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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Periodismo experimental

¿Sabe alguien si sigue ahí la otra mitad del mundo?

Miércoles 28 Marzo 2018. En Blog, Experimentación

Nikolai Yezhou, jefe de la NKVD, a la izquierda de Stalin, desapareció a su vez de las fotos una vez cumplido el encargo de miles de asesinatos en las purgas soviéticas.

Además de incendios, magnicidios, colectivizaciones de la tierra e inesperados accesos al poder de personas que firmaban con una cruz, lo primero que se vio, al poco de estallar la Revolución, es que esta había nacido dividida: A un lado los partidarios de quitar, que es por definición lo que mueve a todo revolucionario. Pero al lado, un poco en secreto y sin gritarlo mucho, aquellos a quienes se les habían ido bajando las ganas de quitarlo todo y querían poner, construir también. Construir algo, así fuera plantar una hilera de magnolios. Pues hacer la revolución, como habían soñado y proyectado durante décadas de idealismo y sufrimiento, de planear a quién ejecutar, qué incendiar, qué arrancar de raíz, no bastaba para pasar a la Historia y ser recordado. Y desde el padre de familia hasta el pintor de domingo que se presenta al concurso del ayuntamiento, lo que anida allí en el fondo y no hay forma de saltarse es el deseo de ser recordado, un deseo tan inevitable como que las hojas se van quedando solas en los árboles a medida que se oscurecen los días. Y es raro que te recuerden si solo quitas. Se puede (véanse los grandes asesinos tipo Hitler, Stalin o Mao), pero es raro y como mínimo psiquiátrico.

     Así que la guerra civil se prolongó hasta que las aguas de la revolución se mezclaron y comenzó a salir una sola, más turbia quizá, un poco como el desagüe de las lavadoras, más uniforme. El torrente de la revolución había quitado mucho, salvo las nubes, los cementerios y las tormentas y el calor del verano; lo había quitado casi todo como acostumbra cuando el agua está lo bastante cabreada... Pero al tiempo se fue permitiendo que aquí y allá sobreviviera lo que en los primeros días se había decapitado sin contemplaciones: un palacio o al menos algún torreón, alguna universidad que prefería parecer una academia de inglés, cierto apellido no demasiado largo, aunque fuese el símbolo del pasado (se les había olvidado lo que había llegado a significar pues la revolución también consiste en borrar por lo menos la mitad de la memoria), e incluso el delgado cuello de algún gran talento cuya agitación en la ciencia o la poesía no podía hacer demasiado daño. Además ciencia y poesía suelen ser los primeros elementos que usan los decoradores cuando llega la reconstrucción de la historia, cuando hay que reescribir lo que ocurrió y dar al fin con la verdad, aquella que hizo saltar todo por los aires.

     Y aquí se llega al momento en que es preciso dejar pasar un tiempo. Igual que en un invernadero.

     Para ver lo que ocurre.

     Sí, igual que en un jardín, un huerto, también sucede en un cuento, una novela: hay que detenerse.

     La discusión de si mucho o poco tiempo es otra discusión (y puede ser infinita).

     El autor se ha de detener a ver qué pasa.

     Tiempo.

     Y ello para enfrentar con calma el viejo problema: ¿quién es el autor de todo este asunto?

     Quién es: ¿El que cuenta la revolución? ¿O la Revolución en sí misma? Porque a la postre qué es lo que de verdad importa: ¿quitar lo que había o contar la versión de lo que allí estaba? Eso es crucial.

     Tiempo o no tiempo, es inútil detenerse. Por mucho que nos quedemos a ver el problema, como jugadores de ajedrez sin cronómetro, o compositores de sonetos frente al atardecer, no hay nada que hacer: al cabo se mantendrá incólume el enigma de por qué, tras la revolución, crecieron esas plantas y no esas otras. Se construyeron estos edificios horribles en lugar de dejar florecer los que ya habían brotado antes, prometedores. Por qué galoparon por calles y playas los rebaños de muchedumbres con chanclas, en lugar de otras posibilidades, así fueran con los pies desnudos. Por qué se hicieron estas novelas y esas películas en lugar de otras no tan difíciles de imaginar y cuánto más atractivas...

