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Artículos etiquetados con: Ritmo

El amante no tan secreto de la literatura

Martes 11 Julio 2017. En Blog, Sastrería

Stendhal (pS) y Truman Capote.

Sastrería

Muchos escritores del Siglo XX temíamos, cuando llegaron los ordenadores, que estos nos fuesen a cambiar el ritmo de escritura y con ella el resultado final. Teníamos razón. Yo escribí a mano mis primeras novelas -uno de los varios modos de diferenciarlas del periodismo-, hasta que me di cuenta de que ese placer decimonónico de escribir dibujando con una letra que me identificaba como una huella digital, a diferencia del uniforme de la tipografía impuesta por los ordenadores, tenía un costo: el ritmo interior de la novela era de otro tiempo.

   Es algo a lo que no se suele prestar atención y sin embargo tiene una enorme importancia: cómo se escribe y, sobre todo, a qué velocidad y con qué ritmo. Y si alguien tiene dudas de su carácter decisivo, que lea la muy conocida correspondencia de Flaubert con Louise Colet, su amante y también escritora, en la que Flaubert va describiendo, casi siempre a altas horas de la madrugada, la lucha que mantiene, palabra a palabra y durante días, cuando no semanas, con cada frase de su Madame Bovary. Libro que, en contra de las teorías contemporáneas a cual más pintoresca de los Estudios Culturales, fue escrita -véase el libro de Vargas Llosa La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary-, para demostrar una teoría de escritura: los posibles efectos sobre el texto de la supresión de un narrador visible, algo por completo revolucionario para la época. Hoy las noticias de las agencias serían distintas sin la escritura de laboratorio de ese libro.

    García Márquez dijo en su día que con los ordenadores tardaba la mitad del tiempo en escribir sus libros que cuando lo hacía a máquina y volvía a empezar cada página con el primer tachón. Además, no avanzaba sino después de haber aprobado cada frase, lo cual explica mucho de su prosa. Borges escribía primero en la cabeza porque se fue quedando ciego, y luego dictaba. Se cree que Shakespeare escribía con tanta rapidez que ni siquiera tachaba lo desechado y no usaba, igual que sus contemporáneos, signos de puntuación. Vargas Llosa crea primero rápido un primer borrador y luego lo somete a una segunda y tercera reescrituras. La pregunta es si esa primera escritura impulsiva es determinante, al fin de cuentas Monterroso dijo con otros que no escribimos sino que corregimos. Truman Capote acumuló primero ocho mil páginas de apuntes y datos antes de proceder al destilado de A sangre fría, y no para recrear un crimen como nadie sino para demostrar, igual que Flaubert, otra teoría: que la escritura de no ficción puede igualar en atractivo y tensión a la imaginaria. (Él pudo). El inglés William Boyd -también guionista, lo que no es irrelevante- elabora planos muy desarrollados con tramas muy terminadas, momento en el cual avanza a toda velocidad, a razón de varios folios al día. En su habitación insonorizada con corcho, y en la cama, Proust creaba islas, episodios, y luego los iba uniendo para redactar su largo friso de nueve volúmenes. Víctor Hugo se obligaba a doblar cada día el número de versos escritos el día anterior, y a quien no le impresione ese dato, que recuerde el cuento del sabio egipcio que cuando le ofrecieron una recompensa pidió un grano de trigo en la primera casilla del ajedrez, y luego ir doblando la cantidad resultante en cada casilla hasta completar las sesenta y cuatro.

    En el otro extremo, Stendhal escribía tan rápido que sus numerosos inconclusos están trufados de paréntesis con la instrucción (aquí tal cosa). Henry James publicaba casi todo lo que escribía, lo que a mi modo se puede apreciar en su obra y en las de tantos escritores del XIX. Balzac no tenía tiempo ni de ir a ver los lugares de provincia que salían en sus libros pero en cambio corregía hasta el punto de que a sus tipógrafos les pagaban el doble. Muchos escritores cobraban entonces por página. En eso se parecían a los periodistas y un punto de unión podría ser Francisco Umbral, de quien Delibes diagnosticó: "Escribe como mea". El recién fallecido Miguel Ángel Bastenier decía que los periodistas son de dos tipos: el rápido y el que no es periodista. Virginia Woolf tomaba dictados del subconsciente (¿no es el caso siempre?), igual que Joyce, más radical que ella, y los surrealistas, que propugnaban la escritura de todo, la escritura automática, y lo convirtieron en escuela. Quien esté interesado en modos y rituales de escribir, que lea las entrevistas de The Paris Review, especializada en ese tipo de informaciones. La duda que queda de todo ello es: ¿cuánto influye el ritmo en el resultado final de la escritura?

