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Pedro Sorela

Artículos etiquetados con: Bogotá

Bibliotecas con fronteras

Jueves 20 Febrero 2014. En Blog, Lecturas

  Ana Gilmore. "Biblioteca de Alejandría", detalle, 2009.
  "La inaudita visión de jóvenes egipcias leyendo a Baudelaire o Hugo..."

En un viaje reciente descubrí una librería de la isla de Skye, en el oeste de Escocia, que tenía por frontera la de las islas; quiero decir que todos los libros habían sido escritos por autores británicos, o se referían a temas británicos. Como ya hace unos cuantos años que descubrí las bibliotecas de sólo mujeres, en Londres (en este caso escritas sólo por mujeres), no me extrañó demasiado. Pero sí consiguieron sorprenderme cuando, al continuar mi paseo por la librería, descubrí que la siguiente habitación versaba sobre Escocia, con libros escritos por autores escoceses. En la siguiente se exhibían libros y autores de la isla de Skye, donde nos encontrábamos... y la siguiente, claro está, de la población donde se encontraba la librería, y cuyo nombre imperdonablemente no recuerdo. No vi otra habitación pero me imagino que, en pura lógica, de haber existido debiera haber sido una habitación con las paredes forradas de espejo y con un cuaderno en blanco con una pluma sobre una mesita para comenzar ahí mismo un diario.

    Imagino que a cualquier viajero por Escocia le sonará esta anécdota, pues abundan los pequeños y también tranquilos altares de exaltación nacionalista, o de simple testimonio de amor al terruño, como sucede también en Irlanda o en Gales, por no salir de las islas. Lo que ya resulta más llamativo es comprobar hasta qué punto esta visión, que llamaré con fronteras, se ha ido instalando en la realidad europea, de modo que las tensiones interiores belgas, las de Chequia con Eslovaquia, o los exabruptos fáciles de escuchar en los Balcanes respecto al vecino más próximo no sólo son frecuentes sino aceptados como normales. No pretendo que no lo sean, ni negar una inercia que viene de muy atrás, en un continente en el que, al menos en las bibliotecas de Francia o de Italia que he visitado, sigue primando el universalismo. Lo que me parece extraordinario es que, entre gente medianamente leída o viajada, estas barreras mentales y en cierto modo étnicas sean aceptadas con la impasibilidad de lo normal. ¡Si hasta en los países escandinavos los daneses bromean sobre la seriedad de los noruegos y el estiramiento de los suecos como si fuese una realidad ontológica! Esto es, como si existiera tal cosa como un modo escocés de acercarse a los libros... sobre todo si estos tratan de Escocia. De existir ese modo nacionalista, ¿significaría que Stevenson, uno de los santos de la generosa literatura escocesa (y también de la mundial), no podría haber escrito sobre los mares del sur, donde se refugió al final de su vida, y donde, como Gauguin, pareció encontrar una suerte de refugio?

     Mi historia en la librería de la isla de Skye resalta más si la comparo con lo que me sucedió, un par de años antes, en la mejor librería de Taipei, en Taiwán, que -dicho sea de paso- al igual que otras muchas abre veinticuatro horas al día.

     Un viajero acude la primera vez con algunas prevenciones a una librería en país lejano y con idioma enigmático. ¿Para qué esa visita? Parece que es como pedir un cuchillo de carne en un restaurante vegetariano. Pero eso sólo sucede una única vez, pues al menos en Asia las librerías están dotadas de estupendas secciones en inglés, francés, y a veces hasta en alemán, español e italiano, y así ocurrió en esa y otras librerías, donde por cierto descubrí en inglés y francés a autores chinos de primerísimo nivel de los que en España no hemos oído ni hablar.

