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Artículos etiquetados con: poesía

La policía y la mirada poética

Martes 12 Diciembre 2017. En Blog, Sastrería

p.S

Sastrería / La mirada poética

Con el tiempo he ido llegando a la conclusión de que lo más importante para el artista es preservar la mirada poética. Si la tiene, que no todos la tienen, ni siquiera la mayoría. Como la habilidad para los idiomas o las matemáticas, la mirada poética es un don. Se suele encontrar en los lugares más insospechados, y menos en las poesías y otros lugares previstos, y la asedian -siempre- enemigos muy poderosos. No es difícil que se pierda.

    Me lo ha recordado y confirmado una vez más un hecho social y en apariencia inocente: a sus ochenta y pico, mi viejo profesor del colegio Marceau Vasseur ha publicado un disco con diez canciones compuestas y cantadas por él, sin mayor ambición que difundirlo entre sus amigos. Y con su voz temblorosa y todo, sus diez canciones me recuerdan muchas cosas, y entre ellas los años de oro de la canción francesa, con Brassens y demás; los poemas con humor surrealista que estudiábamos con él; el sentido del profesionalismo, del matiz y del gag que nos inculcó para siempre a los del grupo de teatro; y sobre todo la inocencia y pureza del artista real, que es lo que te deja más admirado: ¿Cómo ha hecho para conservarlo?

    Estoy seguro de que a estas alturas, si me escucharan, muchos socios y accionistas de las "industrias culturales" arrugarían la nariz y dirían. "¿Mirada poética? De qué está hablando." Porque consideran que hace tiempo que la literatura dejó de andarse por las ramas, que la poesía fue confinada a círculos, si bien numerosos, cada vez más secretos, y que de lo que se trata ahora es de hablar de los grandes grupos sociales agraviados por la injusticia y conectar con las muchedumbres. La mirada poética, dicen, se ha refugiado en Netflix, que ha comprado los derechos. No crean que exagero. No es raro encontrar entre escritores el comentario codicioso de que la literatura se ha refugiado hoy en los guiones de las series, que es adonde acuden hoy las masas. No pasará mucho tiempo, profetizan, antes de que el jurado del Nobel, ansioso por mantener su prestigio entre el público de la televisión, le dé el premio a un guionista de series. Si ya lo hicieron con un cantante, ¿por qué no un guionista (o a un grupo de ellos)? Al tiempo. Ese es el futuro.

     Quizá. Pero, aunque hay series sin duda excelentes, es que eso no tiene mucho que ver con la mirada poética y, si se quiere, ni siquiera con la literatura ni el arte. Como decía Borges -sí, yo también siento tener que citarle una vez más, pero es que...-, como decía Borges, quien pregunta cuánto gana un escritor es que no le interesa la literatura.

     Lamento también ponerme lírico y estupendo pero no me queda más remedio que decir que la mirada poética es la que tienen los niños. Muchos niños, supongo que no todos. Aquella que, como había comprendido hace unos días una policía nacional, conseguía tener tranquila a su pequeña ciudadana de un año y pico que se estaba haciendo su primer documento de identidad con un sencillo procedimiento: en un post-it de oficina trazaba un pequeño círculo con un palo debajo y decía "árbol". Y luego otro, y otro, hasta crear un bosque. Para entonces la niña la imitaba y, ayudada por su madre, creaba a su vez otro bosque mientras se quedaba quieta, o algo parecido, y en el momento menos pensado ya tenía su DNI.

     Intente capturar a un ciudadano adulto en una comisaría, y hacer que se esté quieto, dibujando redondeles y palitos y diciendo "árbol". Por lo general es muy difícil. Y eso es porque han perdido su mirada poética.

     Y cómo no. La mirada poética es algo que tienen los niños y que los adultos vamos sometiendo a canciones del verano, oficinas siniestras, programas de Gran Hermano, ciudades rectangulares, exámenes de a) b) y c), vaqueros y todo tipo de uniformes rebeldes, premios literarios corrompidos, matemáticas de solo números, anuncios de champán, estadios vestidos con una sola camiseta, hipotecas, costas destruidas, blackfridays, pantallitas, muchas pantallitas, redes, contaminación... la lista no tiene fin.

