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Artículos etiquetados con: Teatro

El baile no ha terminado

Miércoles 26 Abril 2017. En Blog, Viaje

Rius
Don Perpetuo del Rosal, en Los Supermachos.

Nada más comenzar la universidad, tras mi regreso a España, entré en un grupo de teatro. Yo pensaba que por nostalgia de mis últimos años, en que como actor había sido dirigido por un genio, el francés Marceau Vasseur, pero como ya he contado aquí, era por nostalgia del baile. Pues al mismo tiempo en que montábamos a Ionesco y a Rius, el dibujante mexicano de la tira Los supermachos de San Garabato, mis amigos y yo dedicábamos los fines de semana a bailar -bailar cumbiamba y otros culpables de la salsa- en las incontables fiestas de una Bogotá todavía provinciana y algo inocente, previa al narcotráfico y los secuestros.

    Nada de lo que he dicho era lo que parece a primera vista: El teatro que hicimos no era lo que se entiende por teatro de colegio. Con él aprendí lo que es el rigor y la tenacidad en el arte, en un año entero con ensayos diarios para el montaje de Escena de cuatro personajes que no debía de durar más de media hora; y la prueba es que el mismísimo Ionesco le preguntó a Vasseur al ver el montaje qué hacía allí dando clase en un liceo francés en el otro extremo del mundo y no se dedicaba a lo que lo que de toda evidencia era lo suyo. (Y no se dedicaba porque en el teatro profesional jamás hubiera sido tan libre, reflexión que por cierto habría de marcar mi propio futuro). Algunos de los bailes no eran guateques de estudiantes sino reventones en los que el suelo se remecía a tres cuadras de distancia por las trompetas de orquestas de veinte músicos en una Colombia, por otra parte, en la que el ritmo y la música salía a todo volumen de Cien años de soledad, que nacía entonces, las cocinas y los autobuses. Y nuestras parejas de baile no eran ni mucho menos solo eso sino en su mayor parte las compañeras de clase con las que, desde la literatura y las ideas al temblor de tierra de una mano en la cintura de una chica que se quiebra con el ritmo exacto, estábamos descubriendo casi todo.

   Durante años me dejé engañar. Pensé que esa experiencia privilegiada e inconsciente, como suelen ser las experiencias privilegiadas, había determinado el que en la universidad me dedicase al teatro. Y este a su vez me permitió superar la rutina de una carrera (cualquier carrera la tiene, en cualquier universidad) y la vida de provincia: aunque conseguí no pasar ni un día de vacaciones en ella, estudiaba en Pamplona, una ciudad a la que no he vuelto porque no hay que regresar a los lugares en los que uno ha vivido intensamente. Y lo digo sobre todo por aquel teatro.

    Pero no, el tiempo ha pasado y ahora creo que el verdadero padre de mi viaje teatral fue el baile. Solo así se explica que en el teatro que hicimos en la universidad -con la ciega entrega de compañeros que no sabían en qué se metían- todo estuviese supeditado al movimiento y al ritmo. Al baile.

     Pero es que ahí no termina. Me cuesta mirar hacia alguna parte en que no irradien esos bailes de música caliente, nombre que recibe o recibía en Colombia.  Por ejemplo la vez en que descubrí la explicación  de Saint-Exupéry según la cual es más grave una falta de ritmo que de gramática. Estoy de acuerdo. El ritmo, más aún que las cinco preguntas, presidió mi redacción de treinta y seis mil teletipos en la agencia de noticias en la que trabajé durante mis años de purgatorio en esta vida. Y con una tenacidad sorprendente, durante años seguí buscando tiras cómicas interesantes -puro ritmo-, y en la capital mundial de ellas, el eje París-Bruselas, hasta comprender que también ese arte había sido secuestrado por el sofisma televisivo de hablar para todo el mundo y ya no hay guionistas de interés -que no dibujantes- o al menos no consiguen publicar.