      Pero en esa primera entrada lo que más me chocó fue lo primero que vi. Y fue, presidiendo en cierto modo toda la librería, una sección de "los maestros de la literatura universal" -así, maestros, con toda la inocencia escolar de la fórmula- donde se había reservado lugar a los dos o tres clásicos indispensables de la literatura china (los Sueños del pabellón rojo, de Cao Xueqin, o el Viaje al oeste) pero toda la biblioteca daba refugio a lo que podría ser muy bien una sólida lista de recomendación de lectura sin fronteras: De Tolstoi a Hugo y Flaubert, de Dickens a Faulkner, Borges, Herodoto et ainsi de suite. Y no era la justicia o no de ese canon lo que llamaba mi atención, con las glorias nacionales que pudiesen o no haber sido olvidadas en esa suerte de medallero olímpico, sino justamente la ausencia de cualquier chovinismo nacional o tan siquiera continental o racial. El cosmopolitismo clásico de esa lista, que yo consideraba una regla de entrada, fue lo que por contraste tuve que recordar cuando visité la librería escocesa.

     De modo inevitable -los recuerdos casi nunca llegan solos, sino enredados entre sí como las cerezas- también me vino a los ojos la inaudita visión de la nueva Biblioteca de Alejandría con jóvenes egipcias, muchas de ellas vestidas con hijab, ocupando los bancos en escalera de ese monumento que reconcilia con la arquitectura moderna para leer a Baudelaire o a Hugo. Lo sé porque, en una visita de un día entero a la biblioteca, pocos meses antes, que podía cambiar todos los prejuicios sobre lo que leen o dejan de leer los musulmanes, tuve la oportunidad de comprobar que esos clásicos eran los que se encontraban en los anaqueles de la literatura francesa.

     Uno de los fenómenos más llamativos de entre todas las (no muy buenas) noticias relativas al libro que se dan en estos tiempos lo constituyen las bibliotecas populares de Colombia que, en ciudades como Medellín o Bogotá (y a veces, me parece, con la ayuda de la cooperación española) han pasado a ocupar territorios que hasta hace nada eran terreno de bandas y de pago de derechos por el paso de invisibles aduanas.  Para empezar, físicamente. Y queda la esperanza de que sea para revolucionarlos. Pues, sin caer en el buenismo bien intencionado, sí es cierto que la implantación de estas bibliotecas, que son también revolucionarias en el diseño arquitectónico, han contribuido a cambiar las costumbres de esos barrios para rebajarles la tensión y abrirles el horizonte y darles alguna esperanza, como corresponde a los lugares con libros. Y hasta donde yo sé, y como ya vamos viendo es norma fuera de Europa, los catálogos de estas bibliotecas proponen una lectura universal, alejada en lo posible de los localismos exclusivistas.

     En cierta ocasión me dijeron en Inglaterra que si se interesaban tanto por Estados Unidos es porque lo que sucede en Estados Unidos termina por suceder en Inglaterra y en Europa. Y dado el ombliguismo de la cultura anglosajona -baste saber que para un escritor hoy la traducción más difícil de conseguir es al inglés, el idioma más global-, no termino de saber dónde sucedió antes, si en Londres o en Nueva York. A mí me sucedió hace veinte años en Londres, cuando en una de las librerías clon de las tres o cuatro cadenas que han sustituido a las mejores librerías del mundo, me cansé de recorrer los anaqueles de jóvenes, ciencia ficción, autoayuda, género, etcétera, para finalmente encontrar (en unos anaqueles más delgados, lo prometo), la sección de literatura. Y ahí estaban, casi todos en "saldo", los autores que yo esperaba encontrar en cualquier librería.

La pintura de escritor de Gustavo Zalamea

Por: Pedro Sorela Noviembre 2011 En: Blog, Invitado

Me parece que el recuerdo más remoto que tengo de Gustavo es la vez que le vi leyendo un libro en el momento en que los demás regresábamos de bañarnos en el río. Y no era cualquier río. No recuerdo su nombre pero el que atravesaba San Luis, la finca de Carlos Schloss en los Llanos Orientales de Colombia, guardaba tembladores: un pez eléctrico; güios: la boa americana; y rayas, cuyo latigazo en el empeine podía hacer llorar de dolor a un vaquero curtido. Lo sé: lo vi una vez. Y el libro que leía Gustavo no era cualquier libro, al menos no a esa edad. Era, lo recuerdo muy bien, uno sobre la Revolución Francesa. Debíamos de tener unos doce o trece años y estudiábamos todos en el Liceo Francés de Bogotá. Y todos los demás eran amigos desde el jardín de infancia y yo, llegado no hacía mucho de España, era un novato en el sol del trópico, que abrasa sin avisar, emboscado en la calima. No sé si fue en esas vacaciones o en otras cuando me quemé la espalda de tal modo que el médico, en una capital fría encaramada en Los Andes a casi tres mil metros de altura, se creía apenas que eso lo pudiese haber hecho el sol. Guardo de San Luis el recuerdo deslumbrado por una América salvaje que hoy me parece casi un invento imposible de la memoria, del mismo modo que me parece imposible que Gustavo haya muerto en julio, a consecuencia de una infección pulmonar contraída mientras remontaba el Amazonas hacia Brasil, en un viaje largo tiempo deseado.

