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Artículos etiquetados con: Teoría de la entrevista

Entrevistar a una máscara

Miércoles 30 Marzo 2016. En Blog, Entrevistas

p.S
Wallraff, el periodista, el ejecutivo, el obrero turco.

Diálogos/El disfraz

"¿Cómo entrevistar a una máscara?", es lo que con toda probabilidad uno se pregunte si ha de entrevistar a Günter Wallraff, el hombre que ha convertido el disfraz en un instrumento, no para disimular sino al contrario para averiguar la verdad. Y no hay tal: Wallraff -o al menos así fue ese día conmigo, hace años-, se muestra particularmente desnudo, desnudo de máscaras si se entiende lo que quiero decir. Esto es, alguien tan agotado por sus esfuerzos ya legendarios en el arte del disfraz que en la vida diaria, alejado del frente, se muestra más de verdad que nadie. Un duro -quien lo dude, que eche un vistazo así sea a una sola página de su biografía-, pero al tiempo alguien tocado, febril y hasta malherido por lo que no ha podido dejar de ver y (esa es la novedad entre los testigos) también vivir. Alguien sin tiempo para andar disimulando.

     Aún así, sigue el problema: ¿como entrevistar a alguien precisamente por su dominio de la máscara? Pues en contra de lo que se podría pensar, es un caso abundante. Es casi el primer obstáculo que ha de enfrentar el entrevistador: por lo general la gente entrevistable domina la máscara y ha hecho de ella su profesión o al menos una de sus habilidades. No otra cosa hace un cantante, un político, un actor o un escritor ganador de premios: gente experta en la representación, que sabe lo que hay que decir para seducir al periodista, uno de los responsables y quizá el principal de seguir prolongando esa imagen ganadora. Y lo primero que hacen los entrevistados es fingir simpatía e igualdad: "somos iguales, somos colegas", le transmiten al periodista hasta con palmadas en el hombro y lenguaje corporal. Y el periodista, al margen de lo novato que sea, se lo suele creer porque, habituado a vivir entre brillos y titulares, le han atacado por su lado más vulnerable, la vanidad.

     Wallraff es otra cosa. No sólo porque la vanidad parece desplazada junto a él -ese tipo de vanidad- sino porque la dirección, la intencionalidad de su máscara es otra. Los entrevistables (llamémosles así) se trabajan la máscara para incrementar su imagen, esa moneda fuerte en el mercado de divisas de nuestros días. Él trabaja sobre la máscara porque ella y sólo ella le permite averiguar lo que hay debajo de apariencias construidas con solidez, dinero y constancia: Lo que hay detrás de la prestigiosa marca Volswagen, por ejemplo; o tras el periódico Bild Zeitung, que en su día provocaba hasta manifestaciones de protesta de gente agraviada por su interpretación de la libertad de imprenta; o en las cárceles griegas cuando la dictadura en calidad de preso político voluntario; o de Alí, un obrero turco inmigrante vestido con mono azul, y para mostrar que el precio de serlo en Alemania puede ir hasta someterse a experimentos con radiación nuclear. Todas esas misiones le han convertido en un marginal dentro de la sociedad alemana (aunque venda miles de ejemplares; varios millones de Cabeza de turco) hasta el extremo de que, al menos cuando realicé esta entrevista, tenía que vivir fuera de su habitual barrio obrero y lleno de inmigrantes pues la presión dentro era excesiva. Pues como con la bruja de Blancanieves, pocas sociedades aceptan -y tampoco la alemana es excepción-, verse confrontadas a un espejo real.

     Parece un exótico, un extravagante del periodismo y de la sociedad rica occidental encantada de conocerse... pero quizá no lo sea tanto. Quiero decir, ¿de verdad es tan delirante su teoría? En un mundo construido por gabinetes de prensa y de imagen, de asesores y web-masters que aprenden a domar el flujo de las resonancias en nuestra sociedad de reflejos, ¿tan delirante resulta que alguien pretenda desmontar todos esos disfraces con otro, así sea el muy sencillo de un periodista amarillo o el más humilde aún de un obrero turco con lentillas negras para teñir sus ojos azules? Por qué el periodista habría de ser el único en renunciar al disfraz, sobre todo si al final se encuentra el compromiso de revelar la verdad, o al menos la verdad conseguida con la máscara. En un mundo de disfrazados, por qué la máscara de quien se la pone a la vista de todos -como en una Teoría del Distancimiento de Brecht, con la que por cierto su método conserva no pocas afinidades- por qué ese disfraz sería más ilegal que otros, o tan siquiera más inverosímil.

