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Artículos etiquetados con: edición

Libros e ignorancia eficaz

Jueves 23 Abril 2015. En Blog, Lecturas

La librería Lello e Irmao, en Oporto

Una de las afirmaciones más sorprendentes para cualquiera que trate con libros u otras obras de Cultura es la de que vivimos en la más abierta de las sociedades, que la libertad preside nuestra vida cultural y la censura pertenece a épocas bárbaras y pretéritas, o a sociedades subdesarrolladas.

     Podría elegir muchos ejemplos como la vez en que, al cabo de varios días, me sorprendí de no ver ni una sola librería en las calles de Albuquerque, capital del estado de Nuevo México, en Estados Unidos. Y me dijeron: "No: sí que hay una. Y es muy grande". Y en efecto, en el corazón de un centro comercial gigantesco del que luego me costó salir, me encontré la típica librería-supermercado que se comienza a ver en muchos sitios, en donde está garantizado el hallazgo de los libros más vendidos de la temporada, e incluso en varios formatos, pero en modo alguno los de unos meses antes, y mejor no preguntar por libros algo más sofisticados, distintos, o "clásicos" que no sean los obligatorios en las aulas, cada vez menos, parecidos y políticamente correctos.

     En algún momento nos han metido el gol del siglo, que es el de hacernos creer que vivimos en una sociedad libre, sujeta a las leyes de la oferta y la demanda. Quizá esté sujeta a esas leyes (y hasta eso es discutible, aunque no lo discutiré aquí), pero si la libertad consiste en que no puedo acceder a ciertos libros, películas o músicas de valía indiscutible -y tampoco en los nuevos formatos- simplemente porque no las solicita un número suficiente y rentable de personas, en una sociedad en el que la ignorancia parece un nuevo valor, entonces tendré que preguntarme si es esa libertad realmente la que quiero. Antes existían las librerías de fondo y las bibliotecas públicas. Todavía quedan pero ya pertenecen casi más al recuerdo que a la realidad. Uno podía buscar ciertos títulos durante años, y también encargarlos.

    Y no hace falta irse muy lejos: intente usted buscar en vídeo la inmensa mayor parte de los clásicos del cine, o ejemplares de los de la literatura, incluso la supuestamente consagrada. Intente usted buscar por ejemplo El último día de un condenado, de Víctor Hugo (la primera novela del autor, en la que ya se oponía a la pena de muerte), o Los endemoniados, de Dostoievski. No le será fácil encontrarlos. Como tampoco Esta noche la libertad, de Lapierre y Collins, que en su día fue un éxito mundial, ni... Da igual, los ejemplos son innumerables, y se pueden leer en muchos sentidos. Como por ejemplo la extravagante imposibilidad, en el mundo hispano, de encontrar en un país los clásicos del país de al lado, en una suerte de división del mercado en nichos en la que se reconoce sin duda la mano de la ignorante eficacia económica.

Bla, bla, bla...

Jueves 02 Mayo 2013. Blog, Sastrería

Bla, bla, bla...
p.S
Llega el momento en que uno no sabe
cómo enfrentarse a todo lo que sobra.

Sastrería / Compresión

Casi cualquier texto puede sufrir la supresión de hasta una cuarta parte y mejorar, según piensa un amigo mío, Bill Lyon. A partir de ahí, se corre el riesgo de perder algo importante.

    Bill, periodista veterano y de formación anglosajona, fue quien le propuso a EL PAÍS el concepto de Edición, todavía desconocido hasta ese momento en España, y que consiste en someter al texto periodístico a una serie de controles de calidad que van más allá de la ortografía o la gramática. Lo que en periodismo equivale a contrastar si se respetan las reglas básicas de una información.

      El proceso de supresión de lo que sobra, que yo llamo compresión, es posible y hasta recomendable en casi cualquier texto, sobre todo si  periodístico, y es una operación muy valorada en estos tiempos en que el espacio del papel cotiza en Bolsa. Aunque también puede ser una caja de Pandora pues llega un momento en que uno no sabe ya cuándo detenerse al enfrentarse a todo lo que sobra en torno nuestro, y en particular cuando se trata de letras. Se comienza quitando el ...mente de un adverbio así terminado (se comprende muy bien la alergia que le tiene García Márquez a esos adverbios feos e inacabables, sobre todo porque tienden a romper la importantísima cadencia del texto), luego se suprime una de las dos subordinadas de una frase, y es muy posible que terminemos cargándonos  el texto entero. Pues ¿cuántas de las páginas que nos rodean son tan siquiera necesarias? ¿No decía Juan Ramón Jiménez que la primera obligación del escritor es tachar?