     ¿Y no estaría mi experiencia representando a Don Perpetuo del Rosal en el montaje de Los supermachos en el origen de mis viajes a México, que iban a empezar veinte años después?

    Y así sucesivamente.

Miradas de don Luka . Recuerdos de un profesor

Jueves 01 Septiembre 2016. En Blog

Luka Brajnovic, profesor y poeta

La mirada más azul y conmovida que recuerdo de Don Luka -un hombre caracterizado por ellas- fue cuando volví de Kotor con la impresión de que era en efecto una de las bahías más bellas del mundo, y la noticia de que habíamos logrado ver a algunos de sus parientes. Él me había dado las referencias, y la noticia del contacto no era una minucia: aún imperaban Franco y Tito y don Luka era un exiliado político croata en España, después de haber vivido una vida que durante tiempo creí que había inspirado La hora 25, de Constant Virgil Ghiorghiu. Y sí, yo no era ningún Marco Polo, pero no me parecía probable que ni en la entonces Yugoslavia -un país de extraordinaria y sorprendente belleza que cambiaba todo el tiempo-, ni en todo el Adriático, hubiese muchas bahías que pudiesen rivalizar con la que, en forma de trébol, alojaba en una de sus hojas a Kotor; una pequeña población con teatro de ópera y último bastión de Croacia y del Imperio Austro Húngaro antes de llegar a las tierras agrestes de Albania.

    No me pregunto mucho por qué fui a Yugoslavia y organicé con cuatro amigos un viaje que tuvo sus aventuras, como debe ser todo viaje digno de tal nombre. Imagino que sobre todo porque no la conocía -en los 70 era un destino más bien exótico-, pero como ese era un requisito fácil de cumplir, porque quería ver la tierra que cambiaba un poco la voz de mi profesor exiliado y anidaba en el centro de sus versos. Y con toda la distancia requerida -Don Luka era un profesor venerado por sus alumnos, pese a sus esfuerzos por ser cercano y rebajar las distancias-, de mi amigo. El viaje fue celebrado en su casa, en una de sus cenas con extraordinarios guisos de recetas croatas que custodiaba doña Ana, la mujer más sonriente que recuerdo. Don Luka y doña Ana recibían a estudiantes en su casa como si estos fuesen embajadores romanos.

    Yo tardé en tenerlo como profesor. Tan solo me sonaba su nombre cuando un día mi compañero de estudios Pedro J. Ramírez me propuso participar en un recital de homenaje a él. No por nada sino por puro afecto de estudiantes y con motivo, me parece, de la publicación de su poemario Retorno. Leí algunos poemas y acepté. Pedro J. me lo propuso porque habíamos comenzado a hacer teatro juntos, en el grupo de la universidad, y le gustaba mi voz, e invitó igualmente a Elica Brajnovic, lo que fue motivo de un incidente que no puedo considerar más que divertido. Lo que ya me pareció entonces.

    Pues Elica es mujer y esa era razón suficiente para que nos negaran el teatrillo de uno de los colegios mayores de la universidad, residencia de varones. No parecía importar mucho la consideración de que Elica era la hija mayor de don Luka, nacida antes de su exilio (Olga y los más pequeños nacieron ya en España, cuando después de años le permitieron a doña Ana y Elica reunirse con él), ya madre de familia y profesora de la universidad. Pero en todo tiempo y lugar hay gente que no comprende nada, y el asunto no tuvo trascendencia porque en otro colegio mayor nos cedieron un estupendo escenario, y lo que más recuerdo del recital: "Tantos hombres y tantos caminos hay en la panorámica de mis años, pero todos se van, atrapados en la rotación de luces y noches...", lo que más recuerdo de él fueron los ojos encendidos de don Luka, que vino a darme la mano, conmovido, lo sentí. El mejor aplauso posible. Y luego el siguiente recuerdo es cómo en cierto momento salimos juntos don Luka y yo del bar de la plaza del Castillo donde estábamos celebrando el recital con todo el mundo y durante lo que me parece que fueron horas estuvimos caminando por las calles de Pamplona, de noche y sin rumbo, charlando sobre vete a saber qué. Hace más de cuarenta años de todo esto. Creo que éramos dos amigos que se presentaban.