      En definitiva, tras la revolución se había ido permitiendo construir, pero solo ciertas cosas y en determinadas direcciones, y con sentidos y utilidades que, bien mirados, mantienen su insondable misterio. Al final -si es que en algún momento de ninguna narración se puede decir al final-, al final faltaba mucho de lo que hubiera sido posible y en otras circunstancias habría nacido y florecido.

    Cualquiera se podía dar cuenta. Faltaba mucho, faltaba la mitad del mundo y quizá más.

     O tal vez se trataba de algo todavía más grave: Quizá todavía está ahí, la mitad de mundo, pero ya falta gente que sepa reconocerla y nombrarla. Han entrado en el olvido, la ignorancia. Las cosas necesitan de quien las nombre para poder existir.

    ¿O sea que cuál era? y ese es el verdadero enigma, ¿la necesidad de esa revolución?

Risa de hiena

Miércoles 07 Marzo 2018. En Blog, Cuentos

p.S

El problema de Ernesto Aristimuño no es que fuera bajito, feo y encorvado, con el culo metido, pues al fin de cuentas si en el Congreso de los Diputados se hubiese organizado un congreso de belleza no habría salido ni en las noticias de Local. Un poco más problemático es que fuese listo. Y lo agravaba el que fuera inteligente. Eso los diputados lo suelen llevar mal en los demás, en particular la mayoría, que lo es porque intuye sus limitaciones y se adapta. Pero precisamente porque era inteligente, Ernesto sabía disimularlo lo bastante para que le dejaran continuar allí, en una existencia cómoda más bien lejos de la lucha por la vida de sus electores.

    El único problema, y que no podía controlar porque venía de fábrica, era la risa. Ernesto Aristimuño era una hiena, capaz de elaborar sofisticadísimas técnicas de acoso y caza que dejaban a las leonas como becarias y a los peligrosos hipopótamos con la boca abierta, pero no podía disimular su risa, ni controlarla cuando la provocaban múltiples motivos pero sobre todo pretenciosas ocurrencias, rollos vestidos de ideologías redentoras y todo lo que en un congreso abunda, además de la ira que le producía el pensamiento único y el hartazgo por las modas irrefrenables. Frente a todo ello opinaba también con risa. Como el cascabel a las serpientes, era algo que seguramente Dios o el Azar les había puesto a las hienas para avisar del peligro.

      Bien, era algo que estaba ahí, y como la soberbia de los leones y la astucia de los gatos, formaba parte de la historia parlamentaria desde que los animales se reunían en torno a los árboles, las rocas o el fuego para discutir de sus problemas y crear otros antes de arreglar los primeros. Igual que las vacas y las ovejas nacían con una propensión a la obediencia y la esclavitud que no había forma de cambiar ni con sangrientas masacres milenarias, casi exterminios como el de los búfalos, era algo con lo que se aprendía a convivir y ya está.

      Hasta que un día una jirafa se quejó.

      - La risa de la hiena hiere mis sentimientos y me humilla -dijo.

      La jirafa dejó pasar el tiempo para que se aposentara la sorpresa pues sus intervenciones eran raras y tardaban algo en llegar hasta abajo, y luego remató-: No tiene derecho.

     Los animales tienen el colmillo retorcido -todos los animales, salvo los rumiantes y alguno más, pero esos no cuentan-, y por eso es realmente raro que nada de lo que suceda en un parlamento les sorprenda. En realidad lo han visto llegar desde antes, y si no lo han visto, se adaptan.

      Esta fue una de las veces en que les pilló de sorpresa, visto lo cual el secretario de la cámara, un cocodrilo, que era muy rápido, pidió y obtuvo la suspensión de la sesión: era poco antes de mediodía pero él dijo que ya era hora de comer y es raro que alguien rebata alguna vez ese argumento.

