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Artículos etiquetados con: Maoísmo

Saberes inútiles... y urgentes

Miércoles 08 Noviembre 2017. En Blog, Lecturas

Lecturas

Breviario de saberes inútiles. Simon Leys. Acantilado. 576 páginas

Lo cierto es que cuesta elegir el valor del libro que gobierne este texto: ¡hay tantos! Quizá -violando toda norma sobre el respeto al lector que proscribe adelantar el argumento de autoridad y todo eso- convenga decir cuanto antes que hace tiempo no disfrutaba tanto con un libro y, como entonces, lo he leído poco a poco para que no se me acabase. Me temo que esa triste hora ha llegado.

     Y aunque no soy muy partidario de este tipo de libertades -si un autor propone un orden, prefiero respetarlo pues sé que tiene sus razones-, lo he leído al revés: primero la segunda gran parte, la relativa a China, que es la que más me interesaba y razón por la que compré el libro pues no es fácil encontrar textos solventes sobre Asia y conocía la reputación de Simón Leys como uno de los principales sinólogos en esta parte del mundo. Y en efecto mis expectativas no quedaron defraudadas. Y luego leí no sin sorpresa la primera gran parte. Y sorpresa porque Leys habla sobre Balzac, Gide, Waugh o Chesterton con tanta competencia, o casi, que sobre Confucio, la caligrafía o no sé qué remoto poeta chino del siglo I. También hay otras pequeñas partes que hablan de la literatura del mar, de El Quijote y el quijotismo, y un par de textos sobre la universidad que lamento decir yo también firmaría. Lo lamento porque son textos, aunque muy lúcidos, pesimistas sobre el actual momento de la universidad occidental y su futuro -dirigiéndose hacia el utilitarismo mercantil y la miopía y abandonando el humanismo y la búsqueda del saber por el saber en sí-, y donde explica por qué, en determinado momento, dimitió. Leys fue durante años profesor de literatura china en universidades de Australia, después de haber estudiado chino y cultura china en Taiwán, Hong Kong y Singapur. Murió en Canberra hace tres años.

    Pero lo que resulta en extremo atractivo es la mezcla de todo ello en una única propuesta. Tranquilidad: en ningún momento Leys explica Victor Hugo a la luz de la caligrafía china, como si fuese un escenógrafo cualquiera en busca de escándalo y periódicos, pero resulta atrayente y persuasivo proponer todo lo dicho bajo el único título de Breviario de saberes inútiles. Si bien él explica muy bien lo que ha querido decir, el título sugiere de inmediato (la claridad y eficacia del estilo no es el menor de los méritos del libro) la mente amplia, humanista y huérfana de fronteras geográficas y académicas de la que sale: proponer a Victor Hugo y Confucio en una misma obra puede parecer un alarde de amplitud de visión... no tanto si se piensa que otros de los textos tratan del Orwell íntimo y también de Zhou Enlai y Mao Zedong. Aunque este podría ser el protagonista de la continuación de Rebelión en la granja, uno pagaría por saber qué habría escrito Orwell sobre ellos.

    Por supuesto esta amalgama no podría haber cuajado sin que el autor tuviese, no solo un conocimiento muy solvente de aquello de lo que habla -Lejano Oriente y literatura semi clásica-, sino también una solida visión propia del mundo. Ahí es donde interviene la autoría. No se trata de la alineación de una considerable cantidad de datos, a ser posible apabullante y cruda, como es habitual hoy en el mundo académico, sino de la hilazón de todos ellos a la sombra de una visión del mundo.

