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Artículos etiquetados con: edición

El placer olvidado de leer al azar

Martes 27 Noviembre 2012. En Literatura, Blog

p.S
Tolstoi y Shalamov

Desde hace algún tiempo practico una ocurrencia que se ha revelado un descubrimiento y en todo caso un disfrute: De cuando en cuando, para leer, elijo un libro al azar. Y no para ojearlo, sino para leerlo. Un libro del que no tengo referencia alguna, que no me ha recomendado nadie, cuyo título ni me suena y cuyo autor desconozco. Tampoco me ha gustado la portada ni me ha entusiasmado el tacto del papel, como puede ocurrir por ejemplo en Japón. (Soy poco bibliófilo, de los libros me interesa sobre todo su contenido, terminé odiando a un catedrático obtuso de Literatura Española que nos examinaba de la fecha de la segunda edición de La Celestina, pero soporto mal un libro de diseño feo, o peor, oportunista u hortera). Y hasta el momento he tenido suerte: entre mis hallazgos figuran John Fante y James Salter (de este sobre todo los cuentos). Algunos lectores se podrían asombrar hoy de que yo no conociera a esos autores, y ahora yo también -aunque no me subo a los autobuses de groupies que ambos escritores tienen cuando se han puesto de moda, algo tan ajeno al espíritu de ambos-, pero así es, llena de sorpresas por otra parte previsibles, la procelosa vida de la ignorancia.

     Bien es verdad que esos hallazgos, Fante y Salter, fueron realizados en alguna de las librerías grandes de Madrid, y así es fácil: no son frecuentes las librerías españolas con algo de verdadero fondo, polvoriento y olvidado. Recuerdo que la primera ocasión en que fui a Blackwell, en Oxford (y tal vez la principal franquicia de las tres o cuatro que han devorado las legendarias librerías británicas), me asombró el dato según el cual se trataba de la librería más grande del Reino Unido. Sólo al entrar -y bajar a las entrañas de la tierra-, comprendí que la casita de arriba era la antigua librería, y que luego se había extendido por debajo de la ciudad como en una novela de ciencia ficción clásica. Y cuando pregunté por Burton, el explorador, y me enviaron a una sección que me pareció de África en general, pedí mayores precisiones y entonces me dijeron con tolerante afabilidad bibliotecaria que todos esos anaqueles tenían que ver con Burton.

   No hace mucho hice lo mismo, pero en una biblioteca de amigos en Bilbao, ocupada en parte por herencias de las que ya sólo se encuentran en las bibliotecas particulares, como por ejemplo los estupendos libros de cuero (con no siempre buenas traducciones) de la Aguilar clásica, y en las que uno va encontrando no pocos autores de la propia biblioteca familiar: Zweig, Greene, Van der Meersch, Maugham, Sagan, Camus, además de los indispensables, claro: Tolstoi, Dostoievski (necesitado ya entonces con urgencia de nuevas traducciones al castellano), Hugo, Balzac, Dickens... Que en estas bibliotecas se suelan encontrar no pocos autores coincidentes puede indicar que nuestras abuelas y nuestros padres tenían gustos parecidos en diferentes extremos de España -lo cual es probable-, o que la edición entonces tenía un ritmo más bien pausado: también. En mi casa en la Barcelona de los cincuenta se encontraban además algunos clásicos americanos, como La vorágine, de Jose Eustaquio Rivera, o los versos de Silva:

Y eran una
/

Y eran una


Y eran una sola sombra larga!...

o de Porfirio Barba Jacob: 

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,

como en las noches lúgubres el llanto del pinar...

Incluso del maestro Valencia, que al parecer era pariente lejano nuestro: Aunque por lo visto todo el mundo era pariente en Popayán, de donde viene mi familia materna colombiana, donde por los tiempos posteriores a la Independencia se repetían más los apellidos que en Macondo.