     La siguiente mirada que recuerdo pues me sorprendió más que halagó, se produjo en uno de los pasillos del Central, cuando, a la salida del bar de Faustino, don Luka me hizo desde lejos un ademán de reconocimiento y de invitarme a tomar un café. (El tomaba cortado, y más de uno. Un día le dijo al camarero, muy serio: "Quiero un cortado... pero con la leche a un lado y el café al otro". Y el camarero, que ya sabía cómo las gastaba, le contestó con la misma seriedad y aclarando el problema con las manos: "Ya veo. Y la leche, ¿a la izquierda o a la derecha?"). Esto sucedía al día siguiente del estreno de mi tercera obra de teatro, Sonoro y solitario. Al término de la representación yo había ido a su encuentro, ansioso de conocer su opinión, que para mí era importante, y él la había aplazado al día siguiente, pues quería reflexionar.

    No me extraña que quisiese hacerlo. Cuando después de actuar tres años me pasé a la dirección y creación de mis propias obras, pues nadie me dirigía como yo quería, mis montajes, muy trabajados, comenzaron siendo mudos y abstractos, puro teatro del cuerpo como si quisiera encontrar mi propia gramática teatral. Y así era. Sonoro y solitario suponía el fin de esa etapa, con la incorporación de sonidos, todavía no palabras, sonidos que don Luka supo interpretar magníficamente -ahora lo veo- cuando al fin frente a nuestros cafés en uno de los bares más agradables que conozco, me dijo "Ha dicho usted lo que nadie se ha atrevido a decir aquí". Su palabra era ley y le creí. Y aún así me pareció excesivo. Ahora creo que tenía razón: en la obra yo contaba la peripecia de un artista que permite que su obra se convierta en una suerte de tiranía y al fin es derribado por sus discípulos. Con la mirada poética que ha de tener todo creador, y también un profesor, él había sabido ver la metáfora que anida en toda obra de arte, si lo es, incluso en casos al margen de las intenciones del autor, y eso era lo que subrayaba.

    Tuve el privilegio de disfrutar de una beca de estudiante-ayudante con él, y eso me permitió asistir a su trabajo desde el otro lado de la mesa de profesor, y recordar algún incidente que agrieta, por fortuna, un retrato de don Luka que a veces es voluntarista y un poco merengue. Como el día en que, en su clase de Literatura Universal, tratábamos con entusiasmo de ese momento excepcional que es el prólogo al Fausto, de Goethe, y él interrumpió la clase para darle un corte a un grupo de estudiantes concentrados en no sé qué bobada sin prestar la atención que merecía algo extraordinario -eso también sucedía antes de los móviles-, como era esa lección, con ese manual de Grandes figuras de la literatura universal y otros ensayos, difícil encontrar mejor iniciación, y ese profesor. Esa pérdida de paciencia era por completo excepcional, tanto que consiguió de inmediato el orden que quería.

     Don Luka fue una de las razones de que yo no volviera a Pamplona, después de haber estudiado allí, en mi idea, que el tiempo no ha hecho más que reafirmar, de que no hay que volver a los sitios en los que uno ha vivido intensamente. En un encuentro en Madrid, años después, con su incomparable capacidad de comprensión él me dio a entender que lo entendía perfectamente. Pero a menudo he dialogado con él en silencio. Supongo que eso es lo que es un profesor. Y un amigo.

     Se me olvidaba contar que el éxito del recital de los poemas de don Luka fue tal que inauguró una prometedora carrera de declamadores para Pedro J., Elica y yo. El siguiente fue Neruda.

