joomla template

Herramientas
Buscar
Acceder

Pedro Sorela

EBOOKS

             el sol como disfraz       dibujando la_tormenta      historia de      ya vers      portada-aire-mar-gador 

             ladron de arboles      portada-viajes-niebla grande      portada-trampas-para-estrellas grande      portada cuentos_invisibles      portada-fin-viento med  

             portada-huellas-actor-peligro med      cuentamelo      lo-que-miran-los-vagos      banderas sorela      entrevistas sorela

 

cometario_gris

Artículos etiquetados con: crítica literaria

Premios y respeto

Miércoles 14 Enero 2015. En Blog

p.S
Proust y Tolstoi, que nunca obtuvieron el Nobel a la mejor película extranjera.

Comienza la "temporada de premios" -así la llaman ya, como si fuese una temporada de rebajas o una Feria de Abril cualquiera- y los periodistas de Espectáculos se disponen a disfrutar de sus vacaciones: los premios les harán el trabajo. Ya no tendrán que investigar, ni salir al invierno a buscar la noticia, ni entrevistar a nadie, ni hacer preguntas ni hacérselas a sí mismos... ni siquiera tendrán que pensar. Por no tener, ni siquiera deberán ver las películas o leer las novelas: bastará con repetir lo que les vayan diciendo los jefes de bancada. Que a veces, como ocurría hace años, según me aseguraba un testigo, han visto la película en algún festival en un idioma que no hablan.

      Ahora ya no es necesario haber acudido a los festivales de cine. Ahora lo importante es saber cuántas candidaturas ha conseguido la película en la competición por los Globos de Oro, los Oscar, los Goya, los César, etcétera, y qué actores o actrices han bailado en las fiestas y publicidades que se organizan en torno y en los que las productoras invierten más de la mitad del presupuesto. Más todavía, lo importante -porque eso será lo que salga en la red- es de qué payasada, caída, vomitona o mugido triunfal ha sido protagonista el galardonado de turno en la entrega o la celebración. En fin, perdón por recordar todo esto, que es muy obvio.

     Lo cual no tendría mayor importancia y sería una caseta más de la feria de las vanidades de no ser porque de alguna manera revela algo de consecuencias mucho más hondas: y es que, por alguna razón, a mayor crecida de premios, mayor y más evidente la ausencia de crítica y críticos. Cuidado: por crítica entiendo algo distinto a esas notas avaras que aparecen en los periódicos que aún  se toman la molestia, contando el argumento de la película o el libro y clasificando al autor en función de su carrera de premios. A su vez, y no es esta la primera vez que se dice, esa sequía de crítica es directamente proporcional al nivel educativo del país. Y no hace falta quebrarse mucho la cabeza para sacar conclusiones si se sabe que todos y cada uno de los últimos gobiernos han marginado la filosofía y el pensamiento crítico de colegios y universidades para favorecer las ciencias exactas y económicas que nos habrán de sacar de la crisis y la pobreza. Algún día. Nada tan revelador de esta crisis como el que haya bastado la recomendación de un libro por el dueño de Facebook para que cientos de miles de personas lo hayan agotado (y no digo que sea malo) en todos los formatos. Un nuevo gurú que un par de días antes había proclamado su entusiasmo por el descubrimiento de la lectura de libros.

    Pero a mí los que me preocupan no son, ni los actores que celebran o dejan de celebrar premios, ni los productores que pierden su dinero si no los reciben, ni la cuenta de resultados de las agencias de relaciones públicas. Ni siquiera "preocupar" es la palabra. Es más bien "hipnosis". A mí los que me hipnotizan somos todos los demás, que acudimos o dejamos de acudir a ver una película en función de unos premios que no sabemos cómo se conceden, como los Oscar, y cuando lo averiguamos -no es ningún secreto- perdemos el respeto y aún así obedecemos en masa. Es algo que me produce una inquietud que va en aumento y que no consigue amansar ni la rutina de la corruptela, ni la aceptación generalizada. "Qué más da: si todo el mundo lo sabe", me contestó el director de un diario de referencia cuando protesté porque el diario se prestase todos los años a informar con amplitud y complicidad de un premio cuyos amaños, como decía él, conocía todo el mundo.

    A veces me preguntan si, como escritor, no creo en los premios. Claro que creo, respondo de inmediato. O creería si conociese alguno que me inspirase respeto. 

Con la polaca sonriente en el avión

Miércoles 03 Diciembre 2014. En Blog, Escritores, Lecturas

p.S
Wislawa Szymborska.

