Gran Banca. Pero no: conmigo Naipaul se comportó con una cortés y benevolente distancia, como corresponde al autor de tipo anglosajón que él representa ser y le reconocen en las islas, a juzgar por el aplauso unánime que allí le adjudican. Eso sí, miraba sin miedo con esos ojos oscuros y enigmáticos que tiene, y sólo meses más tarde me sorprendió que Constantino Bértolo, su editor entonces en España, me invitase a presentar uno de sus libros y dialogar con él en público en el Círculo de Lectores de Madrid (aunque eso no significase forzosamente un reconocimiento a mis talentos como presentador).

    Sea como fuere, en ese primer encuentro no pensé que hubiese conseguido seducir a Naipaul, como corresponde al entrevistador de Cultura. Pues no otra cosa es ese sutil diálogo que es, o puede ser, una entrevista cultural: la intensa seducción de alguien que es a su vez un seductor profesional, que ha de nacer, desarrollarse -si se desarrolla- y concluir en muy poco tiempo: en torno a una hora, y hoy eso casi nunca. Y seducir al seductor para que el entrevistado no se sienta examinado sino invitado a compartir algo de esa riqueza que tiene.

     Yo comencé a entrevistar, sobre todo a escritores y pensadores (¡pero también una vez gloriosa a Claudia Cardinale!), cuando en el mundo periodístico de la entrevista imperaba el dogma casi exclusivo del que llamaré síndrome Oriana Fallaci. Esto es, la creencia generalizada de que una entrevista es, y sólo es, el procedimiento mediante el cual un entrevistador de buenos modales y voz queda le tiende una trampa a alguien entrevistable, de preferencia uno de los poderosos de la tierra, y a continuación lo va recortando, como en una tortura medieval, hasta que el entrevistado maldice la hora en que aceptó la entrevista (literal: eso dijo Henry Kissinger tras hablar con Fallaci)... y el entrevistador queda brillando bajo el titular como una suerte de Caballero Andante de la Verdad y la Justicia.

     Bien, no digo yo que no -aunque tal vez deberíamos aceptar la posibilidad de que un poderoso no sea siempre un canalla-, pero sucede que en una entrevista cultural eso no funciona. Y la prueba es el propio libro de Fallaci Los antipáticos, de su prehistoria periodística, donde tras penosos y ombliguistas intentos de recortar a un artista como Fellini u otros la que queda desplumada es ella, aunque dudo que lo supiese alguna vez.

    En la entrevista cultural -salvo la excepción del Figurón Fraudulento, por otra parte nada infrecuente- no tiene ningún sentido ir a recortar al personaje, que con frecuencia es un pensador, un artista notable. Y según mi experiencia, a veces con una indiferencia hacia los medios directamente proporcional a su talento. Si se presta a la entrevista puede ser por cortesía, generosidad o ganas de ayudar a sus patrocinadores. Reconozco que esa figura -que hoy combaten incluso en los contratos, donde se obliga a la colaboración con la publicidad de la obra-, se da muy rara vez: Beckett, Salinger (convertido por ello mismo en un animal enjaulado y acosado por esos mismos medios), Julien Gracq...

    No sé si tiene mucho interés pero mencionaré que Naipaul no me intimidó para nada. En un par o tres de encuentros, sin duda cordiales, y aparte de su evidente singularidad, me pareció un hombre un poco preso en su propio personaje, lo que también es muy frecuente y al periodista le cuesta no poco sacarlo de allí. Y me decepcionó cuando en su conocido libro sobre la India le leí algo del tipo (cito de memoria): "como está previsto, aparecieron los niños sucios y desharrapados propios del Tercer Mundo". Justo lo contrario de lo que yo espero de un viajero, y de un escritor. De ellos espero que vean lo que no está previsto.

