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Artículos etiquetados con: exilio

La entrevista como pellizco

Miércoles 04 Febrero 2015. En Blog, Entrevistas

RTVE
Rastros de paises, ocupaciones, libros, acentos...

Diálogos / La frustración

La frustración acompaña al entrevistador igual que al joven encendido que envía (enviaba) ramos de rosas rojas al camerino de la vicetiple. Pues muy a menudo la entrevista se construye a partir de la admiración, o como mínimo la curiosidad, y rara vez estas se satisfacen con un diálogo que hoy, en el mejor de los casos, dura una hora. La situación es todavía peor cuando el entrevistado es un personaje múltiple, que suma un siglo, varios países y una extensa experiencia que no daría para una entrevista sino para un libro o varios días, como pude ver en la televisión italiana con el periodista Indro Montanelli. Ese era el caso de Francisco Ayala, a quien además tuve la mala suerte de entrevistar -en unión de Fietta Jarque- con motivo de uno de los premios institucionales con que España intentaba amortiguar en los años ochenta la mala conciencia del exilio, y antes de que se murieran los (pocos) retornados. Quiero decir que un premio, institucional o no, con sus obligaciones de cita del jurado, pomposas y grandilocuentes -y a menudo falsas- justificaciones, otros finalistas y demás, me parece una pobre pero omnipresente percha para entrevistar a un escritor, que siempre debería serlo por razones menos artificiales y postizas.

     Todos esos escritores exiliados que regresaban me traían hondos recuerdos. De mi padre. Y no por la Guerra Civil -aunque dos tíos míos murieron en el frente, y otros dos participaron igualmente, mi padre pasó ese tiempo viajando, como casi toda su vida-, sino porque, al margen de su condición de exiliados políticos, todos ellos -María Zambrano, Rosa Chacel, Sender en una corta visita que hizo, Alberti, Mercè Rodoreda y el propio Franciso Ayala- exhalaban una especie de aura que creía perdida y que quién sabe si retornará con la nueva generación de españoles viajeros: el aura del español trasterrado y convertido en cosmopolita por la fuerza de las circunstancias, que como digo no siempre eran políticas; a veces, también culturales y económicas. Un tipo de españoles que uno se encontraba por todas partes en la segunda parte del siglo XX, y con los que mi padre siempre terminaba charlando, como si encontrara en ellos algún tipo de afinidad. Y no tanto el paisanaje como una suerte de parentesco entre viajeros. Uno de ellos era Francisco Ayala.

    Y precisamente por ello, alguien muy difícil de entrevistar, como de seguro habría sido María Zambrano, a quien sólo tuve oportunidad de ver a varios pasos de distancia y aún así me deslumbró por la inteligencia de su mirada y de una única respuesta: Cuando en el aeropuerto le pregunté y un poco desde lejos qué sentía al volver a España, nos miró a los periodistas con los ojos más negros y vivos que recuerdo y nos dijo: "¿Volver? Yo nunca me he ido".

    Como cuento en la entrevista, a sus ochenta años -vivió un siglo-, Ayala combinaba rastros de varios países y acentos, además de carreras, ocupaciones y libros muy diversos, y uno no podía por menos que preguntarse cómo ese viejo patricio, que entonces tenía aspecto de senador romano de los buenos (él era letrado en Cortes por oposición) podía haber sido, medio siglo antes, el que Borges describió en su día como "el hombre más buen mozo que había visto en mi vida". Entre otros muchos enigmas.

     La entrevista, pues, como pellizco, aspiración, como breve catálogo de insuficiencias. 

Yo soy mayor que mi padre

A finales del siglo XIX, mi bisabuelo Arquímedes optó por dejar a mi abuela y sus hermanos en Inglaterra, donde estudiaban, tras el asesinato en Colombia, por envenenamiento y en el curso de una de las múltiples guerrras de conservadores contra liberales, de mi tío abuelo Anibal. Este, ya ingeniero, había regresado de Cambridge, en Inglaterra, para ayudar a su padre con las haciendas de café en las que tiene su origen el dinero de mi familia materna. Y esa es la razón de que mi abuela Clementina, con quien me crié, fuese una señora básicamente inglesa -inglesa de aquellas- y que en mi familia haya una rama británica, incluido un tío abuelo médico, el tío Medardo, que me contaba historias del blitz, en Londres, durante la guerra, así como un alcalde de Bodmin, Cornwall.

