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Artículos etiquetados con: Nacionalismo

El invento del escritor bandera

Miércoles 10 Mayo 2017. En Literatura, Blog, Textos de viaje

Miguel Gener
Carlos Fuentes
Yo le debo a Carlos Fuentes el haberme perdido el comienzo de la revolución zapatista, en Chiapas, México, y con ello es posible que la mejor crónica de mi vida. Me había estado aburriendo en San Cristóbal de las Casas, pues soy de la opinión que hay que visitar los lugares hasta empezar a aburrirse, que es cuando se comienza a ver lo de verdad interesante, y había regresado al DF, con mi compañera de viaje de entonces, a tiempo de asistir a la fiesta de fin de año que ofrecía todos los años Carlos Fuentes.
    A esta fiesta acudía el Gotha de la alta intelectualidad mexicana, o al menos la de su mismo bando, y lo de alta va con intención: en México no pocos artistas e intelectuales viven con rango de marqueses de los de antes, es uno de los muchos misterios de ese país. Pero por alguna razón finalmente no acudimos a la fiesta, y a la mañana siguiente, el 1 de de enero de 1994, en unas calles de la colonia Las Aguilas desiertas como tras una explosión nuclear, salí a comprar el periódico y así me enteré de que la noche anterior se había producido un levantamiento indígena justo en el lugar que yo había abandonado por la mañana. "¿Recuerda usted cómo se ve una cucharilla en un vaso de agua?", me había preguntado el taxista que nos llevaba al aeropuerto en Tuxtla Gutiérrez. "Distorsionada y como rota, ¿verdad? Pues así es México: todo ocurre como bajo el agua".
    Tengo otros varios recuerdos de Fuentes, y más o menos todos coinciden con esa imagen que se repitió mucho de elegante y ágil cosmopolita, con canas de banquero en las sienes, capaz de teorizar con enorme soltura sobre los temas más a la vista en el parqué internacional, y a la vez seducir como sin querer a alguna actriz de las que salen en posters históricos, como hizo, parece ser, en un par de ocasiones. Por cierto que una de esas historias inspiró una de las novelas menos valoradas por la fuentología instalada, y que a mí más me gustan: Diana o la cazadora solitaria. Y de la filmación de la otra novela, que es quizá la que yo prefiero, Gringo Viejo, sobre el envidiable final de Ambrose Bierce, salió la otra aventura legendaria.
   Todavía recuerdo la mirada que me puso una productora de la BBC, en Londres, cuando en la preparación de cierto programa que me habían invitado a dirigir señalé que podríamos invitar a participar a Carlos Fuentes o a Vargas Llosa, ya que ambos, por entonces, vivían en Londres. "¿Puedes?", me preguntó con apenas disimulada lujuria. Entonces pensé que ningún escritor hispano había conseguido nunca que una productora de la BBC pusiese ojos redondos, como no fuese Borges, aunque Borges no cuenta porque también era inglés. Y pensé que, si le llevábamos el micrófono, Carlos Fuentes lo colonizaría en un instante con ese verbo de embajador en la ONU que tenía, de articulista en el New York Times desde el Crillon de París, de conferenciante-futuro Nobel en alguna universidad de la Costa Oeste, o algo así, y que no era eso. O al menos no era eso ahí.
   No es ningún secreto que, en el último tercio del Siglo XX, y como si se hubiese transportado al siglo XIX por alguna alquimia literaria, México en general y el DF en particular vivió dividido en dos grandes bandos que se alineaban detrás de dos de los tres grandes escritores nacionales, Octavio Paz y Carlos Fuentes, que en lejanos días de juventud e ingenuidad habían sido amigos. Y no es menos cierto que sólo a la luz de esa división se podían y se pueden comprender insólitos y hasta extravagantes comporta- mientos en política, periodismo, premios, destinos diplomáticos, fiestas, programas y artículos, grupos de comunicación, becas -las muy sustanciosas becas del Fondo Nacional de Creadores, únicas en el mundo, de las que se beneficiaron, si no todos, casi todos los escritores mexicanos-... en fin en la intensa vida que llevaba la nutrida y a veces brillante casta literaria de una sociedad donde el éxito de ventas se mide en mil ejemplares más, como me dijo un día Juan Villoro. Es decir, en una sociedad que no lee.
   A mi modo de ver, Paz y Fuentes no son comparables -¿y cómo orillar además a Rulfo, por ejemplo?-, pero sólo el tiempo lo irá diciendo y en todo caso ese tipo de excluyentes maratones olímpicas entre escritores me interesan poco. De mis encuentros con Fuentes, he de decir que siempre abierto y generoso con su propia inteligencia, me quedo sobre todo con el enigma que también se desprendía de él, una especie de sombra muy misteriosa y jamás explícita, si bien eso es muy propio de los mexicanos.