Lecturas

Más lecturas no obligatorias. Wislawa Szymborska. Traducción de Manuel Bellmunt Serrano. Alfabia, 2012.

Uno de los mayores misterios a los que me he enfrentado en estos días es por qué he leído Más lecturas no obligatorias en dos sentadas, en sendos aviones, y sin ninguna obligación: como suelo hacer, me había traído más lecturas, por si acaso.

     Tratándose de crítica literaria, por ponerle un nombre, sólo me había sucedido algo parecido con los Prólogos con un prólogo de prólogos (Alianza) de Borges, que he leído con gran placer y subrayado más de una vez, y sí, también en trenes y aviones. Debe de ser porque se le parece.

      He dicho crítica literaria pero no lo es. Quiero decir que en los ágiles, aunque nunca leves, textos breves de Szymborska no hay nunca una visible intención de establecer una verdad, ni fijar categorías, ni hablar de resultados, ecos ni premios como si la literatura fuese una olimpiada, ni de agrupar a autores en supuestas tribus, ni crear ismos o generaciones. Nada de eso ni nada por el estilo de lo que se suele auto adjudicar como misión lo que llamamos crítica literaria. Lo que hay es el espectáculo de una señora con una cultura realmente notable (como la de Borges), y no sólo clásica, que sin embargo por algún milagro de la alquimia y del cerebro ha conseguido conservar una especie de frescura primigenia, inocencia, curiosidad genuina, nada fingida, y sentido del humor, y que lee los libros con inteligencia, ausencia de prejuicios y generosidad, mucha generosidad, como una sabia que tuviese un espíritu muy joven. Una delicia.

     En su día empecé a leer el primer volumen de lo que es ya una trilogía, Lecturas no obligatorias, pero perdí mi ejemplar y no lo volví a comprar sabiendo que con toda probabilidad reaparecerá algún día en la agitada vida de los libros en mi casa. Doy por supuesto que tanto ese como Siempre lecturas no obligatorias, el tercer volumen, están escritos con el mismo espíritu y talento.

      Por lo visto al principio se trataba de escribir cada semana, por encargo de una revista literaria, comentarios sobre los libros un poco marginales que llegaban a la redacción. Poco a poco, con manifiesta destreza, Szymborska fue conquistando mayor autonomía, y los libros que comentaba no eran forzosamente los más pintorescos y periféricos, aunque tampoco los centrales que organizan la vida y polémicas de las sociedades literarias. Los del segundo volumen fueron publicados en los años 68 al 71 del pasado siglo. Y desde ediciones de El satiricón y Gilgamesh, a otras como Obras maestras del Medievo francés o Los problemas sicológicos de las ilustraciones infantiles, uno se queda boquiabierto sobre la calidad y sofisticación de los libros que se publicaban en la Polonia (todavía comunista) de entonces.

     Además del gusto, lo que ha acompañado mi lectura son dos o tres irritantes estupefacciones: ¿Dónde se publican hoy libros sobre La antigua novela corta italiana o Las cartas de amor de los antiguos polacos? ¿Dónde han ido a parar los posibles lectores de esos libros, que sin duda existían aunque no agotasen las tiradas? ¿Y las revistas que encargan a poetas como Wislawa Szymborska (fallecida en 2012) cultos, ingeniosos, libres y siempre sonrientes comentarios sobre ellos? ¿Y las Wislawas Szymborskas capaces de escribirlos? Seguramente existen pero yo, en mi infinita ignorancia, las desconozco.

      Y lo que tampoco termino de comprender es por qué leo estos breves textos de Szymborska y de Borges de preferencia en los aviones.

Hacia la exactitud por la novela

Miércoles 07 Agosto 2013. Lecturas

Hacia la exactitud por la novela
p.S
Irene Nemirovsky.

Lecturas

Le vin de solitude. Irène Némirovsky, Le livre de poche.

“Pero en el ideal que tengo del Arte creo que no hay que mostrar nada [de las propias convicciones], y que el artista no debe aparecer más en su obra que Dios en la naturaleza. ¡El hombre no es nada, la obra lo es todo!”. Eso le escribía Flaubert a George Sand, en diciembre de 1875, en una nueva formulación de la teoría que había tenido tal vez su máxima expresión en Madame Bovary, y de la que descienden no sólo el estilo de los teletipos de agencia sino ciertas escuelas de novela y crítica. En estas, y en contra de lo predominante en el XIX y a principios del XX, se propugna que sólo el texto importa y que el autor no existe, no debe existir y si es necesario se le omite: El texto se ha de sostener solo y ser leído por sí mismo, como un ser dotado de alma independiente. 