    Y sin que nadie nos diga que es algo muy delicado que hay que preservar y alimentar sin pausa con dibujos, canciones, poemas y viajes y conservando la virginidad de la mirada, aunque ya haya mirado mucho, y sacándole punta a los ojos todos los días. No sé si me explico. Ese, siendo lo más importante, es quizá el secreto mejor guardado. Quizá precisamente porque es lo más importante. 

Heaney: "Que no te oigan mucho"

Jueves 03 Marzo 2016. En Blog, Entrevistas

p.S
Seamus Heaney

Entrevisté a Seamus Heaney cuando su poesía era ya conocida pero todavía un murmullo, como quizá deba ser la poesía para ser escuchada, y además en un hotel de Madrid sencillo, no lejos pero claramente distinto, como separado por una frontera, de los tres o cuatro grandes a los que llegan las estrellas del rock, la edición y la banca. Y él se correspondía. Quiero decir que era -murió hace poco- un hombre no grande ni bajo pero masivo, de hombros fuertes, con la piel rosa de los que andan por el viento y el pelo alborotado de los marineros. Y amable y tranquilo, más bien tímido aunque luego afilaba los ojos en una línea y no se echaba atrás en ninguna respuesta. 

     He recordado a menudo la entrevista con Heaney porque aprendí mucho. A veces me ocurría -hablar con ciertos grandes escritores o pensadores a solas y desde cerca fue el mejor privilegio de mis años de periodista-, pero la entrevista con Heaney fue distinta. No sólo porque se tratara de un poeta -que un periódico grande le dedique un par de páginas a un poeta que todavía no es mediático raya en el acontecimiento-, sino porque la entrevista derivó hacia donde no estaba previsto. Quiero decir que, aunque bastante clásica, hablando de la naturaleza de la poesía, de influencias y de literatura irlandesa, en un determinado momento descubrí que Heaney era también profesor, y ese también se convirtió en el centro de la entrevista.

      Pues quizá el no informado pase por delante sin enterarse, pero lo que dice a su manera modesta es por completo revolucionario. Eso de no darle "armas de destrucción" a los estudiantes y proporcionarles en cambio algo para amar y construir es, en las universidades de hoy, incluida Harvard, una disidencia que sólo se le toleraba, está claro, porque se trataba de un poeta, un extranjero, y además un poeta al que fatalmente le terminaron por dar el premio Nobel. (Me pregunto si sobrevivió, pues a menudo, como se sabe, y en particular para los poetas, el Nobel y los premios en general son una oración fúnebre). 

     La conversación sobre la literatura y su enseñanza fue mucho más larga, y esa es la que recuerdo (yo también doy clase), aunque luego tuve que podarla mucho pues se trataba de un suplemento de literatura, no de universidad. Así de limitados son los "géneros" y las "secciones" periodísticas. No lo recuerdo pero imagino que por una vez las leyes del suplemento me impidieron escribir la entrevista en estilo indirecto -me impidieron relatarla, lo que sería el modo natural de contar el encuentro con un escritor-, en la extendida y vieja superstición de que las palabras textuales reflejan mejor la realidad y respetan más a quien las dijo. Algo fácil de rebatir, pero largo. Baste mencionar que si eso fuese cierto, los novelistas, empezando por los realistas, escribirían teatro.

       Este fue nuestro encuentro:

La poesía de frontera de Seamus Heaney

No tiene aspecto de poeta, si es que los poetas tienen aspecto. O sí: Seamus Heaney declama sus poemas confidenciales con una hermosa voz de bebedor de café, y entonces parece que sus manos modestas se hunden en el suelo para sacar significados que no se olviden, y parece que costaría derribarle. Tiene las canas peinadas con gran dificultad, por decir que las tiene peinadas, la tez sonrosada del norte y el aspecto macizo de los grandes conversadores que dejan pasar el tiempo en la taberna mientras la lluvia se aburre. Es difícil cazarle en algún ademán de soberbia, o de artista, o  de trivial coquetería ante el espejo de las preguntas.