       Y cuando se volvieron a reunir, a Ernesto Aristimuño se le cedió la palabra para que explicara como:

    1) La risa era parte de su idioma y hasta el momento a cada cual se le había reconocido el derecho a expresarse en lo considerase oportuno, incluso en siseos a las serpientes, el sonido de la crueldad, y en rugidos a los leones en celo, pura pornografía.

    2) La risa -"incluso si es una risa corta y desagradable como la mía, que a veces hasta huele", concedió Ernesto- es uno de los mayores recursos dialécticos que existen, hasta el punto de que por lo general prepara el "sí" o el "no", que de eso va, en esencial, la partida.

   y 3) La risa -y aquí como luego se vería metió la pata hasta el fondo-, no solo es síntoma de inteligencia sino de tolerancia. Tiene también mucho que ver con algo que los jóvenes ya les cuesta reconocer y es el sentido del  humor.

      Ahí fue donde chocó con los muros de Troya. Porque a la jirafa pasó por encima de lo de la inteligencia, un argumento al que era tan impermeable como a las lluvias de los monzones, desconocía hasta el concepto, pero lo de la tolerancia le escarbó algo en una de sus manchas. Que la irritó al punto de extraerle, y no sucedía casi nunca, algo parecido a la cólera:

    -¿Tolerancia? ¿Sentido del humor? ¿Así se llama ahora el derecho de humillar a los demás que se otorgan las razas prepotentes?

       Era la primera vez en mucho tiempo que se oían palabras graves como "razas" o "prepotentes", que habían costado mucho dolor y desgracia en lejanos tiempos pre inteligentes.

     - La risa no pretende humillar a los demás sino ayudar a la discusión, le contestó Ernesto. Frente a una risa se puede oponer otra, ("siempre y cuando tenga gracia", añadió, y lo subrayó con un par de esos gemidos que pasan por ser la risa de las hienas).

    Pero es inútil: pasa el tiempo, la jirafa se empecina, no cede y cada vez todo está más enredado. Igual que los debates en el congreso que se han fortalecido y embarricado en una y solo una alternativa: "¿La risa humilla o es una condición de la tolerancia y civilización?"

      Y como no cabe la risa ni como prólogo y respiración, la cosa no avanza. El cuello de la jirafa parece una trenza. No crean: no todos los diputados se desesperan. Algunos especulan con viejas versiones de la historia, y elucubran con las consecuencias si el debate se estanca de verdad. Y reman para que así ocurra.

    Así que todo depende de que suene o no una risa. Aunque sea de hiena.

El escándalo que se equivocó de sitio

Miércoles 28 Febrero 2018. En Blog, Cuentos

"Olympia", de Manet.

Sucedió al amparo de la noche, cuando marchantes, galeristas, intermediarios, pícaros y toda la fauna que intenta vivir del comercio del arte se encontraba de copas y celebrando los negocios del día: básicamente, vender por mucho lo que no vale nada, y no vale nada por la sencilla razón de que el arte no se mide así. Y si se mide, lo más probable es que no sea arte.

    Pues bien: un comando de policías armados de porras pero también de ordenadores, con uniformes de toda la vida aunque con un toque Agatha Ruiz de la Prada para que se viera que eran policías cultos y sofisticados, no demasiado jóvenes para no dar aspecto de novatos pero tampoco viejos, entraron en el gran galpón donde se exhibían las Obras, las Transgresiones del Año y, sin mucho vacilar, se plantaron frente a la más atrevida de la Feria: el retrato de frente de un ser gordo, negro y ya escurrido por la edad, y a quien le colgaba entre las piernas algo que no se sabía muy bien qué era, si un pene, una corbata, un tercer seno, un péndulo o una soga para ahorcarse. Todo estaba lo bastante borroso para que se pudiera responder esa o cualquier otra cosa.

