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Artículos etiquetados con: Televisión

Polvo de espectadores

Martes 01 Enero 2013. Blog

Polvo de espectadores
             EFE
             Doce juegan (ahora once) y dos o tres mil millones miran.

Todo se podrá decidir, anunciaron hace ya tiempo los científicos: la altura de los hijos, encontrar con un mando un amante a distancia, el tipo de paisaje adecuado para que caigan más records de atletismo... Pero una vez más el azar nos lleva la contraria y sugiere que somos polvo en el universo y alguien se ríe de nosotros. El martes pasado, el corazón de uno de Los Doce dio un saltito y se fueron al carajo todos los cálculos, nada menos, de la división del mundo entre Actores y Espectadores. Entre Acción y Espectaducción. Algo determinante, como no se le escapa a nadie, para el Gran Equilibrio del que la Humanidad disfruta en esta era pacífica y llena de regalos.

    Y fue un saltito de nada, tan sólo un bip un poquito más fuerte en un cardiograma rutinario en una clínica de Amsterdam situada en la muy elegante y silenciosa Keisergracht, uno de los canales en los que está prohibido hasta cambiar de lugar una maceta. Se pretende así -ironías del azar- congelar la imagen de Amsterdam en un idílico pasado armónico de la ciudad. Y ese bip que era casi un susurro equivalió a la subida del precio del pan un 3 de julio famoso: al día siguiente un pueblo enardecido tomó La Bastilla y comenzó la Revolución Francesa y la mundial. (Aunque a unos les llegaron los capítulos y a otros tan sólo notas a pie de página, y no señalo a nadie).

    Pero a lo que íbamos: Hace tanto, tanto tiempo que el mundo se ha dividido entre Actores y Espectadores, o más bien al revés, que ni sabemos cuándo se hizo el reparto y ese podría ser muy bien un desafío para un historiador. Aunque las proporciones varían según se trate de ping pong o de baloncesto, son parecidas. En tenis son de 12 a unos 2.000.000.000 o tres mil millones, más o menos. Es decir que doce juegan y los demás miran. Se excitan, sufren, apuestan, motejan a los Jugadores -El Elegante, El Hombre de Hielo, El Cañonero, y así-, engordan en el sofá y esperan mientras la vida transcurre a su lado y ellos miran la televisión y, ocasionalmente, una o dos veces en su vida, asisten a una semifinal en Roland Garros o en Wimbledon. Sucede lo mismo en el Automovilismo -ahí la proporción es de media docena de pilotos contra mil millones de espectadores-, o en Fútbol, donde claramente el reparto es más equitativo: Si por un lado el número de espectadores es prácticamente el de Toda la Humanidad -quitando los pueblos aislados de Bután o la Amazonía, o un par de islas del Pacífico-, el de Jugadores sube extraordinariamente a varios cientos. Bien es cierto que aquí no importan tanto los jugadores -importan, pero no tanto-, sino los clubs y los equipos nacionales: de sus progresos y fracasos, vidas internas, lealtades y traiciones, tarifas en ese tráfico de hombres y agitadas relaciones con los entrenadores que hacen de dios o de traficantes viven los espectadores. Y otro factor a tener en cuenta: el grado de compromiso de los espectadores de fútbol es mayor que el de, digamos, los de automovilismo. Mucho mayor, dónde va a parar. Y las militancias no son excluyentes. Esto es: un espectador puede estar mirando un partido de fútbol y, con audífonos, seguir una carrera de coches en el otro extremo del mundo. Y dar a todos sus vecinos las grandes noticias, que se resumen en una: "Hemos ganado".

    Relaciones parecidas se desarrollan en la política, donde votamos una vez cada lustro y luego nos sentamos a ver cómo se saludan los presidentes en las puertas de los palacios para luego librarse a jueguecitos con las fronteras; el amor y el sexo -estamos viendo películas a todas horas pero rara vez las hacemos-; la música -el programa de máxima audiencia es el de calibrar cómo otros cantan canciones viejas-; y hasta la religión: no hablamos con Dios, le pedimos a alguien que lo haga por nosotros en un idioma enigmático... Y así más o menos con todo. Y sin el más o menos.