   Una especie de última zona de reserva, un poco asiática, que se mantenía más allá de la entrevista y hasta en las apariencias de la amistad. Algo que a veces tenía que ver también con actividades, digamos, reservadas, pues qué duda cabe que también ejerció el papel de "embajador", de causas políticas, sin duda, pero también empresariales y culturales. Era él quien tenía que reunir a no sé qué político norteamericano con García Márquez en una cena en algún Hampton elegante de Long Island. Algo también muy mexicano: la grilla, como llaman ellos al permanente y complicado enredo político mexicano, que nunca dejó de ejercer. Alguien tendrá que investigar un día el papel decisivo que Fuentes tuvo en el lanzamiento tipo bomba de Cien años de soledad. Un novela grande como un siglo de soledad, sin duda alguna. Pero recibida con los brazos abiertos por un público ya muy expectante gracias, entre otras cosas, a la intriga creada por Fuentes, que ya contaba con una poderosa red de ecos en toda América, y que había quedado fascinado con la lectura de dos o tres primeros capítulos. (Ambos eran amigos y habían firmado juntos un guión sobre un cuento de Rulfo del que luego en la película no quedó ni rastro).¿Es posible hacer literatura en México y mantenerse al margen de esas intrigas? En cada ciudad clave de su mundo tenía a un grupo de leales, que nada más aterrizar le ponían al corriente de lo que estuviese en marcha.
   La cucharilla mexicana rota bajo el agua, que decía el taxista: O cómo, hasta en las peores circunstancias de su vida personal, y de eso también pude ser testigo, Fuentes era capaz de sobreponerse, impávido en la tragedia, para lanzar en voz alta y en tres idiomas su discurso cosmopolita que parecía como esquiar entre palabras prestigiosas.
   Y hasta con gran generosidad. En la entrevista que recupero se cuenta cómo Donoso se desmayó el día en que Fuentes le comunicó por teléfono su traducción en Estados Unidos, y me acuerdo muy bien de cómo Fuentes encabezó una pequeña expedición a España de cuatro autores más jóvenes de su editorial, y cómo empleó sus verbos más rumbosos para presentarlos en Madrid. Aunque esa me parecería la menor de las estrategias de cualquier escritor que piense en su inmediata posteridad, que yo recuerde jamás vi a ningún escritor del "Boom" o vecindario -salvo José Donoso-, hacer algo semejante. Ni siquiera con un solo escritor. En nuestra literatura, la generosidad se vende muy cara.
   Pero creo que, para bien o para mal, la gran aportación de Fuentes, que él contribuyó, si no inventar, pues me imagino que es más vieja que la tos, sí a solidificar hasta el granito de hoy, fue la del "escritor nación". Pocos como Fuentes fueron como él asociados a la idea de una escritura de bandera, lo que no deja de ser llamativo en un escritor que se pasó la mayor parte de su vida fuera de su país, y que en el interior de este muchos le reprochan precisamente el no haber sido todo lo mexica que debiera. Pero él supo convertirse en una representación de México, así, como categoría patriótica, algo sagrada e indiscutible, y nada mejor para comprenderlo que la depresión que -dicen- sufrió cuando le dieron el premio Nobel a Octavio Paz. No salió de su despacho en días -dicen, yo no estaba ahí para comprobarlo-, y eso daría una buena pista sobre su mentalidad. Sabía que en más tiempo del que le quedaba de vida no le habrían de dar el premio a otro mexicano, en lo cual tenía razón pues el Nobel, como las Olimpiadas, es otro engranaje fundamental en la mega industria de las identidades patrias. Hace tiempo que ha dejado de interesarme si alguien lo merece o no, vistos algunos ejemplos, más triviales que extravagantes, pero nunca he comprendido tanta ansiedad por obtenerlo en gente inteligente, y otro caso espectacular era el de Borges. En todo caso, el perfil de Fuentes se sobrepone al dibujo de la literatura como mapa de la patria en clase de geografía, en la escuela nacional, de gran rentabilidad hoy en día y trascendencia, y lo que queda.
   Basta asomarse a cada país de la hispanidad, incluidos los no castellano hablantes, y ver las luchas civiles por alzarse con la franquicia del escritor-nación, o por inventar uno a la misma velocidad con que se inventa ésta.

