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Artículos etiquetados con: Tierra de los hombres

Elogio del Imperfecto

Jueves 07 Septiembre 2017. En Blog, Lecturas, Sastrería

p.S

Sastrería

Una de las alegrías que recuerdo en mi vida fue cuando descubrí -me descubrieron- el Imperfecto. El Imperfecto del Indicativo. Yo vivía en un mundo muy constreñido, como sucede cuando se tienen 12 o 13 años, lleno de normas, matemáticas y horas fijas para esto y aquello, e incluso tenía que llevar uniforme. Que en el colegio tampoco se tomaban demasiado en serio, y de alguna manera, aunque ahora soy partidario de los uniformes escolares, que permiten escapar de las marcas, las modas horteras y la lucha de clases, yo me las arreglaba siempre para burlarlo en algún detalle y de esa manera salirme de la fila. Y entonces, en ese mundo de misterios algebraicos que yo creía me hacían desgraciado pero en el que era muy feliz gracias a los amigos y el descubrimiento de las ideas y de las chicas (o al revés), llegó el Imperfecto.

     Como todo gran amor, llegó cuando no lo esperaba, sin el menor aviso. Al contrario. Lo he fechado a menudo en la tarde en que un profesor leyó en voz alta una página de las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, y me sacó de la siesta habitual de la clase de literatura. En realidad, visto con perspectiva, llegó por oleadas y a lo largo de esos años cruciales que son los decisivos de la lectura porque son las que se quedan para siempre. A veces tengo dificultades para recordar lo que leí hace un mes pero podría citar de memoria hasta pasajes de ciertos libros que leí entonces, hace una vida. De Guerra y paz, Pobres gentes, El gran Meaulnes, Tierra de los hombres y otros grandes clásicos, por supuesto, pero también de Mientras la ciudad duerme de Frank Yerby, casi seguro el primer libro gordo y sin dibujos que leí y el primer título de novela que admiré, o no pocos Julio Verne: con La isla misteriosa comprendí cosas que no había entendido en el colegio.

    Son libros muy distintos y no quiero caer en posmodernidades y ponerlos todos en el mismo plano porque no lo están. Pero con el tiempo he ido comprendiendo que una de las cosas que me fascinaban era una música más o menos inherente a muchos de ellos, y esa música era, en su núcleo duro, la del Imperfecto del Indicativo. Cierto que en algunos casos, como las Memorias de ultratumba, manejado con una maestría que parecía estar inventándolo.

     Como quizá todo el mundo sabe -profesor en 2017, ya no me atrevo a dar muchas cosas por sentadas-, el Imperfecto es el tiempo de la evocación, de los grandes espacios y, si se quiere, de las memorias y con frecuencia de la gran literatura. Y como su propio nombre indica, por su ausencia de rigidez y precisión es quizá el tiempo más libre, en el que el escritor se puede permitir un marco de visión más amplio, eso es crucial, y mayores saltos y elasticidades. Leerlo, escribirlo, es descubrir una refinada forma de la libertad.

    De modo que la pasión fue inmediata y, aunque todo ello era todavía inconsciente -desde luego yo habría mirado con la ceja levantada si me hubiesen dicho que mi gran amor se debía a un tiempo verbal del Indicativo- como todo gran amor pronto estuvo sujeto a roces, incomprensiones... ¿y celos también? Más bien el escozor que me produce el toparme (con frecuencia) con su uso malbaratado en la mala literatura, o el cursi de abundantes supuestas crónicas periodísticas: "El presidente del Gobierno salía esta mañana de la Moncloa con rumbo a las Cortes y no sabía si..."

   Pero esas son minucias y no merece la pena gastar pólvora en ellas. Como con el Nobel de Literatura, que se lo terminan dando a un (estupendo) cantante porque las multitudes sencillamente ya no conectan con la gran literatura ni la pueden entender, me parece que algo debe de significar el hecho de que ya no sea tan fácil oír o leer un buen uso del Imperfecto. Es como si nuestros tiempos no estuvieran a su altura, tal vez influidos por el poderío del cine, que si no es francés con voz en off, o de Visconti, es siempre presente o como mucho puro y literal pretérito simple. Véase algo tan significativo como la frecuencia y abuso en el por otra parte lícito recurso a la primera persona -recurso usado en muchísimas de las novelas que llegan a la editoriales y de la casi totalidad de las escritas por los jóvenes, aunque sea una primera persona disfrazada de tercera-, y el uso del presente y el pasado simple. En efecto, es como si hubiésemos pasado de un tiempo Imperfecto, pero amplio, más libre y complejo, a un tiempo muy concreto y más bien simple. Que no lo es, claro, pero así lo miramos y contamos.

Hacia la exactitud por la novela

Miércoles 07 Agosto 2013. Lecturas

Hacia la exactitud por la novela
p.S
Irene Nemirovsky.

Lecturas

Le vin de solitude. Irène Némirovsky, Le livre de poche.