      La entrevista en estilo indirecto, y en este caso sin casi frases textuales, no es sino una consecuencia más de ese juego de representaciones. El supuesto realismo del estilo directo se me antojaría en este caso particularmente equívoco; siempre faltaría algo en la supuesta reproducción textual de lo hablado: justo eso que él pretende rellenar con la escritura del disfraz. Pues no es la apariencia de realidad lo que busca desvelar Wallraff sino justo lo que se esconde bajo ella, más afín, me parece, con la narración que con la representación. La narración llega allí donde la representación no puede.

      Pese a todo lo cual se mantiene la pregunta: cómo entrevistar a alguien que ha llevado la máscara al virtuosismo.

      Mi conclusión fue: con preguntas sinceras, y aprovechando que el tigre descansaba.

La seducción del seductor

Jueves 17 Marzo 2016. En Blog, Entrevistas

p.S
Naipaul

Diálogos /La seducción


  - ¿Ha entrado ya?

   -  Sí, dije.

   - ¡Pues no haga caso! ¡No mire!, me conminó Naipaul en un susurro. A sus espaldas, un camarero del hotel Ritz de Madrid entraba en la habitación llevando, me parece recordar, una bandeja con un servicio de té y sin saber muy bien a qué atenerse pues Naipaul se había negado a decir "¡Pase!" cuando había llamado varias veces a la puerta. Aunque fatalmente con mayor retraso del que podía tolerar el escritor.

   - Esto ya no es lo que era desde que lo compró esa cadena, ¿sabe usted?, me dijo Naipaul. Yo no estaba familiarizado con el apasionante  mundo de los cambios de propiedad en el mercado hotelero pero me apresuré a asentir con la cabeza en plan cómplice.

    Lo cierto es que iba un tanto intimidado por la leyenda de severidad de Naipaul, y no sabía si me iba a tener que enfrentar a él a cara de perro tuerto, como con un político que esconde a un dictador o un bucanero de la Gran Banca. Pero no: conmigo Naipaul se comportó con una cortés y benevolente distancia, como corresponde al autor de tipo anglosajón que él representa ser y le reconocen en las islas, a juzgar por el aplauso unánime que allí le adjudican. Eso sí, miraba sin miedo con esos ojos oscuros y enigmáticos que tiene, y sólo meses más tarde me sorprendió que Constantino Bértolo, su editor entonces en España, me invitase a presentar uno de sus libros y dialogar con él en público en el Círculo de Lectores de Madrid (aunque eso no significase forzosamente un reconocimiento a mis talentos como presentador).

    Sea como fuere, en ese primer encuentro no pensé que hubiese conseguido seducir a Naipaul, como corresponde al entrevistador de Cultura. Pues no otra cosa es ese sutil diálogo que es, o puede ser, una entrevista cultural: la intensa seducción de alguien que es a su vez un seductor profesional, que ha de nacer, desarrollarse -si se desarrolla- y concluir en muy poco tiempo: en torno a una hora, y hoy eso casi nunca. Y seducir al seductor para que el entrevistado no se sienta examinado sino invitado a compartir algo de esa riqueza que tiene.

     Yo comencé a entrevistar, sobre todo a escritores y pensadores (¡pero también una vez gloriosa a Claudia Cardinale!), cuando en el mundo periodístico de la entrevista imperaba el dogma casi exclusivo del que llamaré síndrome Oriana Fallaci. Esto es, la creencia generalizada de que una entrevista es, y sólo es, el procedimiento mediante el cual un entrevistador de buenos modales y voz queda le tiende una trampa a alguien entrevistable, de preferencia uno de los poderosos de la tierra, y a continuación lo va recortando, como en una tortura medieval, hasta que el entrevistado maldice la hora en que aceptó la entrevista (literal: eso dijo Henry Kissinger tras hablar con Fallaci)... y el entrevistador queda brillando bajo el titular como una suerte de Caballero Andante de la Verdad y la Justicia.

     Bien, no digo yo que no -aunque tal vez deberíamos aceptar la posibilidad de que un poderoso no sea siempre un canalla-, pero sucede que en una entrevista cultural eso no funciona. Y la prueba es el propio libro de Fallaci Los antipáticos, de su prehistoria periodística, donde tras penosos y ombliguistas intentos de recortar a un artista como Fellini u otros la que queda desplumada es ella, aunque dudo que lo supiese alguna vez.