 

   Esta entrevista hace parte del libro "La entrevista como seducción. Momentos con escritores", recién publicado por EL País en edición digital. Estos son los enlaces para descargarlo:
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El emigrante regresa a Barcelona

Miércoles 27 Noviembre 2013. En Blog

"...con islotes para los ricos viejos y los políticos, como el Liceo..."

Quería que mi regreso a Barcelona no fuese en avión barato, como el de un emigrante cualquiera. Tenía la impresión de que si volvía en avión iba a ver lo de siempre pues ¿existe algo más parecido a un avión que otro avión? ¿A un aeropuerto que otro aeropuerto?

     De modo que opté por llegar en barco, como hacía de chico, al regresar de las vacaciones del verano en Mallorca. Mi padre y yo volvíamos en barco, en tanto que el resto de la familia lo hacía en avión, en el que yo me mareaba. Yo disfrutaba muchísimo de esos viajes de una noche en el "Ciudad de Barcelona" o "Ciudad de Palma", solo con mi padre, y quizá de entonces guardo la certeza de la superioridad del barco sobre el avión.

      O sea que en lugar de viajar directamente, me di el gusto de volar a Palma para allí coger esa misma noche el barco a Barcelona y verla aparecer, entre la neblina de la mañana, igual a lo que recordaba de chico. La estatua de Colón con el dedo levantado parecía dibujar la ciudad. Me esforcé por localizar los lugares conocidos.

      Lo que menos me podía esperar era que una pequeña multitud estuviese esperando el barco para saludarlo con grandes vítores, y aunque pensé que era un poco exagerado para un barco que hacía esa travesía todas las noches, el detalle me encantó. Luego vi que algunos de esos hombres iban vestidos con sombreros de los años treinta, y las señoras vestían medias con costura por detrás, y deduje que se debía de tratar de la filmación de una película. Los pasajeros hacíamos de extras.

     Una película de gran presupuesto pues en lugar de permitirnos coger un taxi nada más desembarcar, como quería hacer para llegar a casa y darles una sorpresa, nos obligaban a pasar por una aduana: o sea, una película de época. Allí presentábamos nuestro documento y teníamos que informar de dónde veníamos, si era la primera vez que visitábamos Catalunya, y si, en caso de repetir, lo hacíamos por placer: "si" o "no".

     - Oiga, y si es "no" -le pregunté al guardia- ¿puedo explicar por qué no?

     El funcionario me miró de medio lado para ver si me estaba quedando con él.

     - No.

     Yo lo que quería era dejar claro que si me había visto obligado a marcharme era porque sentía que me echaban, y que si "regresaba" no era por placer. En realidad hubiese preferido no tener que marcharme.

     El regreso a casa fue en efecto la explosión de alegría y abrazos con que había soñado, aunque un par de días después le siguió la temida melancolía de la que hablamos en el exilio: a no ser que se produjera un milagro -¿y por qué se habría de producir justo ahora?-, ya quedaba menos para volver.

