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Artículos etiquetados con: comic

Regreso a Tintín

Martes 13 Junio 2017. En Blog, Lecturas

Una vieja amiga me regaló una agenda con dibujos de Tintín en blanco y negro para celebrar nuestro reencuentro después de diez años. Y esa visión, todos los días, debajo de la pantalla de mi ordenador, me lleva a la infancia y más allá, cuando Tintín era, junto con Enid Blyton y los clásicos con viñetas de la editorial Bruguera, el principal acontecimiento de mi vida. En los libros de Bruguera se contaba la misma historia (el mismo clásico) alternando texto y viñetas, y ese es el instrumento más eficaz que he conocido para introducir a un niño en la lectura. Ese, y el imbatible de no encender la televisión.

    Es verdad que fue hace tiempo, en una Barcelona tan distinta que apenas la reconozco cuando vuelvo: hay como diez veces más gente y la mitad van en chanclas. Entonces Tintín nos hacía felices. Estoy hablando de los tiempos históricos en que Tintín se estaba publicando, a razón de un volumen al año, y la espera de ese volumen era el principal anhelo de la Navidad, mayor, con diferencia, que el trompo, el tren eléctrico e incluso la bici, o la escopeta de aire comprimido que los Reyes nunca me trajeron. La gran pega es que solo caía un ejemplar, ya fuera al pie del árbol o entre los regalos de los Reyes, y luego tenía que luchar a brazo partido con mi hermano y con mi padre para ver quién lo leía primero. (Ese es otro truco infalible: mi padre leía "nuestros" libros en pie de igualdad con nosotros). Y eso sin contar a mis primas, que estaban ahí, agazapadamente guapas, esperando su oportunidad. Si no llegabas el primero, te consolabas leyendo el Enid Blyton recién publicado, y aunque este era también indispensable, lo urgente era leer el Tintín, sobre todo cuando empezó la serie de obras maestras con La estrella misteriosa.

     Por qué Tintín me gustaba tanto y no se me ha caído es uno de los misterios que me han acompañado toda la vida, y me parece recordar que en una entrevista, hace tiempo, llegué a decir que cambiaría mis sueños de novelista por haber escrito una obra maestra semejante. (Ya no: por ninguna).

    ¿Escrito? Más bien dibujado. Porque si bien, pese a hablar de un reportero sin periódico ni horas límite de entrega, los guiones de Tintín son estupendos y no toman al lector por simple -a diferencia de los actuales comics, razón de su decadencia-, lo que de verdad convierte estos álbumes en obras de referencia del siglo XX son los dibujos. Y ahora que yo también dibujo algo porque entre otras cosas enseña a ver y es por ello una gran escuela de escritura (Saint-Exupéry), no puedo dejar de mirar una viñeta de Tintín, cualquier viñeta, sin admirar una vez más su asombroso dominio y armonía. Para comprobarlo he copiado algunas. Hace falta más que saber dibujar para componer esos dibujos.

    Y aún así, no basta para explicar la extraordinaria sensación de ... ¿paz? que producen Tintín y sus amigos. No sabría explicarlo de otra forma. Igual que en una noche de gran agitación y dolor físico solo encontré el modo de distraerme leyendo La Odisea -era como un puerto refugio, con episodios no solo maestros sino los más conocidos de nuestra cultura-, Tintín, Haddock, Milú y Tornasol remiten a un mundo nítido y claro. Pero no por la supuesta inocencia blanca que algunos atribuyen a la serie y que yo discuto: Tintín es también un catálogo de malvados, cierto que no demasiado explícitos en contra de la moda de hoy, y en algunos casos proféticos (Coke en stock). Sino precisamente por ese dibujo, fundador de la escuela llamada línea clara, que propone una visión del mundo. ¿Puede un estilo de dibujo llevar implícita una idea? Si puede, Tintín es un ejemplo. De la misma familia, se me ocurre, que Hokusai y otros clásicos del grabado japonés (no por casualidad Bruselas, donde nació Tintín, guarda una inmensa colección en un museo), las limpias prosas de Capote y las últimas crónicas de García Márquez, el cine de Rohmer o el piano de Erik Satie.

     Y por el reparto de personajes, que son mucho más viejos que sí mismos. Pues Tintín, como El capitán Trueno, Asterix o, claro está, El Príncipe Valiente, es uno de los muchos hijos, y de los más lucidos, del mundo artúrico y los libros de caballería. Tintín es una versión de Lancelot, bien es verdad que sin Ginebra, Haddock es el indispensable escudero, Tornasol es Merlín y Milú, el perro que piensa en francés, como Descartes, enlaza directamente con la dimensión fantástica del mundo artúrico. Clásico.

    O sea que si de vez en cuando vuelvo sobre Tintín como a una vieja amiga es por las mismas razones por las que cogí La Odisea para distraer un dolor intenso. Y, supongo, por las que, en cierta ocasión me metí a ciegas en un cine, buscando esconderme, y la buena suerte, que también existe, hizo que proyectaran una versión de Miguel Strogoff, de Verne, otro clásico de mi infancia. Y allí encontrara, más que escondite, un refugio.