    Y pese a que todo esto ha sido fijado hace mucho, como digo, ha bastado para que el corazón de uno de los Doce Elegidos del Tenis haya hecho una rayita de más en un electrocardiograma para mover todos los equilibrios. El quid de la cuestión es que se trataba de una rayita no prevista. ¿Acaso no fallan los corazones de los tenistas? Sí, fallan... pero cuando está escrito. Es decir cuando tienen 34 años, ya están jubilados o a punto... y alguien de veinte años les ha derrotado. Nada como una derrota a manos de un novato insolente para que el corazón se lleve un disgusto e incluso proteste con una rayita de aviso. El problema con este jugador es que él tiene 23 años y apenas comenzaba a tener clubs de fans y la prensa había desvelado sólo algunos de sus secretos: el tipo de avena que come al desayuno y cómo son las relaciones con su chica, una ninfa de veinte años y pelo largo de Blancanieves que esconde sus ojos soñadores detrás de gafas de mariposa...

    Qué fue lo que movió el corazón del Número 9, como le conoce la Prensa? (Pues le gusta el fútbol y aunque gana millones a pala ha dicho que le gustaría haberlos ganado como número 9 en un equipo de fútbol). Quién sabe... La mañana del cardiograma comió doble ración de bacon al desayuno, leyó la noticia de un terremoto en la India con 2.485 muertos y que su gran rival se echó de novia a una princesa guapa por lo que seguirá reinando de por vida, un Inspector de Hacienda husmeó hasta la mesilla de noche de su último hotel, y sintió a su propia novia lejos, abstraída, tal vez acordándose de un primer novio de juventud. O sea que no se sabe cuál es la causa exacta de la fatiga de su corazón.

   Lo que sí es cierto es que ha empujado el gran pero como se ve delicado equilibrio entre Actores y Espectadores, y ahora se corre el riesgo de que sólo haya once jugadores que jueguen el torneo de los Grandes Torneos, el único que importa, y los Espectadores aumenten en uno. Uno más. Y a estas alturas ya no se sabe si existirá suficiente número de sofás en el mundo para dar cobijo y vivienda a tanto, tanto espectador... La armonía se ha quebrado por un borde y nuestra vida de sentados y esperadores felices se encuentra en peligro. 

Héroes ausentes y otros efectos inesperados de la lectura

Jueves 10 Noviembre 2011. Blog, Sastrería

Héroes ausentes y otros efectos inesperados de la lectura

p.S

La lectora (2005)

Sastrería

Lectura 1. 

Dos bandos se enfrentan en este mundo resumido: los que dicen que no leemos y los que dicen que más que nunca. Los primeros evocamos los veranos que duraban años de nuestra infancia, con tiempo para la playa y Dostoievski, toda la obra de Julio Verne y El Conde de Montecristo, una especie de En busca del tiempo perdido para chicos.

     Los otros enarbolan las cifras de venta de ciudades atormentadas por el viento y muchachas tatuadas e incendiarias que Baroja y Unamuno, en un tiempo analfabeto y dolorido, no podían sospechar, y además exhiben aparatos mágicos que ni siquiera Verne imaginó. Sólo Steve Jobs.

   - Aquí caben cuatro bibliotecas de Alejandría (o quince, o veinte), dicen mostrando un aparato pegado a una pantalla, "y pesa lo que un canapé". Cierto, y viva Jobs, el Verne-diseñador de nuestro tiempo. "Y en el futuro", añaden, "sólo leerán en papel los monárquicos legitimistas y los arqueólogos de Egipto, y las librerías serán tiendas para regalos que abrirán un mes antes de Reyes. Todo el saber de la humanidad y también las predicciones estarán a la distancia de un par de clics, tres máximo, y en este caso para bajarse (gratis) los planes de urbanización de Saturno".

     Bien, todo eso es cierto, y para certificarlo está naciendo ante nuestros ojos una nueva especie de seres humanos con el primer órgano añadido desde la invención de las uñas. Y es una suerte de extensión del brazo, a menudo colgada del oído, que hace que la gente invente un idioma de frases cortas y casi siempre innecesarias del tipo "Ya he llegado, voy para casa", y se sienta sabia e informada porque ha leído cuatro tuits indignados y cinco titulares en una pequeña pantalla.