P. Inglés, irlandés, holandés, sueco, alemán, español, francés, polaco... es usted ya un poeta en muchas lenguas.

R. La traducción es impredecible, pues no hay ningún sistema. Alguien elige un texto y lo traduce. Siempre la he mirado como un premio.

P. ¿No cree usted que los poetas han terminado por formar una sociedad paralela?

R. Es cierto que existen nombres-llave: Enzesberger, Paz, Brodsky, Les Murray en Australia... Sí, es cierto, se han constituido en nombres atractivos para los medios...

P. Usted está en el grupo.

R. Sí, pero eso no significa nada: el prestigio reposa siempre sobre la estima de individuos. Es cierto que la poesía traducida ha abierto sendas. Puede haber sido en pequeñas audiencias: piénsese en Eliot, que era un eurocéntrico. Entonces había una cultura alta, intercambio de alto nivel. Creo que los poetas toman valor los unos de los otros, en el sentido genuino. Lo que decía Mandelstam, que su obra estaba inspirada en la "nostalgia de la palabra cultura". Pero si tomamos a Murray, de Australia (un gran poeta), él propone una metáfora muy amplia: Dice que no cree en Atenas, una ciudad estado central, sino en Beocia, la sociedad rural marginada de la que vino Hesíodo.

P. En cierto modo, lo que trata usted en su último libro, The government al the tongue (El gobierno de la lengua).

R. El título es una frase monástica, y tiene que ver con el control de tus impulsos para hablar. En una segunda lectura, significa que la lengua puede gobernar. Lo usé como una interrogación sobre el significado de la poesía en la vida del escritor y en la sociedad. La pregunta es cuál es la relación entre moral y estética.  Si el impulso artístico debería autorizarse a sí mismo para ser gobernado por impulsos cívicos. Lo ideal sería que las sociedades marginadas hablaran hacia el centro. Que la cultura universal no fuera monolingüe sino que las voces de África y de las zonas relegadas se hablaran mutuamente.

Algo acústico

P. Ya sabemos que en el mundo anglosajón están destacando los autores periféricos, pero no parece que nuestras sociedades estén verdaderamente interesadas en las sociedades remotas. Especialmente el Reino Unido.

R. Creo que la poesía es siempre un tipo de arte doméstico. Primero es algo acústico, algo cultural. Y es un equilibrio muy delicado el mantener la fidelidad a esa intimidad primigenia y al tiempo comunicar. Tan pronto el escritor comienza a usar un megáfono, especialmente en poesía, aflora la tensión. Es mejor no ser escuchado mucho. Los británicos han logrado hablar tan bajo que apenas se les oye. Philip Larkin fue el campeón de esa actitud de: "soy un aficionado; escribo sólo algunos poemas durante el fin de semana; ciertamente no voy a leer a alguien cuyo nombre apenas puedo pronunciar, como Borges" [Heaney retuerce Borges]. Creo que la influencia de Larkin fue nociva, no como poeta –que es música de cámara–, sino para las posibilidades de representación de la poesía y la cultura. Él potenció el aspecto filisteo de la cultura británica. Ted Hugues, en cambio, está más abierto a recoger señales y retransmitirlas. Es algo bastante especializado.

P. ¿Es usted un especialista?

R. Me gano la vida como profesor desde siempre, salvedad hecha de cuatro años. Fui el primero de una familia de granjeros en obtener una beca. Nunca pensé que sería un escritor, siempre tendría la enseñanza. A partir de 1972, sobre la base de algún éxito, decidí probarme e intentar la independencia. Me trasladé  a un pequeño cottage en la República de Irlanda; tenía treinta y pocos años y era la primera vez que me salía de la cadena de producción. Tuve un programa de radio, hice lecturas de poesía, también en Estados Unidos... Luego volví a la enseñanza, pues me di cuenta de que con un empleo tendría más calma. En 1981 la universidad de Harvard me ofreció enseñar un semestre durante tres años: de enero a mayo. El acuerdo es ahora permanente. El tiempo restante procuro escribir.

