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Artículos etiquetados con: Proust

Cada escritor, una obra

Jueves 16 Octubre 2014. En Blog, Sastrería

p.S

Balzac, Proust.

Sastrería

¿Existen de verdad obras distintas en un mismo escritor? Sabido es que Proust encadenó nueve volúmenes bajo un único (y magnífico) título  pero ¿no hacemos todos los escritores lo mismo y solo por necesidades industriales la dividimos en "obras"? Faulkner aprendió fascinado de Balzac que se podía hacer reaparecer a personajes y lugares de unas novelas a otras -lo que Balzac había resuelto al llamar a toda su biblioteca "La comedia humana"-, y él inspiró lo mismo a varios sucesores, el más famoso de los cuales es García Márquez. Pero cualquier lector atento de Balzac -que se había inspirado en la Biblia-, de Faulkner y de García Márquez, sabe que el mundo de esos escritores no se agota en La comedia humana, el Yoknapatawpha de Faulkner o el Macondo de García Márquez.

     Y si uno lee con sistema a cualquier escritor -o cualquier pintor o cineasta si lo prefieren-, se va dando cuenta de que lo realmente difícil es no encontrar eco de unas obras a otras, desde Homero, Shakespeare y Kafka hasta, digamos, el escritor serio John Banville y su alter ego más comercial Benjamin Black. Y no es sólo "eco", no es sólo una cuestión de estilo, que caracteriza a cualquier artista adulto. Es un hilo conductor más profundo, como el debate entre la bondad y la injusticia que cruza de una punta a otra el sistema nervioso de Los miserables de Víctor Hugo igual que ese mundo subterráneo que Hugo descubre debajo de París. Al final de su vida, acosado por la urgencia de decir y no detenerse en tonterías, Saint-Exupéry se dedicó a escribir con ansia un solo libro, "Ciudadela", que habría sido infinito de no haber muerto su autor en una misión.

      Es algo que intuí desde siempre y ahora sé, y desde niño leí por sistema y con hambre toda la obra de los autores que me gustaban: Tintín, algunas colecciones enteras de Enyd Blyton, mucho Verne, Steinbeck... y es lo que confirmé en la prosa de Borges, "lo más serio que le ha pasado al español en el siglo XX", como dijo Sergio Pitol. Pues después de haber leído toda su obra individual, ya no sé qué he disfrutado más, si sus cuentos, sus prólogos y conferencias, algunos de sus poemas o sus prolijas conversaciones. Me cuesta diferenciarlos. Todo ello me parece una sola página.

El narrador. Su preparación

Martes 26 Marzo 2013. Blog, Sastrería

El narrador. Su preparación

p.S

Proust. ¿Podría haber escrito en nuestro tiempo?

Sastrería / El Narrador (1)

Es ya muy sabido: libros en apariencia inocentes como The catcher in the rye (El guardián entre el centeno en misteriosa traducción) han contribuido de forma decisiva a crear en generaciones la discutible idea de que escribir es algo fácil, y que ni siquiera es necesario tener algo muy concreto que contar: bastan unas malas notas, a ser posible en matemáticas, un ideal femenino utópico (como los románticos) y ciertos divertidos problemas de comunicación con el mundo adulto. ¿Y quién no tiene un ideal femenino que no le hace ni caso, y problemas de comunicación? Con esas condiciones, uno se coloca en el presente, en la primera persona del singular, y emite opiniones de adolescente a troche y moche, a ser posible "transgresoras". El resultado es el verdadero aluvión, en las últimas décadas, de novelas que ocurren en escenarios reconocibles en postales, a ser posible Nueva York. Y en las que un  narrador en primera persona da por sentado que puede contarnos una vez más lo extraño y deprimente que le resulta el mundo de los adultos -"dan ganas de vomitar" dice "un millón de veces" Holden Caulfield (el guardián)-, y lo geniales que son sus lugares comunes.