     Pero hace tiempo que detecté que la lectura es uno de los dos o tres terrenos que deben de quedar en el mundo escurridizos a los números. En efecto, la arriesgada idea de que la verdad está en las cifras y sólo en ellas tiene tan sólo tres o cuatro siglos, y no será necesario recordar a los pensadores y pianistas que situaron el saber en el cajón de al lado de las sumas y los tantos por ciento. De modo que quizá no importe tanto cuánto se venda -un impuesto surgido cuando se descubrió que la Cultura podía dar dinero si se la viste con los premios y los anuncios adecuados- sino qué se lee, se escucha y ve, y sus efectos.

     Por ejemplo, yo descubrí que la no lectura, o la lectura de libros literales, como los telefilmes, sin la menor metáfora ni idea -que los hay, hay incluso muchos-, tenía por efecto que mucha gente ya no sabe lo que es un héroe y, quizá peor, no sabe llorarle. Fue a raíz de la muerte de un periodista en una guerra. En los días siguientes comprobé que habíamos encerrado al muerto en la postal del reportero con chaleco de pescador atrapado en un lejano conflicto de gente salvaje. Lenguaje rudo y onomatopéyico de La Tribu y whisky sin hielo en el "hotel de los periodistas" (¿!) mientras afuera un enemigo de barba oscura y ojos brillando de rencor se carga algún patrimonio de la Humanidad. Y todo ello para salvaguardar el derecho, nuestro derecho a la información, y el de nuestros burgueses a apreciar nuestra superioridad civilivizante.

   Hasta ahí lo previsto. Pero es que además no sabíamos llorarle. No lo sabía su periódico, con el consabido editorial-orquesta municipal rimbombante pero hueco como el confeti de la Nochevieja, y no lo sabían ni su novia, con un artículo lleno de lugares comunes, ni los lectores con sus cartas al director... ni los jóvenes que, cuando les hablé del dolor y el duelo por los héroes, me respondieron que, para dolor, el dolor de muelas, de parto o el de los ligamentos cruzados que alcanza a los futbolistas y hace que se retuerzan -hombretones como son- llorando sobre el césped.

     Eso me preocupó. Soy tan antiguo que estudié La Ilíada en clase, al igual que la canción de Rolando y el Quijote, o sea que los llevo bajo la piel, y tiendo a creer que una civilización que no sabe llorar a los héroes lo es menos. Menos civilización, quiero decir. Lo que confirmé luego en Taiwán y en China, y en traducciones: en la literatura de la civilización más antigua de la tierra, el llanto por los héroes muertos es un género literario que ha dado no pocas de las obras que los chinos todavía leen para sentirse "el país del centro".

   Esa experiencia del héroe ausente me reveló una de las enfermedades que produce la no lectura o la lectura irrelevante, y que parece una tontería pero puede llegar a ser grave, muy grave y hasta letal: la literalidad. Un héroe es una metáfora, y hay que tener cierta imaginación y haber leído y tener los ojos aguzados para verle el aura e intuir su trascendencia. Y no ver a los héroes cuando pasan a nuestro lado o mueren frente a las murallas de la ciudad es una forma de no ver la belleza, algo que los griegos consideraban una enfermedad y Chesterton catalogó para siempre como prueba terminal de que esa enfermedad es la de los mediocres. Eso permite comprenderla mejor. Y es contagiosa, aunque de momento no se sabe cuánto. 

     No he podido dejar de pensar en todo esto cuando, no sin asombro pese a que ya tengo cierto callo en los ojos, he comprobado el trato dispensado al poeta Tomás Segovia tras su muerte. En España, pues en México ha sido un luto nacional. Aquí, con la excepción de dos precisas crónicas de Rodríguez Marcos en El País, se ha rápidamente etiquetado a Tomás Segovia como un "poeta valenciano", siendo así que él relativizó las patrias toda su vida e hizo bromas sobre el azar de su nacimiento -su madre sevillana se encontraba de paso en Valencia cuando dio a luz-, o se le ha ignorado por completo, con osada ignorancia, como es el caso de Televisión Española y sospecho que también las otras televisiones, y esa sospecha es un prejuicio, cierto, pero también un síntoma. Está claro que no leen poesía (ni pensamiento), o quizá tenían dificultades con la identidad, visto que Tomás se sentía en su casa en España y en México, donde permaneció exiliado todo el franquismo tras haber emigrado allí niño, hijo de republicanos. Cuando aludí una vez a la dificultad de todos para ubicarle en uno de los dos sitios, me contestó: "Ese es problema de los demás, no mío". Ahora ya no hay problema, ahora un académico lo ha etiquetado ya como un "poeta de ambas orillas". (¿No hay un lenguaje real-académico? Qué tema para una tesina...).