    Como digo, tiendo a creer que mucho. Basta leer algún clásico -a mí me pasa ahora con la por otra parte vívida La calle de Valverde, de Max Aub-, para pensar que les falta edición, esto es, supresiones, reescritura. Véanse también Baroja, el novelista Gómez de la Serna (qué diferencia con sus greguerías) y tantos otros. Antes podían corregir solo hasta cierto punto y en todo caso mucho menos de lo que permiten los actuales ordenadores.

    Iba a escribir "y exige el mercado" pero no es cierto. Es verdad que la literatura tiene que competir por un público mucho más solicitado que antes por juegos y pantallas. Y que en líneas generales los escritores son más avaros con el espacio: difícilmente son concebibles hoy, salvo en James Agee o David Foster Wallace, cuatro páginas para describir una mercería en la Puerta del Sol, como hacía Pérez Galdós. A juzgar por manuscritos y mesas de novedades, muchos libros parecen estar escritos por clones sin programa de textos ni ortografía. Y quizá lo estén.

Libros que se puedan bailar

Jueves 12 Marzo 2015. En Blog, Sastrería

Dibujo de William Faulkner.

Sastrería / El ritmo

Cuando regresé a España para entrar en la universidad, después de pasar mi adolescencia en Colombia, me dediqué con intensidad al teatro, no tanto por nostalgia del magnífico que había hecho allí de la mano de un genio francés, Marceau Vasseur (representábamos a Ionesco, pero también a Rius, el historietista mexicano), sino por pura y física nostalgia del baile. Pues en Colombia, en aquellos años previos a la salsa, que fueron los de las grandes orquestas y la música caliente, todo se hacía, y se hacía mucho, en torno al baile.

    Y la prueba de ello es que el teatro que hice en la universidad tenía, al menos al comienzo, más que ver con el cuerpo que con la voz. Reconvertido de la actuación a la dirección y la autoría, y por la misma razón fundamental de añoranza del baile, durante tres años y tres montajes me dediqué a encontrar no sólo los temas de los que quería hablar sino de modo principal una poética; y dentro de esta, algo principalísimo: un ritmo. Mi ritmo. O lo que es lo mismo, me dediqué a averiguar cómo quería bailar en mis obras de teatro, que empezaron siendo muy teatro del cuerpo para evolucionar luego lentamente hacia el texto... pero ya con cierto ritmo en el ADN, con cierta versión propia de la gramática del cuerpo.

     Con el tiempo no he hecho sino confirmarlo: puede que el ritmo no sea el alma de un texto, pero sin duda se sitúa cerca, y no hay un sólo buen escritor en el mundo -del escueto y rítmico Hemingway a Proust circunvalar, de un García Márquez que no es comprensible sin la música de su letra a un Faulkner de escritura evocadora y cubista- que no dé testimonio de ello, e incluso de forma explícita: Shakespeare dice en alguna parte que los textos avanzan al galope del caballo de los versos y Saint-Exupéry, autor del francés más refinado del pasado siglo, decía que prefería una falta de francés (que él cometía) a una de ritmo. No otra cosa era lo que él buscaba en sus largas horas de edición, o si se prefiere, de las precisas restas con que sometía sin contemplaciones a sus textos.

     A veces me entran sospechas de si esta fe en el ritmo no me vendrá por deformación profesional de los años que pasé en el periodismo, un mundo organizado en torno al ritmo: desde la cadencia de un telediario al sistema periódico que arma, como su nombre sugiere, cualquier periódico. Pero pronto le quito malicia a la sospecha -bienvenida sea esa fe, en cualquier caso- en la primera sesión de lectura: si la aplazo, cosa que cada vez hago con menos remordimientos, es muy a menudo porque el libro falla en ritmo. Si no, es fácil que entre sus virtudes figura el que se puede bailar. Un texto que no se pueda bailar -y las posibilidades de baile son muy, muy numerosas-, un texto que no se pueda bailar está condenado a quedarse sentado durante toda la fiesta.

