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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Ladrón de árboles

El viejo placer de regalar un libro

Por: Pedro Sorela Miércoles 16 Marzo 2011. En Blog

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Para celebrar la salida de esta nueva página al nuevo mundo virtual he decidido regalar un libro, que durante un tiempo se podrá descargar tanto para tableta o e-book como en formato PDF. Y he elegido "Ladrón de árboles" porque ya es inencontrable, tanto en su edición mexicana como en la española. Eso ocurre con muchos más libros de los que la gente puede imaginar -sucede con la inmensa mayoría de las obras que se publican-, pero además yo considero a este uno de mis mejores libros, aunque a veces se haya visto ninguneado o mirado por encima del hombro por su condición de libro de cuentos. Y la gente le tiene miedo a los cuentos, he concluido, tal vez porque hay que hacer varias veces, en lugar de una sola, el esfuerzo de despegar y llegar a un nuevo país. 

Es obvio que regalar un libro tiene, para un escritor profesional, innumerables connotaciones. Pero dejaré a otros este debate, que por lo demás bate fuerte, o lo hará, entre escritores, editores, libreros y otra gente del gremio. De momento me limitaré a sentir el placer de regalar algo -un placer con frecuencia más grande que el de recibir- y algo para mí muy valioso: en esta primera edición digital de "Ladrón de árboles" sólo se ha caído "Dos historias rebeldes" que, pese a ser aquel cuento en el que encontré un camino cuyo final no pienso conocer (véase el prólogo, también nuevo), se ha convertido en un cuento más bien enigmático. Lo que los demás no son.

Ladrón de árboles

Cuentos. Autor: Pedro Sorela Ediciones del Bronce, 1998. Páginas: 127. Colección Hispánica. Portada: Nicole Muchnik. ISBN: 84-89854-19-X. Otras ediciones: Ediciones Corunda, México, 1991 

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Aquí, en los dos cuentos de Budapest, comenzó una ruta a la que no le veré el fin.

Es necesario aclarar que en los viajes me doblo, estoy más despierto y se me afila, más, el impulso de escribir. Pero nunca llevé de viaje a mis novelas, demasiado pesadas, y siempre tomé las frecuentes notas del viajero, que llegaron a su término al comienzo de una estancia de quince días en Budapest, un otoño en los años ochenta: ya no era capaz de seguir con ellas. Tomar notas de lo que había visto ya no me satisfacía ni aunque reflexionase sobre ello -¿cuántas ideas del viajero son originales?-, o lo dibujara. Quería otra cosa.

O sea que, en un primer experimento, escribí una historia inventada... pero sobre los escenarios que iba recorriendo día a día: una suerte de ejercicio de estilo.

El primer resultado, Dos historias rebeldes, sobre alguien que busca a un amigo en el Budapest de la Transición -en todo Budapest se oían martillos tras la caída del Comunismo- es con toda probabilidad, por abstruso, el peor cuento que he escrito. Y aunque me entusiasmó, por eso mismo se cae en la nueva edición digital que se publica en esta página. Mi entusiasmo era del tipo del que puede sentir un químico frente a un microscopio o a un astrónomo mirando la noche con una lupa. Sentí que ahí había algo.

Yo soy el destino

Por: Pedro Sorela Miércoles 20 Junio 1984. En Cuentos

Los puse juntos porque se lo merecían: eran los únicos humanos en ese batallón de cansados robots que toman el último avión de Londres a Madrid. El mismo batallón que el de Madrid a Londres. El mismo que el de cualquier último avión.

El llegó primero, con tiempo, y no exigió nada: ni ventanilla, ni zona de no fumadores, ni de fumadores, ni salida de emergencia para tener más espacio… nada. Los robots siempre andan pidiendo cosas, como si un avión fuese un hotel. Y no es que no supiese viajar: eso se nota de inmediato. Mostró su billete por la página correcta –vi que terminaba una enigmática gira Madrid, Fráncfort, Berlín, Copenhague, Edimburgo, Dublín, Londres, todo con billetes abiertos y en tarifas MYA– y me miró como si yo fuese una persona y no un bombón envuelto en seda. Me pareció tímido, con ese extraño atractivo que tienen los tímidos, y esos ojos un tanto ensimismados que tienen los que viajan solos mucho tiempo. Le di un 24 A, la ventanilla que a mí más me gusta en un DC-10: está en una salida de emergencia, por lo que se pueden estirar las piernas más que en Business Class, y aunque todavía es zona de no fumadores, se encuentra suficientemente retirada del tropel de fanáticos que día a día engordan el ejército de no fumadores. Esos sí que exigen y protestan. No dicen nada sin embargo del aire enlatado de los aviones, o del café.

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