La colaboración entre autor y editor

Jueves 10 Marzo 2016. En Entrevistas, Blog

Diálogos / La colaboración

Llamé a Vargas Llosa a Londres para que comentase unas declaraciones polémicas de Günter Grass, que teorizaban desde el confort europeo sobre la revolución en América Latina, o algo por el estilo, y de paso le hice unas preguntas para una supuesta entrevista, que, sumadas, apenas alcanzan la categoría de tal. Entre otras cosas porque no creo en las entrevistas a distancia, una práctica que hoy casi se generaliza con el correo electrónico, la llamada con imagen y demás aparatitos. Cuando a mí mismo me han entrevistado así, siempre tengo la impresión de estar contestando a una encuesta de mercado, a una entrevista de juguete.

      Pero la experiencia interesante fue la paralela. Pues Vargas Llosa, que entonces todavía no escribía en El País, me dijo que le gustaría contestar a las declaraciones, pero mediante un artículo que prometía incluso entregar en horas. La dirección aceptó de inmediato, y al día siguiente, domingo, y visto el atasco que se producía en las cabinas en las que varias secretarias tomaban al dictado las crónicas de los corresponsales (el correo electrónico era todavía ciencia ficción, aunque inminente), me puse yo en una cabina a tomarle el dictado a Vargas Llosa. Una suerte de delito profesional que sólo alguna vez muy rara vi cometer a ninguno de mis colegas. Pero yo me había formado en una agencia de noticias, el frente de guerra en periodismo, y allí la intensidad de los combates no deja lugar a los engreimientos de rango.

     Entonces sucedió. Vargas había escrito su artículo con rapidez y pronto ello se notó en algún error indigno de él, que ni recuerdo: alguna cacofonía, alguna rima, algún pleonasmo. No me pude reprimir y se lo dije... y para mi gran sorpresa él lo reconoció de inmediato, cambió la palabra y dijo un humilde "Gracias" que, con sinceridad, no esperaba: si el engreimiento de los periodistas es a veces alto (y enternecedor), no quiero contar el de los escritores, y más en una situación semejante. Y lo alucinante es que la situación se repitió un par de veces más, con el mismo resultado, hasta que en la tercera dijo "no, ahí no tienes razón", con algo de impaciencia que se alcanzaba a percibir en su casi invariable amabilidad, y comprendí que ahí había terminado mi labor de editor.

     Pero fue una experiencia útil. Pues me demostró que un buen escritor admite que se puede equivocar, y que incluso un artículo de opinión, el encargo más individual en un periódico, puede ser, y en un periódico serio es, una labor de dos, pues puede y hasta debería intervenir la opinión de un editor en el sentido anglo de la palabra: el que revisa el texto, no en sus contenidos, sino en la forma. Aunque a veces la frontera no esté clara, como es sabido.

     Y si eso es verdad en un artículo, cuánto más no lo es en una entrevista. Que es un diálogo, una obra de teatro, incluso un enfrentamiento, a veces. Pero requiere de un acuerdo tácito y no funcionará nunca si uno de los dos no quiere.

Heaney: "Que no te oigan mucho"

Jueves 03 Marzo 2016. En Entrevistas, Blog

p.S
Seamus Heaney

Entrevisté a Seamus Heaney cuando su poesía era ya conocida pero todavía un murmullo, como quizá deba ser la poesía para ser escuchada, y además en un hotel de Madrid sencillo, no lejos pero claramente distinto, como separado por una frontera, de los tres o cuatro grandes a los que llegan las estrellas del rock, la edición y la banca. Y él se correspondía. Quiero decir que era -murió hace poco- un hombre no grande ni bajo pero masivo, de hombros fuertes, con la piel rosa de los que andan por el viento y el pelo alborotado de los marineros. Y amable y tranquilo, más bien tímido aunque luego afilaba los ojos en una línea y no se echaba atrás en ninguna respuesta. 