P. ¿Qué enseña usted?

R. Dos tipos de cursos. Un curso de literatura tradicional, y soy tan chapado a la antigua -considerado desde la modernidad académica, la nueva crítica, el estructuralismo y todo eso- que hablo de la vida de los poetas y de sus obras. Creo que no se debe asustar a los alumnos. Una vez la mente tiene algunas posesiones, algunos afectos, entonces caben otros experimentos. Pero en la medida en que los estudiantes carecen de memoria histórica y no tienen posesiones, darles lo que es en esencia un arsenal destructivo, eso significa el fin de la cultura, la tradición. De modo que intento darles algo por lo que sientan afecto, algo que entre en su memoria y tenga algún valor para ellos. Y les enseño poesía moderna británica e irlandesa porque creo que, en Harvard, soy el que las conoce con mayor intimidad. Empiezo en los años treinta. Es asombroso hasta qué punto los estudiantes carecen de bases históricas: no suelen conocer por ejemplo la Guerra Civil española, un hecho capital incluso para la intelectualidad británica.

   El otro curso es un taller de creación, Tengo un grupo de doce estudiantes, dos horas por semana. Los puedo elegir entre unos sesenta candidatos. Para elegirlos leo unas cinco poesías de cada uno. A no ser que sienta respeto por su trabajo, realmente no puedo hacerlo. Sólo un par de veces sentí que me había equivocado.

P. ¿Cómo se protege usted de los muchos vicios que acechan al escritor-profesor, una especie que abunda?

R. Bueno, no sé si me he protegido: Siempre he procurado enseñar en mi propio lenguaje. Me dieron permiso para ello por el hecho de ser poeta... y por venir de Irlanda: te permiten no competir. Pero también tengo algo de pedagogo en la forma que concibo la escritura: creo en dar acceso a la gente. La aventura de la educación es preciosa: hay un maestro de escuela en mí, como escritor. Te dices: no enseñaré nada que de alguna manera sea ofensivo para la otra mitad de mi familia, que son los fundadores" .

P. Cuando escribe, ¿piensa en cómo le van a leer los otros escritores, profesores, críticos?

R. No lo creo. Es algo muy interesante. A esta altura de mi vida, el reto más interesante es eludir a tus propios censores, que por lo general son poetas muy jóvenes -están ahí para admirar y también para competir–, y atender al mejor auditorio, que suelen ser dos tres amigos. Pero eso también tiene sus riesgos. De modo que debes vivir en una suerte de soledad y libertad, y probablemente cometerás errores.

P. ¿Era usted tan valiente antes? Ahora puede hacer lo que le dé la gana.

R. El valor no sirve ante la página en blanco. El poeta sobrevive -si sobrevive- en medio del pánico. Durante un tiempo le puede satisfacer lo  que ha hecho, pero luego el entusiasmo se marchita. Cuando le dieron el Nobel a Isaac Bashevis Singer le preguntaron si estaba sorprendido. Contestó: "Claro que estaba sorprendido. Pero ¿cuánto tiempo puede usted permanecer sorprendido?" (Risas) Creo que los escritores son así: se sorprenden un rato, pero ¿cuánto tiempo? Luego tienen que comenzar de nuevo... Estoy de acuerdo con usted: me ha sorprendido el grado de atención que se me ha dado, pero tengo mis dudas. El complejo de impostor es habitual entre los escritores. Si son honestos. Y aquellos que uno respeta más son aquellos que eluden la atención excesiva. Los amigos son muy importantes para mantener un sentido de las proporciones, y, como digo, la primera acústica es muy importante.

P. Como escritor irlandés tiene usted una muy pesada tradición: Wilde, Yeats, O'Casey (Cassidy), Joyce, Shaw, Beckett... ¿como convive con ella?