   Gustavo, que tenía la curiosidad elegida por los antiguos como la definición misma de la juventud; pero no la de la piel sino la del espíritu.

     O tal vez no fue ahí. Tal vez fue la vez en que la balsa-llanta de tractor en que atravesábamos un río crecido por el invierno volcó, la corriente arrastró con violencia la rueda y a todos nosotros agarrados a ella como la cola de una cometa, y el sacudón cuando se tensó la otra cuerda por el árbol a la que estaba amarrado ese pontón rudimentario no nos arrojó al agua para ahogarnos porque hay un Dios y estaba ahí. Así comienza Trampas para estrellas, una novela sólo en apariencia fantástica: con esa historia real.

   Luego los recuerdos dejan de ser de acción y se remansan en una de las aulas del colegio, en la 87 desde la 7ª, la calle más bella del mundo antes de que ahí llegara también la Internacional del Ladrillo, que está escrito llegará a todas partes. Eran unos años hoy tan inverosímiles, lentos y pacíficos que teníamos tiempo hasta para hacer mapas, y los de Gustavo eran sin duda los mejores: exactos, balanceados, no pistas para urbanizadores de montañas o rastreadores de ríos sino para colgar en la pared como paisajes. Eso debiera haber servido de aviso, pero no: con la pesada circunstancia de que era el nieto del poeta Jorge Zalamea, el autor de El sueño de las escalinatas pero también el traductor de Pájaros, de Saint-John Perse, e hijo y sobrino de escritores, en el país de los abolengos y dinastías gobernantes, dábamos por hecho que Gustavo sería escritor o no sería.

     Deberíamos habernos fijado en su letra. De escritor, sin duda, pero también de artista: de los que perduran. Estoy convencido de que un calígrafo neurótico y puntilloso sería capaz de detectar su influencia en la escritura a mano de casi toda la clase. En la mía, sin duda, y se lo agradezco. Según confesiones posteriores, le debo alguna que otra conquista de la época en que los hombres y las mujeres se escribían cartas. Cuando las muchachas me conocían se fugaban, asustadas por mi voz de ogro, pero al principio -estrategias de ogro- las seducía con mi letra.

     Luego Gustavo se volvió pintor y en una sola noche dejó a la ciudad con la boca abierta con sus primeros cuadros de ballenas varadas en el Centro, casi otra ciudad pero el barrio desangelado que él prefería, aunque sólo fuese para llevar la contraria. Nadie las había visto nunca pero los que tenían ojos para ver, y no sólo para confirmar, se dieron cuenta de que estaban ahí, o deberían haber estado desde siempre. Entonces todo el mundo recordó que era hijo de Marta Traba, la crítica de arte de ese momento en Colombia, pero yo no estoy tan seguro de esa causa. Y aquí no tiene que ver el hecho de que Marta me atribuyese la responsabilidad de ser el culpable de que su hijo se corriese la primera gran juerga de su vida. Esa que deja con un atónito guayabo, una descomunal resaca durante una semana y se recuerda toda la vida. Y sólo porque fue en mi casa, aprovechando una ausencia de mis padres, y luego acompañé a Gustavo a su casa, con otro amigo. Una trastada de chicos que por otra parte jamás repetí. Parece una mala película gringa pero de esas minucias está también llena la vida de los grandes. Bien: desde esa noche infausta fui para Marta la "mala influencia", una de esas que a las madres les encanta buscar para atribuirles hasta los suspensos de sus hijos en matemáticas.

