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Las selección o cómo nadar entre las ausencias y el ruido

Domingo 08 Julio 2012. Blog, Sastrería

Las selección o cómo nadar entre las ausencias y el ruido
Hélio Oiticica, Metaesquema, 1957
La selecciontología comienza a ser una de las logías centrales de nuestro tiempo.

Sastrería

Lectura (2)

Dicen que vivimos en el más globalizado y mejor de los mundos pero habría que saber qué entienden por tal: porque quizá signifique que las mismas gafas de sol uniforman a ciudadanos de ciento cincuenta países... pero al tiempo sea difícil, muy difícil encontrar, digamos, Los demonios, de Dostoievski (caso real). Y por Los demonios, o Las metamorfosis, de Ovidio, aludo a esos clásicos que nuestros padres daban por indiscutibles y suponían en las lecturas o al menos las referencias de cualquier persona culta, y que ahora son muy difíciles de encontrar, entre otras cosas porque sólo con generosidad se puede decir que las mejores librerías tienen un verdadero fondo; por lo general, ese fondo está bastante cerca de la superficie de la novedad.

   Si lo prefiere, hablemos de música. Nada tan melancólico como entrar en las tiendas de música clásica (y de otros tipos), donde casi sólo quedan los restos de algo viejas grabaciones, y suerte si no tienen polvo. O de cine: le desafío a encontrar de una forma más o menos ortodoxa los clásicos del cine que no sean los obvios de Hollywood, pues a estos las cadenas los repiten una y otra vez -porque van en los "paquetes" vendidos por las Grandes Distribuidoras (los que de verdad cortan el jamón)- hasta sacarles brillo. O sea que, "globalización al alcance de todo el mundo", según de qué se trate, y cómo.

   Y sin embargo, no es fácil que a ningún contemporáneo medianamente conectado se le ocurra que le falta información, pues la impresión que tiene es que la Información es un monstruo orwelliano que se le mete en la cama, en la pasta de dientes y hasta entre las cerezas del postre, y no le deja vivir. No le falta razón: eso es exactamente lo que pasa. Ya es un lugar común aludir a ciudadanos avasallados y hasta secuestrados por la información, los medios, las redes y el Gran Google, que algunos jóvenes comienzan a asociar con Dios o al menos la Biblia, donde están todas las respuestas. Hasta el punto de que ha pasado a primer término la urgencia de algo que antes era tan sólo una posibilidad: la selección.

     Si se mira de cerca, es posible que eso sea lo que se negocia en estos tiempos. La guerra de los medios digitales contra los escritos en papel es, entre otras cosas, la renegociación del orden de lectura. Que se realiza cada vez menos "en orden". Ya sería muy discutible decir que el lector de prensa lee casi siempre de izquierda a derecha y de arriba abajo, y primero lo segundo que lo tercero: Internet y la multiplicidad están haciendo saltar por los aires esas ideas que parecían tan inmutables o más que el principio de Arquímedes. Lo mismo sucede con los telediarios, que queremos leer a la carta, y hacia ahí vamos, y con todo lo demás. En literatura, todo ello comienza tener consecuencias vastísimas, que por eso mismo no caben aquí. Y para qué hablar del pensamiento.

   Y la pregunta no es sólo ya "selección: ¿con qué criterios?", que eso era lo que negociaba la educación clásica -se formaba a la persona para que supiese elegir con criterio-, sino, antes que eso, "¿con qué técnicas?".

   Pues sí es posible y hasta probable que Los demonios se encuentren en alguna parte, y hasta en más de una edición. Pero lo que ya no es tan evidente es saber que la lectura de ese libro puede ser crucial, y en particular en España: casualmente, el libro de Dostoievski fue uno de los primeros que pensó sobre el terrorismo moderno -los "endemoniados" de los que habla son terroristas-, y ahí se encuentran no pocas reflexiones que podrían estar en el centro del debate español. O sea que el problema no es que el libro exista o no. Es que el interesado sepa encontrarlo. Y más aún, que -entre un ruido tremendo, por lo general estridente e insignificante-, llegue a conocer que existe ese libro y que a lo mejor le interesa. Más aún, que consiga encontrar un orden de prioridades que le ahorre la gigantesca pérdida de tiempo acumulada en el consumo de toda esa supuesta información, puro plástico, no reciclable. Y claro que ocupa lugar en el cerebro: montones y montones de células muertas para hacerle sitio. Llegará el momento -seguro- en que la simple idea de buscar un libro en una biblioteca, y no perteneciente a la lista de éxitos de la temporada, le parecerá un trabajo de especialistas. De arqueólogos.

     La selecciontología comienza a ser una de las logías centrales de nuestro tiempo.

Del ninguneo como género crítico y nueva censura

Por: Pedro Sorela Domingo 05 Octubre 2003. En Artículos, Periodismo

Foto: Job Koelewijn – via KNAW Pressphoto

Supongamos por un momento un país en el que la gente ya no lee y sin embargo se siguen produciendo libros. Y supongamos que es una situación imaginaria pues imaginario es una palabra fetiche con la que de inmediato adquirimos cierto margen, cierta flexibilidad en la exigencia de la carga de la prueba. Esta, como es sabido, suele ser requerida en las actividades académicas pero a veces, a menudo incluso, con toda la buena intención del mundo la dicha carga lastra de tal modo la que podría ser una buena intuición inicial que termina por hundirla: aquella ya no es una intuición, con toda su revolucionaria capacidad de sugerencia -la sugerencia es revolucionaria porque es inmanejable, inabarcable e impredecible-, sino un obstáculo más entre la retórica académica y, ya no la verdad, sino la simple comunicación.

Así que en esta sociedad que ocupa más o menos la tercera o quinta plaza en la producción de libros en el mundo, puesto más, puesto menos en la lista –o sea, un mercado en torno a los 350 millones de personas-, la gente ya no lee. Es una forma de hablar, claro, pues resulta evidente que no pocas personas leen en el metro, y en las cafeterías (el periódico casi siempre), en la playa y es presumible que también en sus casas. Pero es también evidente (véanse concursos de televisión, o juéguese al Trivial, o háganse preguntas directas), es evidente que la gente ya no lee lo que leía antes, o que no lee lo que, antes, se suponía que debía leer, según los cánones descritos, por ejemplo, en El mundo de ayer, de Stephan Zweig. Un estudiante universitario ya no lee las 250 páginas semanales que según los criterios de la UNESCO se suponía que debía leer hace treinta años o, siempre de acuerdo con la hipótesis imaginaria, quiere decir que un profesor universitario puede no leer ni un solo libro más de los necesarios para conseguir un trabajo fijo. En ese mundo sin lectura, demencial (pero hipotético), que roza la propuesta de vanguardia, los estudiantes leen, pero no leen nada nuevo sino que repasan apuntes, y estos apuntes están a veces incluso plastificados, como conocimientos inamovibles, por profesores que los repiten a modo casi de mantras desde hace años.

  • Pedro Sorela

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