     He recordado a menudo la entrevista con Heaney porque aprendí mucho. A veces me ocurría -hablar con ciertos grandes escritores o pensadores a solas y desde cerca fue el mejor privilegio de mis años de periodista-, pero la entrevista con Heaney fue distinta. No sólo porque se tratara de un poeta -que un periódico grande le dedique un par de páginas a un poeta que todavía no es mediático raya en el acontecimiento-, sino porque la entrevista derivó hacia donde no estaba previsto. Quiero decir que, aunque bastante clásica, hablando de la naturaleza de la poesía, de influencias y de literatura irlandesa, en un determinado momento descubrí que Heaney era también profesor, y ese también se convirtió en el centro de la entrevista.

      Pues quizá el no informado pase por delante sin enterarse, pero lo que dice a su manera modesta es por completo revolucionario. Eso de no darle "armas de destrucción" a los estudiantes y proporcionarles en cambio algo para amar y construir es, en las universidades de hoy, incluida Harvard, una disidencia que sólo se le toleraba, está claro, porque se trataba de un poeta, un extranjero, y además un poeta al que fatalmente le terminaron por dar el premio Nobel. (Me pregunto si sobrevivió, pues a menudo, como se sabe, y en particular para los poetas, el Nobel y los premios en general son una oración fúnebre). 

     La conversación sobre la literatura y su enseñanza fue mucho más larga, y esa es la que recuerdo (yo también doy clase), aunque luego tuve que podarla mucho pues se trataba de un suplemento de literatura, no de universidad. Así de limitados son los "géneros" y las "secciones" periodísticas. No lo recuerdo pero imagino que por una vez las leyes del suplemento me impidieron escribir la entrevista en estilo indirecto -me impidieron relatarla, lo que sería el modo natural de contar el encuentro con un escritor-, en la extendida y vieja superstición de que las palabras textuales reflejan mejor la realidad y respetan más a quien las dijo. Algo fácil de rebatir, pero largo. Baste mencionar que si eso fuese cierto, los novelistas, empezando por los realistas, escribirían teatro.

       Este fue nuestro encuentro:

La poesía de frontera de Seamus Heaney

No tiene aspecto de poeta, si es que los poetas tienen aspecto. O sí: Seamus Heaney declama sus poemas confidenciales con una hermosa voz de bebedor de café, y entonces parece que sus manos modestas se hunden en el suelo para sacar significados que no se olviden, y parece que costaría derribarle. Tiene las canas peinadas con gran dificultad, por decir que las tiene peinadas, la tez sonrosada del norte y el aspecto macizo de los grandes conversadores que dejan pasar el tiempo en la taberna mientras la lluvia se aburre. Es difícil cazarle en algún ademán de soberbia, o de artista, o  de trivial coquetería ante el espejo de las preguntas.

P. Inglés, irlandés, holandés, sueco, alemán, español, francés, polaco... es usted ya un poeta en muchas lenguas.

R. La traducción es impredecible, pues no hay ningún sistema. Alguien elige un texto y lo traduce. Siempre la he mirado como un premio.

P. ¿No cree usted que los poetas han terminado por formar una sociedad paralela?

R. Es cierto que existen nombres-llave: Enzesberger, Paz, Brodsky, Les Murray en Australia... Sí, es cierto, se han constituido en nombres atractivos para los medios...

P. Usted está en el grupo.

R. Sí, pero eso no significa nada: el prestigio reposa siempre sobre la estima de individuos. Es cierto que la poesía traducida ha abierto sendas. Puede haber sido en pequeñas audiencias: piénsese en Eliot, que era un eurocéntrico. Entonces había una cultura alta, intercambio de alto nivel. Creo que los poetas toman valor los unos de los otros, en el sentido genuino. Lo que decía Mandelstam, que su obra estaba inspirada en la "nostalgia de la palabra cultura". Pero si tomamos a Murray, de Australia (un gran poeta), él propone una metáfora muy amplia: Dice que no cree en Atenas, una ciudad estado central, sino en Beocia, la sociedad rural marginada de la que vino Hesíodo.