     En los días siguientes me costó adaptarme a las novedades: la primera, las fronteras. Y no sólo la del puerto, de entrada a la ciudad. Ahora Barcelona estaba dividida en una serie de áreas que no eran ni mucho menos los antiguos barrios. Toda la zona de las Ramblas, el Barrio Gótico y el Puerto estaban reservados a los turistas, a ser posible los de chancleta, con islotes para los ricos viejos y los políticos, como el Liceo, en tanto que Sarriá era como un parque temático de banderas cuatribarradas, y la Diagonal, en los alrededores de la plaza Francesc Macià, se había convertido en un centro comercial en cuya puerta tenías que presentar una Visa de plata. Se podía entrar en ciertas librerías con libertad pero para entrar en otras había que hacer ciertas profesiones de fe y adhesiones a prejuicios varios: no digamos para entrar en el Nou Camp, el campus del equipo de fútbol local, el Barça, que se pretende sea mundial sin pasar antes por los escalafones provincial, nacional, continental, etc. A otra escala, lo mismo sucedía con algunas tiendas y boutiques, y con los quioscos de periódico: comprar según cual -en el supuesto de que estuviese en venta- se podía poner muy arriesgado.

      Lo más difícil era orientarse en los tiempos. No los del transporte, ni el paso del tiempo, tan difícil de sobrellevar a ciertas edades, sino las épocas en que uno se internaba según anduviese por esta o aquella zona de la ciudad. Nada lo advertía, ni siquiera leves signos de tráfico que tan útiles habrían sido: "cuidado: se adentra usted en el siglo XVII"; "tome precauciones: entra usted en la Alta Edad Media, peligro de fanatismos exacerbados"; "barrio del siglo XIX: de abril a junio, brotes de romanticismo tardío y exaltación egocéntrica". Y en efecto, en ciertas esquinas se podía encontrar uno con un atasco de coches de caballos o una multitud de gentes con barretina que parecían muy enfadados.

        Pero no: Nada lo advertía, y lo más grave es que ni siquiera se trataba de zonas definidas. Sí, y a la vez no tanto. Era algo que andaba más bien en la cabeza de la gente. Se podía esperar que ciertas universidades fuesen territorios libres del fenómeno, por ejemplo, pero eso es conocer mal las universidades modernas: en el aula más humilde te podía saltar un profesor exaltado como un polichinela en un teatrillo de marionetas, o de pronto se organizaba un pequeño auto de fe doméstico y un linchamiento ahí mismo, frente a la pizarra.

      Y lo más difícil de todo ha sido aceptar que tus amigos, que cuando tú te marchaste sumaban dos o tres docenas de opiniones, tendencias, ideologías y tolerancias varias, poco a poco se han ido organizando en unas tres o cuatro, o tal vez dos, y además vistiendo los uniformes de cada una de ellas; comen lo mismo, en las mismas fiestas, en una suerte de ritos tribales y patriotas, y miran con desconfianza a todo aquel que venga del exterior, sobre todo desde el oeste, y traiga ideas y ropas distintas.

      O tal vez, se te ocurre ahora, tal vez ya estaban organizados en esas dos, cuando te fuiste, y eres tú el que trae del extranjero las dos o tres docenas de ideas distintas que has aprendido afuera.

Mutis, un esbozo

Miércoles 06 Noviembre 2013. En Blog, Entrevistas

p.S
"...era un tipo sutil y finísimo, como no siempre corresponde a un poeta..."

Nos preguntó qué tal estábamos, qué tal el viaje, y Esperanza le dijo que le dolían las piernas.

     -Eso es el plomo de la contaminación, que se te está aposentando en las rodillas, comentó Álvaro Mutis, y nos sonrió a modo de bienvenida a su acogedora casa de México, con esa gran sonrisa que tenía, o quizá riese, se reía con generosidad, sin guardarse nada para después. 

      Y sin embargo era un tipo sutil y finísimo, como debiera corresponder a un poeta y no siempre corresponde. Tenía una voz de doblador de películas, lo que en efecto fue en algún momento de su vida, no tan bohemia como se sugiere -a fin de cuentas trabajó en grandes empresas casi todo el tiempo-, ojos achinados que pensaban siempre, aunque riesen a menudo, y una memoria de circo. Era el único colombiano que yo conozca que afirmara recordar perfectamente a mi abuelo materno, médico, en su laboratorio y farmacia en una esquina de una Bogotá casi colonial (prehistoria también de mi abuelo), que él podía citar y yo no.  