      Y más excepcional todavía, una visión del mundo distinta, original como se deduce en alguien que es capaz de profundizar en saberes en principio tan dispares. Y mejor aún, valiente. No solo por su postura hiper informada y crítica -y desde la primera hora, eso es lo extraordinario- con la Revolución Cultural china y en general el maoísmo, sino que en sus textos sobre Chesterton, Evelyn Waugh o el sutil y memorable de Soong May-ling en Nueva York (la viuda de Chiang Kai-shek), y por ligeras pero no por ello confusas alusiones, uno va descubriendo las creencias católicas de Leys. Coherentes con todo el libro, si se piensa, como un cimiento invisible aunque profundo. Lo llamativo es que estas, como corresponde a un espíritu de verdad libre, no le impiden llegar a una honda comprensión de, por ejemplo, las Analectas de Confucio o la homosexualidad de Gide. Un autor por el que, quién lo hubiese dicho, vuelve a despertar el interés. Ahora que lo pienso, recuerda un poco a Charles Moeller, el gran exégeta católico que dictó cátedra en Lovaina durante muchos años y autor del enciclopédico Literatura del siglo XX y Cristianismo. Universidad, por cierto, en la Leys, belga de origen, estudió Derecho e Historia del Arte.

     Pero por favor, prejuiciados y etiquetólogos profesionales, abstenerse. Pues lo que de verdad une todo el libro en un sólido volumen de los que apetece firmar y guardar es un pensamiento propio, iluminado por un estilo diáfano, de los que en esta época de juicios rápidos y etiquetas fáciles en blanco y negro echamos tanto de menos. Hable de China o de literatura semi clásica, es lo que consuela: aunque parezca que no, todavía existen pensamientos individuales, ajenos a la tendencia única. Eso, además del placer que produce el que alguien se dedique a los "saberes inútiles" robando espacio al utilitarismo -¡caligrafía china y Balzac, nada menos!-, insolencia que parece a punto de ser proscrita y perseguida. A base de pura solvencia, Leys convierte sus saberes inútiles en urgentes e indispensables.

El caso de la ciencia ficción que resultó ser real (y terrible)

Miércoles 22 Marzo 2017. En Blog, Lecturas

Lecturas

Los cuatro libros. Yan Lianke. Prólogo y traducción de Taciana Fisac. Galaxia Gutenberg, 2017

Cómo, en qué clave hablar de una novela que presenta hechos que parecen de ciencia ficción y sin embargo -sabemos ahora aunque muchos sigan mirando para otro lado- fueron ciertos. Y terribles. Cuentan lo sucedido en un campo de reeducación chino cuando la revolución maoísta, ya de por sí radical, cayó en manos de una facción fanática y muchos miles de intelectuales, simples mecanógrafos en algunos casos, músicos o administradores de colegios, fueron enviados al campo para entrar en contacto con el pueblo más genuino, los campesinos, y ser reeducados en contacto con el proletariado.

    En realidad muchos fueron internados en campos donde fueron sometidos a toda suerte de tropelías que, en ocasiones, incluso al curtido ciudadano informado del cambio del siglo le cuesta creer. Además, padecieron en primera línea del frente las consecuencias de unas decisiones delirantes, como las del Gran salto adelante, cuando se decidió fundir todos los objetos metálicos del país en busca de acero. O cuando tuvieron que sufrir sin ayuda, comiendo hierba y raíces, y disputándole los granos a los pájaros, las terribles hambrunas que, unidas la climatología que en China puede ser implacable, mataron a millones.

    La época y lo que supuso está a la altura de los otros horrores del siglo XX pero por alguna razón, según he podido comprobar, incluso en la China contemporánea es más fácil obtener información sobre la época que en Occidente, y en particular en España, donde se cuentan con los dedos los libros que hablan de ello. Y en muchos casos, como en el caso de La montaña del alma, que le ganó el premio Nobel al autor, Gao Xingjian (exiliado en París), en clave más bien poética, o alegórica. De ahí la importancia de la publicación de Los cuatro libros, de Yan Lianke, traducido y prologado ahora con gran naturalidad por la más conocida sinóloga española, Taciana Fisac, que no habla en modo alguno de forma alegórica y por eso mismo parece una tragedia griega.