      Por supuesto que Salinger, escritor que admiro, no ha sido el único responsable del aluvión de ombliguistas que cercan editoriales y premios literarios. Y con melancólico éxito una vez cada poco, por cierto. Pero su mucha descendencia sí sugiere unas pocas preguntas sobre la identidad del narrador y su preparación. (Dicho sea de paso, El guardián es cualquier cosa menos simple).

    No es difícil que una reunión de literatos (escritores, editores, críticos, agentes... no, agentes no) termine con una constatación general de que hoy en día "Thomas Mann no podría publicar La Montaña Mágica, ni Proust sus nueve volúmenes, ni siquiera Kafka El proceso, que además quedó inconcluso". Y ello, a causa de un público lector que no sólo disminuye en número -aunque otras cifras dicen lo contrario-, sino que, por así decirlo, mengua. Quiero decir, menguan sus capacidades. ¿Acaso España no ocupa los últimos lugares de no sé qué lista en comprensión lectora, y según datos recientes, candidatos a maestro son masivamente (86%) incapaces de contestar a muchas preguntas que deberán responder sus alumnos? Los escritores no nacen forzosamente en las aulas -salvedad hecha del fenómeno del escritor de taller-, pero no sobra preguntarse qué futuros escritores podrán salir de los pupitres con maestros que ya de adultos escribían bolcan en lugar de volcán.

     En esas reuniones de literatos siempre hay alguien que dice que en el metro ve a mucha gente leyendo, y casi siempre alguien que responde: "sí, pero qué leen". Y es llamativo que esta discusión se centre en las capacidades del lector... y no en las del escritor. Puede que Proust no pudiese publicar hoy En busca del tiempo perdido (yo sinceramente creo que no podría, ya casi no pudo en su época), pero nadie se pregunta realmente si hoy podría nacer Proust y escribir esa catedral con la misma fe. Es muy revelador asistir a una sesión en un taller de cuento, un club de lectura, o similares. Es algo en parte estimulante porque está claro que el impulso de contar se mantiene, y tal vez más que nunca, y eso permite dudar al menos de la mitad del apocalipsis que por lo visto ya ha comenzado en el mundo de los libros. Pero es también preocupante porque se evidencia pronto que muchos de los asistentes a esos talleres o clubs no han leído un libro en su vida, y no es una metáfora. Al fin y al cabo un tercio de los españoles no lee. Como suena: no lee nada. A duras penas los letreros de salida del metro. O sea, los aspirantes a escritor son como Holden Caulfield, que desde la primera página promete no castigarnos con los detalles de un Dickens contándonos los antecedentes de David Copperfield, pues "no le interesan a nadie". Y lo que se propone a continuación como "interesante" es un largo monólogo de ocurrencias, sin duda alguna divertidas, hasta conmovedoras, y a veces inteligentes. Pero la herencia, Dickens, la gran literatura, no interesan nada. (Es verdad que Holden salva a Isak Dinesen; algo es algo).

     Cómo puede llegar alguien a pensar que puede escribir sin haber leído es un misterio... En todo caso, esa falta de preparación del narrador de hoy no suele limitarse a los libros; a menudo sedentario y con una cultura casi siempre más cinematográfica que otra cosa, aunque no forzosamente de filmoteca, lo habitual es que también tenga una experiencia limitada, por lo que no puede apelar a esta para escribir, como lo hacía Jack London (que era un inmenso aventurero autodidacta y lector).

      Decían Faulkner y Flaubert que al artista, abocado al fracaso por principio (Faulkner), sólo se le ha de juzgar por la ambición. "Aspiración", la llama Flaubert en una carta: "Un alma se mide por la dimensión de su deseo, de la misma forma que las catedrales se juzgan por adelantado de acuerdo con la altura de sus campanarios". Y es perfectamente posible que Salinger haya escrito un gran libro con el método del "yo" y "a mí se me ocurre", pero a su vez, a través de su densa prole de seguidores e imitadores, nos da una certera sugerencia sobre la ambición y limitaciones de nuestra época.