     Tuve la suerte de conocer a Mutis y frecuentarlo algo antes de que la gloria lo secuestrara, como a muchos, y se lo llevara a los previsibles hoteles del circuito obligatorio de los escritores de éxito en Madrid. Entonces llegaba a la Residencia de Estudiantes, antes de que lo convirtiesen en un hotel casi tan predecible como los otros, y decía que disfrutaba con sus camas estrechas y más bien duras, los cuartos pequeños, propios de un colegio mayor, y los fantasmas de la Generación del 27 que todavía se paseaban por los pasillos y que fueron los primeros en marcharse tras las reformas. Entonces escribía sólo poesía, según él en los aeropuertos -viajó mucho como representante de un par de multinacionales de petróleo y de cine-, y era generoso con su tiempo y entre sus amigos se contaba gente de todas las edades: una rareza entre los grandes escritores hispanos.

     Siempre tuve la sensación de que Álvaro Mutis, pese a las apariencias, vivía atrapado en un personaje que no le gustaba mucho pero tampoco podía hacer gran cosa por evitarlo. Él me habló de ello en una entrevista, su frustración, por ejemplo, por la tragedia de que todo el mundo tomase a broma lo que para él eran muy serias convicciones monárquico legitimistas, entre otras cosas porque me imagino que no son muchos quienes podrían hoy definir tal concepto. Pero creo que el equívoco es más, mucho más amplio. Aunque conservaba un acento bogotano muy puro (bogotano de los de antes), pese a vivir en México desde hacía décadas, no estoy muy seguro de que él, el creador de Maqroll en Gaviero, un viajero sin más patria que el mar y la tierra caliente, se sintiese cómodo con el papel de escritor nacional que poco a poco la industria identitaria le ha ido adjudicando y en la que finalmente lo ha encerrado: Ese espejismo romántico patriótico, tan cómodo para profesores de literatura, gestores culturales y periodistas, mediante el cual los escritores representan tal o cual sitio: Argentina, México, Perú, Colombia… Me pregunto cuál habría sido la repercusión de Mutis -nótese que no hablo de su importancia sino de su repercusión, no es lo mismo- de no ser por su muy difundida gran amistad con García Márquez y el hecho de ser el lector de sus manuscritos, o inspirador de alguno de sus libros, como El general en su laberinto, libro tan estupendo como incomprendido. O de no haber pasado por la cárcel, para escribir, por cierto, una de sus mejores obras: Cuaderno del palacio negro. Un episodio del que rara vez se habla, y no se suele saber, por tanto, que fue debido a una excesiva generosidad de Mutis, relaciones públicas de una empresa, que tiraba del presupuesto como un gran señor y mecenas para subvencionar a artistas amigos.

       Era sin duda el mejor conversador que recuerdo, y me parece que eso es algo muy propio de los colombianos de su generación. Era también alguien de quien no se podían esperar lugares comunes y sí en cambio ideas propias, a menudo deslumbrantes u originales, sobre casi todo. Tenía una erudición que habría sido espectacular de haberse él dejado ir, cosa que no hacía, y una curiosidad también infrecuente: en nuestro segundo encuentro me comentó mi primera novela, pero creo que se trataba sobre todo de una cortesía de salón con un periodista. Se lo agradezco igual, del mismo modo que el manuscrito de una de sus novelas, que más tarde me regaló. Y le agradezco algunas lecciones, como una pequeña guía para saber beber: No beber para arreglar problemas. No beber solo. Y no beber porquerías, entendiendo por porquerías todo lo que no sea un estupendo whisky y no recuerdo si un magnífico coñac: nada más. Tampoco olvido su convicción de que no se debe vivir de lo que se escribe si se quiere escribir con libertad.      

  • Pedro Sorela

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