 

(Publicado en la página "Luka Brajnovic. Algunos recuerdos")

Sobre un Teatro de la Caricia

Jueves 13 Septiembre 2012. En Blog

Trazado de la trayectoria, de Pedro Sorela. 1974.
Grupo de Teatro de la Universidad de Navarra.
De izquierda a derecha, Antonio Cebrián, Carlos Múgica,
Isabel Limusín, Adelaida González e Isabel LLaguno.

Imaginemos un teatro que llamaré de la caricia, aunque nadie se toque. O mejor dicho, el espectador no toca a los personajes, y estos se pueden tocar entre sí. Se trataría de un teatro de la mucha proximidad, cercanía, el casi contacto, la caricia: un soplo sobre la piel... con los ojos. No el teatro de visita, llamémosle así, que se produce a veces en Inglaterra: el espectador acude a una casa grande, en cuyas habitaciones unos cuantos personajes componen una obra. La casa tiene casi siempre una decoración clásica, y los personajes parecen vivir una intriga de Agatha Christie, Hitchcock o cualquiera de sus muchos descendientes. La gracia consiste en que el espectador puede pasear por las habitaciones pero en modo alguno ver todo lo que sucede. Se hace su propia obra a partir de lo que ve, y algunos, si han conseguido presenciar las escenas clave, pueden a veces resolver el misterio. O no: a lo mejor de lo que se trata es de que cada uno arme su propia historia como en una novela del OuLiPo.... (Aunque todo espectador o lector arma siempre su propia historia, como descubre, sorprendido y luego divertido, cualquier autor).

    En estas obras, y también en ciertos microteatros que han proliferado como setas en otoño, y no siempre por causa de la crisis -en Buenos Aires son un fenómeno-, los espectadores ven a los personajes desde muy cerca, y les puede parecer que están tomando café con ellos. Pero de algún modo sigue habiendo una barrera, y yo estoy hablando de la abolición de la barrera, o de una cercanía que la convierte en otra cosa. Tampoco se trata de ese porno de ciertos bares-burdel de Estados Unidos o México, donde la chica le hace un streap-tease de máxima proximidad a su cliente, casi nadando en la copa que se esté tomando, sin que el cliente pueda tocarla bajo ningún concepto. Algo muy enfermizo, como se ve, y siempre una única historia, muy estereotipada y de final conocido.

    Me refiero a un teatro de la máxima proximidad, un poco como cuadros de Georgia O'Keefe, o novelas de David Foster Wallace, en las que algo mirado desde muy cerca y agrandado en gran formato termina por modificar la realidad misma para construir otra: eso  es el arte a fin de cuentas. Imaginemos pues un teatro de la casi caricia, en el que la pelusa de la nuca, las venas de una mano o el olor de un personaje puedan constituir un escenario, o incluso serlo, y donde la exacerbación del detalle y la cercanía terminen por cambiar la realidad.

    La idea de un teatro de la caricia -probablemente irrepresentable, puro arte conceptual-, me viene de antiguo: de mis experiencias como actor, en otra vida, en un teatro muy físico y en particular la representación de una suerte de discusión, entrelazado con otro actor, en un sofá de la Escena de cuatro personajes, de Ionesco. Es muy interesante, y que yo sepa se ha explorado poco, todo lo que ve un actor desde la escena y que es sin duda otra obra. También me viene de los múltiples y para mí muy sugerentes escenarios que surgen a cada paso en algunas de las viejas y desconchadas facultades de la Universidad Complutense de Madrid, donde doy clase. Y me viene por último -entre otro millón de experiencias, claro está- de la audición hace unos días del Moisés y Aron, ópera inconclusa de Schönberg que se representó en el Teatro Real de Madrid y cuyo montaje en algún lugar de la Europa rica costó en su día tres millones de euros.