 

El resumen como destino

Martes 11 Octubre 2011. Blog, Sastrería

El resumen como destino
Ya no podemos leer el "Retrato del Arco Iris" 
más que con guía
p.S
Muchacha azul de boca pequeña

 

Sastrería

Resumen

 

Sólo es posible escribir en resumen, como comprobaron incluso Proust, David Foster Wallace, autor de reportajes kilométricos sobre temas centimétricos (un campeonato de tenis de segunda división en Illinois, por ejemplo), o James Agee, en su legendario e hipnótico "Hablemos ahora de hombres famosos", en el que inventarió hasta la extenuación (o la exasperación, o la locura, creyendo que la realidad se puede agotar con lenguaje) los bienes en teoría escasos de un grupo de norteamericanos pobres durante la Primera Gran Depresión. (Imaginen cuál es la segunda). 

     Toda escritura es resumen, lo que incluye también al dibujo, y no es posible que no lo sea. Incluso una herramienta infinita, como es Internet, un verdadero "libro de arena", no deja de ser resumen, pues la escritura, toda escritura, es por definición una simplificación de la realidad. Que codificamos en signos más o menos sencillos para poder, o fingir que podemos, manejarla. Lo que incluye los miles de dibujos-palabra chinos.

 Sucede que unas épocas son más de resumen de otras, y ésta lo es quizá más que ninguna. Basta escuchar cualquier obra de Shakespeare, repleta de alusiones que en aquel tiempo comprendían los espectadores, o fijarse en ciertas obras como el Retrato del Arco Iris, de la reina Isabel 1ª, atribuido a Marcus Gheeraerts (hacia 1604), para comprobar hasta qué punto hemos perdido la capacidad de, por ejemplo, comprender la alegoría y los símbolos: todo en el cuadro pretende un significado, alude o representa algo, desde los colores o dibujos del vestido hasta el menor de los objetos. Pero, a diferencia de la gente de la época, nosotros ya necesitamos una guía para comprenderlos. (Et que dit ce silence? Anne Surgers; Presses Sorbonne).

   Alguien nos dijo que un resumen contiene la misma sustancia que el original del que parte, conservando el alma, y hacia allí nos lanzamos sin miedo. No es sólo el periodismo, una obviedad, sino también la enseñanza y hasta el arte: del minimalismo a la pretenciosa entelequia de condensar La Ilíada en una película, de los discursos-píldora de los políticos a los cursos de fin de semana sobre el Renacimiento italiano, por ejemplo. O las contracubiertas de los libros, que conspiran contra su lectura. O las preguntas de los periodistas a los escritores sobre qué tratan libros de trescientas páginas... Y que los escritores pretenden responder (¡!), sin intuir a veces que es algo imposible y si una novela se puede resumir, mejor no leerla. Pero lo hacen porque saben que, en la crisis de la novela -en la crisis de la profundidad y del matiz- eso será lo que leerán casi todos sus lectores, y además estos, confiados en su pequeño resumen, su pequeño párrafo sobre "lo que pasa", sufrirán el espejismo de haber leído el libro. Resúmenes. Creemos, confiamos en el resumen. Y lo convertimos en nuestro lider. Nuestro dictador. 

    Como siempre, dirá alguien. Con una pequeña diferencia: el resumen era considerado antes como un fracaso al que hay que resignarse, el consuelo de pobres en el que se refugiaban los que no podían vivir la experiencia real: Leer Los miserables, por ejemplo, o Ana Karenina, o La montaña mágica. Hoy, por culpa de casi todo Internet, Twitter y demás armas triunfantes del pensamiento débil, disfrazado de rapidez y eficacia, hoy lo consideramos un triunfo. 

     P.D: Pero queda la sospecha de si la vida que vivimos es un resumen de algo. ¿Cómo saberlo?

  • Pedro Sorela

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