Un siglo más tarde, en Bogotá, mi hermano, abogado, recibió por correo una única foto de sus tres hijos a la salida del colegio, y así supo que él y su familia se encontraban... seguían en peligro. Pese a que convalecía en la finca de un amigo, en la Sabana de Bogotá, de dos heridas de bala en el pecho, temió por la vida de sus hijos y confirmó que quienes habían atentado contra él, desde una moto y vaciándole encima un revólver en un semáforo, pensaban repetir: la foto era un mensaje mafioso inequívoco. Sacó pues del colegio a sus tres hijos, Luis, Isabel y Lucas, aún niños y, todavía con una bala en un pulmón, que nunca le pudieron extraer, emprendió el camino a un exilio, lejos, que duraría diez años. Su cuarta hija, Beatriz, nació en el extranjero y, al término de los diez años, parte de los hijos ni siquiera regresaron a Colombia, y alguno volvió a salir al poco tiempo de hacerlo. Hoy ninguno vive ya en Colombia. Se repetía así la historia de mi familia colombiana, quizá extrapolable a la de todo el país. Algunos lo llamarían maldición, otros destino. Y ello, pese a que, en mi libro, Bogotá se llame Tres de Marzo, como en otras novelas mías. No pude cambiarle el nombre, pese a las invitaciones de la editorial.

El libro conoció un éxito considerable, que todavía dura, y vista la dureza de la historia de la que parte y a su modo cuenta, no sé muy bien por qué. Lo escribí en un solo impulso en el centro de un verano (por lo general soy mucho, mucho más lento), con una única norma -ser claro- después de haber fracasado en el intento previo de escribir una novela para chicos con otro tema. "Seguro que es una buena novela", me dijo María Jesús Gil, la editora que me había animado a escribir para jóvenes- "pero no es una novela para chicos". Para que esta vez sí lo fuese, hice que la narrase el hijo mayor, de unos doce años entonces. Y aunque respeté sólo la curva de la historia, inventándome los detalles, supe que había acertado cuando mi sobrina Isabel, ya para entonces una muchacha, leyó en una sentada el cuento de su propia historia y salió de la habitación con los ojos encendidos.

Entre las manifestaciones del éxito, novedosas hasta entonces para mí, y al que es probable que ayudase la estupenda portada de Raúl, un escritor amigo, también guionista, me dijo que tenía al productor necesario y me preguntó si estaría dispuesto a permitir una película. Pues conocía mi idea de que la escritura -la escritura literaria-, es un camino paralelo al cine y rara vez coincide con él. Pero al parecer, las posibilidades de seducir al productor en cuestión pasaban por cambiar elementos esenciales de la historia y ambientarla en lugares más conocidos y con una trama más identificable. Y lo esencial no se puede cambiar, ni siquiera a cambio de una película.

Además la historia continuó fuera del libro, y años después siguió siendo igual de dramática. Mucho más. Para tranquilizarme, para consolarme, me digo que a mi hermano, que al fin de cuentas era la víctima, también le gustó en su día el libro. Y encuentro cierto sosiego con los comentarios que me hace algún que otro estudiante, en la universidad de Madrid, donde enseño, cuando reconoce en mi al autor de un libro con el que, en su día, permaneció más de una noche en vela y le dio el deseo de leer más. No hay mayor éxito que ese.

También me confirmó en la idea de que literatura y verdad están o pueden estar unidas, aunque para encontrar esa verdad haya que contar la realidad de otra forma que con un espejo, una cámara de fotos.

Con la publicación del libro en Colombia siento que cumple con su propia vida. 

Para comprar el libro...

El libro está disponible en Colombia en: 

Librerías Nacional y Panamericana, entre otras

 

En España en libro se puede comprar en:  

Amazon.es


Juvenil. Autor: Pedro Sorela SM El Barco de Vapor, 2001. - SM Colombia, 2011. Páginas: 228. Portada: Raúl.

  • Pedro Sorela

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