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Artículos etiquetados con: Viajes de Niebla

Viajes de Niebla

Novela. Autor: Pedro Sorela Editorial Alfaguara, 1997. Páginas: 382. Portada: Raul. ISBN: 9788420480848

Todo escritor sabe, a partir de cierto momento, con cuántas bazas seguras cuenta. Yo siempre supe que contaba con Viajes de Niebla: ahí es nada, el sueño de cualquier escritor, la narración de un mundo real, pero desaparecido. Casi un deber para cualquiera que lo haya presenciado, o al menos oído sus historias. "¡Qué barbaridad!", me dijo una vieja amiga al publicarse, "¡qué imaginación!". No le dije que me había tenido que reprimir, como todo novelista, para ser creíble.

Ahora creo que la alegría, el entusiasmo del libro, y que llega a su punto álgido con la recreación en setón del canto de los marineros a bordo del Magallanes y el concierto revolucionario de Vinkírovitz en el Real, tiene que ver con que me había mudado recientemente desde un piso oscuro a una casita llena de luz, con cuatro árboles, el techo inclinado y una chimenea...

Yo suelo escribir en un estado no del todo consciente, y sólo después, con el libro impreso, comprendí que Camila Mallarino, Diego y Niebla, el poeta Íñigo Gayán de Gádor, contaban básicamente la historia de mis padres. Lo que no dejó de perturbarme. Cómo era posible que yo dibujara a mi madre oscilando entre dos hombres. Podría no haberlo sido, pero era una mujer de un solo hombre. Hasta que comprendí que Diego y Niebla, de título revelador, eran las dos facetas de mi padre, las que yo recordaba sobre todas y que habían fascinado, y cómo no, a mi madre.

Viajes de niebla. Unas páginas...

Miércoles 06 Marzo 1996. Páginas de novelas

...Por la noche los pasajeros se esforzaban en acudir a los bailes de la travesía, en parte porque no hacerlo era como desairar al capitán, un elegante marino que gobernaba el Magallanes sin hacerse una arruga, sobre todo porque ponerse un esmoquin o un vestido de noche, especialmente un vestido de noche, aliviaba misteriosamente el mareo, por lo menos durante la primera hora. Un perfume adecuado o una corbata negra devuelven cierto orden al mundo.

Se puede decir que esa travesía del Magallanes fue diferente, no sólo por el diario de a bordo: “mar arbolado”, “vientos de cuarenta nudos”, “el baile del paso del ecuador de la travesía fracasa por el mareo del pasaje”, sino porque no hacía falta mirar demasiado ni ser un novelista para comprender que no eran tiempos ni para campeonatos de shuffleboard, ni para bailes, ni mucho menos para mares en calma.

Por algún anceso marino, quizá corsario, en ese mar insolente Camila se sentía en su casa. Feliz de que se niño no se mareara –siempre mantenía la horizontal gracias a su cuna en hamaca-, exaltada por el viento, las nubes, el mundo moviéndose bajo el barco vulnerable, lo que a ella le hubiese pareciedo extraño habría sido un mar en calma, gaviotas planeando aburridas y a la luz de las estrellas llegando hasta el barco sin tener que esforzarse. No era eso lo que estaba en el aire.

De todas formas el aspecto un poco huérfano del Magallanes no se debía sólo al mareo del pasaje: era febrero y en primera clase debían de ir vacíos por lo menos uno de cada dos camarotes, lo que producía un poco el mismo efecto que un gran hotel con sólo unas pocas luces encendidas bajo la lluvia. Subrayaba ese vacío el que la segunda clase fuera llena –estudiantes de regreso de Euroopa, actores haciendo las Américas, comerciantes con espíritu de conquista y muchas misioneras con los ojos alumbrados-, y la tercera, abarrotada: de cantantes. Al amplio puente de primera, donde aquí y allá unos cuantos pasajeros dormitaban o intentaban leer arropados por mantas con el anagrama del barco, llegaba durante el día el rumor ansioso de la humanidad amontonada abajo.