   Tomás Segovia murió la víspera del día en que TVE no sólo dedicó buena parte de los telediarios a refritar el Debate político del día anterior, previsible de comienzo a fin como si políticos -y periodistas- interpretasen una partitura, sino que le dieron un espacio que parecía un sarcasmo a la muerte de un boxeador que una vez tumbó a Cassius Clay. Además se felicitaron profusamente por no sé qué premios que los periodistas de radio y televisión se habían auto repartido el día anterior, sin saber que justo ese día los telediarios españoles estaban añadiendo un capítulo a la gran crónica de la ignorancia y miopía periodísticas. Pero no creo que nadie dimita, no está previsto. Ni siquiera creo que nadie se vaya a dar por aludido.

   Él se habría reído, estoy seguro, pues sus opiniones sobre los medios eran fatalistas. Siempre he tomado por un mal síntoma para él que un escritor pierda el tiempo comentando lo que hace o deja de hacer la televisión, pero en mi opinión el ninguneo de la muerte de Tomás Segovia es algo que sobrepasa la consabida banalidad posmoderna y entra en algo más. Qué diablos, Tomás Segovia no era sólo un gran pensador y poeta -uno de los tres o cuatro de la punta, si así se midiera la poesía, que no se mide-, sino historia ambulante del siglo XX, español y americano, la oportunidad de pagar un poco de la deuda que este país tiene con la memoria del exilio (él se negaba esa condición, o mejor dicho, a usarla), y una encarnación de ese rarísimo escritor en quien vida y obra se confunden, requisito, según Stendhal, para la obra maestra. Era ante todo un hombre libre, o algo muy parecido, y eso irrita pues escapa del lenguaje en cápsulas y obliga a pensar. O sea que tiene que ver, quién lo diría, con el hecho de no leer poesía, metáforas, leer de pie; o no leer en absoluto, quedarse sentado para escuchar historias ya mascadas por alguien para que no se hagan pesadas en la digestión y contribuyan a apagar cualquier fuego. De esas que llenan los telediarios.

   Puede que todo esto sea de cajón y revele sencillamente que la televisión no tiene nada que hacer con los poetas, o al revés. Puede incluso ocurrir que ese sea un anuncio de que al fin los escritores y artistas van a dejar de estar medio sobornados por la Industria y sus premios, las banderas, el falso entusiasmo sin lectores, y vuelvan a la sombra y la minoría, el extrarradio donde se encontraba el teatro de Shakespeare, su lugar natural desde siempre y en todo caso más verdadero. No sería mala noticia. Pero de todas las señales inquietantes que se producen en España desde ya hace algún tiempo, esta es de las que a mí más me ha alarmado. Pues la enfermedad de la literalidad es uno de los síntomas de una imaginación enferma. Y la imaginación es una de las condiciones de la libertad.

 

Betty, o quién coloniza a quién

Por: Pedro Sorela Jueves 02 Mayo 2002. En Artículos

Entre lo mucho que me ha hecho disfrutar y pensar Betty la fea quizá lo único que me ha chocado, en el sentido colombiano, ha sido, una vez más, la constatación de la agresiva ignorancia de tantos españoles respecto a América en general y ahora Colombia, un país hermano que iguala la población de éste y casi triplica su superficie. Aunque la compruebo desde que nací, literalmente pues soy hijo de español y colombiana y he cruzado el mar tantas veces que me siento en mi casa en muchos sitios pero sobre todo en medio del Atlántico, es algo que no deja de asombrarme.

A partir de las dos o tres entrevistas españolas que he visto o leído con el guionista o actores de la serie, me pregunto si no es inaudito que españoles alfabetizados se asombren del castellano hablado en Colombia —el más viejo de sus lugares comunes—, o se admiren, extrañados, de la calidad de los actores de un país que ha tenido en teatro una reputación internacional, o de que la sociedad colombiana sea algo más (y bastante más rico y complejo) que la imagen maldita y tramposa de la narcoviolencia, donde aparte de los muertos poco es lo que parece: una simpleza reforzada por las crónicas periodísticas sobre Colombia, que casi siempre mezclan la empanada mental sesentaiochista con clichés de Hollywood sobre la violencia y el perdonavidismo de primermundistas nuevorricos.

  • Pedro Sorela

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