     Esa fue la razón de que en Madrid esta obra exigente se representara sólo en versión de concierto, para el consabido público de caballeros con cabelleras de plata, señoras muy perfumadas y el habitual pequeño grupo de melofanáticos cuyas discusiones conforman un género en sí mismo... hermético. A su lado la dodecafónica música de Schönberg y la Escuela de Viena suenan a vals.

     Según las informaciones de la red, las dos representaciones en el Teatro Real de Madrid, a cargo de más de doscientos músicos de una orquesta y coro alemanes, costaron entre entre 400.000 euros y un millón, y no me ha sido posible encontrar una cifra definitiva y de fuente solvente, pues al parecer no era ese un dato que interesase a los periodistas de cultura que acudieron a la rueda de prensa de la función. Una suerte de inhibición de la curiosidad que en ciertos aspectos del teatro Real caracteriza ya a la prensa de Madrid, y que tal vez explique esa suerte de severo derroche, se mire por donde se mire, aunque la función haya contado con el patrocinio de una marca comercial  y una donación de la comunidad Judía de Madrid. La obra refleja el torturado pero místico pensamiento religioso de Schönberg al final de su vida, que ilustra con la peripecia de Moisés y el Pueblo Elegido en busca de la Tierra Prometida.

    No se trata de un episodio aislado. En fechas recientes en Barcelona, el Liceo exhibía una platea casi vacía en algunas representaciones de las óperas de Wagner del Festival de Bayreuth, en gira, sin duda a causa de unos precios de escándalo a los que el público español no puede responder, por entusiasta que sea.

     No dejaba de pensar en todo ello mientras, invitado por un crítico amigo, escuchaba la -probablemente magnífica- obra de Schönberg, interpretada por la misma orquesta y coro alemán que lo hizo en la no lejana representación de un San Francisco también polémico en un escenario exótico. Veía a una orquesta tan rica que apenas cabía en el escenario del Real, uno de los más grandes del mundo, como se dijo en su restauración, en los años 80, cuando se dobló o triplicó el presupuesto de miles de millones de pesetas previsto, por causa, entre otras cosas, de la improvisación y la chapuza: La Era del Despilfarro. Y viendo a músicos y cantantes tan juntos, se me ocurrió que una magnífica representación teatral sería pasearse entre ellos, como una suerte de antropólogo privilegiado entre los guerreros de Xian.

    Digan lo que digan -y de todas maneras no publican los periódicos-, el costo de la ópera, por patrocinios que tenga, termina por recaer en buena parte en el bolsillo de todos: aunque sólo sea porque el precio de las entradas queda al alcance de realmente pocos. Lo que asombra es que a estas alturas, y tras reiteradas promesas de que todas esas restauraciones multimillonarias iban a ser para abrir la ópera a todo el mundo, la ópera siga siendo el espectáculo de señores con sombrero de copa, leontina y puro, y señoras enjoyadas y con calesa de cuatro caballos en la puerta -esto es, una marca de estatus social, como un coche o una mansión-, y cuya pasión por Schönberg, un autor arduo y poco dado a los efectos, es, permítanme, como mínimo dudosa. Aunque la versión de concierto se represente a veces seguido, sin pausas, también es posible que en Madrid se hiciera para evitar la espantada del intermedio que se ha dado en otras ocasiones difíciles. Y no deja de ser asombroso que el Teatro Real, con una bula informativa que un día terminará por llamarnos la atención, esperemos, siga llevando una existencia paralela y de cuento de hadas, como si sus responsables no leyesen los periódicos con las recientes medidas fiscales en contra del arte y la cultura o el cierre de la docena de escuelas municipales de teatro de Madrid, y no hubiesen viajado nunca a los países donde la ópera es -casi- para todo el mundo, las representaciones se programan por quincenas, o meses, y aficionados por lo menos tan sinceros como los que ahora asisten al Real pueden comprar entradas por veinte o treinta euros.

  • Pedro Sorela

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