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¿Es ésta la Tierra Prometida?

Por: Pedro Sorela Domingo 22 Abril 2001. En Artículos

Con el carácter improbable de la más cruda vida real, un personaje histórico pero casi olvidado ha regresado a España: el Nuevo Rico. Ya estuvo cuando el Imperio, también en el XIX, con los Indianos que volvían enriquecidos de América, y con los especuladores del franquismo. Ahora, además, el personaje tiene poder.

Si hace treinta, y no digamos cuarenta años, alguien dice que los españoles iban a tener que lidiar con el problema de miles, decenas de miles de personas llamando a sus fronteras como a las de la tierra prometida —igual a como han hecho los españoles en los últimos siglos en América, Suiza, Alemania...—, lo más probable es que se hubiese ordenado un urgente examen psiquiátrico del profeta, y es posible que su encierro preventivo.

Y sin embargo eso y no otra cosa es lo que sucede: como colofón a una prosperidad construida no sin esfuerzo y que se remonta a un brumoso pasado (¿por qué sólo los manidos años sesenta?; ¿por qué no más atrás?), España se ha visto de golpe frente a la más complicada pero indiscutible prueba de riqueza: una multitud de personas que no son ya los habituales cincuenta millones anuales de turistas preparados para disfrutar de su sol y sus playas incluso al precio de ser víctimas del urbanismo turístico más salvaje del mundo, sino unas docenas de miles más dispuestas a cualquier cosa para poder trabajar de camarero, barrendero o repartidor de butano en España, y ello, en ocasiones, en unas condiciones que no aceptaría un español. Y "dispuestas a cualquier cosa" no es un recurso retórico: no pasan muchos días sin que la Guardia Civil rescate una lancha repleta de africanos casi náufragos en el Estrecho de Gibraltar, y no muchos más, sobre todo en invierno, sin que tenga que recoger los cadáveres que el mar va empujando a las playas de Tarifa, paraíso del viento y meca europea del deporte de vela sobre tabla.

  • Pedro Sorela

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