Con la noche y cuando el mar lo permitía ese rumor de ansiedad se cambiaba en guitarras, acordeones, violines, palmas y hasta castañuelas, más de una vez, y sobre todo en canciones, alegres si se cantaban hacia proa, melancólicas si mirando la popa, que a veces contaban cosas en idiomas enérgicos y enigmáticos. Parecían venir de otra gente, otro viaje.

 

Käs lumbe der shnoel,

dun suçedan down et mored.

Kas lümbe der shnoel,

ras wände, a solitel korsai.

O Tir, razor min its taita,

O Tir, saär tuzur, O tir,oa in llas e shasho an il no.

Jahá quis in, ¿it llas?

¿It no? ¿it shasho es?…

(Mi amada se queda atrás,

dulce amada bajo la luna.

Mi amada se queda atrás,

no temas, yo te mandaré llamar.

Adiós, casa de mis padres.

Adiós, prado verde, adiós

paz del fuego y silencio de la noche.

Allí adonde voy, ¿qué fuego habrá?

¿qué noche?, ¿qué silencio?… )

Cantos del regreso, antología y traducción de Pedro Sorela. Ediciones Corunda. México).

p. 154

 

 

 

… En algún momento de aquella creación sobre el borde de un acantilado alguien no soportó más el silencio entre las notas. O la imperfección de éstas. O la tensión que se creaba cuando Vinkírovitz levantaba un dedo y apuntaba a una tecla, y procuraba inmovilizarla con los ojos. De golpe se aceleraron los murmullos que habían impedido la perfección del silencio entre las pausas. Unos cuantos carraspearon. Esa fue la señal. Murmullos y risas ya indisimuladas, escondiéndose unas tras otras, se transformaron pronto en ese viejo graznido de las multitudes cuando ridiculizan lo que no comprenden y temen. Se teme lo nuevo, pues nos envejece.

“¡Payaso!”, gritó un valiente, y en un instante se incendió el teatro. Sobre Vinkírovitz, que parecía no darse cuenta, comenzaron a caer risas puntiagudas y sarcasmos y un tomate que le alcanzó en la cintura y le escurrió una mancha impresionante sobre una de las alas del frac. Vinkírovitz siguió tocando. En ese momento abordaba el pedazo que se ha dado en llamar Los pájaros –realmente no tiene sentido hablar de movimientos en la música de Vinkírovitz-, por lo que la algarabía del patio parecía el doble.

“¡Farsante!” “¡Turista!” “¡Timador!”, le gritaban desde la platea y los palcos, y Vinkírovitz seguía buscando, inventando sus pájaros por entre el piano.[1] “¡Tramposo! ¡Embaucador! ¡Cuentista!”, se oía, y Vinkírovitz, impasible. Le cayó un huevo sobre el teclado pero eso no impidió que acertara con las teclas correspondientes: cuando la música de lo permitió, se limpió el huevo en los pantalones, igual que hacen los niños con los mocos.

La indiferencia de Vinkírovitz y el hecho de que continuara tocando –su música parecía sumar ahora un matiz de ironía- iban excitando al patio, que navegaba hacia la deriva, directo hacia la exasperación.

“¡Terapeuta!”, gritaba la marquesa de Monasterio, y enarbolaba sus impertinentes. “¡Voltaire!”, gritaba el conde de Urquiza[2], y luego soltaba un enigmático “Je, je”. “¡Patán! ¡Belcebú!”, se desgañitaba la señora de Pérez, que años después, aprovechando el caos, derivaría en Pérez de la Escotilla… Nada: Vinkírovitz, inconmutable.

Algo había en su música porque Camila le miraba suspensa, indiferente al ruido de los lados y detrás, una especie de motín tan poco interesante como una pelea en las graderías de un estadio. Eso apenas lo escuchaba. Sí sentía en cambio el extraño puente que la tenía sujeta a Niebla, a su lado, como si ambos atravesaran juntos una tormenta, una guerra, una bronca de borrachos, y vieran un refugio al mismo tiempo.