     Yo por el contrario creo que la pintura de Gustavo proviene sobre todo de sus lecturas, y no sólo porque respire literatura por los cuatro puntos. Y digo "literatura" en el buen sentido de la palabra, no el de que "cuenta historias", que es lo que habitualmente se entiende por "pintura literaria" y los pintores con razón rechazan. Lo digo en el sentido de que muchos de los cuadros de Zalamea son sobre todo dramáticos y los valores que entran en juego son literarios -la ballena blanca, en este caso negra-, o si se prefiere, simbólicos. Prometo no meterme en la jeringonza habitual de la crítica de arte, el castigo que le envió Dios a los artistas para rebajarles la soberbia y alejarles a los admiradores, pero no deja de ser sintomático que muchos de los cuadros de Gustavo incorporasen a un sujeto visto de espaldas, con la característica mala postura de Gustavo desde niño, pintando sus cuadros como si los escribiera. Y así lo hacía, me parece, y no es casual que en muchos escribiese misteriosos mensajes con su escritura clara de maestro artista.

     Creo además que esa pintura de escritor se forjó sobre todo, no en su casa de poetas y pintores de visita, sino en el colegio. Por extraño que hoy resulte, era un colegio en gran medida literario, con maestros -Vasseur, la Boyé, Dubouillh, Restrepo- que nos marcaron para siempre con la lectura de autores que no perdonan, de Molière, Hugo y Defoe a Balzac, Stendhal y Camus, de Ionesco y Beckett a Saint-Exupéry, el otro, no sólo el del Pequeño Príncipe. Tengo una prueba, pequeña pero de autoridad. No sé si fue Vasseur o Lebot quien años después me dijo un día: "Tenía un buen termómetro: si Zalamea me prestaba atención, es que estaba diciendo algo. Si no, es que decía tonterías".

   Y tengo otra. En las conversaciones que mantuve con Gustavo a lo largo de los últimos cuarenta años en mis ocasionales viajes a Colombia -él era uno de los amigos cuya conversación me hacía cruzar el mar-, la charla era rara vez sobre sus cuadros y sí en cambio sobre mis libros, que conocía bien, incluso los herméticos por exceso de ensimismada ambición -Fin del viento lo leyó en manuscrito- a los que siempre encontraba algo interesante. Una habilidad que por lo general no señala tanto un buen libro sino que descubre a un buen lector. Y por sorprendente que pueda parecer, no hablaba tanto de arte, al menos conmigo -y además creo que tenía ideas para mí discutibles, como por ejemplo su retórica estima de Botero, mito de bulevar en cuya construcción su madre fue decisiva, aunque es verdad que al comienzo sí era interesante-, sino que hablaba de letras, imaginación e ideas -esto es, de literatura- con la suave autoridad de un maestro. Yo en todo caso le escuchaba con atención y a menudo me sorprendía su perspicacia. Y le escuchaba hablar, le interrogaba, sobre la situación en Colombia -un país fácil desde lejos y sumamente complejo y misterioso desde cerca-, y sus ideas no eran izquierdismo, como se suele creer, sino pura cultura política e histórica, sentido común, lucidez y compasión.

   Sin duda ayudaba el que las conversaciones fuesen siempre en su casa -siempre: eludía sin alharaca pero con tenacidad los barrios residenciales del Norte-, casi en el Centro, en la falda de la montaña, por los lados del Bosque Izquierdo. La casa de un artista, sin la menor duda: Había fundido dos o tres pequeñas casas. Gran jardín para dejar entrar la luz trágica de Bogotá a través de ventanales de dos plantas o más, y sin cortinas. Claro está, un frío del carajo por las noches, ruanas y algunas chimeneas, como en una finca de la Sabana. Toda la planta baja era diáfana, en varios niveles, con sus mejores cuadros a modo de mamparas. Y luego el resto de la casa estaba distribuido en apartamentos a razón de uno por cada miembro de la familia: quien quería salir a llevar vida comunal, lo hacía. Y quien no, pues no. Casi una fórmula patentable para mantener familias unidas. Al menos familias de artistas. Y por ahí circulaban varios perros y al menos un gato, todos recogidos en la calle y alguno peligroso tras una vida cruel, que él mantenía manso con su sola presencia.