     Como lector, uno aprende a desconfiar desde joven de textos de toda evidencia hinchados y por lo tanto reducibles, como la publicidad, el grueso de los discursos políticos o sindicales, el periodismo barato y hecho para hinchar el perro, como se dice en el oficio, y los telefilmes, cuyo desarrollo es posible predecir ¡y con éxito! a partir de los primeros tres minutos: es lo que Marguerite Duras, en su etapa teórica y cinematográfica, llamaba las cadenas de imágenes. Hasta ahí es fácil. Pero es que el hambre de compresión no se sacia con ese aperitivo y el siguiente escalón natural es desconfiar de textos en principio nimbados de autoridad, como la crítica de arte, por ejemplo, o los prólogos: salvo en casos muy puntuales en donde es necesaria una contextualización (y en mi caso muy rara vez, soy un radical, o en todo caso lo leo a posteriori), ¿por qué habríamos de permitir que una tercera persona, llámese crítico, experto, becario, prologuista o mandarín se interponga entre el autor de una obra y nosotros? Más aún: ¿entre nosotros y la obra misma? ¿No es esa una confesión de minoría de edad y de impotencia y mudez en el diálogo artístico por completo insólita? Sobre todo cuando la crítica no ha sido escrita por un narrador y un artista él mismo, como por ejemplo John Berger, sino por los dueños de una jeringonza cuyo hermetismo no tiene más propósito que conservar cerrado el lenguaje, en clave, igual a como hicieron los brujos y todos los sanadores, sacerdotes e intermediarios que en el mundo han sido.

    Además de cierto respeto de lector (mejores los cuentos que su legendaria novela), siempre he sentido una gran simpatía por Salinger y su quizá no tan conocida manía de no permitir a sus editores añadir nada al título y firma de sus obras. Esa es la razón de que los libros de Salinger aparezcan siempre sin solapa ni contracubierta, ni indicación ni texto de apoyo alguno, y confiados siempre así, desnudos, en que el lector sabrá apreciar el texto tal como lo escribió él, sin apoyos que condicionen su lectura. Siempre me ha parecido una actitud de artista muy sabia, bien es verdad que él se la puede permitir pues vistas sus cifras de venta no habrá editor que se atreva a llevarle la contraria. El resultado son esos libros suyos, liberados para siempre de las etiquetas, prejuicios, postales, frasecitas resultonas y adjetivos pomposos que tan a menudo empobrecen las contracubiertas y solapas de los libros.

    Suponiendo que no leamos ya prólogos, programas de ópera y papelitos con presentaciones en los cines con subtítulos (asombrosa tolerancia de que alguien nos diga cómo debemos ver una película o nos adelante su contenido), y admitiendo que nos permitan ofrecer nuestros propios textos sin advertencia alguna, el problema es que uno se da cuenta entonces de que todo ello no ha sido más que el prólogo, y quiere continuar. Sobre todo en estos tiempos en que lo políticamente correcto va invadiendo púlpitos, cátedras y redacciones para ir cercando al lector libre.

    Ni que decir tiene que la compresión pierde peso o necesita de matices cuando hablamos de literatura. En tanto que la escritura automática de los surrealistas es su contrapropuesta misma (aunque el pontífice André Breton editaba sus automatismos), y se cree que Shakespeare escribía tan rápido que no tenía tiempo ni de tachar ni de puntuar, Borges, ciego, dictaba con el texto ya editado en la cabeza (el original de El Aleph no tiene casi correcciones), y Saint-Exupéry convertía la compresión en uno de los requisitos de la obra maestra: "Parece ser que la perfección se consiga, no cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que restar" (Tierra de los hombres).

Letras rebeldes

Miércoles 03 Abril 2013. Blog

Letras rebeldes
p.S (En Ipad)
El problema con las frases inmortales es que uno se gasta

¿Ese hombre que le da vueltas a la cucharilla de su café sin haberle echado azúcar? Sí, está distraído y un poco más: está agobiado. Es escritor de frases inmortales y las que se le ocurren últimamente no sólo son mortales -y se ha demostrado varias veces- sino que es que no llegan ni al mes que viene. "¿Quieres unas vacaciones?", le ha preguntado fatalmente su jefe. Esta misma mañana, hace un rato, poco antes de la pausa para comer. Pero él sabe que su generosidad no era tal. Que su solicitud iba con segundas. Que en realidad es un augurio, un mal augurio. Sabe que si se toma esas vacaciones no volverá. Peor aún, que si se las toma, al regreso el puesto de creador de frases inmortales estará ocupado y a él le tocará corregir como mucho alguna tilde, sugerir un cambio de punto y coma por una coma -"el punto y coma es demasiado barroco, el gran público no lo entendería", tendrá que decir como hablando en serio-, y en general coger el teléfono y llevar el café sonriendo. Otra vez. Como un becario. En el contrato basura y en la antesala misma del despido.