     Como hijo de la tardía posguerra mundial y del siglo XX, hipnotizado pero también por un sentido del deber, intentando comprender lo incomprensible, o informulable, creo haber leído casi todos los clásicos del horror concentracionario del siglo pasado: No pocos libros sobre Auschwitz y aledaños, encabezados por la trilogía de Primo Levi y los dos principales de Jorge Semprún. El libro que más me impresionó es uno no traducido al español y que leí en Polonia mientras visitaba Auschwitz, This way to the gaz, ladies and gentlemen, escrito por un preso político polaco, Borowski, que se suicidó a los 29 años. El Gulag soviético me fue descubierto (y al mundo) por Un día en la vida de Ivan Denisovich, de Soljenitsin, que más tarde publicaría, sin réplica posible, Archipiélago Gulag: una geografía de la represión (pero no en primer lugar exterminio, a diferencia del nazi) del sistema soviético. Que, como demostró en su libro Anne Applebaum, comenzó antes de Stalin, en los primeros tiempos de la revolución, y se prolongó hasta la caída de la URSS. También aprendí mucho en el libro de Gustav Herling Un mundo aparte, pero lo que me reveló la naturaleza de esta represión a cincuenta grados bajo cero fueron los relatos de Kolyma, de Shalamov, que además merecen por derecho un lugar en la historia de la literatura.

     Escribir sobre los campos de exterminio plantea al escritor un problema al que nunca se había enfrentado: ¿Cómo contar lo incontable? ¿Lo que parecía imposible y además inimaginable? Es sabido que los nazis confiaban en que nadie iba a creer el relato de lo que habían hecho, y es posible que hubiese sido mucho más difícil imponer la verdad de no existir las filmaciones que realizaron las tropas de Patton nada más liberar algunos campos. También en eso confiaba el régimen de Pol Pot, que exterminó a la tercera parte de la población de Camboya y, entre otros, imagino que el régimen chino, que contaba en esos años con la simpatía de la comunidad internacional: ellos eran distintos de los bolcheviques... y además las cosas sucedían lejos de las ciudades en lejanos y pacíficos campos aislados.

     Y la prueba de que escribir sobre ello es un desafío es que muy pocos, si alguno, se han atrevido a meter las cámaras de sus películas en las salas donde los presos eran gaseados, y mucho menos en los hornos: lo inconcebible. Lo informulable. Lo nunca contado antes. Tan solo alegóricas chimeneas y cenizas como las que caen en los aledaños de Cracovia en la obra maestra de Spielberg -y elijo el adjetivo-, La lista de Schindler. Todo era imposible de contar hasta que el italiano Primo Levi, que estuvo allí un año, dio con la fórmula (aunque le costó una década persuadir a nadie de que esa era): había que contarlo con extremada neutralidad. Ateniéndose a los hechos. Así lo hizo y por eso su trilogía que comienza con Si esto es un hombre gana autoridad de día en día y se lee en las aulas de media Europa. No es casual que Primo Levi fuese químico de formación.

     Las cifras de víctimas del maoísmo, directas o a consecuencia de su incompetencia, crueldad o simple falta de solidaridad, son de las más difusas y elásticas entre las que conozco de los exterminios del siglo. Y no es lo mismo contar las muertes por la acción directa que por la indirecta. Los cuatro libros cuenta en primera persona, a través de la voz de un personaje escritor, lo que sucede durante la Revolución Cultural, en el "campo 99", en la ribera del río Amarillo. Y no voy a ser yo quien cuente la historia, como hacen tantos pretendidos críticos en la idea de que no es eso lo que importa, pero diré que sólo en el último libro el escritor, que sobrevive a base de relatar lo que hacen sus compañeros -es decir, sobrevive a través de la delación- se tiene que enfrentar a lo informulable. 

    Que una vez leído deja al lector sin saber qué decir. Salvo, una vez más, su asombro de que algo así sucediera en vida nuestra, sin que nadie dijera nada. Y que con toda probabilidad está sucediendo ahora en algunos lugares. Ya dijo Anne Applebaum que había escrito su historia del Gulag, no para impedir que se repitiera -ella ya sabía que se iba a repetir-, sino para que reconociéramos los síntomas y lo viésemos venir.

  • Pedro Sorela

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