“Pero en el ideal que tengo del Arte creo que no hay que mostrar nada [de las propias convicciones], y que el artista no debe aparecer más en su obra que Dios en la naturaleza. ¡El hombre no es nada, la obra lo es todo!”. Eso le escribía Flaubert a George Sand, en diciembre de 1875, en una nueva formulación de la teoría que había tenido tal vez su máxima expresión en Madame Bovary, y de la que descienden no sólo el estilo de los teletipos de agencia sino ciertas escuelas de novela y crítica. En estas, y en contra de lo predominante en el XIX y a principios del XX, se propugna que sólo el texto importa y que el autor no existe, no debe existir y si es necesario se le omite: El texto se ha de sostener solo y ser leído por sí mismo, como un ser dotado de alma independiente. 

   Hace tiempo que me olvidé de esa filológica utopía, por impracticable en mi caso pues siempre he leído pensando en el escritor que había detrás, desde Dumas y Julio Verne, y no creo que ya nadie pueda cambiar eso. Pero con algunos autores me ha intrigado sobremanera cómo nadie pretendía seguir sosteniendo algo así, y eso me ha ocurrido en particular con Le vin de solitude (El vino de la soledad, Salamandra), que no sé si la propia autora calificó de “autobiografía mal disfrazada”. Hasta el punto de que tenía previsto leer a continuación la densa biografía de Philopponnat y Lienhardt La vie d’Irène Némirovsky (Le livre de poche), y al cabo de cien páginas la he aplazado pues me parecía que todo está contado mucho mejor, omitiendo con más eficacia lo que no importa, en Le vin de solitude, el más memorable, por cierto de los tres o cuatro libros que he leído de esta escritora magnífica. (Parece mentira que nos hubiésemos olvidado de ella hasta la publicación de la Suite francesa, o el inaudito relato de su propia huida de los nazis antes de su asesinato en Auschwitz, a los 39 años de edad, en 1942). 

     Toda esta larga entrada para mostrar mi estupefacción, visto que hace rato dejé detrás la adolescencia, ante el hecho de que una novela me produzca una sensación, ¡una certeza!, de estar mejor “informado” que leyendo una biografía escrita con todas las fuentes y garantías propias del género. Al margen de que los hechos sean o no ciertos -que no lo son: sabemos que como mínimo nombres, fechas y hasta lugares pueden cambiar respecto a lo que sucedió-, lo que produce esa seguridad de verdad es, qué duda cabe, la excelencia de la escritura. Eso y la sensación de vivido que irradia todo el texto, acaso es lo mismo. Sólo se me ocurre otro ejemplo parecido, y es Tierra de los hombres, de Saint-Exupéry, donde la verdad se consigue, entre otras cosas, suprimiendo algunos datos objetivos que hubiesen convertido esos textos esenciales, y nunca mejor dicho, en crónica periodística.

     El talento de Irene Nemirovsky se compone de muchos elementos pero entre los más llamativos -en una obra de una decena de volúmenes que vienen a componer una sola, como ocurre con muchos grandes- figura sin duda el que la autora conoce el mundo que describe con la exactitud que sólo puede dar una inteligencia muy aguda, afilada por una mirada de una sensibilidad más precisa que piadosa. Quiero decir que Nemirovsky resume lo en apariencia grande -el enriquecimiento de su padre se cuenta de forma impresionista, con series de tres o cuatro palabras como “millones”-, pero se fija en lo que importa: como cuando, en el camisón desgarrado de su madre, donde se mezcla su perfume con otro a tabaco, desconocido, una niña descubre la doblez, la clandestinidad y la traición.

     Con Nemirovsky pierde gas la vieja acusación de que la novela sacrifica la precisión y el estilo para permitir la anécdota. Sin sacrificar esta, y sosteniendo la novela de iniciación de una niña que detesta a su madre porque a ésta le sobra su hija, Le vin de solitude sorprende a menudo con una exactitud casi biológica. Como cuando dice “La señorita Rosa cantaba a menudo: su voz era débil pero pura y precisa”. O “Los dos pequeños Manassé eran chicos gruesos, pálidos, rubios, verdosos, linfáticos y dóciles”. 

     Pero lo que hace leer Le vin de solitude a velocidad de crucero no es tanto que sea una novela de iniciación, con la peculiaridad de que se trata de una chica. O que esté contada con los ojos de una extranjera: una joven judía rusa emigrante, primero pobre, luego rica, fea pero elegante y refinada: esto es, una desclasada, una periférica, la condición de la literatura según Camus. Sino la inesperada revelación del tedio, falsedad e incluso angustia que se podía esconder en los escenarios de la última Belle Époque, los escenarios del supuesto lujo y diversión de la gran burguesía rusa y francesa antes y después de la Revolución de Octubre y la primera guerra mundial. Hacen falta unos ojos muy propios y valientes para conseguir ver algo así, y reconocerlo. Sabemos que lo que cuenta es cierto, y nos fiamos más de esa novela que de una biografía llena de datos contrastados. Una paradoja, al igual que con Flaubert, de quien -más que casi toda su obra o los numerosos estudios sobre ella y las teorías del autor-, hoy leemos su correspondencia. Ahí aparece el escritor, quizá no entero, pero sí en carne y hueso.

  • Pedro Sorela

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