     He querido mostrar uno de los cuadros que colgaban en el bufete de mi hermano Luis Xavier, que era uno de los dos grandes coleccionistas de Zalamea y se especializaba, muerto de risa pero también conmovido, en los cuadros más grandes y difíciles de colgar por su tamaño o por la delicadeza de los materiales. El cuadro amarillo vertical que Zalamea reproduce en el otro de colores naranja, rojo y gris cielo de Bogotá justo antes de la tormenta colgaba en la casa de mi hermano y está pintado sobre un papel casi transparente. Y lo he hecho no sólo porque ese cuadro de montañas verdes me hipnotiza, incluso con un océano de por medio, sino porque a ambos los unía una amistad peculiar y única: mi hermano fue testigo de la boda de Gustavo con Elba, cuando ambos se casaron, todos ellos refugiados en la embajada de Colombia en Santiago de Chile, en los días siguientes al golpe de estado contra Salvador Allende. También estaba presente Ramiro Mariño, a quien escribí para darle el pésame cuando supe de la muerte de Gustavo.

   Los otros cuadros que aquí muestro son todos los que me regaló a lo largo de los años, o le compré, por cierto que a precios decentes no sólo por ser yo: tenía una visión honrada del oficio de artista, alejado de los especuladores que tanto sabotean la comunicación entre los pintores y el público, a menudo cómplice porque, no sin ingenuidad, cree estar comprando oro. Y, aunque sin duda muy conocido -fue durante años profesor en Bellas Artes- y el presidente envió un avión militar a buscar su cuerpo en el Amazonas, tal vez la razón de que Zalamea no goce todavía en Colombia de la reputación de gran artista que se merece es que lo era.

La invención de Agosto

Por: Pedro Sorela Miércoles 10 Agosto 2011. En Blog

p.S
Nubes del medio del mundo.

Durante muchos, muchos años creí que el tiempo inmóvil era un patrimonio de los países del medio del mundo, donde, como es sabido, para saber que el tiempo pasa hay que subir o bajar por las montañas. Sólo así se cambia de clima, y el cambio de clima es, como descubrí cuando fui a aquellos países muy joven, lo que demuestra que el tiempo pasa.

Sí, hay otros indicios, como el paso de las nubes -y el paso de las nubes en aquellos países puede ser alto, dramático y magnífico, al galope-, el paso de las nubes y las fiestas de cumpleaños. Pero en lo esencial, el tiempo no pasa. O pasa -no sé si me explico- menos.

Y así lo fui descubriendo en Bogotá, la ciudad de mi madre, donde pronto pude ver que las bodas, bautizos y entierros se sucedían, yo creía que para ir marcando el paso del tiempo, ya que el clima no cambiaba, pero en realidad para todo lo contrario: los hombres pasaban -nacían, se divorciaban y morían-, entre otras cosas como una forma de disimular una realidad desconcertante: el tiempo seguía igual. El mismo tiempo encapsulado en ciudades inmóviles, el mismo otoño perfecto en uno de los valles más bellos de la tierra, la Sabana de Bogotá, un valle grandísimo situado a 2.600 metros sobre el nivel del mar y un observatorio ideal para el paso de las nubes. El crecimiento demográfico y la conocida alianza de los políticos con las bandas del ladrillo ya se han encargado de condenar a muerte ese valle, permitiendo su urbanización a cualquier precio, y está claro que terminará siendo como el de Ciudad de México o El Cairo, ciudades sin más límites que el mar. Lo estoy viendo.

Aún así, el tiempo no pasa en Bogotá, según he comprobado en últimas visitas, después de años sin ir, y un visitante recién llegado, todavía no familiarizado con el paisaje conservador, puede comprobar el fenómeno leyendo El Tiempo, por ejemplo. El periódico más rico, cuyos titulares, tanto de política como de bodas, entierros y fiestas de noviazgo en clubes de golf, idílicos y encapsulados a su vez en píldoras de tiempo, repiten nombres y temas durante generaciones: son los mismos. Cómo será que incluso el presidente del país pertenece a la familia propietaria del periódico: Un presidente miembro de los Santos dueños de El Tiempo. ¿No es sugerente? No creo que se trate de plantillas ya escritas, que redactores perezosos van rellenando con los sucesivos nombres, sin siquiera cambiar los apellidos, mientras se mantienen impávidos y se diría que inmunes a uno de los cambios sociales más violentos y crueles que se pueden producir -me niego a llamarlo guerra ni revolución, es otra cosa-, y que a este país le han dado la vuelta casi por completo en dos o tres generaciones. Pero lo parece.