R. La literatura inglesa pesa en mí tanto como la irlandesa. ¿Cómo convivir con Shakespeare? Sé que hay una diferencia. Pero en mi primera vida no pensé en mí como escritor. Thomas Hardy y D.H Lawrence eran más importantes para mí que Yeats. En la creación de mi oído, Gerald Manley Hopkins fue más importante, o el idioma anglosajón, que estudiaba, influyó más que el idioma irlandés. En cambio, la actitud del escritor Yeats fue importante. Joyce es completamente diferente: En cierto modo no hay nada que aprender de Joyce, salvo su entrega total a la escritura pura. En cuanto a Wilde, cien años después de muerto su peso crece, con todo el movimiento de liberación homosexual y la colonización de las minorias. Se está volviendo un escritor importante políticamente, pese a su  apoliticismo, por la forma en que se rebeló contra la opresión.

El viaje

 P. ¿Por qué se marchó usted de Irlanda del Norte a la República de Irlanda?

R. Porque había llegado la hora de probarme. No me fui porque Irlanda del Norte fuese un lugar terrible, o no soportara la violencia, o huyera de enemigos... nada de eso. Tenía 33 años y había publicado dos libros, con cierto éxito. Quería saber lo que era ser un poeta y era el momento de hacer un movimiento independiente. Me animaron dos amigos: uno que es pescador y siempre se ha negado a tener un empleo fijo, y Ted Hugues, quien me advirtió que si no dejaba la universidad, perdería mi idioma. También quería dejar el grupo de escritores jóvenes en el que me sentía arropado. Era en 1972. Fuimos a vivir con mi mujer a una casa de campo, y nos gustó. Crucé la frontera. Amigos míos protestantes pensaron honestamente que los había traicionado, porque yo había sido un liberal de los años sesenta, pero terminé sintiéndome algo así como el rostro sonriente de la comunidad católica y no quise convertirme en una fotografía amable. Nunca me arrepentí.

P. Qué tipo de escritor quiso ser usted? La ambición de Flaubert no es la misma que la de un escritor de éxitos.

R. Soy una mezcla de aficionado y profesional, con una ideología de aficionado. Sé que estoy aprendiendo siempre. Aprendiendo a terminar. Y a empezar.

(Babelia, 19 de diciembre de 1992. Copiada aquí porque todavía no está digitalizada.)

Héroes ausentes y otros efectos inesperados de la lectura

Jueves 10 Noviembre 2011. Blog, Sastrería

Héroes ausentes y otros efectos inesperados de la lectura

p.S

La lectora (2005)

Sastrería

Lectura 1. 

Dos bandos se enfrentan en este mundo resumido: los que dicen que no leemos y los que dicen que más que nunca. Los primeros evocamos los veranos que duraban años de nuestra infancia, con tiempo para la playa y Dostoievski, toda la obra de Julio Verne y El Conde de Montecristo, una especie de En busca del tiempo perdido para chicos.

     Los otros enarbolan las cifras de venta de ciudades atormentadas por el viento y muchachas tatuadas e incendiarias que Baroja y Unamuno, en un tiempo analfabeto y dolorido, no podían sospechar, y además exhiben aparatos mágicos que ni siquiera Verne imaginó. Sólo Steve Jobs.

   - Aquí caben cuatro bibliotecas de Alejandría (o quince, o veinte), dicen mostrando un aparato pegado a una pantalla, "y pesa lo que un canapé". Cierto, y viva Jobs, el Verne-diseñador de nuestro tiempo. "Y en el futuro", añaden, "sólo leerán en papel los monárquicos legitimistas y los arqueólogos de Egipto, y las librerías serán tiendas para regalos que abrirán un mes antes de Reyes. Todo el saber de la humanidad y también las predicciones estarán a la distancia de un par de clics, tres máximo, y en este caso para bajarse (gratis) los planes de urbanización de Saturno".