   Hace tiempo que me olvidé de esa filológica utopía, por impracticable en mi caso pues siempre he leído pensando en el escritor que había detrás, desde Dumas y Julio Verne, y no creo que ya nadie pueda cambiar eso. Pero con algunos autores me ha intrigado sobremanera cómo nadie pretendía seguir sosteniendo algo así, y eso me ha ocurrido en particular con Le vin de solitude (El vino de la soledad, Salamandra), que no sé si la propia autora calificó de “autobiografía mal disfrazada”. Hasta el punto de que tenía previsto leer a continuación la densa biografía de Philopponnat y Lienhardt La vie d’Irène Némirovsky (Le livre de poche), y al cabo de cien páginas la he aplazado pues me parecía que todo está contado mucho mejor, omitiendo con más eficacia lo que no importa, en Le vin de solitude, el más memorable, por cierto de los tres o cuatro libros que he leído de esta escritora magnífica. (Parece mentira que nos hubiésemos olvidado de ella hasta la publicación de la Suite francesa, o el inaudito relato de su propia huida de los nazis antes de su asesinato en Auschwitz, a los 39 años de edad, en 1942). 

     Toda esta larga entrada para mostrar mi estupefacción, visto que hace rato dejé detrás la adolescencia, ante el hecho de que una novela me produzca una sensación, ¡una certeza!, de estar mejor “informado” que leyendo una biografía escrita con todas las fuentes y garantías propias del género. Al margen de que los hechos sean o no ciertos -que no lo son: sabemos que como mínimo nombres, fechas y hasta lugares pueden cambiar respecto a lo que sucedió-, lo que produce esa seguridad de verdad es, qué duda cabe, la excelencia de la escritura. Eso y la sensación de vivido que irradia todo el texto, acaso es lo mismo. Sólo se me ocurre otro ejemplo parecido, y es Tierra de los hombres, de Saint-Exupéry, donde la verdad se consigue, entre otras cosas, suprimiendo algunos datos objetivos que hubiesen convertido esos textos esenciales, y nunca mejor dicho, en crónica periodística.

     El talento de Irene Nemirovsky se compone de muchos elementos pero entre los más llamativos -en una obra de una decena de volúmenes que vienen a componer una sola, como ocurre con muchos grandes- figura sin duda el que la autora conoce el mundo que describe con la exactitud que sólo puede dar una inteligencia muy aguda, afilada por una mirada de una sensibilidad más precisa que piadosa. Quiero decir que Nemirovsky resume lo en apariencia grande -el enriquecimiento de su padre se cuenta de forma impresionista, con series de tres o cuatro palabras como “millones”-, pero se fija en lo que importa: como cuando, en el camisón desgarrado de su madre, donde se mezcla su perfume con otro a tabaco, desconocido, una niña descubre la doblez, la clandestinidad y la traición.

     Con Nemirovsky pierde gas la vieja acusación de que la novela sacrifica la precisión y el estilo para permitir la anécdota. Sin sacrificar esta, y sosteniendo la novela de iniciación de una niña que detesta a su madre porque a ésta le sobra su hija, Le vin de solitude sorprende a menudo con una exactitud casi biológica. Como cuando dice “La señorita Rosa cantaba a menudo: su voz era débil pero pura y precisa”. O “Los dos pequeños Manassé eran chicos gruesos, pálidos, rubios, verdosos, linfáticos y dóciles”. 

     Pero lo que hace leer Le vin de solitude a velocidad de crucero no es tanto que sea una novela de iniciación, con la peculiaridad de que se trata de una chica. O que esté contada con los ojos de una extranjera: una joven judía rusa emigrante, primero pobre, luego rica, fea pero elegante y refinada: esto es, una desclasada, una periférica, la condición de la literatura según Camus. Sino la inesperada revelación del tedio, falsedad e incluso angustia que se podía esconder en los escenarios de la última Belle Époque, los escenarios del supuesto lujo y diversión de la gran burguesía rusa y francesa antes y después de la Revolución de Octubre y la primera guerra mundial. Hacen falta unos ojos muy propios y valientes para conseguir ver algo así, y reconocerlo. Sabemos que lo que cuenta es cierto, y nos fiamos más de esa novela que de una biografía llena de datos contrastados. Una paradoja, al igual que con Flaubert, de quien -más que casi toda su obra o los numerosos estudios sobre ella y las teorías del autor-, hoy leemos su correspondencia. Ahí aparece el escritor, quizá no entero, pero sí en carne y hueso.

  • Pedro Sorela

    Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla