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Artículos etiquetados con: Matemáticas

Los malos en matemáticas son invisibles

Miércoles 29 Octubre 2014. En Blog, Novela, Obra

Fernando Vicente
"Había perdido para siempre la lógica de los números".

Mis profesores, en el colegio, se dividían en dos bandos: los que se preguntaban cómo había podido fracasar el sistema hasta el punto de permitirme llegar hasta ese curso, y los que salían en mi defensa y señalaban que, por el contrario, yo tenía cierto talento en la interpretación de las metáforas de Víctor Hugo o Chateaubriand, o el humor de Molière y de Ionesco. Estos eran los profesores de Letras. Los primeros, los de álgebra, geometría, física y química, aunque esta última era lo bastante literaria -a fin de cuentas sus fórmulas tenían letras- como para permitirme aprobarla de vez en cuando.

     Hay que tener en cuenta, por si no hubiese quedado claro con la mención de lo que estudiábamos, que yo vengo de un tiempo tan remoto que no había especialización en el bachillerato y había que estudiar tanto letras como matemáticas -ahora lo agradezco, por increíble que me parezca a mí también-, y buena parte de mis profesores no habrían superado los exámenes de la moderna Inquisición Pedagógica: ni el profesor impaciente que nos arrojaba tizas para hacernos callar, con una puntería que le envidiábamos, ni la profesora a la que llamábamos El Moco y que en cierta ocasión le dijo a Moreno (seudónimo): "Moreno, si los gilipollas volasen, usted sería jefe de escuadrilla".

    Pese a que nos ponía notas algebraicas (-3, -4,5 y por lo tanto el cero ya era una conquista), tengo un gran recuerdo de El Moco, y no sólo porque a mí me fuese envidiablemente bien con ella: aprobado justo en medio de verdaderas orgías de notas algebraicas (y eso también sería hoy imposible). Vestida siempre de rojo y negro en homenaje a Stendhal, admiración que me transmitió, aunque muchos años después, la razón más probable de su tolerancia conmigo es que mi apellido tenía tan sólo una letra más que el Julien Sorel, el héroe de El rojo y el negro, y quién sabe si no éramos incluso parientes. Intuyo que era una izquierdista intransigente (en aquel tiempo, en ese colegio los profesores respetaban las cabezas indefensas de los alumnos y no se abrían las gabardinas para exhibir sus ideas políticas) pero nadie como ella me enseñó nunca tanto sobre las sutilezas de la poesía galante ni me inculcó tanto respeto por los clásicos. O mejor aún, por lo que merece serlo. Y sin duda me enseñó más literatura que la que me iban a enseñar luego en la universidad, con grupos, generaciones y fechas de edición, trucos todos inventados por los profesores para no cansarse.

     Salvo de alguno, buen profesor por un azar improbable, me temo que no guardo un buen recuerdo de los demás profesores de matemáticas. Porque eran malos. Es cierto que por culpa de los viajes de mi familia yo me había saltado dos cursos, perdiendo ritmo para siempre en la lógica de los números, pero creo que jamás se plantearon ningún problema que no fueran los muy misteriosos que resolvían en la pizarra los buenos de la clase en matemáticas, y desde luego jamás supieron lo que era la pedagogía. Como por ejemplo K., que el primer día de clase deambuló por entre los pupitres pasándonos revista con la narizota roja de un sargento alcohólico, y al llegar a mi sitio, en la esquina más remota del aula, se me quedó mirando con adelantada fruición y me dijo con impecable lógica matemática: "Estás sentado en el puesto que el año pasado ocupaba Fernando Vega. Fernando Vega era un gamberro, y por lo tanto tú eres un gamberro". Nunca la lógica matemática me había parecido lo irrefutable que dicen que es, pero ese día confirmé mis prejuicios.

     Los malos en matemáticas son invisibles, que acaba de salir en Alfaguara Juvenil, trata de todo ello. Leyéndolo despacio y en frío, sí tengo la impresión de estar poniendo ciertas cosas en su sitio, pero no  creo que sea una venganza pues hace demasiado tiempo y mi memoria sonríe, pese a todo. A veces pienso que esos fueron los mejores años de mi vida.

Murmullos en el camino del 2 al 3

Por: Pedro Sorela Miércoles 14 Septiembre 2011. En Blog

p.S
...el tercero que va incorporado al dos cuando me acerco a una mujer

Ya me habían hablado de él, y hasta había leído cosas, todas estupefactas, admirativas y un poco legendarias, como ocurre con los grandes tifones cuando van llegando. No me esperaba que lo iba a ver por primera vez en mi casa, justo enfrente de mí, al otro lado de la mesa de las cenas de amigos, susurrándole cosas al oído de mi amigo Cuauhtémoc, que hablaba con su hijo en México y de vez en cuanto nos decía:

   - México ha quedado en el tercer grupo.

   Y luego, cuando la conversación había despegado de nuevo: "Los rivales de México serán Francia, Luxemburgo e Irak", lo cual decía con intrigante regocijo.

   Y más tarde, cuando la mesa se había repuesto de ese nuevo anticlímax, una nueva revelación, dicha no sin algo de fatalismo mexicano: "No está claro que el Barsa vaya a liberar a Márquez para jugar todo el campeonato".

   Y así, hasta conseguir que los otros siete adultos sentados a la mesa nos fuésemos callando, primero, y luego participando: "Pregúntale en qué grupo ha quedado España". "¿Y Alemania?", todos pendientes de lo que iba retransmitiendo un chavo, un chaval de doce años que veía la televisión en la casa de color zapote de Cuauhtémoc y Patricia en Coyoacán, en el D.F.

   Yo no daba crédito, del mismo modo que no lo da el dramaturgo que escucha risas donde no están previstas, o como una gran cocinera a quien le preguntan si no hay pan para acompañar unos raviolis de calamar. Pues de ambos -cuidado teatro y alta cocina (o al menos arriesgada, para disimular el fraude)- se componen mis cenas de amigos. Y por supuesto que dije: "es la última vez", y aunque no taché a Cuauhtémoc de mi lista de amigos, sí lo puse a la cola en la lista de las cenas.

   Pero al sábado siguiente tuve que asistir a una representación parecida, en casa de Mario y Nicole, a cargo de una señora que consideraba esencial invitar a su hijo a la conversación general. Sólo que su hijo hacía parte de un pequeño ejército de intelectuales-okupas en no sé qué edificio oficial, burocrático y repugnante, y se resistía. La señora nos imponía sus arduos diálogos con él con toda naturalidad, no ya como si no hubiese asistido a la escuela más elemental de modales, que eso no es tan raro, sino como si la humanidad no hubiese hecho otra cosa desde los romanos.

   Y ahí, en ese salón en el que había coincidido con algún que otro protagonista de la Historia, tuve la revelación de que esa era una guerra. Una realidad que yo no iba a poder manejar tachando amigos de las cenas. O pidiéndoles que dejaran sus móviles, apagados, en el salón, una iniciativa que tuve que abandonar pronto pues algunos invitados se resistían con ansiedad parecida a la que ya se podía percibir en algunos cuando en otros salones les pedían que no fumasen o en los restaurantes se demoraban en traer el vino. En mis cenas comenzó a ser normal que alguien se excusara, lo que antes ocurría rara vez. Bajé entonces la guardia y tuve que aceptar que jóvenes mamás le dieran una vuelta a la canguro a la altura del segundo plato, y que los forofos buscaran en sus móviles una respuesta a la crucial, la urgente pregunta "¿qué ha hecho el Madrid?".

     Me pregunto si no fue ahí donde se produjo la derrota que paladeo desde hace algún tiempo.

     Porque, ocupados como estábamos, Eugenia y yo, en lo que se suelen ocupar las parejas tras las cenas, incluso si no han salido todo lo bien que se esperaba y la última botella de vino resultó infame, el bolso de Eugenia se iluminó como si llevase una luz dentro y sonó un apagado zumbido intermitente, suave, susurrante, yo diría que amistoso.

   Recuerdo que me pregunté quién podría intentar colocar publicidad a esa hora -debían de ser las tres o cuatro de la mañana-, y decidí incorporar esa pequeña luz de luciérnaga gigante y su zumbido al fondo de música de Cesarea Evora y las luces tenues, más bajas aún con un chal de Eugenia sobre una pantalla.

   Pero Eugenia no lo pensó así. Rompiendo la perfecta armonía con la que conseguíamos bailar acostados -tal vez no la principal pero sí una de las razones para persuadirnos de estar juntos-, dijo sin una vacilación:

   - Puede ser importante... y se levantó y contestó ahí mismo, de pie, como una Venus alcanzada por una llamada urgente, en mitad de mi habitación. ¿Qué podía ser importante en la madrugada de un sábado de febrero, con brasas rojas aún en la chimenea y la nieve aplazando lo importante hasta el lunes como mínimo?

   Unos años más tarde, y cuando madrugadas de verano y de otoño han sido interrumpidas por sucesivas reencarnaciones de Venus, no he conseguido resolverlo. Pues importante, importante, no lo es casi nunca. Lo que no le impide ser prioritario. Siempre. Estemos haciendo lo que estemos haciendo, el teléfono suena, ella contesta y a continuación se producen -también siempre- dulces susurros, apagadas pero alegres risas, perturbadoras miradas con los ojos entornados evocando otro mundo...

     Nunca logro saber quién es o qué, y no me sirve que me digan "Pilar" o "Sonia" o "la oficina" (jamás un hombre, jamás), o... Ahora ya sé que es un todo uno, el tercero que va incorporado al dos, y para siempre, cuando me acerco a una mujer o a cualquier persona, como antes lo iba el olor a tabaco, la caspa, u opiniones definitivas sobre si los catalanes son de esta manera y los andaluces de esta otra (eso sigue y va a más, como una caspa antropológica, inmune al progreso). Ese tercero es alguien que odia las matemáticas, los pares al menos, y vive para romper cualquier diálogo. ¿El plasta que nunca comprende cuando dos personas quieren estar solas y arroja piedrecitas a las ventanas de los recién casados?

     Pues ese. El que odia el dos y lo desdibuja.

     Multiplicado por decenas, por cientos de millones.

  • Pedro Sorela

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