     El jefe del comando fue directo y se paró frente a la obra. Entonces se volvió hacia la persona que le hacía de sombra, una mujer toda vestida de negro, con el pelo pintado de azul eléctrico y unas gafas negras con cristales naranjas en forma de alas de mariposa y con las patillas fosforescentes, de tal manera que en la penumbra de la medianoche parecía un ser extraterrestre. Una super heroína pero con un toque intelectual, sofisticado. Durante el día no hubiese llamado la atención, pues galeristas, trileros y artistas tienden todos a disfrazarse de Artista Exótico y Rebelde, pero en mitad de la noche, y en medio de los comandos negros y con la cara pintarrajeada de camuflaje, la mujer destacaba.

     - ¿Esta?, preguntó.

     -Ajá, contestó la mujer. Y seguidamente, como un ballet mil veces ensayado, el comando de policías procedió con gran delicadeza y eficacia a  bajar el cuadro del Gran Ser Desnudo (ese era su título), a guardarlo en una caja llena de algodones, y a retirarlo de la vista del público en unos grandes depósitos que es donde se guardan los jarrones chinos, las obras transgresoras de otras temporadas que ya no transgreden nada y los cuadros que ya no quieren los ministros en sus despachos. Entre otros cientos, quizá miles de obras de esa feria llena de marchantes y de pícaros, quizá no se notara demasiado.

      Pero se notó, vaya si se notó, y se armó. Ya se sabe: "Censura". "Intolerable". "Vuelve la dictadura". "Inconcebible". "Dimisión". "Retroceso en el tiempo". "Inquisición". En fin, toda la pesca, lo de siempre, como cuando lo de la Olimpia de Manet, y además seguido de lo de siempre: nadie dimitió.

      Si bien esta vez fue diferente. Porque, por uno de esos azares que a veces se dan, un pequeño periódico digital que tenía que luchar por hacerse un hueco descubrió un pequeño hilo y comenzó a tirar de ahí: la mujer -no la protagonista del cuadro, si es que era una mujer sino la que había ordenado su retirada con el argumento de que se trataba de un intolerable ataque a la dignidad de las Personas-, la mujer, la Gran Comisaria, la Jefa, la Que Decidía sobre qué se colgaba y qué no en el Gran Salón del Arte... no había cogido un pincel en su vida y ni siquiera un lápiz de colores. Si estaba ahí no es porque supiera de algo en particular sino porque de lo que sí sabía era del cuarto oscuro de las finanzas de su partido, que era el que estaba en el poder, y estas eran más bien enrevesadas por llamarlas algo. Si se le quitaba el sofisticado vestido negro, las gafas en forma de mariposa y las patillas fosforescentes, la Gran Comisaria se quedaba en una funcionaria media, gran aficionada a la paella los domingos, al fútbol y fan de Messi, como todo el mundo, seguidora incondicional de Juego de Tronos y sin tiempo para haber aprendido ni las más elementales reglas de la perspectiva y la apreciación estética, la historia más simple del románico (y mira que es simple) y tampoco la de las vanguardias.  Jamás se había preguntado qué hacen ni para qué sirven los artistas, ni había aprendido que para dirigir un gran salón de arte lo último que se debe hacer es mandar. Nada que ver. Y en caso de no saber nada hay que por lo menos tener algo de instinto, algo de lo que carecía más que de pelos una bola de billar.

      Ese, ese era el verdadero escándalo. La comisaria bordeaba el analfabetismo o entraba de lleno en él, y el último libro que había leído había sido en el colegio, y eso en forma de resumen pues ni siquiera el profesor era capaz de leerlo entero, aunque a nadie parecía importarle. Y cómo iba a importarles si la mayoría en ese Salón estaba más o menos igual: ya muy pocos dibujaban, dedicados a las instalaciones, la mayor parte no leía más que whatsapps y además pretendían que eran vanguardia y todos se esforzaban en hacer entrar las series en la categoría de Arte Transgresor. Lo transgresor vende.

     Un escándalo.

     Más aún: un gran escándalo. Pero como era un periódico pequeñito y a todo el mundo se le había llenado ya la boca con el primero, con ese se quedó. Siempre es mejor un escándalo conocido que otro que vete a saber.