P. En cierto modo, lo que trata usted en su último libro, The government al the tongue (El gobierno de la lengua).

R. El título es una frase monástica, y tiene que ver con el control de tus impulsos para hablar. En una segunda lectura, significa que la lengua puede gobernar. Lo usé como una interrogación sobre el significado de la poesía en la vida del escritor y en la sociedad. La pregunta es cuál es la relación entre moral y estética.  Si el impulso artístico debería autorizarse a sí mismo para ser gobernado por impulsos cívicos. Lo ideal sería que las sociedades marginadas hablaran hacia el centro. Que la cultura universal no fuera monolingüe sino que las voces de África y de las zonas relegadas se hablaran mutuamente.

Algo acústico

P. Ya sabemos que en el mundo anglosajón están destacando los autores periféricos, pero no parece que nuestras sociedades estén verdaderamente interesadas en las sociedades remotas. Especialmente el Reino Unido.

R. Creo que la poesía es siempre un tipo de arte doméstico. Primero es algo acústico, algo cultural. Y es un equilibrio muy delicado el mantener la fidelidad a esa intimidad primigenia y al tiempo comunicar. Tan pronto el escritor comienza a usar un megáfono, especialmente en poesía, aflora la tensión. Es mejor no ser escuchado mucho. Los británicos han logrado hablar tan bajo que apenas se les oye. Philip Larkin fue el campeón de esa actitud de: "soy un aficionado; escribo sólo algunos poemas durante el fin de semana; ciertamente no voy a leer a alguien cuyo nombre apenas puedo pronunciar, como Borges" [Heaney retuerce Borges]. Creo que la influencia de Larkin fue nociva, no como poeta –que es música de cámara–, sino para las posibilidades de representación de la poesía y la cultura. Él potenció el aspecto filisteo de la cultura británica. Ted Hugues, en cambio, está más abierto a recoger señales y retransmitirlas. Es algo bastante especializado.

P. ¿Es usted un especialista?

R. Me gano la vida como profesor desde siempre, salvedad hecha de cuatro años. Fui el primero de una familia de granjeros en obtener una beca. Nunca pensé que sería un escritor, siempre tendría la enseñanza. A partir de 1972, sobre la base de algún éxito, decidí probarme e intentar la independencia. Me trasladé  a un pequeño cottage en la República de Irlanda; tenía treinta y pocos años y era la primera vez que me salía de la cadena de producción. Tuve un programa de radio, hice lecturas de poesía, también en Estados Unidos... Luego volví a la enseñanza, pues me di cuenta de que con un empleo tendría más calma. En 1981 la universidad de Harvard me ofreció enseñar un semestre durante tres años: de enero a mayo. El acuerdo es ahora permanente. El tiempo restante procuro escribir.

P. ¿Qué enseña usted?

R. Dos tipos de cursos. Un curso de literatura tradicional, y soy tan chapado a la antigua -considerado desde la modernidad académica, la nueva crítica, el estructuralismo y todo eso- que hablo de la vida de los poetas y de sus obras. Creo que no se debe asustar a los alumnos. Una vez la mente tiene algunas posesiones, algunos afectos, entonces caben otros experimentos. Pero en la medida en que los estudiantes carecen de memoria histórica y no tienen posesiones, darles lo que es en esencia un arsenal destructivo, eso significa el fin de la cultura, la tradición. De modo que intento darles algo por lo que sientan afecto, algo que entre en su memoria y tenga algún valor para ellos. Y les enseño poesía moderna británica e irlandesa porque creo que, en Harvard, soy el que las conoce con mayor intimidad. Empiezo en los años treinta. Es asombroso hasta qué punto los estudiantes carecen de bases históricas: no suelen conocer por ejemplo la Guerra Civil española, un hecho capital incluso para la intelectualidad británica.

   El otro curso es un taller de creación, Tengo un grupo de doce estudiantes, dos horas por semana. Los puedo elegir entre unos sesenta candidatos. Para elegirlos leo unas cinco poesías de cada uno. A no ser que sienta respeto por su trabajo, realmente no puedo hacerlo. Sólo un par de veces sentí que me había equivocado.