    El libro que elegí en Bilbao fue Cuando los dioses permanecen silenciosos, de Mikhail Soloviev, un título que ya de entrada lo coloca en aquellos años -suena a El dios de la lluvia llora sobre México, de Laszlo Passuth, otro clásico de esas bibliotecas, o Cuando la ciudad duerme, de Frank Yerby, posiblemente el primer libro de adultos que me senté a leer de corrido hasta terminarlo, y que podría evocar con mucha mayor precisión que casi todos los posteriores-, y de cuyo autor no he logrado encontrar mayores pistas.

    Bien es verdad que tampoco las he buscado con mucho empeño, no me apetece investigar demasiado en la superficialidad de Google, donde es preciso adentrarse bastante en el bosque antes de encontrar alimento, y aquí conviene una pequeña precisión: No es del todo cierto que no ojee los libros antes de emprender su lectura. Algo sí lo hago, ya me pasó hace tiempo la época de la lectura heroica u obligada, y hago como recomendaba Borges: Leo por placer y si una lectura no me gusta, la dejo. Así de sencillo. Ocurre que también me he adiestrado en una cierta gimnasia de la lectura, más que una ética, y lo cierto es que son pocos los libros de una primera división muy, muy amplia, para entendernos, que no interesen si se leen con los ojos abiertos, la imaginación despierta y genuina curiosidad. Y generosidad para leer desnudos, con los prejuicios justos, y entender lo que quiere decir el autor. No es una cuestión de generosidad, nada que ver, sino de aprovechamiento del tiempo y los recursos.

     O sea que antes de emprender el viaje sí leí algunos párrafos de Soloviev, traducido del inglés y publicado en estupendas tapas rojas duras en la editorial Luis de Caralt en 1973. Y al margen de la evidencia de que se trata de una obra "anticomunista" -antiestalinista, precisaría yo-, no me quisiera estancar ahí, en ese tipo de comentario que suele enterrar cualquier otra aproximación, para señalar que me lo pasé en grande recuperando cosas que hemos quizá perdido: Gran visión para contar las vidas con antecedentes y parentescos lejanos en lugar de pequeñas escenas domésticas de matrimonios debatiéndose entre los reproches, o cierta inocencia de los héroes, por ejemplo, héroes dispuestos a cualquier cosa por defender una idea. En este caso, el benjamín de una familia de cosacos altos y resistentes, educado en los espacios abiertos, como el Taras Bulba de Gógol, que una vez convertido al comunismo por pura generosidad y lógica igualitaria, como fue el caso de tantos, se va desanimando, hacia el ecuador del libro, y termina desafiando de frente al mismísimo estalinismo. Que ya es desafiar. Si se le compara con los testimonios de Koestler, Solzhenitsin, Herling, Tsvetaeva, o sobre todo los relatos de Shalamov, uno comprende que la de Soloviev, aunque muy probablemente inspirada en una experiencia personal, es una novela en el sentido melancólico del término.

     Pero no es una "crítica" lo que pretendo traer aquí, ni siquiera un comentario o la habitual paráfrasis, sino el relato del suave y sugerente placer de, en una tarde de sirimiri en Bilbao, coger un libro al azar en una biblioteca armada a lo largo de años con gusto y ambición. Si bien se mira, un placer igual al de mis primeros libros, cuando en una casa sin televisión, mis padres, que yo recuerde, me permitían coger más o menos lo que quisiese de una biblioteca que ocupaba las cuatro paredes de una habitación de techo alto, en la convicción de que nada que estuviese ahí podía ser malo, que ya lo dejaría yo para mejor ocasión si me aburría, y que no había libros para mayores, para mujeres, para chicos ni subrayados por premios ni recomendados por suplementos, y por no haber no había ni portadas muy distintas: en la casa de mis padres se mandaban encuadernar los libros en dos o tres modelos, como era de uso entonces. Lo único que había, y doy fe de ello, era literatura, y casi siempre buena, y se confiaba en la libertad, la creatividad y el gusto del lector.                                                          

Más lejos que nunca

Por: Pedro Sorela Miércoles 09 Mayo 2012. En Blog

jG-R. "Guggenheim". 
"Cada día descubro una nueva red
o una nueva forma de editar una foto o un dibujo"

Cuando comencé a escribir en el mejor regalo que me han hecho nunca -esta página-, y hablé de la extrema sensación de libertad que me producía, no imaginé que, un año después, esa sensación se iba a multiplicar.