    En la entrevista cultural -salvo la excepción del Figurón Fraudulento, por otra parte nada infrecuente- no tiene ningún sentido ir a recortar al personaje, que con frecuencia es un pensador, un artista notable. Y según mi experiencia, a veces con una indiferencia hacia los medios directamente proporcional a su talento. Si se presta a la entrevista puede ser por cortesía, generosidad o ganas de ayudar a sus patrocinadores. Reconozco que esa figura -que hoy combaten incluso en los contratos, donde se obliga a la colaboración con la publicidad de la obra-, se da muy rara vez: Beckett, Salinger (convertido por ello mismo en un animal enjaulado y acosado por esos mismos medios), Julien Gracq...

    No sé si tiene mucho interés pero mencionaré que Naipaul no me intimidó para nada. En un par o tres de encuentros, sin duda cordiales, y aparte de su evidente singularidad, me pareció un hombre un poco preso en su propio personaje, lo que también es muy frecuente y al periodista le cuesta no poco sacarlo de allí. Y me decepcionó cuando en su conocido libro sobre la India le leí algo del tipo (cito de memoria): "como está previsto, aparecieron los niños sucios y desharrapados propios del Tercer Mundo". Justo lo contrario de lo que yo espero de un viajero, y de un escritor. De ellos espero que vean lo que no está previsto.

La colaboración entre autor y editor

Jueves 10 Marzo 2016. En Blog, Entrevistas

Diálogos / La colaboración

Llamé a Vargas Llosa a Londres para que comentase unas declaraciones polémicas de Günter Grass, que teorizaban desde el confort europeo sobre la revolución en América Latina, o algo por el estilo, y de paso le hice unas preguntas para una supuesta entrevista, que, sumadas, apenas alcanzan la categoría de tal. Entre otras cosas porque no creo en las entrevistas a distancia, una práctica que hoy casi se generaliza con el correo electrónico, la llamada con imagen y demás aparatitos. Cuando a mí mismo me han entrevistado así, siempre tengo la impresión de estar contestando a una encuesta de mercado, a una entrevista de juguete.

      Pero la experiencia interesante fue la paralela. Pues Vargas Llosa, que entonces todavía no escribía en El País, me dijo que le gustaría contestar a las declaraciones, pero mediante un artículo que prometía incluso entregar en horas. La dirección aceptó de inmediato, y al día siguiente, domingo, y visto el atasco que se producía en las cabinas en las que varias secretarias tomaban al dictado las crónicas de los corresponsales (el correo electrónico era todavía ciencia ficción, aunque inminente), me puse yo en una cabina a tomarle el dictado a Vargas Llosa. Una suerte de delito profesional que sólo alguna vez muy rara vi cometer a ninguno de mis colegas. Pero yo me había formado en una agencia de noticias, el frente de guerra en periodismo, y allí la intensidad de los combates no deja lugar a los engreimientos de rango.

     Entonces sucedió. Vargas había escrito su artículo con rapidez y pronto ello se notó en algún error indigno de él, que ni recuerdo: alguna cacofonía, alguna rima, algún pleonasmo. No me pude reprimir y se lo dije... y para mi gran sorpresa él lo reconoció de inmediato, cambió la palabra y dijo un humilde "Gracias" que, con sinceridad, no esperaba: si el engreimiento de los periodistas es a veces alto (y enternecedor), no quiero contar el de los escritores, y más en una situación semejante. Y lo alucinante es que la situación se repitió un par de veces más, con el mismo resultado, hasta que en la tercera dijo "no, ahí no tienes razón", con algo de impaciencia que se alcanzaba a percibir en su casi invariable amabilidad, y comprendí que ahí había terminado mi labor de editor.

     Pero fue una experiencia útil. Pues me demostró que un buen escritor admite que se puede equivocar, y que incluso un artículo de opinión, el encargo más individual en un periódico, puede ser, y en un periódico serio es, una labor de dos, pues puede y hasta debería intervenir la opinión de un editor en el sentido anglo de la palabra: el que revisa el texto, no en sus contenidos, sino en la forma. Aunque a veces la frontera no esté clara, como es sabido.

     Y si eso es verdad en un artículo, cuánto más no lo es en una entrevista. Que es un diálogo, una obra de teatro, incluso un enfrentamiento, a veces. Pero requiere de un acuerdo tácito y no funcionará nunca si uno de los dos no quiere.

  • Pedro Sorela

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