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Artículos etiquetados con: Redacción

Problemas del contador de héroes

Miércoles 15 Mayo 2013. Blog

Problemas del contador de héroes
p.S (en Ipad)
Cómo contarlos para que no sean una postal.

Colgado de la barra de un vagón en la línea 1, la más dura y áspera del metro de Madrid, ese periodista va absorto, sin mirar a nada ni a nadie pese a la variedad y el interés del paisaje, concentrado en un problema: ¿cómo contar la historia de los refugiados políticos que acaba de entrevistar en un refugio de un barrio periférico? No es un problema retórico: cómo contarlos para que de verdad sean ellos y no las postales de refugiados que, a comienzos del XXI, se nos han ido grabando poco a poco en los genes de los ojos de forma que ya apenas los vemos. Esto es, hombre joven, perseguido, escapada en mitad de la noche; lágrimas de hermanas, abuelas, quizá de novias; dura travesía en camión, barco; aduanas terribles en fronteras muy altas y largas esperas en salas pequeñas de aeropuerto, como apestados, hasta que les dan asilo; alojamientos refugios limítrofes con el asilo, la cárcel... Pues no sirve de nada. El periodista ha leído docenas de esas historias y sabe que no sirven de nada, esas historias entran por los ojos de la gente y salen por los oídos sin haber tocado una sola célula del cerebro, casi igual que un telefilme de los que se venden ya empaquetaditos en los supermercados, o un programa de Gran Hermano o de Sálvame. Bueno, no… estos programas sí hacen disminuir las células del cerebro a la velocidad con que una Coca Cola pierde la chispa de la vida.

    Y ese periodista colgado de la barra del metro sabe que los refugiados políticos no son así. No lo era por lo menos el que le llegó una vez a Madrid, después de haberle tratado una sola vez en una fiesta, hacía meses, en un país lejano. Nada que ver con aldeas en la jungla y masacres tribales. Este era un periodista de corbata, de ideas más bien conservadoras, que se enfadó el día en que la mafia mató a su director y decidió escribir un libro de una valentía escalofriante, en el que cada página suponía dos o tres sentencias de muerte.

    Cierto: el hombre escapó cuando ya un comando de asesinos lo buscaba en la calle, y llegó a Madrid en avión, tras un vuelo indirecto y mucho más largo de lo normal, con unos pocos dólares reunidos a toda prisa entre los amigos que estaban con él en el momento de la fuga y sin más camisas que la que llevaba puesta: no había tenido tiempo ni de pasar por casa. El hombre miraba a los parroquianos del café Gijón, donde le dio cita, como los extraterrestres de un mundo ya definitivamente perdido para él. Entonces una amiga del periodista le buscó ahí mismo un trabajo por las noches en una emisora de radio, y cuando días después él le dio las gracias, la amiga le respondió. "No me las des. Qué sería de la civilización sin gente como él".

     O sea que desde entonces es incapaz de resumir ni hacer encajar a los salvadores de la civilización en las postales bien intencionadas pero simples y uniformantes que proponen los periódicos. (Los periódicos porque la televisión ni se ocupa de ellos, así sencillos y uniformados no son espectáculo suficiente). Y por qué no lo habrían de hacer: Si alguna agencia mundial de noticias tiene formularios con espacios en blanco para cubrir los golpes de estado en países tercermundistas, por qué no habrían de tener formularios, como seguro tiene la policía, para hacer encajar a los refugiados políticos entre cuatro parámetros: a) conflicto; b) etnia; c) amenaza de muerte o sólo de violación, incendio de casa, apaleamiento, d) convenios o no de extradición con España. Y así... todo el lenguaje que utilizamos para terminar por no ver algo que no queremos ver. Y es que un refugiado es casi por definición alguien incómodo para la mayoría, y si no véase a los refugiados cubanos en España, acogidos como héroes hace unos pocos años, luego olvidados por un Gobierno en principio anticastrista cuando ya no son rentables en titulares, y que ahora añoran volver a Cuba. "Si hubiésemos sabido lo que nos esperaba en España...", dicen.

    En tanto que para él -para el periodista colgado de una barra del metro de la línea uno de Madrid-, casi que por principio un refugiado político es un héroe, alguien que ha desafiado a la muerte o por lo menos el viaje, el viaje radical, el del desarraigo, para no seguir aceptando algo que le resulta inaceptable. Algo que de toda evidencia ha de ser contado cada vez de manera distinta y a ser posible única. Cada refugiado ha vivido una Odisea, y así al menos merece que la escriban. ¿Pero cómo hacerlo y escapar de las postales voluntariosas pero blandas en que los refugiados terminan sucumbiendo? Como si ese lenguaje sociológico, correcto y uniformante, que es además el que exigen en el periódico, fuese el primer paso en el ritual del olvido.

