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Escribir hispanoamérica

Por: Pedro Sorela Martes 27 Febrero 2007. En Conferencias

Instituto Cervantes de Palermo, 2007

El primer pedazo de América que pude ver con mis propios ojos fue la luna, la luna de junio, que es viajera y más amarilla. Colgaba sobre el puerto de Barcelona y yo la estuve mirando con gran intensidad, creo que por primera vez en mi vida, en la conciencia de que, aunque aéreo y como indiferente, era el último pedazo de Europa que vería en quién sabe cuanto tiempo, y que la próxima vez que la viera llena, rebosante y amarilla de puras ganas de decir algo, sería en América. Ya sería una luna americana.

Pero no fue así. Cuando dos semanas después el Americo Vespucio, el barco italiano en el que emigrábamos se acercó a Cartagena de Indias a través del archipiélago de las Islas del Rosario, el espectáculo hizo que se agotaran, no ya los carretes de fotografía, sino las cámaras en la muy cara tienda del barco de la que hasta el momento los pasajeros habían procurado mantenerse alejados. Y puede que el espectáculo con que se hizo anunciar, lleno de morados y de nubes, fuese fantástico. Pero la luna que sucedió a ese atardecer estruendoso no era la misma.

Y no porque ya no estuviese llena o vacía, o que se le hubiese aclarado el amarillo como en un programa de lavadora equivocado: es que claramente algo le habían hecho durante la travesía del Atlántico, algo que sólo aparecía, que sólo se descubría ya en destino, en América. Si es que América era en realidad mi destino. Ese cambio de la luna me hizo dudarlo.

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