P. ¿Cómo se protege usted de los muchos vicios que acechan al escritor-profesor, una especie que abunda?

R. Bueno, no sé si me he protegido: Siempre he procurado enseñar en mi propio lenguaje. Me dieron permiso para ello por el hecho de ser poeta... y por venir de Irlanda: te permiten no competir. Pero también tengo algo de pedagogo en la forma que concibo la escritura: creo en dar acceso a la gente. La aventura de la educación es preciosa: hay un maestro de escuela en mí, como escritor. Te dices: no enseñaré nada que de alguna manera sea ofensivo para la otra mitad de mi familia, que son los fundadores" .

P. Cuando escribe, ¿piensa en cómo le van a leer los otros escritores, profesores, críticos?

R. No lo creo. Es algo muy interesante. A esta altura de mi vida, el reto más interesante es eludir a tus propios censores, que por lo general son poetas muy jóvenes -están ahí para admirar y también para competir–, y atender al mejor auditorio, que suelen ser dos tres amigos. Pero eso también tiene sus riesgos. De modo que debes vivir en una suerte de soledad y libertad, y probablemente cometerás errores.

P. ¿Era usted tan valiente antes? Ahora puede hacer lo que le dé la gana.

R. El valor no sirve ante la página en blanco. El poeta sobrevive -si sobrevive- en medio del pánico. Durante un tiempo le puede satisfacer lo  que ha hecho, pero luego el entusiasmo se marchita. Cuando le dieron el Nobel a Isaac Bashevis Singer le preguntaron si estaba sorprendido. Contestó: "Claro que estaba sorprendido. Pero ¿cuánto tiempo puede usted permanecer sorprendido?" (Risas) Creo que los escritores son así: se sorprenden un rato, pero ¿cuánto tiempo? Luego tienen que comenzar de nuevo... Estoy de acuerdo con usted: me ha sorprendido el grado de atención que se me ha dado, pero tengo mis dudas. El complejo de impostor es habitual entre los escritores. Si son honestos. Y aquellos que uno respeta más son aquellos que eluden la atención excesiva. Los amigos son muy importantes para mantener un sentido de las proporciones, y, como digo, la primera acústica es muy importante.

P. Como escritor irlandés tiene usted una muy pesada tradición: Wilde, Yeats, O'Casey (Cassidy), Joyce, Shaw, Beckett... ¿como convive con ella?

R. La literatura inglesa pesa en mí tanto como la irlandesa. ¿Cómo convivir con Shakespeare? Sé que hay una diferencia. Pero en mi primera vida no pensé en mí como escritor. Thomas Hardy y D.H Lawrence eran más importantes para mí que Yeats. En la creación de mi oído, Gerald Manley Hopkins fue más importante, o el idioma anglosajón, que estudiaba, influyó más que el idioma irlandés. En cambio, la actitud del escritor Yeats fue importante. Joyce es completamente diferente: En cierto modo no hay nada que aprender de Joyce, salvo su entrega total a la escritura pura. En cuanto a Wilde, cien años después de muerto su peso crece, con todo el movimiento de liberación homosexual y la colonización de las minorias. Se está volviendo un escritor importante políticamente, pese a su  apoliticismo, por la forma en que se rebeló contra la opresión.

El viaje

 P. ¿Por qué se marchó usted de Irlanda del Norte a la República de Irlanda?

R. Porque había llegado la hora de probarme. No me fui porque Irlanda del Norte fuese un lugar terrible, o no soportara la violencia, o huyera de enemigos... nada de eso. Tenía 33 años y había publicado dos libros, con cierto éxito. Quería saber lo que era ser un poeta y era el momento de hacer un movimiento independiente. Me animaron dos amigos: uno que es pescador y siempre se ha negado a tener un empleo fijo, y Ted Hugues, quien me advirtió que si no dejaba la universidad, perdería mi idioma. También quería dejar el grupo de escritores jóvenes en el que me sentía arropado. Era en 1972. Fuimos a vivir con mi mujer a una casa de campo, y nos gustó. Crucé la frontera. Amigos míos protestantes pensaron honestamente que los había traicionado, porque yo había sido un liberal de los años sesenta, pero terminé sintiéndome algo así como el rostro sonriente de la comunidad católica y no quise convertirme en una fotografía amable. Nunca me arrepentí.