Bla, bla, bla...

Jueves 02 Mayo 2013. Blog, Sastrería

Bla, bla, bla...
p.S
Llega el momento en que uno no sabe
cómo enfrentarse a todo lo que sobra.

Sastrería / Compresión

Casi cualquier texto puede sufrir la supresión de hasta una cuarta parte y mejorar, según piensa un amigo mío, Bill Lyon. A partir de ahí, se corre el riesgo de perder algo importante.

    Bill, periodista veterano y de formación anglosajona, fue quien le propuso a EL PAÍS el concepto de Edición, todavía desconocido hasta ese momento en España, y que consiste en someter al texto periodístico a una serie de controles de calidad que van más allá de la ortografía o la gramática. Lo que en periodismo equivale a contrastar si se respetan las reglas básicas de una información.

      El proceso de supresión de lo que sobra, que yo llamo compresión, es posible y hasta recomendable en casi cualquier texto, sobre todo si  periodístico, y es una operación muy valorada en estos tiempos en que el espacio del papel cotiza en Bolsa. Aunque también puede ser una caja de Pandora pues llega un momento en que uno no sabe ya cuándo detenerse al enfrentarse a todo lo que sobra en torno nuestro, y en particular cuando se trata de letras. Se comienza quitando el ...mente de un adverbio así terminado (se comprende muy bien la alergia que le tiene García Márquez a esos adverbios feos e inacabables, sobre todo porque tienden a romper la importantísima cadencia del texto), luego se suprime una de las dos subordinadas de una frase, y es muy posible que terminemos cargándonos  el texto entero. Pues ¿cuántas de las páginas que nos rodean son tan siquiera necesarias? ¿No decía Juan Ramón Jiménez que la primera obligación del escritor es tachar?

     Como lector, uno aprende a desconfiar desde joven de textos de toda evidencia hinchados y por lo tanto reducibles, como la publicidad, el grueso de los discursos políticos o sindicales, el periodismo barato y hecho para hinchar el perro, como se dice en el oficio, y los telefilmes, cuyo desarrollo es posible predecir ¡y con éxito! a partir de los primeros tres minutos: es lo que Marguerite Duras, en su etapa teórica y cinematográfica, llamaba las cadenas de imágenes. Hasta ahí es fácil. Pero es que el hambre de compresión no se sacia con ese aperitivo y el siguiente escalón natural es desconfiar de textos en principio nimbados de autoridad, como la crítica de arte, por ejemplo, o los prólogos: salvo en casos muy puntuales en donde es necesaria una contextualización (y en mi caso muy rara vez, soy un radical, o en todo caso lo leo a posteriori), ¿por qué habríamos de permitir que una tercera persona, llámese crítico, experto, becario, prologuista o mandarín se interponga entre el autor de una obra y nosotros? Más aún: ¿entre nosotros y la obra misma? ¿No es esa una confesión de minoría de edad y de impotencia y mudez en el diálogo artístico por completo insólita? Sobre todo cuando la crítica no ha sido escrita por un narrador y un artista él mismo, como por ejemplo John Berger, sino por los dueños de una jeringonza cuyo hermetismo no tiene más propósito que conservar cerrado el lenguaje, en clave, igual a como hicieron los brujos y todos los sanadores, sacerdotes e intermediarios que en el mundo han sido.

    Además de cierto respeto de lector (mejores los cuentos que su legendaria novela), siempre he sentido una gran simpatía por Salinger y su quizá no tan conocida manía de no permitir a sus editores añadir nada al título y firma de sus obras. Esa es la razón de que los libros de Salinger aparezcan siempre sin solapa ni contracubierta, ni indicación ni texto de apoyo alguno, y confiados siempre así, desnudos, en que el lector sabrá apreciar el texto tal como lo escribió él, sin apoyos que condicionen su lectura. Siempre me ha parecido una actitud de artista muy sabia, bien es verdad que él se la puede permitir pues vistas sus cifras de venta no habrá editor que se atreva a llevarle la contraria. El resultado son esos libros suyos, liberados para siempre de las etiquetas, prejuicios, postales, frasecitas resultonas y adjetivos pomposos que tan a menudo empobrecen las contracubiertas y solapas de los libros.

    Suponiendo que no leamos ya prólogos, programas de ópera y papelitos con presentaciones en los cines con subtítulos (asombrosa tolerancia de que alguien nos diga cómo debemos ver una película o nos adelante su contenido), y admitiendo que nos permitan ofrecer nuestros propios textos sin advertencia alguna, el problema es que uno se da cuenta entonces de que todo ello no ha sido más que el prólogo, y quiere continuar. Sobre todo en estos tiempos en que lo políticamente correcto va invadiendo púlpitos, cátedras y redacciones para ir cercando al lector libre.