   Aunque ahora no me estoy refiriendo sólo a esta página, con todas sus posibilidades, a las que no veo todavía los límites, sino a ese mundo invisible que de pronto ha ocupado nuestras vidas para traernos, aquí y ahora, el futuro. Y digo de pronto porque no hace un lustro yo todavía miraba por la esquina del ojo las pantallas, pese a nadar con soltura en ellas tras mis veinte años en el periodismo -yo soy de la generación de jinetes que cambió de máquina de escribir a ordenador en mitad de la carrera-, y repetía el conocido mantra de que no hay nada como el olor de un libro. Cierto: el olor de un (buen) libro es magnífico -¡y su tacto!-... pero el suave resplandor de una (buena) pantalla también. ¡Y lo lejos que nos puede llevar! Ahí es nada, más lejos que nunca...

   Un año después me atrevo a afirmar lo que en el fondo intuí siempre: este mundo invisible no supone ni supondrá el final de la literatura. ¿Acaso podría? La literatura, la narración, es una de las manifestaciones del tiempo, uno de sus sinónimos e incluso una de sus posibles demostraciones, y no hay nada que pueda con el tiempo. Nada: ni las pantallas, ni Internet. Así nos enteraremos de que se ha acabado todo: No cuando se acabe el azul del cielo, ni el amor, ni el agua, ni las patrias y la industria de las banderas, ni nuestras ideas de Dios. Será cuando se acabe el tiempo.

   Lo que sí puede suceder es que cambie nuestra manera de contar, de leer y de escribir, y de hecho yo comienzo a notar esos cambios. Pero de momento sin miedo y sí con mucho disfrute, como la primera vez que volé en un Ala Delta.

   En primer lugar, me cuesta quedarme en un solo sitio y tiendo a irme a lugares que no conozco. Bien es cierto que eso podría tener que ver con la tendencia al viaje, una suerte de segunda naturaleza pues viaje es sinónimo de curiosidad, de búsqueda, y esta es también un rasgo definitorio de nuestra especie, indestructible mientras duremos. Puede tener también que ver con la facilidad de viajar por la pantalla, algo tan casual y valsístico que lo llamamos navegar: un nombre prestigioso, acaso bastante exacto, que tiene que ver con el hecho indiscutible de que los nuevos medios están más relacionados que nunca con cierto ritmo. Y se podría escribir la historia de la cultura a partir de cómo se ha relacionado con este. Lo que siempre tuvo éxito -no éxito de ventas sino el que importa- fue lo que acertó con el sonido, la cadencia de la época, y Saint-Exupéry consideraba más grave una falta de ritmo que una falta de francés.

   Y por último, puede ser que, de una forma inconsciente o no tan inconsciente nos libremos al extraordinario placer de los nuevos medios, que estamos inventando entre todos. Eso es lo que me ha ocurrido a mí y me ocurre: no pasan demasiados días sin que descubra un nuevo recurso, una nueva red, una nueva forma de editar una foto o un dibujo... o una forma de llegar lejos. Muy lejos. Lo más lejos posible.

     Eso es lo que me tiene más impresionado. Hasta el momento yo había sido un escritor de los de antes, esto es como todos. Quiero decir que, llegada la publicación de un libro, pactaba con mi editor los derechos según áreas geográficas o idiomas, y luego hacía fuerza para que llevasen doscientos o trescientos ejemplares a esta o aquella feria o a ese país con cincuenta o cien millones de personas.

   Y todo eso, descubro ahora con la publicación de El sol como disfraz, se ha terminado. Ahora, descubro ciertamente deslumbrado, mi libro ha estado accesible para mis amigos de Taiwán, Jordania, México, Francia o Colombia desde el mismo instante en que entraban los primeros volúmenes en las principales librerías de Madrid o de Córdoba. Puede que los universitarios de hoy miren un hecho semejante con tanta naturalidad como que la luz se encienda o que la fiebre baje con una aspirina. Para quien nació en el siglo XX, es algo tan deslumbrante o más que para los que vieron por primera vez un avión surcar el cielo, no hace tanto: yo escuché a mi abuela contarlo, divertida con nuestro asombro por el relato del suyo.

     El avión fue profetizado por Julio Verne y otros, al igual que la conquista de la luna o el fondo del mar. Que yo recuerde, la simultaneidad de lectura en el mundo, no. Y en estos tiempos en que asistimos al final de ciertos capítulos industriales de la cultura escrita -que no de la escritura ni de las ideas, por supuesto, como parecería por ciertas discusiones de la  industria- sí sería conveniente que lo sepan los jóvenes a quienes agobiamos todos los días con los signos del Apocalipsis que leemos en los posos del café, la subida imparable de la banalidad televisiva y el cierre de algunas librerías.

   Tal vez ese futuro no sea tan oscuro, después de todo. Tal vez estemos, por el contrario, tan sólo en el comienzo de unas posibilidades a las que de momento cuesta ver el fin. La prueba es que este texto se podrá leer -en todo el mundo, que se dice pronto- en el mismo instante en que quien lo escribe ponga un punto y le de a una tecla.

     Para comprobar en un contador, y eso es lo más impresionante, que siempre hay en Taiwán o en Melbourne alguien que te está leyendo.

Del ninguneo como género crítico y nueva censura

Por: Pedro Sorela Domingo 05 Octubre 2003. En Artículos, Periodismo

Foto: Job Koelewijn – via KNAW Pressphoto

Supongamos por un momento un país en el que la gente ya no lee y sin embargo se siguen produciendo libros. Y supongamos que es una situación imaginaria pues imaginario es una palabra fetiche con la que de inmediato adquirimos cierto margen, cierta flexibilidad en la exigencia de la carga de la prueba. Esta, como es sabido, suele ser requerida en las actividades académicas pero a veces, a menudo incluso, con toda la buena intención del mundo la dicha carga lastra de tal modo la que podría ser una buena intuición inicial que termina por hundirla: aquella ya no es una intuición, con toda su revolucionaria capacidad de sugerencia -la sugerencia es revolucionaria porque es inmanejable, inabarcable e impredecible-, sino un obstáculo más entre la retórica académica y, ya no la verdad, sino la simple comunicación.

Así que en esta sociedad que ocupa más o menos la tercera o quinta plaza en la producción de libros en el mundo, puesto más, puesto menos en la lista –o sea, un mercado en torno a los 350 millones de personas-, la gente ya no lee. Es una forma de hablar, claro, pues resulta evidente que no pocas personas leen en el metro, y en las cafeterías (el periódico casi siempre), en la playa y es presumible que también en sus casas. Pero es también evidente (véanse concursos de televisión, o juéguese al Trivial, o háganse preguntas directas), es evidente que la gente ya no lee lo que leía antes, o que no lee lo que, antes, se suponía que debía leer, según los cánones descritos, por ejemplo, en El mundo de ayer, de Stephan Zweig. Un estudiante universitario ya no lee las 250 páginas semanales que según los criterios de la UNESCO se suponía que debía leer hace treinta años o, siempre de acuerdo con la hipótesis imaginaria, quiere decir que un profesor universitario puede no leer ni un solo libro más de los necesarios para conseguir un trabajo fijo. En ese mundo sin lectura, demencial (pero hipotético), que roza la propuesta de vanguardia, los estudiantes leen, pero no leen nada nuevo sino que repasan apuntes, y estos apuntes están a veces incluso plastificados, como conocimientos inamovibles, por profesores que los repiten a modo casi de mantras desde hace años.

  • Pedro Sorela

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