P. Qué tipo de escritor quiso ser usted? La ambición de Flaubert no es la misma que la de un escritor de éxitos.

R. Soy una mezcla de aficionado y profesional, con una ideología de aficionado. Sé que estoy aprendiendo siempre. Aprendiendo a terminar. Y a empezar.

(Babelia, 19 de diciembre de 1992. Copiada aquí porque todavía no está digitalizada.)

Entrevistar al revés

Miércoles, 17 Febrero 2016 En: Entrevistas, Blog

Félix Bayón-

Me sucedió una cosa extraordinaria. Y es que, como sabrán valorar los periodistas, me dejaron hacer lo que quería, y lo que quería no estaba previsto en El Libro de Estilo del periódico. O sea, me dejaron, a conciencia, transgredir la norma, o al menos la convención, y en un periódico de los llamados serios eso es bastante más infrecuente de lo que suelen sospechar los Grandes Teóricos de la Conspiración Mediática. 

     Quien me lo permitió fue Felix Bayón, un periodista y después escritor de los que no conozco muchos. No porque fuese -ya murió- inteligente, sensible y propietario de una carcajada que se reconocía desde el otro lado de la inmensa redacción de El País, sino por algo mucho más difícil de encontrar... y de agradecer: no era muy obediente. A Félix, uno de los periodistas de la primera época del periódico y ex corresponsal feliz en Moscú, un día lo nombraron jefe de sección de Cultura. Y él no quería. Todavía recuerdo que salió furioso del despacho del director adjunto, con su nuevo cargo impuesto (algo por lo demás habitual en los usos del periodismo, donde se obedece más que en el ejército), nos reunió a los de la sección de Cultura y, sin todavía conocernos casi más que de vista, nos dijo en la jerga propia del gremio: "Yo me voy a joder. Pero vosotros os lo vais a pasar de puta madre". 

    Y así fue. De su año o dos años de mandato conservo una sensación de apertura y libertad que no sé si volví a vivir, con una frecuencia de viajes que nos hacía parecer de Internacional -eran otros tiempos-, además de episodios  divertidos, como la vez que me encargó un ladrillo de serial de varias páginas dobles a modo de informe sobre el estado de la filosofía en España y en cuya preparación invertí como dos meses: en periodismo, un doctorado. Por lo visto alguien de arriba había sugerido que la sección derivaba ineluctable hacia la pachanga y la disipación.

        La vez que Félix Bayón me dejó escribir lo que me pedía el cuerpo y no lo que estaba previsto fue con ocasión de una entrevista al escritor italiano Aldo Busi, de visita en Madrid. Lo que había leído de Busi no me había gustado -ya ni lo recuerdo-, pero no era el primer caso ni el segundo y no debiera haber sido obstáculo para escribir una entrevista ortodoxa. El problema era que Busi resultó un narciso. Un ser encantado de conocerse, enamorado de su ombligo -lo que tampoco es rarísimo en el mundillo literario- y sobre todo, como cuento en la entrevista, únicamente capaz de generar supuestos titulares provocadores en cada frase. Algo que terminaba por resultar estomagante y hacer muy antipática la idea de entrar en su juego y escribir lo que, por así decir, había dictado.

      O sea que le expuse el problema a Félix y le pedí permiso para darle la vuelta a la entrevista y convertirla en crónica para contar exactamente eso, cómo el entrevistado pretendía manipular la ocasión y colocar sus auto anuncios, por lo demás bastante banales y predecibles. Tal vez hoy, en horas bajas del periodismo en España, estemos más acostumbrados a este tipo de ombliguistas, pero en aquel tiempo, al menos para mí, resultaba una novedad en verdad irritante.