     Bien, todo eso es cierto, y para certificarlo está naciendo ante nuestros ojos una nueva especie de seres humanos con el primer órgano añadido desde la invención de las uñas. Y es una suerte de extensión del brazo, a menudo colgada del oído, que hace que la gente invente un idioma de frases cortas y casi siempre innecesarias del tipo "Ya he llegado, voy para casa", y se sienta sabia e informada porque ha leído cuatro tuits indignados y cinco titulares en una pequeña pantalla.

     Pero hace tiempo que detecté que la lectura es uno de los dos o tres terrenos que deben de quedar en el mundo escurridizos a los números. En efecto, la arriesgada idea de que la verdad está en las cifras y sólo en ellas tiene tan sólo tres o cuatro siglos, y no será necesario recordar a los pensadores y pianistas que situaron el saber en el cajón de al lado de las sumas y los tantos por ciento. De modo que quizá no importe tanto cuánto se venda -un impuesto surgido cuando se descubrió que la Cultura podía dar dinero si se la viste con los premios y los anuncios adecuados- sino qué se lee, se escucha y ve, y sus efectos.

     Por ejemplo, yo descubrí que la no lectura, o la lectura de libros literales, como los telefilmes, sin la menor metáfora ni idea -que los hay, hay incluso muchos-, tenía por efecto que mucha gente ya no sabe lo que es un héroe y, quizá peor, no sabe llorarle. Fue a raíz de la muerte de un periodista en una guerra. En los días siguientes comprobé que habíamos encerrado al muerto en la postal del reportero con chaleco de pescador atrapado en un lejano conflicto de gente salvaje. Lenguaje rudo y onomatopéyico de La Tribu y whisky sin hielo en el "hotel de los periodistas" (¿!) mientras afuera un enemigo de barba oscura y ojos brillando de rencor se carga algún patrimonio de la Humanidad. Y todo ello para salvaguardar el derecho, nuestro derecho a la información, y el de nuestros burgueses a apreciar nuestra superioridad civilivizante.

   Hasta ahí lo previsto. Pero es que además no sabíamos llorarle. No lo sabía su periódico, con el consabido editorial-orquesta municipal rimbombante pero hueco como el confeti de la Nochevieja, y no lo sabían ni su novia, con un artículo lleno de lugares comunes, ni los lectores con sus cartas al director... ni los jóvenes que, cuando les hablé del dolor y el duelo por los héroes, me respondieron que, para dolor, el dolor de muelas, de parto o el de los ligamentos cruzados que alcanza a los futbolistas y hace que se retuerzan -hombretones como son- llorando sobre el césped.

     Eso me preocupó. Soy tan antiguo que estudié La Ilíada en clase, al igual que la canción de Rolando y el Quijote, o sea que los llevo bajo la piel, y tiendo a creer que una civilización que no sabe llorar a los héroes lo es menos. Menos civilización, quiero decir. Lo que confirmé luego en Taiwán y en China, y en traducciones: en la literatura de la civilización más antigua de la tierra, el llanto por los héroes muertos es un género literario que ha dado no pocas de las obras que los chinos todavía leen para sentirse "el país del centro".

   Esa experiencia del héroe ausente me reveló una de las enfermedades que produce la no lectura o la lectura irrelevante, y que parece una tontería pero puede llegar a ser grave, muy grave y hasta letal: la literalidad. Un héroe es una metáfora, y hay que tener cierta imaginación y haber leído y tener los ojos aguzados para verle el aura e intuir su trascendencia. Y no ver a los héroes cuando pasan a nuestro lado o mueren frente a las murallas de la ciudad es una forma de no ver la belleza, algo que los griegos consideraban una enfermedad y Chesterton catalogó para siempre como prueba terminal de que esa enfermedad es la de los mediocres. Eso permite comprenderla mejor. Y es contagiosa, aunque de momento no se sabe cuánto. 