    Ni que decir tiene que la compresión pierde peso o necesita de matices cuando hablamos de literatura. En tanto que la escritura automática de los surrealistas es su contrapropuesta misma (aunque el pontífice André Breton editaba sus automatismos), y se cree que Shakespeare escribía tan rápido que no tenía tiempo ni de tachar ni de puntuar, Borges, ciego, dictaba con el texto ya editado en la cabeza (el original de El Aleph no tiene casi correcciones), y Saint-Exupéry convertía la compresión en uno de los requisitos de la obra maestra: "Parece ser que la perfección se consiga, no cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que restar" (Tierra de los hombres).

Honradez Economía Compresión

Miércoles 16 Enero 2013. En Blog, Sastrería

Honradez Economía Compresión

p.S Mujer sonriente 3

"...cuando no hay nada más que restar"

Sastrería

Honradez (cantidad): Un texto debe cumplir con lo que promete. Existen múltiples formas de que no lo haga pero quizá la más evidente es cuando el texto ofrece menos de lo que se podría esperar, igual que la televisión. Aquella en la que se hincha el perro como se decía en los periódicos españoles. Cuando un reportaje, por ejemplo, va precedido de la correspondiente moraleja: “Una vez más el festival de X ha ofrecido más tal cosa que tal otra…”, en lugar de ir directamente al grano y ofrecer datos en lugar de prejuicios.

     Otro ejemplo manifiesto son los blogs, a menudo un verdadero escaparate de ocurrencias y desahogos -como quizá éste también-, antes que de información u opinión.

 Economía: Es raro encontrar una página en la que algo no se repita. Lo cual puede buscar un efecto estético 

... Y mi sombra

Por los rayos de la luna proyectada
Sobre las arenas tristes

De la senda se juntaban

Y eran una

Y eran una
¡Y eran una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!
¡Y eran... 
          (Nocturno,  José Asunción Silva) 

    Pero cuando no es el caso, se trata simplemente de impericia del escritor. Sin llegar a la actitud de Racine (XVII), que al parecer en cada página se proponía no repetir una sola palabra –con el resultado de sus obras ricas como retablos criollos, pero artificiales-, el ideal es no repetir informaciones que no requieran ampliaciones o matizaciones. Como es el caso de la crónica de sucesos, en un periódico, que debe estar construida de forma que cada párrafo amplíe ciertas informaciones ya expuestas en el anterior.

    Otras teorías defienden la repetición. Benavente, que tenía su retranca, era partidario en teatro de decir las cosas tres veces: una para el público, la segunda para que los actores se enterasen y la tercera para que lo hiciesen los críticos.

    Lo contrario de la repetición sería la compresión.

Compresión:

Es tal vez lo opuesto a hinchar el perro. Es decir la formulación de algo que no sólo no repite lo que ya se ha dicho sino que sugiere una realidad mayor. Dice de forma implícita. El maestro de ello es Borges: 

      "Yo, que tantos hombres he sido, jamás fui aquel en cuyos brazos desfallecía de amor Matilde Urbach". (Le regret d’Héraclite, texto integral). 

      La compresión es uno de los recursos que definen este tiempo. Nuestros abuelos inventaron estilos para desparramarse con el objeto de  llenar las novelas del invierno ruso y los periódicos asabanados que había que doblar en cuatro; el papel costaba apenas y la publicidad se abría paso a codazos. Hoy la publicidad busca vías de escape hacia las pantallas, y las novelas también, y las que resisten buscan la brevedad para hacerse perdonar por los lectores el esfuerzo de la lectura. "¿Publicarías una novela de mil páginas?", le pregunté a un editor, preocupado por el destino de una escrita por un amigo novato en literatura. "Ni aunque me la trajese James Joyce", me dijo el editor. Y un cronista de sucesos comentó un día en el periódico en el que yo trabajaba, en los primeros tiempos de la era digital: "Nos pasamos un par de horas buscando la información y luego tres resumiéndola para embutirla en el espacio que nos han dado". En efecto: el reportero no podrá ni entregar su texto con más caracteres que los adjudicados porque el programa informático no lo aceptará hasta que se ciña, se ajuste a ley, la cuota adjudicada, y nunca mejor dicho. Una tiranía del espacio que hace que los periodistas (los buenos) desconfíen de los adverbios terminados en mente porque son largos, y prefieran dijo afirmó, que tiene dos letras más.

     O sea, una aplicación de lo que ya anunció Saint-Exupéry en Tierra de los hombres: "Parece que la perfección se alcanza, no cuando hay nada más que sumar, sino cuando no hay nada más que restar". 

 

  • Pedro Sorela

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