        Pues bien, para mi gran sorpresa Félix aceptó, y que yo sepa nadie nos llamó la atención sobre lo que era ciertamente un modo exótico de tratar la entrevista. Supe que había acertado cuando un tiempo después leí en no se qué revista italiana una columna furiosa de Aldo Busi hablando del episodio y metiéndose, no con él, sino conmigo. Me suena que me llamaba pedante insufrible, o algo por el estilo. (De verdad que no me acuerdo).

     Y alguna que otra vez desde entonces me he preguntado si es lícito -sin distorsionar las respuestas, por supuesto-, enfocar una entrevista de esta o aquella forma que no forzosamente coincide ni con la intención del personaje ni con la de su jefe de prensa o patrocinador. Y siempre llego a la conclusión de que no otra es la diferencia entre un periodista y un magnetófono. 

   A continuación la entrevista.

 

Provocar para ser leído

 8 de julio de 1988

"No hable demasiado bien de mí", pide Aldo Busi al final de la entrevista: "me leen quienes me odian. Si piensan que soy un buen chico, no me leen". Durante toda una hora, el novelista italiano ha estado desgranando frases que sólo parecen buscar un titular, un titular en el que la gente se detenga: "Me resigné a no ser patrón hotelero para convertirme en uno de los grandes escritores de Occidente", dice, por ejemplo. O "yo no soy humano, no pertenezco a esta humanidad". O "Sodomías en cuerpo 11 es el libro de un asceta". Cuando se le pide que se relaje y procure hablar sin una máscara responde: "No puedo: soy verdadero sólo cuando escribo". 

   La actitud del artista-escándalo no es ni mucho menos nueva. "Lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien", dijo ya Oscar Wilde (y se suele citar mal) Busi reconoce que sus declaraciones buscan titulares, aunque, señala, "en mi defensa diré que una novela me cuesta mucho trabajo, y que hoy el intelectual tiene que comprometerse con los media". Niega que sea una actitud, ni que busque con ella recompensa: vive solo, carece de amigos, no participa en la sociedad literaria. Escribe. Ha dicho que se retirará cuando haya escrito cinco novelas. Lleva tres. Busi forma, junto con Del Giudice, Pazzi, Tabucchi, Tondelo y De Carlo lo que la crítica o la industria han bautizado como la nueva generación de narrativa italiana y, junto con los dos primeros, ya participó el año pasado en un coloquio en Barcelona. Entonces decía lo que ha repetido en Madrid: "No existe tal generación: es un bluff creado por la publicidad. Como se ha visto, los otros no tienen ya nada que decir". A su juicio, ello se debe a que los otros "no son intérpretes de su tiempo: son sólo pequeños imitadores de Borges, que tampoco era un buen escritor". 

   El novelista italiano ha publicado en España sus dos primeras novelas: Seminario sobre la juventud (Anagrama) y Vida estándar de un vendedor ocasional de leotardos (Península). Ahora se traduce La delfina bizantina, que él define como "un Finnegans wake italiano, pero mucho mejor". (Finnegans wake es una novela de James Joyce célebre por la dificultad de su experimentalismo idiomático.) Ha escrito también Sodomías en cuerpo 11 (el cuerpo 11 es el de la máquina de escribir), a la que seguirá Altri Abusi, título con varias lecturas. Su cuarta novela se titulará Casanova de sí mismos. Prepara una comedia, Páté d'homme, para ser ilustrada en comic. 

   El homosexualismo aparece con frecuencia en los libros de Busi, si bien él niega que sea un tema prioritario. Además, dice, no hay una homosexualidad, sino muchas. "No soy un escritor homosexual; tan sólo soy un escritor". En su conversación, sin embargo, hace constante alusión a proezas sexuales y señala que dos de sus libros son "definitivos" sobre el tema. 

   "Hoy puedo tener la pose del escritor salvaje", dice Busi. Hijo de una familia campesina pobre de Brescia, escapó a los 13 años y practicó "los oficios de siempre". Un día -habla como si dictase- "me resigné con gran dolor a no ser un patrón hostelero, para convertirme en uno de los grandes escritores de Occidente". Bajo su máscara espesa, es dificil saber si se lo cree.

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