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Artículos etiquetados con: cine

"Nebraska" y la belleza de las palabras

Jueves 06 Marzo 2014. En Blog, Sastrería

"Nebraska"

Sastrería / Palabras bellas

Hace tiempo, me parece, que no nos fijamos en la elección de las palabras. O mejor dicho, lo hacemos en función de su eficacia pero no su belleza. La de niebla, por ejemplo. O la de tempestad. La consecuencia es que muchos periódicos parecen escritos por jefes de prensa de ministerios, y muchas novelas, por sociólogos más constipados por el pensamiento políticamente correcto que por el biempensante (no es lo mismo).

       Esta evidencia me viene a los ojos con frecuencia cuando leo, pero la última vez se me ha impuesto con claridad con ocasión del reparto de los Óscar, algo que por lo general me interesa menos que un rábano pero que en esta ocasión me ha parecido más significativo de lo habitual. Esto es, que una película con imágenes muy convencionales como Doce años de eslavitud (al margen de su valor documental, que lo tiene) y otra que es una hoguera de olvidables efectos especiales y poco más, como Gravity, se hayan impuesto a ese humilde alarde de cine que es Nebraska, y además en blanco y negro. La razón de esa extravagante pero por lo visto masiva votación es varia y profunda pero en primer lugar se debe a la elección del lenguaje: el de las dos primeras películas es conocido y en cierto modo está compuesto de postales -sí, también el de Gravity-, y el de Nebraska es cualquier cosa menos conocido pese a que retrata la llamada América Profunda, de la que todo el mundo habla pero pocos conocen más allá del cine, o se han fijado. Y es así. Así, con esa insólita desolación hiperrealista de la que el equipo de Nebraska -desde el inolvidable Rey Lear protagonista al último de los arrugados personajes que le salen al paso- consigue extraer una no menos inesperada y por ello mismo memorable poesía.

      Este episodio, que en apariencia se encuentra en las antípodas del lenguaje es muy ilustrativo en cambio sobre cómo procedemos a la hora de elegir nuestras palabras. Una operación, por cierto, que realizamos varios cientos de veces al día, si no miles: y resulta que elegimos las palabras por su significado, no por su belleza. Estamos dispuestos a premiar aquello que denuncia la esclavitud, o los estragos del Sida, o las estafas piramidales de banqueros mafiosos, y para ello aplazamos la forma en que se hace. Más aún, preferimos una forma que sea reconocible por todos: los angustiosos latigazos a los esclavos, los múltiples y rápidos atardeceres en el cosmos, ahí al lado, que desde hace tiempo ya son una ventana de nuestra casa, o esa Blue Jasmine, que tanto recuerda a Un tranvía llamado deseo. En cambio postergamos a ese cineasta que, con un insolente blanco y negro, nos obliga amablemente a revisar al mito del "sueño americano" y a fijarnos en esa multitud de gente atónita por la televisión y por ello mismo ciega a la extraordinaria peripecia de ese Don Quijote contemporáneo que es el anciano de Nebraska. Igual que los 45 millones de telespectadores (¡!) que sólo en Estados Unidos encendieron el televisor para auto celebrarse: pues los Óscar son una ceremonia todavía más nacionalista que los juegos olímpicos. Y también ahí se reserva un pequeño lugar a los atletas de otros países más pobres, a modo de zanahoria delante del burro, como un colofón más de una audiencia, un negocio global.

     Haga la prueba y verá. Es un experimento casi definitivo e imagino que para un poeta, inquietante: La gente ya no elige las palabras también por su belleza sino casi sólo por el significado que tienen en ese manual de lo políticamente correcto en que hemos convertido el lenguaje. Es posible que la gente no proponga como palabra bella descomunal, por musculosa y machista, y que evite melancolía, no vaya a resultar paternalista. Los latinoamericanos ya no se asustan con las jotas y las zetas de los españoles -"¿están enfadados?"-, y a los españoles ya no les parece que los latinoamericanos viven en un culebrón.

     Cuando yo era niño nos iniciaban en las sonoridades de los idiomas con un poemilla que nunca he olvidado:

Háblale a Dios en castellano

a las damas en francés

a tu doncel en germano

y a tu caballo en inglés,

pero hace ya tiempo que nadie le habla a su caballo en inglés, idioma que se reserva para las escuelas de negocio, propietarias ahora de la patente.  

      Lo que hace urgente que los maestros vuelvan a llevar a los niños a los conciertos, a los museos y a las cocinas para enseñarles a enamorarse de los idiomas a partir de su piel y de su olor.

En brazos de la implacable Julia Roberts

Viernes 22 Marzo 2002. En Artículos, Cine

No tengo mucho espacio ni tiempo y me vigilan (nos vigilan a todos), de modo que seré breve: desde que nací permanezco secuestrado por una banda que no me permite moverme o mirar a los lados, casi ni pensar y menos denunciarles pues, como en La noche de los muertos vivientes, el número de humanos que han convertido en zombis crece: seguro que muchos descartarán este s.o.s. como un delirio o un panfleto nacionalista (tendría gracia), y algunos susurrarán mi nombre en un teléfono secreto antes de colgar y seguir con sus vidas bien planchadas. Así que si algo me ocurre, que se sepa que fue por esto.

Quienes dan las órdenes en la banda anidan en la sombra de lujosos despachos y se reproducen en yates y al borde de solitarias piscinas. Y sus órdenes las ejecutan eficacísimos esbirros que no tienen que ver con el matón de colmillo de oro, al revés: una de las más conocidas es la llamada Julia Roberts, una joven que no parece nada —y no es nada— pero que junto con otros cabecillas goza con un poder casi divino: está en todas partes. No me refiero a los periódicos y los artefactos de plástico que con la complicidad de alcaldes bajo sospecha basurizan nuestras aceras, sino a que ella y sus colegas se han instalado en nuestro gusto, moral y costumbres, nuestro modo de hablar y vestir, y hasta en nuestros deseos: queremos parecernos, ser como ellos, becerrillos de oro plastificado.

La cultura del espejo

Por: Pedro Sorela Lunes 15 Enero 2001. En Artículos, Cine

Hace tanto tiempo que me entreno en el higiénico deporte de descubrir las cadenas de imágenes de las que habló Marguerite Duras en su etapa más radical —descubrirlas es comenzar a romperlas— que ya soy casi un campeón. Según se desprende de las teorías de M.D. (fáciles de comprobar en un simple televisor), si un vaquero desciende de un tren solitario en un pueblo barrido por el viento, seguro que alguien no verá el siguiente atardecer rojo.

Si un hombre maduro entra en una cafetería y la cámara enfoca a una jovencita con la falda corta... ya se sabe quién pagará la cuenta. Si justo al comienzo salen una mujer talludita pero inteligente y un hombre cuarentón, lo más probable es que él sea su marido, idiota, y sólo salga del letargo ante dosis elevadas de fútbol y sexo. Si un locutor-robot pone ojos tristes es que va a anunciar una desgracia, con sangre y víctimas. Si sonríe... Y así. Estaba tan contento con mis altos logros en este deporte durásico —en definitiva, un ascenso a dogma de la ley dramática según la cual si en el primer acto aparece una pistola sobre una mesa, para el cuarto tiene que haberse disparado—, que tardé en comprender que, al lado de la realidad omnipresente, incluso los grandes cadenólogos no somos más que novatos.


  • Pedro Sorela

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