Aunque ¿era la música lo que la tenía pendiente de Vinkírovitz como de un milagro? ¿O era en realidad ese puente con Niebla y através de él la música? Muchas veces Camila se lo preguntó, sin hallar nunca una respuesta nítida, y mucho menos cuando escuchaba de nuevo el Alba de la ciudad, como aquella vez en Londres, y conseguía volver a oír, latiendo bajo la losa de leyenda que ya velaba esa música, la rabia y genuina novedad que esa noche la conmovieron.

De todas formas Camila estaba “chocada”, como hubiese dicho ella, por un público que no alcanzaba a comprender. Si no les gustaba, ¿por qué no se iban?

“¡Gabacho!”, le gritaban a Vinkíroviz, muy injustamente pues no tenía nada de francés y en París a su música tampoco le había ido muy bien. “¡Sordo!”, gritaban. “¡Trompetista!” “¡Saltimbanqui!” “¡Pedo!”, y sobre el escenario caían huevos y tomates.

Al principio intimidada, no tanto por la violencia de los insultos como el el filo de su sarcasmo, poco a poco Camila sentía cómo le subía a la garganta una indignación casi desconocida, que sólo recordaba de la vez en que vio a un mayoral azotar a un caballo bajo la lluvia con un fuete de circo al tiempo que lo montaba con espuelas de estrella.

“¡Cojo!”, gritó alguien, y Camila se giró como si la hubieran mordido para descubrir quién poedía ser tan miserable. Quedó muy sorprendida porque quien podía serlo era Ágata Cumbreflorida, una chica silenciosa y tan delgada que un embarazo se le hubiera notado al segundo mes. Ágata se encontraba en el palco del marqués de Ante junto a un grupo que a Camila le costó reconocer, pese a que todos eran habituales de su propia casa. De jovencitas salidas del colegio del Sagrado Corazón, recién presentadas en sociead, se habían transformado por efecto de la música en histéricas amazonas que soltaban insultos entre carcajadas amarillas. En cuanto a los hombres, aunque mantenían la pose del pelo engominado, esa distancia que le inoculan con la leche del ama de cría a los marqueses de medio pelo, gritaban “¡mendigo!” “¡hortera!”, “¡dominguero!”, con desdén. Camila comprendió que los estampidos de sus escopetas de caza habían terminado por secarles el cerebro. Y sintió pena por ellos –así era Camilia- y se prometió que los hijos que tuviera nunca se les parecerían.

En ese instante un resto de tomate que aún no era papilla hizo el camino de regreso por el cielo del Teatro Real y fue a estrellarse contra la gargantilla de brillantes que partía en dos el cuello de cigüeña de Ágata Cumbreflorida. La joven quebró el porte para mirarse y la expresión que puso fue de incrédula sorpresa, como quien no puede aceptar que un mono se columpie de una lámpara en un comedor de Estocolmo, por ejemplo. Camila volvió la vista hacia delante y, en uno de los grandes momentos de su vida, vio a Niebla agachándose sobre el escenario del Real para comprobar qué tomates estaban suficientemente enteros que pudieran regresar al frente. Recogerlos. Y arrojarlos.

A su lado Vinkírovitz le miraba, ya sobrio si es que alguna vez había estado borracho, seguía tocando, miraba hacia los palcos y soltaba grandes carcajadas. Una alegría de niño le brillaba en los ojos –nada que ver con la venganza sino también una gran afición a lo imprevisto-, mientras se olvidaba de los pedales del piano y llevaba el ritmo con su pierna buena.

“!Leb shätz!”, gritaba de vez en cuando con entusiasmo. “¡Leb shätz!” .

(páginas 169 y ss.)



[1] Literalmente, pues como es sabido al final de Los pájaros el intérprete tiene que intentar conseguir el famoso efecto Tucán. No se sabe muy bien lo que es. Tampoco tiene nada que ver con el canto del tucán pues Vinkírovitz nunca vio ni escuchó un tucán. Y porque el tucán no canta.

[2] Conde de Urquiza y de Casa Urquiza, también conocido como El Reconde.

  • Pedro Sorela

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