Ritmo o la escritura bailable

Jueves 23 Enero 2014. En Blog, Sastrería

Campesinos, de Malevich, y creación de arte cinético de Jesús Soto.

Sastrería / El ritmo

No es lo mismo lo que un castellano entiende por ritmo -Azorín, por ejemplo- que lo que entiende, digamos, un colombiano de la costa mulata Caribe (García Márquez). Que a su vez oye algo muy distinto que un mexicano de cultura mestiza (Rulfo). Ni lo que entiende un francés y lo que oye un alemán, aunque sólo sea por las leyes interiores de su idioma y las tradiciones de su cultura: véase la clásica diferencia entre ópera italiana y alemana: Rossini y Wagner. ¿Qué tendrán que ver? Poco. Pero ambas sí comparten algo, y con pasión: sitúan el ritmo, la cadencia, en primer término.

     De forma no tan obvia el ritmo define casi todo, de las artes plásticas al periodismo, y desde el origen: Esa es la definición misma de la lluvia -así llamaban los mayas a la poesía: "sonido de la lluvia"-; de la jungla; de la tempestad: sobre la cadencia de una característica tormenta europea de primavera compuso Beethoven la 6ª Sinfonía, La Pastoral. ¿Qué une a muchas de las vanguardias en pintura? Pues desde el arte geométrico de Malevich al cubismo, el ritmo. ¿Y qué el perio-dismo? Ritmo: un ADN común reúne a los géneros periodísticos, ya sean escritos, de televisión o radio, y es un ADN rítmico. Hasta el punto de que casi podríamos decir que algo no es periodístico si no cumple con esa condición; si no está integrado en una estructura periódica, ya sea la distribución en columnas de una página, el compás de las noticias en un telediario, el formato de partitura de un semanario o los párrafos de un teletipo, por no mencionar ya su estructura interna. Esa cadencia es lo primero que se busca en periodismo, y casi se podría decir que, más que la dificultad intrínseca de un texto -una idea, por ejemplo-, una primera condición para que cierta realidad sea aceptada como periodismo es que sea formulable de una forma sincopada.

     El ritmo es o debiera ser lo primero que percibimos de un texto, y cuando digo "debiera ser" quiero decir que si no lo percibimos, el texto está mal: algo falla. Es pues la primera condición para que un texto sea aceptable, el primer examen, el primer filtro. Saint-Exupéry, que escribía un francés como muy pocos, decía que prefería una falta de francés a una de ritmo.

     Una vez aceptado como eje de casi todo, se descubre que a partir de ahí la discusión es infinita. Pues aparte de algunos autores que se mantienen universales -nuestra melodía interior no se aleja mucho de la de Shakespeare: esa es una de las razones de que permanezca-, vemos que no es lo mismo la cadencia de Proust -la tiene, y de qué manera, una cadencia larga en la que a veces una frase puede ocupar una página- que la de Hemingway, otro que basa su escritura en su concepción cortante y sincopada de la música de la narración. Valle Inclán se leía en voz alta para ver si un texto funcionaba -y su música se percibe desde la primera línea-, al igual que Eugenio D'Ors, que huía de todo ritmo demasiado reconocible. Cortázar habló de su diálogo con el jazz, y en particular con los "takes" o improvisaciones, intuición que gobierna buena parte de su última escritura. Y García Márquez, que nos devolvió la confianza en la música posible de la prosa, ha contado más de una vez que sus influencias vienen sobre todo de la poesía, incluso mala, y sin duda de la música: por decirlo rápido, le ha prestado más atención a la música que ha escuchado que a la literatura que ha leído. En cuanto a Stendhal, al parecer se desayunaba leyendo unos artículos del Código Civil, como ejercicio de sobriedad y de estilo.... y por consiguiente de ritmo. Inútil ir más lejos: no es posible encontrar un escritor de interés cuya obra no esté compuesta a partir de una cierta concepción del ritmo. O mejor todavía, no es posible encontrar una escritura interesante que no tenga swing. Que no se pueda bailar. 

  • Pedro Sorela

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