- Mamá, ¡las tiras cómicas de los periódicos no cambian nunca!, le dije a mi madre al comprobar, alarmado, que se repetían de un año para otro.

- No, y ya eran las mismas cuando yo era niña, me respondió mi madre.

Pero el tiempo va colocando las cosas en su sitio, todas las cosas, y he terminado por comprender que tampoco son los cambios de estación y de clima los que marcan su paso.

Y la prueba es agosto, que por lo general procuro evitar, yéndome lejos no tanto del calor como de lo agostioso, algo muy concreto que se produce este mes y que, al fin lo se, es lo que inventaron los dioses para demostrarnos, en estas tierras de verano, otoño, invierno, etcétera, que pese a esos disfraces de carnaval el tiempo tampoco pasa por aquí: qué os creíais. Y la prueba está en el cielo azul en donde no sucede nada.

En Agosto, redescubro con la fascinación hipnotizada que producen las culebras, por ejemplo, las ciudades parecen vacías, como es fama, pero se trata sólo de apariencia: en realidad los que se quedan se agrupan con los uniformes de reglamento para la temporada en las terrazas y los lugares de moda (léase "rebaño"), y sobre todo se agrupan, como las ovejas, rebajando sus exigencias intelectuales: la televisión de siempre, aunque simplificada en programas de nivel mental aún más límite, por difícil que parezca, a cargo de gente tatuada, con cadenas y bronceada para mostrar pureza de sangre, y periódicos todavía más simplificados por dos o tres pánicos globales, que de ser posible no entienda casi nadie: eso da mucho juego en las charlas de sobremesa. Montañas rusas en las Bolsas, por ejemplo. O algo que parece el título de una novela perversa: "Prima de riesgo". O asaltos de turbas enloquecidas de alcohol, crack y venganza en lugares civilizados e idílicos como Londres. (Que de idílico nada: hace ya tiempo que Londres ha sido tomado por una alianza de porno amarillo y prestamistas descendientes directos de los de Dickens, y que los bancos de las calles tienen un hierro en la mitad para que a los vagabundos o los amantes impacientes ni se les ocurra acostarse).

Y tampoco hay salvación fuera de las ciudades: Las muchedumbres se agolpan en toda la costa -cincuenta millones de turistas y unos cuantos millones de nacionales-, en un fenómeno ya muy descrito (yo hasta escribí un libro), pero cuyo misterio se mantiene e incluso aumenta: ¿Qué es lo que hace que millones de personas oliendo a aceite bronceador y sentándose en playas donde no se pueden estirar piensen que eso son vacaciones y pongan cara de sufrimiento cuando -un año más y hasta el final de los tiempos- los reporteros de televisión les pregunten qué sienten al volver? ¿Qué es lo que hace que esa gente crea que esas son vacaciones, lo más cercano a la felicidad en el mundo de las catorce pagas y no hace falta entrar en detalles tipo pizzas tóxicas, hoolligans dando alaridos y una cosa que llaman música hasta debajo del agua? ¿Mmm?

Es Agosto.

El tiempo que inventaron los dioses para bajar nuestras defensas.

Para hacernos creer que el tiempo no pasa sino que se diluye en un cielo de azul infinito donde no ocurre nada. O que pasa más despacio, no pesa. Un tiempo que no envejece. 

Cuando es evidente que sí pasa, basta mirarse a los ojos en el espejo -a solas, en silencio, a la sombra y lejos del azul engañoso del cielo-, y eso que vemos, si lo supiésemos todo el tiempo, crearía agitación y tumultos. El tiempo pasa y se dirige hacia no se sabe dónde. Aquí y allí.

Claro que pasa.