     No he podido dejar de pensar en todo esto cuando, no sin asombro pese a que ya tengo cierto callo en los ojos, he comprobado el trato dispensado al poeta Tomás Segovia tras su muerte. En España, pues en México ha sido un luto nacional. Aquí, con la excepción de dos precisas crónicas de Rodríguez Marcos en El País, se ha rápidamente etiquetado a Tomás Segovia como un "poeta valenciano", siendo así que él relativizó las patrias toda su vida e hizo bromas sobre el azar de su nacimiento -su madre sevillana se encontraba de paso en Valencia cuando dio a luz-, o se le ha ignorado por completo, con osada ignorancia, como es el caso de Televisión Española y sospecho que también las otras televisiones, y esa sospecha es un prejuicio, cierto, pero también un síntoma. Está claro que no leen poesía (ni pensamiento), o quizá tenían dificultades con la identidad, visto que Tomás se sentía en su casa en España y en México, donde permaneció exiliado todo el franquismo tras haber emigrado allí niño, hijo de republicanos. Cuando aludí una vez a la dificultad de todos para ubicarle en uno de los dos sitios, me contestó: "Ese es problema de los demás, no mío". Ahora ya no hay problema, ahora un académico lo ha etiquetado ya como un "poeta de ambas orillas". (¿No hay un lenguaje real-académico? Qué tema para una tesina...).

   Tomás Segovia murió la víspera del día en que TVE no sólo dedicó buena parte de los telediarios a refritar el Debate político del día anterior, previsible de comienzo a fin como si políticos -y periodistas- interpretasen una partitura, sino que le dieron un espacio que parecía un sarcasmo a la muerte de un boxeador que una vez tumbó a Cassius Clay. Además se felicitaron profusamente por no sé qué premios que los periodistas de radio y televisión se habían auto repartido el día anterior, sin saber que justo ese día los telediarios españoles estaban añadiendo un capítulo a la gran crónica de la ignorancia y miopía periodísticas. Pero no creo que nadie dimita, no está previsto. Ni siquiera creo que nadie se vaya a dar por aludido.

   Él se habría reído, estoy seguro, pues sus opiniones sobre los medios eran fatalistas. Siempre he tomado por un mal síntoma para él que un escritor pierda el tiempo comentando lo que hace o deja de hacer la televisión, pero en mi opinión el ninguneo de la muerte de Tomás Segovia es algo que sobrepasa la consabida banalidad posmoderna y entra en algo más. Qué diablos, Tomás Segovia no era sólo un gran pensador y poeta -uno de los tres o cuatro de la punta, si así se midiera la poesía, que no se mide-, sino historia ambulante del siglo XX, español y americano, la oportunidad de pagar un poco de la deuda que este país tiene con la memoria del exilio (él se negaba esa condición, o mejor dicho, a usarla), y una encarnación de ese rarísimo escritor en quien vida y obra se confunden, requisito, según Stendhal, para la obra maestra. Era ante todo un hombre libre, o algo muy parecido, y eso irrita pues escapa del lenguaje en cápsulas y obliga a pensar. O sea que tiene que ver, quién lo diría, con el hecho de no leer poesía, metáforas, leer de pie; o no leer en absoluto, quedarse sentado para escuchar historias ya mascadas por alguien para que no se hagan pesadas en la digestión y contribuyan a apagar cualquier fuego. De esas que llenan los telediarios.

   Puede que todo esto sea de cajón y revele sencillamente que la televisión no tiene nada que hacer con los poetas, o al revés. Puede incluso ocurrir que ese sea un anuncio de que al fin los escritores y artistas van a dejar de estar medio sobornados por la Industria y sus premios, las banderas, el falso entusiasmo sin lectores, y vuelvan a la sombra y la minoría, el extrarradio donde se encontraba el teatro de Shakespeare, su lugar natural desde siempre y en todo caso más verdadero. No sería mala noticia. Pero de todas las señales inquietantes que se producen en España desde ya hace algún tiempo, esta es de las que a mí más me ha alarmado. Pues la enfermedad de la literalidad es uno de los síntomas de una imaginación enferma. Y la imaginación es una de las condiciones de la libertad.

 

  • Pedro Sorela

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