Héroe en blanco y negro

Jueves 27 Febrero 2014. En Blog

The New Yorker.

Cuando menos se lo esperaba se ha encontrado en la calle.  Es cierto que hoy en la calle se puede encontrar casi todo el mundo -casi, porque con algunos es definitivamente imposible imaginarlo-, pero en su caso a él ni se le había ocurrido. ¿En la calle después de haber sido reconocido y saludado como un héroe tantas veces y por tantos?

     Aunque "encontrarse en la calle" puede prestarse a confusión. Suena a policías o ujieres de un banco hipotecario, armados de tenazas, forzando el candado de tres duros de una puerta para echar al frío a una anciana que no ha podido pagar una letra de 100 euros. (¿Truculento? ¿Melodramático? Lea el periódico). Y no es el caso. Que nadie piense en esbirros de la Gran Banca cogiendo a alguien del cuello y el cinturón para arrojarlo a un callejón oloroso a pis de gato.

       Ha sido, es más sutil que eso.

       ¿Qué fue lo primero? Difícil elegir entre toda esa gente que ya no cruzaba desde el otro lado de los cocteles para venir a darle la mano y los progresivos "está reunido" que le comenzaron a saludar en no pocos teléfonos cuando llamaba para hablar con alguien que, quizá, le pudiese ofrecer trabajo. De pronto, un día, todo el mundo comienza a estar reunido para alguien. Y nadie de todo ese todo el mundo pone la cara. Para eso tienen secretarias entrenadas en silencio en las Altas Escuelas de Dirección.

       ¡Pero cómo! ¿También a él...?

       Sí, también.

       Y eso por no hablar de los correos sin respuesta. Hubo un tiempo en que una no respuesta a una carta, una nota, suponía o la ruptura de relaciones (y la devolución de las demás cartas, anudadas con una cinta de terciopelo) o un duelo al amanecer en el Parque del Oeste bajo la nieve. Pero hoy la no respuesta es una respuesta prevista -la más usada, quizá-, y no importa el número de ofendidos. De coroneles que no tienen quien les escriba.

      Todas esas no respuestas en el correo y y todos esos "está reunido" no son más que las autorizaciones para que otros se den el lujo de rechazarle. Ya se sabe: lo de las ratas y el barco. El fabricante de tintas se las niega, y no importa lo fiel que haya podido ser a ellas durante décadas, haciendo famosos los colores de su uniforme único. Ahora, le dice a modo de excusa, apenas puede fabricar las que necesita la gran industria electrónica. Hay muy pocos tableros y casi ningún taller de dibujo, como no sea el del Círculo de Bellas Artes, pero allí sólo dibujan a gente desnuda y por alguna razón la gente no quiere héroes desnudos. Tampoco encuentra quioscos amigos, y Carmen, la quiosquera inteligente de la calle Concha Espina, le explica que no es nada personal y que bastante tienen con intentar sobrevivir vendiendo diez periódicos menos cada día (300 cada mes, 3.650 cada año).

      ¿Pero y los lectores?, pregunta. Está inquieto y hasta lleno de vida. Todavía no puede hacerse a la idea, como no se la hacen tres de cada cuatro sentenciados.

       Bueno, los lectores se han pasado a los WhatsApp, porque es el trending topic global, y también a las instrucciones de uso de las nuevas tabletas, que ahora miden los latidos de la sangre y te dicen cuánta lluvia caerá dentro de cuatro días en el patio de tu casa. Muy prácticas informaciones con las que nuestros abuelos ni soñaban y que por lo visto son la sustancia de la nueva felicidad.

       ¿Y ni siquiera el dibujo importa? Aunque no lean, antes muchos niños se iniciaban en la lectura viendo primero los dibujos y luego, cuando ya los tenían muy vistos, por pura curiosidad se ponían a averiguar qué podían decir los globos con las palabras dentro.

       Pero no. Aparte de que habría que revisar la importancia de la letra, que está sobrevalorada, lo que está claro es que leer globitos en un comic es primitivo, arqueológico, casi prehistórico. En las series de televisión, dobladas a todos los idiomas, ya no es necesario. Y además, ¿será preciso decir que las series están mucho mejor hechas que los dibujos, por bien hechos que estén los dibujos? ¿Es urgente explicar la obviedad de que una imagen hecha por ordenador será siempre superior al dibujo de un lápiz humano?

       El héroe lleva semanas de mala alimentación y varios días de hambre, hambre real, de la capaz de morder pieles de plátano, y lo cierto es que ya no tiene ni colores y está dibujado a línea y en blanco y negro. No le queda más remedio que aceptar que tal vez ha llegado el momento de su jubilación. Decide pues buscar una residencia de ancianos para héroes de cómic que ya nadie lee.

       Lo que todavía no sabe es que las residencias de ancianos para héroes de comic fueron las primeras en caer con la Crisis, que en primer lugar y como causa de todo lo demás fue de educación, imaginación, ideas. Y hoy en día son algo tan remoto e improbable que nadie acepta ni siquiera creer que existieron alguna vez.

  • Pedro Sorela

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