     Y jamás lo hubiese dicho. Uno llega a la felicidad, o por lo menos al chollo, y cree que es para siempre. Un día un escritor de éxito dijo delante de su editor que buena parte del éxito de su novela -200.000 ejemplares, y subiendo- se debía a la contracubierta, y la contracubierta la había escrito él con los lugares comunes del día como corresponde a las convenciones del género. Es evidente que el escritor de éxito quería ser amable y era una de esas frases de falsa modestia posmoderna que se llevan entre los grandes vendedores: un plato de garbanzos "vale un Van Gogh", una película de parejitas "es como Ingmar Bergman", el fútbol "es la Ilíada de nuestro tiempo", etc, etc.... Pero el editor, que escuchaba con atención, decidió que era cierto. Al fin de cuentas, si había gloria que repartir por las contraportadas, a él también le correspondía.

     O sea que tras la comida con el escritor modesto el hombre que se ha olvidado de echar azúcar a su café se encontró con el increíble trabajo de escribir fajas para libros con promesas tales como "LA MEJOR NOVELA JOVEN DE LOS ÚLTIMOS DIEZ AÑOS", "USTED NO HA LEÍDO NADA IGUAL" o "POR FAVOR, NO SE MUESTRE SUPERIOR CON QUIENES NO LA HAN LEÍDO, DELES TIEMPO"... y cobrar por ello. No enormes sumas, de acuerdo, pero sí lo suficiente como para una semanita en Mallorca o un fin de semana en París de vez en cuando. En estos tiempos de avaricia y mezquindad, en esta era de tecnocratismo-practicista-alamierdalacultura, un mega chollo.

     Es muy probable que la propia conciencia de ese chollo fuese la causa de la facilidad de los primeros tiempos. Entusiasmado por sus privilegios de creador, el hombre sin azúcar encontró durante semanas, meses, las frases milagro que, una y otra vez, acarreaban lectores a las Listas de los Más Vendidos. "LAS LETRAS MÁS REBELDES DEL ÚLTIMO LUSTRO", reinventaba una vez y otra, con variantes, y funcionaba. O "DÚCHESE ANTES DE COGER ESTE LIBRO PORQUE LUEGO NO PODRÁ HACERLO ANTES DE TERMINARLO". O  "DESPÍDASE: ESTE ES EL VIAJE DE NUESTRO TIEMPO", y en efecto, la gente iba una vez y otra a la tienda de cenas y best sellers de la esquina a comprar el suyo.

      Pero el destino existe y a veces también le llega a los ricos. Lo que nadie le había advertido es que algo ocurre con la creación de frases inmortales, y es que uno se gasta. No se gasta como creando, digamos, fórmulas matemáticas, o versos, o nuevos ángulos para dibujar un caballo, sino más bien todo lo contrario. Crear versos, si son buenos, da más ganas y por lo general unos versos engendran a otros. Con las frases inmortales sucede como con los versos malos: lo contrario. Las palabras joven, revolución, cambio, promesa, autorarevelación, generación y demás palabras-cereza crían polvo y telarañas. El sujeto pierde fuerzas; tiende a quedarse en el sofá; enciende más la televisión y termina creyendo que sus frases son de verdad creaciones. Cuando se cree que ESTE ES EL LIBRO QUE MARCA UN ANTES Y UN DESPUÉS escrito en la faja de un libro es una idea es que ya se ha alcanzado un punto irrecuperable.

    El problema es que nuestro hombre -que le sigue dando vueltas a la cucharilla y está a punto de crear nata en la leche del café- ni siquiera lo sabe. Por eso está ahí sentado, en la pausa de la comida, y no sabe qué hacer, cómo reaccionar. No es que sus frases se repitan: que se repitan es parte de la fórmula del éxito. Es que se repiten sin parecer que son nuevas, y eso es letal: son viejas de verdad, sin tapujos, y ya nadie le cree y ya nadie se acerca a la esquina llevado de la nariz por una faja. Es como si el azúcar de su café fuese estricnina, y él lo supiese Por eso no se lo toma. Por eso le da vueltas a la cucharilla, como pidiendo clemencia.

  • Pedro Sorela

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